Sami huye amenazado por los talibanes, Ayda por ser kurda en Irán, Abdurahim por ser gay en Marruecos, Anwar por la violencia y dificultades que enfrenta como mujer negra en Arabia Saudita, Iman por dirigir teatro en Irán, Khashim por ser cristiano en Pakistán, Mina por causa de ISIS, Osama por el gobierno sirio, Mehdi por violencia familiar. Todos llegan a Lesbos con la idea de vivir en libertad, disfrutar de los derechos básicos, pero se encuentran con un proceso lento, inhumano y de final incierto.

Desde 2015 la isla de Lesbos ha sido y sigue siendo el epicentro de la crisis de refugiados que entran a Europa por el mar Egeo. Aunque ya no haya imágenes de niños muertos en las costas griegas, solamente en noviembre de 2017 llegaron casi 3.000 inmigrantes y refugiados a Lesbos. Debido a la situación política internacional, el trámite de asilo se enlentece. La isla se ha convertido en una cárcel a cielo abierto.

Lesbos está más cerca de Turquía que de Grecia continental. Sólo cinco kilómetros de mar la separan del país asiático, lo que la ha hecho históricamente un punto de tránsito. La mayoría de sus habitantes se consideran descendientes de refugiados. En 1922 recibió la mayor ola de migración, luego de que el Imperio otomano echara a los creyentes cristianos ortodoxos. Millones cruzaron esos cinco kilómetros en pequeñas embarcaciones.

Más de 60.000 personas que buscan asilo están ahora estancadas en Grecia; 15.000 en el Mar Egeo y casi 10.000 en la isla de Lesbos. En 2014, las fronteras de la Unión Europea estaban abiertas, y los millones que llegaban a Lesbos, hasta 3.000 por día en algunos momentos, esperaban un máximo de tres días y seguían su ruta. Muchos lugareños cambiaron sus rutinas para ayudar a las oleadas de gente que llegaban a sus costas: los pescadores se convirtieron en rescatistas, las familias compartían su poca comida, los hoteleros repartían cobijas. Pero la prolongada crisis de la economía nacional, sumada al creciente número de refugiados que llega a la isla, y al impacto de esos refugiados en la economía turística local, hizo que en los últimos dos años creciera el desprecio hacia ellos.

—Antes la gente hablaba de Lesbos por sus playas, ahora por sus refugiados. Nos están arruinando —comenta un trabajador del turismo.

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Mytilene, la capital de la isla, tiene 30.000 habitantes. Ahora 10.000 refugiados habitan los dos campos en las afueras de la ciudad. Su presencia, su llegada diaria y su espera se perciben en cada calle y rincón de la ciudad.

Aurora Dorada, el partido neonazi de extrema derecha, aumentó su presencia en la isla desde hace dos años y hoy tiene 7,8% de los votos. Cada vez son más los casos de discriminación a los inmigrantes: comercios que se niegan a venderles sus bienes, agresiones verbales y físicas por parte de la comunidad. Perseguidos primero en sus patrias, ahora son perseguidos en las islas.

En marzo de 2016 empezó a regir un acuerdo entre la Unión Europea y Turquía para parar el incontrolable flujo de personas a Europa. La UE le paga al gobierno de Erdogan para mantener a inmigrantes fuera. Además, el acuerdo incluye un patrullaje violento y constante de las costas marítimas, dificultando la salida de barcos de refugiados, considera a Turquía como un país seguro a donde se pueden deportar personas directamente desde donde lleguen, y limita la movilidad y libertad de los postulantes de asilo una vez que lleguen a las islas.

Cuando los refugiados logran llegar, no pueden salir hasta que su proceso de asilo haya sido aceptado, lo que puede tardar años. Por eso, la cantidad de refugiados las desborda. “Todos nos decepcionamos: las condiciones son horribles, nadie sabe qué pasará con su aplicación de asilo, no hay ningún acceso a información, parece ser todo muy arbitrario, todos nos desesperamos cada día más”, dice Karima, una afgana que espera hace dos meses en la isla.

El acuerdo también creó los hotspots: campos de refugiados donde se procesan las postulaciones para asilo. Estos campos están enrejados, superpoblados y carecen de servicios básicos. Moria, en Lesbos, es el hotspot más grande de todos. Concebido para 1.700 personas, hoy acoge a más de 6.000. Muchas duermen en carpas de verano, pero es pleno invierno.

En protesta por la situación, una parte de los refugiados ocupó la plaza principal de la isla. Reclaman su libertad, sus derechos como refugiados y denuncian las condiciones inhumanas en Moria. También han hecho huelgas afuera de los campos, pero nadie parece escucharlos. Un grupo de cuatro mujeres y tres hombres llevó la protesta a huelga de hambre, pero aun así, las únicas respuestas han sido la agresión verbal y física por parte de la policía y algunos lugareños. ¬

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Aarif

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Trabajaba en la armada en Siria, fue secuestrado y torturado. Aarif llegó a las puertas de Europa en julio de 2017 y durante cuatro meses estuvo esperando la respuesta de su caso de asilo, durmiendo afuera, decepcionado y deprimido. Hasta que se cansó, y volvió a Siria. ¬

Maher y Majid

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Hace cinco meses, la esposa de Maher y madre de Majid murió en Siria a manos de ISIS. Ellos escaparon a Turquía, y allí se encontraron con un grupo de diez sirios que viajaban a Lesbos, se les unieron y siguieron juntos para pedir asilo en Europa. En la isla los pusieron en una carpa cerca de uno de los baños en el campo de Moria.

Majid se enfermó y decidieron abandonar el campo de refugiados y acampar en las afueras. Cuando los conocí, llevaban cuatro meses allí y estaba empezando el frío. Se quejaban de lo poco que recibían del sistema de asilo, de la poca información sobre su proceso, de la poca comida. Maher me contó que su hijo nunca fue a la escuela; ese es un lujo que no reciben como solicitantes de asilo. Mientras tomábamos mate con agua calentada a leña, me contaron que preferían las bombas de Siria que la humillación de Europa.

Después de unas semanas, volví para saludarlos, pero no los encontré: habían entrado ilegalmente a Turquía para volver a Siria. Prefirieron regresar a un país en guerra que esperar el proceso de asilo europeo. ¬

Iman

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Tiene 26 años y viene de Irán. Aunque estudió economía, en los últimos años Iman se ha dedicado a dirigir y escribir obras de teatro. La última tocaba temas políticos controvertidos, lo que le causó represalias del gobierno: secuestro y tortura por tres meses. Huyó mientras lo trasladaban a su juicio. Llegó a Turquía para cruzar a Lesbos, pero hace tres meses que está esperando, escribiendo y protestando por sus derechos. Huyó para ser libre, pero ahora se siente encarcelado.

En la segunda semana la policía se los llevó a él y a su amigo Hesam por estar ocupando. Hesam es un poeta iraní que, como Iman, escapó para poder expresarse. La policía se dio cuenta de que Hesam ya tenía su segundo pedido de asilo negado, y hasta ahora sigue preso esperando que lo deporten. Iman y otras 30 personas han estado protestando, pidiendo libertad y reclamando sus derechos como refugiados. ¬

Sami

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Después de recibir amenazas de los talibanes, Sami, de 16 años, su hermano mayor y su primo, salieron de Afganistán en febrero de 2016, cuando el tratado con Turquía aún no existía. Su plan era cruzar Irán, Turquía, luego arribar a Lesbos y después seguir por Europa hasta llegar a Noruega, donde su hermano tenía asegurado un trabajo. En Lesbos se toparon con las fronteras cerradas y con la obligación de postularse para recibir asilo en Grecia. Debían esperar el trámite en el campo de refugiados de Moria.

Allí Sami aprendió a hablar inglés fluido y un poco de griego. Al principio, todo le asombraba y sacaba fotos permanentemente. Una vez por mes debía visitar el centro de asilo para renovar sus papeles, con la esperanza de por fin poder viajar a Atenas y continuar su camino. Ya fue 20 veces y recibió el sello rojo, que significa que su pedido no fue recibido.

En los últimos meses Sami dejó de ir a sus actividades y lo único que hace es esperar, odiando cada vez más la hermosa isla prisión de Lesbos. A él y a su hermano les negaron el asilo por segunda vez en octubre de 2017, después de haber estado un año y medio en la isla. Apelaron, pero pueden ser deportados a Afganistán. Sus padres están desaparecidos hace cuatro meses y los dos tienen miedo de no sobrevivir si vuelven. ¬

Saqib

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Viene de Baluchistán, un pueblo ahora dividido entre Pakistán, Afganistán e Irán. Saqib trabajaba en un periódico local en la región de Baluchistán de Pakistán. Cuando empezaron a recibir amenazas por parte del gobierno, decidieron irse.

Pakistán es uno de los países con menor nivel de aceptación de asilo en Europa. A Saqib y a su primo, que también trabajaba en el periódico, se lo negaron ya una vez. Supone que si vuelve a Pakistán, el gobierno lo apresará. ¬