Voz central de la narrativa ecuatoriana, Gabriela Alemán (Río de Janeiro, 1969) lleva una existencia cosmopolita y practicó los más variados oficios. Su reciente novela Humo (2017) tiene como fondo la Guerra del Chaco y la dictadura de Stroessner, y su último libro de cuentos, La muerte silba un blues (2014), es un homenaje al cineasta B español Jess Franco.

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No moví la cabeza de izquierda a derecha para saber si seguía ahí sino para tener una idea aproximada de cuánto pesaba, cómo calibraba el número de revoluciones del mundo y si la coordinación no me fallaba. Quedé en falta. Si iba a escapar de esa cama sin cruzarme con su dueño, iba a ser por una larga tira de arena movediza. Tanteé el bulto de ropa en el suelo y encontré mi ropa interior y medias. Me vestí y me calcé las botas; mientras agarraba la cartera, terminé de cerrarme el pantalón. Salí del cuarto apoyándome en las paredes y llegué al corredor tambaleándome; una vez en la puerta de entrada, giré la aldaba y descubrí que estaba cerrada. No pude ver ninguna llave. No me lamenté, imaginé que me esperaba una larga mañana pero que alguien llegaría a abrirla. Tenía otras preocupaciones; mi cerebro estaba por escapar por el lagrimal de mi ojo derecho si no le daba algo de café, así que salí a buscar la cocina. La migraña apenas me permitía mantenerme en pie. Esperaba que el café también lograra minimizar los rumores domésticos del edificio para que no se perpetuaran, como lo hacían ahora, en ondas expansivas. Seguí por el corredor, escuchando cómo se detonaban minas a cada paso: el chirrido de mis pisadas sobre la madera, el ronroneo de la refrigeradora, los sonidos del piso de arriba. No había manera, mis nervios estaban disparados. El café no sólo rearmó la papilla de mi cerebro sino que me puso en situación. Y, había que reconocerlo, no me había tocado una buena mano en la repartición de cartas. Miré por la ventana y llovía, el color del cielo era cenizo y se acercaban las cinco de la tarde. La larga mañana había pasado hacía horas. Podía ver mi rostro desvaneciéndose en la lluvia, pero preferí concentrarme en las gotas que se estrellaban como monedas contra el vidrio y me perdí en sus formas. Mejor ahí que dentro de mi cerebro, calculando posibilidades y recordando cómo había llegado a ese departamento. Pero los cálculos desaparecieron pronto, apenas llegó el ruido del derrumbe en uno de los cuartos cercanos. Seguí el estruendo hasta una habitación donde encontré a un niño de no más de cuatro años que, sentado en el suelo, acariciaba un pequeño conejo blanco. Cuando entré no alzó la vista pero pude ver, a través del enorme ventanal a sus espaldas, cómo el mundo desaparecía tras la boca de un desagüe. Sobre ese ruido y el de mi cabeza le pregunté cómo se llamaba. No respondió. Su único interés residía en el pequeño animal al que, más que acariciar, se aferraba. Cuando me acerqué, retrocedió. Estiró sus pies descalzos, casi azules, y se arrastró en dirección contraria mientras el animal intentaba escabullirse. Dudé un momento y antes de dar otro paso, desistí. Volví a bajar por el largo corredor hasta la cocina y abrí la refrigeradora. La heladera estaba bien provista, preparé un caldo y una ensalada y regresé a buscarlo. El niño seguía en el mismo sitio, sólo que ahora se encontraba en la más absoluta oscuridad. Cuando prendí la luz me pareció que apretó con más fuerza al conejo que, también noté, se movía menos. Esta vez no entré, sólo le dije que la comida estaba lista. Aunque alzó la cabeza, su mirada me traspasó. No supe si me entendía o si siquiera hablaba español, y eso hizo que me acercara y le tendiera la mano. Cuando lo toqué, saltó y, aunque abrió la boca, no salió nada de ella. Pero siguió abriéndola y cerrándola hasta que escuché un sonido estridente, algo así como un vidrio apuñalando las cuerdas de un violín, y retrocedí y me refugié en la cocina. Bebí dos vasos de agua, calenté la sopa y la tomé con una lentitud tan extrema que me llegó a desesperar. Cuando la terminé busqué una bandeja y regresé donde el niño. Lo debí tomar por sorpresa, porque al alzar la vista aflojó su puño y el conejo se escabulló debajo de la cama, con él a sus talones. Volvió el sonido del violín. Esta vez no me sonó a otra cosa que a la pulsión de una ansiedad tan hiriente y violenta que logró excavar un túnel por el cuerpo de la noche. No sé cuánto tiempo pasó pero recuerdo que cuando me incorporé del suelo, donde había logrado envolverme como un caracol mientras cubría mis oídos, pude ver que el niño tenía el conejo otra vez en las manos y que lo sujetaba y que el animal ya no luchaba. La mirada vaciada del niño atravesaba algo más que el aire: no pude sino pensar en la Pietà. No sabía quién interpretaba a la madre y quién al desfalleciente hijo, pues el niño parecía encarnar el dolor y la resignación de ambos pero había algo más, algo que hacía que se agarrara del pelambre blanco como si pudiera exhumar algo de él. No intenté acercarme y empujé la bandeja en su dirección. El niño estiró el brazo y tomó un pedazo de lechuga del plato. Los ojos del conejo estaban inyectados de sangre y el contraste con el blanco era feroz; cuando empujó la hoja dentro de la boca del animal, sus párpados se agitaron por última vez. El cuerpecito cedió y se entregó por completo a las caricias del niño y entonces escuché un juego de llaves y, aunque debí pararme, no lo hice. Me quedé sentada en el mismo sitio. Después llegó el sonido de unos pasos arrastrándose por el corredor y emergió una figura de las sombras. No reconocí el rostro de la noche anterior, ni supe interpretar su expresión, ni él dio muestras de sorprenderse o de que se percatara de mi presencia, pero asentó la jaula que cargaba, se acercó al niño y pasó una mano sobre su cabeza. Ninguno de los dos reaccionó al tacto. Luego el hombre se arrodilló, abrió la puerta de la jaula y sacó un conejo idéntico al otro pero de color negro. Cada pelo del animal estaba en guardia y sus ojos zozobraban. Y, como si fuera algo rutinario, tomó al animal muerto que sostenía el niño y lo cambió por el que temblaba en sus manos. Sólo cuando la expresión del hombre se vio marcada por el mayor desamparo, me paré. En el trayecto hacia la puerta sentí que caminaba sobre ramas resquebrajadas, pequeños huesos, migas secas; algo muy distinto a lo que había sentido la noche anterior, cuando bajé por ese mismo corredor, sospechando que la vida podía ser algo más que un largo listado de estafas.

Ilustración: Luciana Peinado
Ilustración: Luciana Peinado

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