Clarifiquemos de entrada un punto: soy de Nacional. O mejor dicho, era muy de Nacional cuando niño y adolescente. Después, con el tiempo y el alejamiento del país en los años negros, mi relación sentimental con el club se fue desvaneciendo un poco para ser sustituida por el nomadismo típico del hincha actual, que lo ata al equipo en donde juega su estrella, llámese Forlán, Suárez, Cavani, Recoba o qué sé yo.

De lejos, pero tal vez de cerca también, los de nuestra generación éramos siempre, llegado el momento, hinchas absolutos de la Celeste, y de sus jugadores. No nos gustaba cuando “el otro grande” ganaba la Libertadores. Pero si éramos de Nacional, queríamos al elegante Rocha en el mediocampo de la selección y a Cubilla dribleando en el ángulo del córner. Y si éramos de Peñarol, no nos disgustaba la presencia de Ubiñas o de Manicera. Lo que éramos nosotros lo condensó finalmente aquel diablo de la cancha, “uno de los últimos exponentes de las genialidades características del fútbol que otrora tuvo Uruguay” (como relató Carlos Solé en la final de la Libertadores de 1971), Luis Cubilla, que vistió todas las camisetas y con todas brilló.

Fui de Nacional no porque en mi casa fueran todos de Nacional o porque tuviera un futbolista o un canchero albo en alguna rama de mi árbol. A mi padre francés no le interesaba el fútbol criollo. Y a mi madre uruguaya menos. Fui de Nacional porque mi hermano mayor era de Peñarol y porque en nuestro trío de hermanos teníamos la maldita manía de buscar siempre cómo separarnos. Así que Jean-Michel fue de Peñarol, Paul, el abogado, de Cerro, y yo, de Nacional. Mis ídolos de aquel entonces fueron Manicera, Roberto Sosa, Luis Artime, Urruzmendi, Cincunegui, Domingo Pérez, Celio y Prieto. Después, cuando empezaron a quemar las papas, se me borró todo esto y sólo recobré la pista tricolor indirectamente, en su otra cara, cuando en 1998 Zinédine Zidane ganó el Mundial. Volví entonces al fútbol, a sus temas, a sus debates y a sus interrogaciones, con cariño y reconocimiento.

El tema del decanato me llegó por gotas espaciadas, como la lluvia de verano, y cuando desbordó la jarra, me agarró por sorpresa. Sabía de una polémica surgida en algún momento entre expertos, pero con la idea de que se trataba de una diversión intelectual sin consecuencias y sin mayor interés. Empecé a tomar consciencia de la gravedad del asunto cuando tuve la desgracia de asistir a uno de los partidos más horribles que vi en mi vida: Nacional contra el Atlético de Madrid, en el Estadio Centenario, el 4 de agosto de 2013.

El estadio estaba repleto y me acuerdo de que atrás de mí un tipo insultaba a Cristian Rodríguez cada vez que tocaba la pelota, y que, cuando le dije que no había que hablar así de un jugador de la Celeste, mi primo me paró: “Callate que te van a romper la cara”. Mi incomodidad se agravó cuando en el entretiempo, en vez de las habituales publicidades, un representante de mi cuadro, micrófono en mano, inició su exaltada diatriba machacando que éramos el decano, el más viejo, el único, el club del país, del pueblo y de la nación. Debo confesarles aquí a mis amigos que algo en aquella manera de tratarme a mí —al hincha que era yo en aquel instante—, como si fuera una oveja, me recordó la dictadura. Y que no me costó mucho asociar al tipo de atrás con el lavador de cerebros de adelante. Eran las dos caras de la misma moneda: el fanatismo.

Recuerdo perfectamente que en mi época el tema del decanato no existía. Los libros y revistas de historia del fútbol nacional, aquella literatura mítica que cruzaba los nombres de Franklin Morales, Dionisio Vera, Carlos Manini Ríos, César Gallardo, Eduardo Gutiérrez, Carlos Martínez Moreno y tantos otros, lo atestigua. Y entiendo que el investigador Luciano Álvarez tiene toda la razón cuando dice que es un tema ridículo. ¿Qué importancia puede tener el hecho casual e involuntario de haber nacido un poco antes o un poco después? Y en el fútbol de nuestros lares, creado por los ingleses, organizado por ellos y difundido por ellos a través de sus clubes e industrias, ¿qué más orgullo debería sentir “mi club”, Nacional, que el de haber surgido justamente después, en el momento del acriollamiento?

Por otra parte, como me lo recuerda otro nacionalófilo y especialista de los primeros tiempos de nuestro fútbol, Juan Carlos Luzuriaga, los decanos de nuestro balompié no son ni Nacional ni Peñarol, sino el Montevideo Cricket, cuyos futbolistas jugaron el primer partido en Uruguay en 1878 contra marinos ingleses.

El hecho es que un buen día creí oportuno profundizar en el tema y leí y escuché todo lo que pude: los artículos y los libros, los informes del doctor Enrique Tarigo, las respuestas de Luciano Álvarez, los argumentos de Navascués y de Lincoln Maiztegui, y los contraargumentos que tanto hoy como ayer manejaron los peñarolenses para expresar que su equipo había nacido en 1891 como CURCC. Lo hice de a poco, a regañadientes y sufriendo, porque cuanto más ahondaba, cuanto más me esforzaba en entender las quisquillosidades manejadas, más me invadía la sensación de que, como a Don Quijote, se me secaba el cerebro. ¿Qué vienen a hacer en fútbol, pensaba yo, estas argumentaciones jurídicas, típicas de la parcialidad del abogado, que no se apoyan en ningún texto de la FIFA, que cuestionan de pronto los usos seculares, y que por sobre todo, no conducen a la verdad común sino a dos posiciones irreductibles, artificialmente fabricadas, cuyo criterio de verdad dictado es el hecho de ser de uno u otro club?

Pasó otra vez el tiempo, hasta que ese sitio empalagoso llamado Pinterest me hizo llegar “una foto que me podía interesar”: la camiseta de Nacional con la inscripción en la solapa de la palabra “decano”. Fue lo que me decidió a poner mi piedra en el zapato de la reflexión de algunos y a declarar ahora que nuestros historiadores de los clubes cometen, a mi entender, tres graves errores.

El primer error es de método. Consiste en aplicar a los asuntos del fútbol los criterios del derecho común empleados por los abogados en los tribunales, donde rige la ley general de la sociedad y de un país. Como agravante, pretenden que dichos criterios, que se les ocurren hoy y son estrechamente nacionales, valen para los problemas que se plantearon hace un siglo y para un objeto denominado “fútbol”, inseparablemente mundial.

Olvidaron lo que sabían muy bien los dirigentes uruguayos del pasado: que en materia de fútbol existen leyes propias, que están basadas o en los usos y costumbres del mundo del fútbol o en las decisiones de carácter internacional adoptadas por la FIFA, organismo rector creado en 1904. Olvidaron así que para juzgar un proceso y para analizar la evolución de los clubes (tema clave de la historia del fútbol entre 1860 y 1920) hay que ver antes que nada qué decidió el propio fútbol al respecto, cómo el fútbol mundial resolvió los casos que se plantearon en distintos países.

Oí decir a alguno de los polemistas que no se cuestiona la continuidad de la historia, sino la continuidad jurídica. ¿Pero de qué jurisdicción está hablando? No de la del fútbol, que yo sepa, porque yo, que conozco perfectamente las decisiones de la FIFA desde el congreso de París de 1904, no he visto en ninguna parte la menor referencia al tema de la continuidad de un club, antes o después de 1913. Y es una suerte, porque reglas de esa índole estarían negando la libertad de hacerlo que tienen los interesados y que es una parte de la libertad de asociación.

Por lo tanto, observo que sí, se está cuestionando tanto la continuidad histórica futbolística como la continuidad jurídica futbolística. Y concluyo este punto proponiendo que, si los conceptos jurídico-futbolísticos que están inventando algunos en Uruguay tienen tanta pertinencia, que se los eleve a la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) para que esta los plantee en el congreso de la FIFA, solicitando que se los apruebe con efecto retroactivo aplicable a todos los clubes del mundo desde el nacimiento de Sheffield en 1858, ¡y que paguen las consecuencias no sólo Peñarol sino todos los equipos que en diferentes partes del mundo se atrevieron a perpetuarse!

El segundo error de nuestros historiadores es la irresponsabilidad. El abogado, como todo el mundo sabe, defiende a su cliente aunque sepa que es culpable. Su objetivo es generar “la convicción” de los jueces, es decir, una creencia, defendiendo, cueste lo que cueste, un interés. Sin embargo, un responsable del fútbol no puede proceder así, porque su objetivo no puede ser jugar con fuego y encender la tribuna.

Ya sé que el fanatismo llena las canchas, vende entradas y camisetas, y alimenta las cajas. Pero sé también que mata la grandeza del fútbol, genera violencia, rebaja la deportividad, acompaña y alimenta la decadencia técnica que se ve en la cancha, y además, da al mundo entero una imagen que no nos favorece.

El tercer error es más que nada un síntoma, una manifestación del estrechamiento. Nadie discutirá que Peñarol es un equipo de origen británico y que en 1913 era el más británico de los clubes de fútbol del país. No puede procederse, entonces, como lo hacen algunos historiadores de mi cuadro, que cuando quieren exaltar lo nacional insisten en calificar a Peñarol de club inglés, pero que cuando se trata del decanato lo olvidan.

Peñarol no fue sólo un club británico: fue un producto directo de la economía mundial británica, de la industria británica, de su técnica, de sus técnicos. Fue una de las ventosas de uno de los bracitos del pulpo inglés. Y fue, en sus inicios, un “club industrial” como los hubo muchos, de génesis similar, en Inglaterra. Entonces, si el Peñarol de su primera época, el CURCC —o sea, el Central Uruguay Railway Cricket Club—, fue un producto totalmente británico, no tiene el menor sentido analizar su historia a la luz de interpretaciones estrechamente uruguayas.

Hay que abrirse y mirar el tema como lo hacíamos antes, a la luz de la historia global, es decir, a la luz de la historia del fútbol de Inglaterra, de sus particularidades y de sus usos, de sus criterios y de sus soluciones, que en aquellos tiempos eran los usos y soluciones del fútbol mundial.

Queda claro que no voy revolver nuevamente y con la misma inutilidad de siempre los detalles de lo que decretó tal asamblea, los términos que dispusieron tales dirigentes en una circular, o las declaraciones y certificados que produjeron otros en medio de tal o cual circunstancia, ni siquiera la continuidad del campeonato y de los jugadores, cuya realidad evidente parece haber perdido todo efecto. Es que por encima de estos artificios legalistas rigen conceptos fundamentales, esencia del club deportivo, que no cabe resquebrajar: la libertad de asociarse (fútbol “asociación”) y, por lo tanto, la libertad de dar a esa asociación el curso que precisa para perpetuarse, lo que supone la libertad de autodefinirse como ruptura o como continuidad a lo largo de los diferentes cambios impuestos por la realidad.

Ilustración: Diego Bonilla
Ilustración: Diego Bonilla

Por eso me interesa exponer lo que pasó en un período semejante, en contextos industriales parecidos, en decenas de procesos gemelos, cuando clubes de origen industrial como el CURCC, impulsados por su fuerte desarrollo futbolístico, se convirtieron en clubes deportivos independientes. ¿Qué pasó entonces? ¿Qué hizo y qué dijo el fútbol?

Estos cambios de club industrial a club deportivo fueron de una gran banalidad: la regla en buena parte de Inglaterra entre 1870 y 1915, y la perpetuación de la regla en las fronteras elásticas del Imperio. Es que, para escapar a la contradicción insalvable entre el reclutamiento industrial y la compra de un crac, los clubes industriales se vieron obligados a salir del marco empresarial, lo que los llevaba inevitablemente a cambiar de nombre cuando no de color de camiseta, de estatuto jurídico, de directiva, de lugar y de cancha. Vayan algunos ejemplos.

Manchester United. El club nace en 1878 bajo la denominación de Newton Heath Lancashire y Yorkshire Railway Football Club. Su camiseta es verde y amarilla, dividida en dos mitades o rayada verticalmente, de idéntica forma que las camisetas del CURCC. Es el equipo ferroviario de la línea Lancashire y Yorkshire. El club se refuerza y quiere acceder a la liga. Su pedido es aceptado en 1892. Cambia entonces de estatutos, obtiene el apoyo de la industria cervecera, y después de un período crítico, cambia de sede, de jugadores, de nombre y de colores. Pasa a llamarse Manchester United, nombre que no se insinuaba durante el período ferroviario, y adopta los colores rojo y blanco, abandonando toda referencia al pasado. Nadie cuestiona la principalidad de este proceso de autodeterminación y de autodefinición, decidido por aquellos hombres. Porque ellos lo dicen y lo asumen, y porque el fútbol lo acepta desde siempre, Manchester United, el equipo rojo y blanco, es en todos los aspectos futbolísticos (históricos y jurídicos) el mismo que el club corporativo ferroviario auriverde nacido en 1878.

Arsenal FC. El caso contundente y emblemático de Arsenal se parece también mucho al de Peñarol pero, nuevamente, “peor”. Este equipo famoso tuvo ya cuatro nombres: Dial Square FC, Royal Arsenal y Woolwich Arsenal antes de la denominación actual. El club aparece en 1886 como entidad de los obreros de la manufactura de armas de Woolwich, Royal Arsenal, situada al este de Londres. Es rebautizado Royal Arsenal poco después y en 1891 cambia de estatuto jurídico convirtiéndose en una sociedad anónima bajo el nombre de Woolwich Arsenal. El cambio le permite acceder a la liga. Después de una crisis que lo relega a la segunda división, el club abandona el barrio de Woolwich y se instala en Highbury, en su nuevo estadio denominado Arsenal Stadium. Abandona entonces su denominación anterior y adopta el nombre definitivo que conocemos hoy. Nadie cuestiona la continuidad histórica del club pese al cambio de nombre, de barrio y, varias veces, de estatuto jurídico. El cañón presente en el escudo de Arsenal ejemplifica la continuidad autodeterminada por el club, como las rayas del equipo aurinegro su vínculo histórico con las locomotoras.

West Ham United. Este equipo, de origen industrial, nace en 1895 como cuadro de los obreros de la industria metalúrgica local, fundado por el patrón y el capataz de la empresa, con el nombre de Thames Ironworks. Durante los primeros años, todos los jugadores eran empleados de la empresa. El club ganó torneos locales inmediatamente y adoptó un estatuto jurídico profesional en 1898 ingresando en la segunda división del sur. La camiseta original, de azul oscuro, se volvió celeste en 1897, y granate con vivos celestes, como hoy, en 1899. Lo interesante de esta historia es que el club, patrocinado en los primeros años por la industria, conoció crecientes conflictos internos ligados a su funcionamiento y financiación, de naturaleza similar a los que vivió el CURCC a partir de 1907. Pero sucedió entonces algo “mucho peor”, puesto que el Thames Ironworks FC fue literalmente disuelto. Se reconoce como el renacimiento del mismo club la fundación subsiguiente ocurrida el 5 de julio de 1900 del West Ham United FC, independiente jurídicamente de la empresa, pero ligado a sus orígenes metalúrgicos locales, como lo atestigua el escudo con los martillos. Nadie cuestiona la continuidad del West Ham y del Ironworks, y se reconoce el nacimiento del club actual en 1895.

West Bromwich Albion. Este caso no puede dejarnos indiferentes. Es un viejo club conocido corrientemente como Albion, que al nacer, creado por los trabajadores de la George Salter Spring Works en 1878, se denominaba West Bromwich Strollers y que adoptó un nuevo nombre en 1880. Albion era el distrito de West Bromwich donde trabajaban los players. En 1881, el club entró en la Birmingham Association y en 1883 adhirió a la Football Association, lo que le permitió competir en la FA Cup. Lo que llama la atención en este caso no es sólo el cambio de estatuto que le permitió el acceso a las ligas profesionales sino la completa incertidumbre en cuanto a la identidad de sus colores: cuartos rojos y azules en 1880-1881, amarillos y blancos al año siguiente, chocolate y azul poco después, mitades rojas y azules en 1885, rayas celestes y blancas en 1885-1886, rayas azul marino recién después de la Primera Guerra Mundial.

Manchester City FC. Un caso diferente pero fundamentalmente semejante es el de Manchester City. Este fue originalmente un club parroquial fundado con el nombre de San Marcos en 1880 en el barrio West Gorton de Manchester. En 1887 cambia de barrio y, por ende, de nombre y adopta la denominación Ardwick AFC. En 1892 participa en la fundación de la liga de segunda división y en 1894 se reorganiza jurídica y financieramente como sociedad limitada estableciéndose el nombre de Manchester City. Adopta entonces el uniforme celeste y blanco que se le conoce hoy. En cuanto a los colores iniciales del club subsisten dudas. Las fotografías muestran camisetas oscuras. Las crónicas y folletos de la época señalan que el equipo llevó inicialmente una camiseta negra con una cruz blanca y posteriormente una malla rojinegra.

Podríamos seguir así hilvanando una larga lista de ejemplos que, en mayor o menor medida, desde diferentes contextos (industriales, religiosos o universitarios), condujeron a que los equipos y los clubes conocieran cambios fundamentales de estructura, de personería jurídica, de nombre y de color, y que ilustran el hecho de que, en esos sucesivos renacimientos, los nuevos fundadores y las autoridades de las ligas competentes reafirmaron inmediatamente el vínculo con el estado anterior beneficiando del posicionamiento incambiado en sus divisiones y del reconocimiento de los demás equipos en cuanto a su primer origen: Preston Nort End, Everton, Bolton Wanderers, Fulham, Sunderland, Wolverhampton, Wanderers, Plymouth, Stoke City, etcétera. Pero no es el objetivo de este artículo fastidiar tanto al lector. Digamos simplemente, para completar y culminar esta demostración, que sin ir más lejos nuestros hermanos argentinos poseen también, lógicamente, sus casos industriales y británicos como los de Peñarol, que no generan polémica.

Ferrocarril Oeste. Nació el 28 de julio de 1904 en el barrio Caballito, y nadie se lo niega. Fue fundado por 96 empleados de la compañía Ferrocarril Oeste de Buenos Aires, en su mayoría ingleses, siguiendo un proceso idéntico al que había sucedido con el CURCC. El equipo contó con el apoyo total de la dirección de la empresa y fue dirigido por el gerente de la compañía, David Simpson. El club se llamó entonces Club Atlético del Ferrocarril Oeste de Buenos Aires. Como Peñarol en 1913, se independizó de la compañía en 1930, cambiando entonces de personería jurídica y de nombre, pasando a denominarse Club Ferrocarril Oeste. Interesa destacar los cambios de colores en la camiseta. Blanca con diagonal roja hasta 1907, granate con mangas celestes hasta 1912, y el verde actual a partir de esa fecha. ¿Por qué esos cambios? No por problemas de identidad, sino por problemas prácticos. Los sucesivos ascensos del equipo lo llevaban a enfrentarse con otros clubes previamente instalados que tenían vestimenta similar.

Rosario Central. Este club, que es la fotocopia del Peñarol uruguayo con el cambio del negro por azul, siguió un proceso muy parecido al del CURCC, salvo que mucho más extenso, con sucesivos cambios jurídicos progresivos, hasta el término completo de la relación con “la compañía” nacionalizada por Perón en 1948. La compañía de la que hablamos es el Ferrocarril Central Argentino, que en realidad se llamaba Central Argentine Railway y era tan británica como la que cobijaba a los aurinegros del barrio Peñarol. Fue en 1889 que se fundó el Central Argentine Railway Club (CARC). La particularidad del club era su carácter estrechamente “industrial”: sólo podían jugar los empleados de la empresa. La dirección británica brindó la cancha y hasta un vagón en desuso que servía de sede y también de palco. Los nombres de los jugadores del primer equipo dan la pauta de su estructuración inicial: M Barton, Postell y Camp, J Muskett, J Barton y King, Mac Lean, T Muskett, Green, McIntock y Hooper. En 1903 se produjo un cambio profundo a raíz de la fusión entre las líneas ferroviarias Buenos Aires y Central Argentino. En medio de intensos debates, se aceptó asociar a personas que no fueran de la empresa. Se produjo también el cambio de nombre del club, que pasó a llamarse Club Atlético Rosario Central. Los vínculos con la compañía se distendieron en sucesivos acomodos hasta la separación final por desaparición de la matriz original. Este proceso, poco estudiado, merecería la profundización de nuestros especialistas, que podrán acceder más fácilmente que yo a los archivos de este glorioso club.

Otras entidades del país vecino permitirían, si algunos aun lo entienden necesario, rematar el caso que tratamos, y no sólo entre los equipos de primera sino en las divisiones inferiores.

Un listado, entonces, a modo de conclusiones:

  1. En el fútbol uruguayo no son decanos ni Peñarol ni Nacional. El tema fue artificialmente fabricado como estrechamiento de la historia por ciertos pensadores que, con buena o mala fe, creyeron defender así los intereses de nuestro fútbol, pero encaminaron su curso intelectual hacia un impasse.

  2. La continuidad del CURCC y de Peñarol no debe ser cuestionada. Y eso simplemente porque es un hecho banal y libre del fútbol mundial de aquella época, característico del desarrollo de los clubes industriales ingleses, que abundaron en Inglaterra y en las zonas de penetración económica de sus capitales.

  3. Cuestionar esa continuidad supondría cuestionar la continuidad de equipos como Rosario Central, Manchester United y Arsenal FC. Y en el plano de la regla significaría introducir de hecho criterios jurídicos que la FIFA nunca fijó, porque nunca se le planteó ni le interesó poner en duda la buena fe de los clubes, su libertad de asociarse y de autodeterminar su propia identidad.

  4. Noto que la continuidad del CURCC y Peñarol no es un invento reciente de los dirigentes aurinegros y que, por lo tanto, no emana de un cálculo diabólico. Noto también que mi club, Nacional, se honraría borrando este tema de su acción, reconociendo la génesis peculiar de un club hermano (el de mi hermano), un poco más viejo. Noto, finalmente, que, desde su punto de vista criollo y sabiendo que, por la ley implacable de la geografía, son decanos en el mundo entero los clubes extranjeros, Nacional debería aceptar con alegría el hecho de no serlo.

  5. Sé también que “me van a caer”. Así que ¡viva el fútbol!