El 17 de mayo, a la misma hora pero en lugares distintos de Montevideo, se lanzaban dos libros: uno sobre ayahuasca y el otro sobre una secta. Aunque muy diferentes entre sí, “ayahuasca” y “secta” son palabras que suelen aparecer juntas. A nivel mediático, por ejemplo, hace algunos años el programa Santo y seña, al aire en Canal 4 de Montevideo, emitió un ciclo sobre el tema y una de esas ediciones indagaba respecto de la presencia en Uruguay de una “secta religiosa” que en sus ceremonias utilizaba ayahuasca, un brebaje psicoactivo de origen amazónico. El informe hacía hincapié en el caso del suicidio de un joven perteneciente al grupo, supuestamente provocado por el consumo de ayahuasca. Los periodistas reforzaron la idea evocando sus propias experiencias con la ayahuasca, tan terribles como un viaje al infierno y llenas de suspenso televisivo. Recientemente, también el diario El País publicó una denuncia que alertaba a las autoridades acerca de la llegada a Uruguay de Ayahuasca Internacional, una peligrosa secta “que se disfraza como terapia sanadora” pero que es “una estafa” y pone en peligro a las personas.

Escena 1: Ayahuasca en el Sheraton

A las 19.25, en el hall del Sheraton de Punta Carretas, las pantallas planas anuncian que el “lanzamiento del libro de Alberto Varela” es en el piso 25. Curiosamente, no aparece el título del libro: Ayahuasca, el viaje interior. Nada de la misteriosa palabra. En el piso 25, el salón, para unas 100 personas, está vacío. El autor está sentado conversando con dos de los asistentes: “En las sierras de Rocha, Alejandro Corchs y Alejandro Spangenberg tienen un lugar donde organizan ceremonias”. Se refiere a los líderes de El Camino Rojo, movimiento espiritual de raíces indígenas mexicanas y norteamericanas presente en Uruguay, cuyos ritos hacen uso de plantas como el peyote y la ayahuasca.

Un taita y sus seguidores machacan y cortan el bejuco antes de prepararlo en la vereda, en El Muelle, bajo Putumayo. Foto: Nicolò Filippo Rosso.
Un taita y sus seguidores machacan y cortan el bejuco antes de prepararlo en la vereda, en El Muelle, bajo Putumayo. Foto: Nicolò Filippo Rosso.

Cuando llega más gente empieza la presentación. Alberto Varela saluda, toma el libro con una mano y lo blande en el aire: “Esto es una excusa para organizar una charla y contarles lo que hacemos. Es una metodología diferente, única en el mundo, con estas medicinas tan poderosas. Mucha gente de todo el mundo está despertando de una forma natural, no religiosa, sino puramente espiritual. ¿Quién maneja la ayahuasca? ¿Los chamanes, los terapeutas, los ayahuasqueros, los psiquiatras?”, dice provocativamente.

Alberto Varela es un empresario argentino radicado en España, desde donde ha desarrollado Ayahuasca Internacional, “una empresa multinacional dedicada a organizar eventos de evolución interior”, según figura en su web. Hace retiros de dos a tres días en los que el uso de plantas que denominan “tradicionales” o “naturales” genera una alteración de la conciencia, lo que combina con técnicas psicoterapéuticas “occidentales”. Se ofrecen brebajes o aplicaciones a base de plantas como la iboga, el yopo, la ayahuasca, el peyote y también el kambó, de origen animal (es el veneno de una rana, conocido por algunos nativos como “la vacuna de la selva”).

Taitas sacan del fuego la olla en la que cocinan el remedio para escurrir el líquido, en Mocoa. Foto: Nicolò Filippo Rosso.
Taitas sacan del fuego la olla en la que cocinan el remedio para escurrir el líquido, en Mocoa. Foto: Nicolò Filippo Rosso.

Esta multinacional de la ayahuasca no es la primera en combinar la psicoterapia con metodologías de cura provenientes de algunos pueblos indígenas del continente americano. Por ejemplo, el médico francés Jacques Mabit dirige Takiwasi, un “centro de rehabilitación de toxicómanos” en Tarapoto, Perú, que también combina medicina tradicional indígena con medicina occidental. Allí se rescata el conocimiento nativo desarrollado durante generaciones por los pueblos locales. La ayahuasca, por ejemplo, es un té utilizado hace cientos de años y hasta la actualidad por pueblos de Brasil, como el huni kuin, el yawanawá, el kashinawá o el tukano; de Colombia, como el cofán y el shuar, y de Perú, como el asháninka.

La forma en que Ayahuasca Internacional se relaciona con esa tradición indígena tiene algunas particularidades. “Lo que decidimos fue descontextualizarla de su entorno cultural, religioso, chamánico, tradicional. El nuevo entorno es un acompañamiento para que la persona recupere el poder sobre su vida”, explica Alberto Varela en la presentación. Así, estas plantas salen del contexto original y pasan a ser consumidas en los “epicentros” de la organización en más de diez países. El cambio es brusco: los epicentros son lugares de alta gama y los retiros son bastante caros.

Retrato del taita Marcelino, en Sibundoy, Putumayo. Foto: Nicolò Filippo Rosso.
Retrato del taita Marcelino, en Sibundoy, Putumayo. Foto: Nicolò Filippo Rosso.

De hecho, el proceso de descontextualización de esas plantas se encuentra en curso por toda la región. Religiones “ayahuasqueras”, como el Santo Daime y la Unión del Vegetal, nacidas en la Amazonia brasileña, hoy están presentes en varios países de los cinco continentes. Chamanes peruanos viajan a lo largo y ancho del planeta para impartir ceremonias. Por mucho tiempo, estas prácticas se mantuvieron en lugares aislados (selvas, sierras, desiertos) y de una forma entre clandestina y secreta. Hoy han salido al mundo y llegan a países distantes como Uruguay u Holanda, donde antes esas plantas no eran conocidas ni se practicaban tales ceremonias.

Pero para conocer ese mundo hay que ir a la fuente. Así lo hizo Alberto Varela. Allá por 2001, el empresario fue a la Amazonia a especializarse en la preparación y uso del yagé, como se conoce a la ayahuasca en Colombia. Luego de convivir con los nativos y aprender de ellos, llevó la ayahuasca a España y comenzó a organizar rituales propios. Poco tiempo después, en 2008, fue denunciado por familiares de participantes y vecinos que alegaban que los rituales se descontrolaban. Varela fue encarcelado en 2008, pasó 14 meses en prisión y en 2010 fue absuelto de un “delito contra la salud pública”. Ya en libertad, siguió con su actividad: fundó Ayahuasca Internacional en 2013 y retomó los viajes a Colombia para llevar las “medicinas” a Europa y organizar visitas a ceremonias en la selva para sus clientes europeos. Luego abrió la Escuela Ayahuasquera Europea, que forma los “facilitadores” de la empresa, personas sin estudios específicos que en pocas semanas son habilitadas para dirigir ceremonias en varias partes del mundo.

Foto: Nicolò Filippo Rosso.
Foto: Nicolò Filippo Rosso.

En 2015, las autoridades del pueblo cofán, nativo del Putumayo colombiano, realizaron un pronunciamiento público para alertar sobre el riesgo de “ser inducidos por personas no avaladas por ninguna de nuestras autoridades tradicionales ni formadas en nuestra medicina tradicional, que recurren a actos mentirosos y fraudulentos, como los del señor Alberto José Varela, quien merece ser investigado por las autoridades locales de cada país en el que suplanta nuestra autoridad y buen nombre de la medicina ancestral indígena en beneficio propio y de su lucrativo negocio y ya no comunitario, como lo hemos hecho milenariamente”. Los cofán denuncian que Varela se presenta en el mundo como autorizado por ellos para utilizar yagé, pero que en realidad ha falsificado la firma de la máxima autoridad de su pueblo. También afirman que es falso que realice inversiones económicas orientadas a mejorar su comunidad.

Poco después se hizo pública la “Carta de los 100”, documento internacional “de apoyo al pueblo cofán y contra las actividades de Alberto José Varela” firmado por 100 reconocidos investigadores, docentes y científicos especialistas en estos temas. Según dicen, mediante “estrategias de marketing agresivas” Varela hace un “uso irresponsable” del yagé, “empleando a personas que carecen de conocimiento y preparación”, y realiza “la venta directa del remedio a cualquiera sin ningún control, aprovechándose de la ignorancia, credulidad, buena fe y de la vulnerabilidad de muchas personas”.

Una mujer de la comunidad cuida a su abuela enferma. Foto: Nicolò Filippo Rosso.
Una mujer de la comunidad cuida a su abuela enferma. Foto: Nicolò Filippo Rosso.

Varela atribuye estas críticas y denuncias a la “envidia” por el crecimiento de su empresa. Él afirma que la ayahuasca “no es patrimonio de ninguna etnia indígena de ningún país, sino patrimonio de la humanidad”. Luego de terminar la conferencia, extrae de su maletín miles de dosis psicodélicas encapsuladas para sus “facilitadores” uruguayos. Varias personas ya piden más información, accionadas por el discurso de Varela: “Todo el método se reduce a un acto de valor y coraje: ¿quieres ver lo que ha pasado? ¿Quieres meterte? ¿O quieres seguir mintiéndote? A veces es difícil salir de nuestro problema central, creamos personajes, vendavales emocionales... a no ser que la vida nos lleve al límite de decir: ‘No hay más tiempo’. Es inminente. La ayahuasca está llegando al mundo para traer este mensaje: no hay más tiempo. Es el final”.

Escena 2: Sectas en el sótano

Había cerca de 40 personas la noche fría y lluviosa en que María Urruzola presentó De la Gestalt a la secta. El encuentro tuvo lugar en el sótano de una librería del Centro de Montevideo, reciclado en vinoteca. Los participantes concordaban en la grata sorpresa del descubrimiento de ese espacio en la ciudad, con su perspectiva subterránea. Los protagonistas fueron la autora y el psiquiatra y psicoanalista Marcelo Viñar.

Ceremonia de yagé. Foto: Nicolò Filippo Rosso.
Ceremonia de yagé. Foto: Nicolò Filippo Rosso.

La historia comenzó con José Luis Ximénez, psicólogo vinculado al Centro Gestáltico de Montevideo desde inicios de los años 90, que luego acabaría creando el grupo Holi Tao. Sobre este trata el libro de Urruzola. Al principio, Ximénez se reunía con pacientes y estudiantes a practicar actividades terapéuticas. Luego se consolidó un grupo en torno a su figura, que funcionó durante 15 años. En ese tiempo, sus integrantes construyeron casas y convivieron en ellas, cortaron sus relaciones familiares y laborales y redujeron al mínimo posible sus vínculos con la sociedad. “Partir a la libertad” era una de las motivaciones principales de quienes creían en Ximénez y su propuesta.

A partir de antiguos participantes del grupo, Urruzola detalla varios episodios, prácticas abusivas y delitos perpetrados por los líderes contra los integrantes de Holi Tao. Los hechos comenzaron a tener mayor visibilidad a partir de la sentencia penal de Ximénez y de otras dos personas del grupo. También contribuyó la emisión de Santo y seña, que en 2012 hizo pública la historia en su ciclo sobre sectas. El proceso penal y la difusión televisiva abrieron la posibilidad de que algunas personas que habían pertenecido al grupo contaran varios episodios a Urruzola. Su libro es directo y se focaliza en los testimonios de las “víctimas” de la “secta”. Abusos de diferente orden, asuntos de dinero y propiedades son algunos de los episodios que se relatan, así como descripciones del proceso judicial.

Un paciente durante una limpieza después de una ceremonia de yagé en Sibundoy, Putumayo. Foto: Nicolò Filippo Rosso.
Un paciente durante una limpieza después de una ceremonia de yagé en Sibundoy, Putumayo. Foto: Nicolò Filippo Rosso.

Durante la presentación, la idea de víctima no convenció a Viñar, aunque tampoco lo convencen la figura de Ximénez, a quien descalificó fuertemente, ni la de Carlos Castaneda (fuerte influencia de Ximénez y el grupo Holi Tao), a quien se refirió como “extremadamente antihumano”. En todo caso, quedó claro que el psicoanálisis más ortodoxo nunca ha visto con buenos ojos las posibilidades psicoterapéuticas que derivaron de las exploraciones psicodélicas pos años 60.

Castaneda fue un antropólogo que se hizo muy famoso por sus publicaciones de fines de los años 1960 y 1970, cuando fue desarrollando diferentes elementos de caminos espirituales elaborados con fuerte influencia de las plantas sagradas y el chamanismo norteamericano. Entre otras cosas, Castaneda y su obra acabaron dando a conocer a un público masivo las experiencias con peyote, un cactus cuyo consumo induce estados alterados de la conciencia. Su publicación más conocida, Las enseñanzas de Don Juan, fue un punto de inflexión y objeto de polémica para la antropología, así como una pieza clave para el desarrollo de lo que hoy se denomina “neochamanismo”.

En el neochamanismo convergen las lógicas de la Nueva Era, el uso de plantas sagradas y las búsquedas terapéutico-espirituales de sectores sociales medios y medios-altos fuertemente instruidos, con ansias de transitar caminos introspectivos y de expansión de la conciencia que no encuentran en las instituciones más tradicionales. En Uruguay, de los ámbitos gestálticos ya mencionados surgió, por ejemplo, El Camino Rojo, liderado por personas con bastante exposición pública, como Alejandro Corchs.

El taita Marcelino cura y limpia el cuerpo de un paciente. Después de la toma del remedio los taitas, a través de la limpieza, armonizan y centran el cuerpo de los pacientes con sus espíritus. Foto: Nicolò Filippo Rosso.
El taita Marcelino cura y limpia el cuerpo de un paciente. Después de la toma del remedio los taitas, a través de la limpieza, armonizan y centran el cuerpo de los pacientes con sus espíritus. Foto: Nicolò Filippo Rosso.

Así, desde el inicio mismo aparece un problema en el título: De la Gestalt a la secta. Viñar lo criticó, la autora lo defendió. Lo cierto es a una única dirección, una secuencia causal en la que lo primero parece conducir a lo segundo. “De marxismo a estalinismo”, ironizó Viñar. Quizás la secuencia aplique solamente para el caso específico denunciado por Urruzola.

¿Dónde están los límites? ¿Cuáles son las alteridades a legitimar y cuáles las a combatir? ¿Acaso todo aquello que se desvíe del justo centro es pasible de demonización en una suerte de caza de brujas? O al contrario, ¿se deben incrementar los mecanismos de control y sanción, la denuncia de aquellos actos reprobables? Quizá aquello catalogable como delito sea un buen comienzo, y eso es lo que expresó Urruzola.

Creer o reventar

Las experiencias relatadas en ambos libros se dan en un ambiente de resurgimiento de alternativas espirituales que combinan una infinidad de elementos: cosmología astrológica, oráculos, terapias alternativas, literatura de autoayuda, filosofía, religiones orientales, corrientes esotéricas, culturas indígenas, preservación ambiental, vida en comunidad, entre otros. En este contexto, muchas personas acuden a todo tipo de métodos alternativos con objetivos variados, como el autoconocimiento, la mejora de la calidad de vida y el tratamiento psicoespiritual de sus problemas. ¿Dónde entran las sectas? Muchas de estas propuestas generan colectivos de pertenencia que captan a esos buscadores alternativos. Es muy común que estos grupos se reconozcan como “familias” que comparten un sistema de valores. A lo largo de la historia se puede identificar algunos elementos que entran en juego cuando una persona encuentra a su “familia” en alguna de estas propuestas.

Un niño enfermo tratado por el taita Marcelino. Foto: Nicolò Filippo Rosso.
Un niño enfermo tratado por el taita Marcelino. Foto: Nicolò Filippo Rosso.

A fines del siglo XIX, Estados Unidos fue escenario del great awakening (gran despertar) protagonizado por miles de personas que se convirtieron al ingresar a grupos protestantes evangélicos de orientación milenarista, profética o utópica. Al analizar el fenómeno, el psicólogo norteamericano William James propuso tomar la conversión como un fenómeno usualmente de carácter positivo, en el que las experiencias subjetivas religiosas del participante producen un reacomodamiento de su identidad, “unificando el yo” y favoreciendo la integración psicológica y la adaptación del individuo a su entorno.

El fenómeno dio un giro distinto en el inicio de la Guerra Fría, cuando el periodista Edward Hunter acusó a China de practicar brainwashing o “lavado de cerebro”. Su idea respondía a una concepción de choque de paradigmas civilizatorios: el mundo democrático y libre, liderado por Estados Unidos, contra el mundo totalitario, inicialmente identificado con el comunismo. Al comienzo los antagonistas serían la Unión Soviética, China, Corea del Norte, Vietnam y las guerrillas latinoamericanas; finalmente, Medio Oriente y sus dictaduras y grupos terroristas, entendidos como reivindicadores de una ideología radical relacionada a nivel psicológico con un proceso de conversión religiosa extrema. Mientras que se dice que el uso del terror por medio del asesinato de la población civil es una práctica exclusiva de los grupos armados islámicos, se hace la vista gorda al terrorismo de Estado de los “emperadores” occidentales. Un sesgo similar puede observarse en el uso del término “secta”.

En los 70, el concepto de “lavado de cerebro” comenzó a ser utilizado sistemáticamente, esta vez en confrontación con la rápida proliferación de nuevos grupos religioso-espirituales surgidos en la revoltosa década anterior. Uno de estos grupos fue Children of God (Niños de Dios), fundado en 1968 en California por el carismático líder David Berg, quien sería protagonista de distintos escándalos sexuales. En 1972 surgió la asociación Free Our Children from the Children of God (Liberen a nuestros niños de los Niños de Dios), fundada por el famoso “desprogramador” Ted Patrick, quien propuso distintas técnicas para revertir la programación mental y el lavado de cerebro producidos por las sectas. Algunas de estas técnicas eran de carácter coercitivo, como la detención forzosa o la provocación de fatiga mental, emocional o física. Con el correr de los años, y en paralelo con la emergencia de nuevos movimientos religiosos, surgieron distintos grupos antisectas, que combatieron y denunciaron el peligro de los cultos, poniendo énfasis en la vulnerabilidad de un sector de la población, principalmente compuesto por niños y adolescentes. En los 80, profesionales de distintas disciplinas, entre ellos psiquiatras, sociólogos, psicólogos, médicos y asistentes sociales, se sumaron a la cruzada.

El taita Marcelino cura a una niña de la comunidad mediante soplidos. Foto: Nicolò Filippo Rosso.
El taita Marcelino cura a una niña de la comunidad mediante soplidos. Foto: Nicolò Filippo Rosso.

La crítica al modelo antisecta no se hizo esperar. Se cuestionó duramente algunos términos pseudocientíficos, como “desprogramación” o “lavado de cerebro”, y se los expuso como metáforas que no decían nada desde el punto de vista psicológico, aunque sí inspiraban temor a la población. Se hizo notar también cómo el uso del término “secta” se había vuelto una clase de etiqueta y estigma, y se utilizaba respecto de grupos religiosos minoritarios que en los hechos utilizaban similares métodos de captación y adoctrinamiento que otras instituciones religiosas consideradas legítimas. ¿O acaso las religiones tradicionales como el cristianismo, el judaísmo, el budismo, entre otras, no poseen sus propios métodos de adoctrinar, educar y generar lazos de exclusividad con sus miembros?

Claro que grupos como Children of God (que fomentaba la prostitución para captar adeptos), People’s Temple (cuyo líder, Jim Jones, llevó a más de 900 seguidores al suicidio colectivo) o los célebres Rajneeshees de Osho (cuya cúpula llegó a utilizar armas químicas contra la población de Oregón) incurrieron en acciones delictivas, pero estos serían casos extremos en la amplia variedad de colectivos religiosos existentes. Asimismo, podemos observar una doble vara a la hora de valorar distintas instituciones religiosas. Por ejemplo, cabe preguntarse por qué muchos de estos colectivos antisectas aun hoy en día no son capaces de equiparar los actos de grupos sectarios con los miles de casos de abuso de menores provenientes de curas y obispos de la Iglesia católica, que han sido ocultados por décadas bajo distintas estrategias institucionales.

Así, la diferencia entre secta y religión no ha obedecido a criterios neutrales o científicos, sino a aspectos de legitimidad social, la mayoría de las veces de forma inconsciente, tomando en cuenta el “sentido común”. Formulaciones más recientes sugieren que no existe un solo factor por el cual una persona se convierte a una religión; la personalidad y la historia individual influyen en el proceso.

El taita Marcelino cura a una mujer tocando la armónica. El instrumento es un símbolo de transformación. Foto: Nicolò Filippo Rosso.
El taita Marcelino cura a una mujer tocando la armónica. El instrumento es un símbolo de transformación. Foto: Nicolò Filippo Rosso.

En la antropología social, los estudios etnográficos suelen describir la conversión con el clásico “problema del sentido”, relacionado con una búsqueda de nuevos significados frente a momentos de crisis o cambio. La psicología social subraya cómo durante situaciones de crisis personal, enfermedad, eventos trágicos, duelo o injusticia, el uso de atribuciones religiosas permite a la persona dar sentido a su experiencia, de modo de recobrar el control y la autoestima.

En muchas ocasiones el uso de la religión genera efectos positivos y permite que la persona pueda recuperarse. Pero el efecto también puede ser negativo, principalmente porque el converso se encuentra en una posición de debilidad y sugestión frente al grupo o el líder carismático. Al igual que en una psicoterapia, los efectos positivos o negativos dependerán en gran medida del contexto, así como de la comunidad de pares, los referentes y los líderes, con sus cualidades tanto intelectuales como humanas. A su vez, los mecanismos de sugestión y adoctrinamiento no son exclusivos de las religiones, y se observan en contextos sociales, políticos e incluso académicos.

Ética y poder

En su sentido estricto, el término “secta” refiere a cualquier grupo religioso que se aparte de una ortodoxia. Por ejemplo, podríamos entender al cristianismo inicial como una secta del judaísmo. La carga peyorativa del término se ha añadido a partir de concepciones antisectas, que, como hemos visto, también son objeto de múltiples críticas. Cabría preguntarse si muchas instituciones políticas, militares y educativas no presentarán acaso distintos rasgos considerados para las sectas, como el adoctrinamiento, la disminución de la capacidad crítica, diversos mecanismos de sanción y coerción, y la tendencia al aislamiento de sus miembros.

El uso del término “secta” no contribuye a aclarar el panorama, y el debate no debería girar en torno a qué es o no una secta religiosa, sino centrarse en de qué modo distintas agrupaciones impactan en beneficio o perjuicio de sus miembros y en cómo estas cumplen con criterios éticos en sus distintas prácticas terapéuticas, religiosas o espirituales. En el caso de Holi Tao, el acusado principal es un psicólogo, es decir, alguien que posee una profesión que cuenta con sus propios criterios éticos. En el caso de Ayahuasca Internacional, Alberto Varela, sin ser un profesional, se autodenomina creador de un nuevo método terapéutico, a medio camino entre lo psicológico y lo espiritual. En ambos casos, el debate debería estar centrado en si existen abusos o irregularidades que exploten la relación desigual que establece el vínculo de confianza, del mismo modo que cuando un cura establece un nexo determinado con sus feligreses, o un político con sus seguidores.

Un taita invoca al espíritu del yagé antes de repartir el remedio a los pacientes. Foto: Nicolò Filippo Rosso.
Un taita invoca al espíritu del yagé antes de repartir el remedio a los pacientes. Foto: Nicolò Filippo Rosso.

Por otro lado, ambos colectivos mencionados involucran no solamente nuevas prácticas psicoespirituales, sino también el uso de distintas sustancias psicoactivas, que suponen tensiones legales vinculadas a la regulación de drogas, la salud pública y la libertad de culto religioso. Tomemos como ejemplo el caso de la ayahuasca. Mientras que en Brasil está regulada para su uso en contextos religiosos, pero excluida en sus usos terapéuticos, en Perú está declarada como patrimonio cultural, lo que involucra tanto sus dimensiones espirituales como medicinales. En Uruguay hace al menos 25 años se puede observar el uso de ayahuasca en contextos terapéutico-religiosos. Considerando la complejidad del asunto, ¿qué medidas se puede tomar? ¿Deberían trazarse caminos en torno a la regulación de los usos de la ayahuasca?

Existe una extensa literatura científica respecto del potencial terapéutico de la ayahuasca, como también acerca de los riesgos asociados a su uso. Como en cualquier sustancia psicoactiva, la sustancia en sí misma, el sujeto que la experimenta y el contexto de consumo son un triángulo indisociable que determina el resultado de la experiencia. A su vez, y como en cualquier contexto “terapéutico”, sea religioso o no, sea con sustancias psicoactivas o no, se abre un espacio de vulnerabilidad, en el que el paciente o practicante es capaz de abrirse a nuevos sentidos y posibles soluciones frente a problemas o crisis. Potenciales efectos positivos o negativos son posibles, así como usos y abusos en el manejo de esos espacios, sea por un terapeuta o un líder espiritual, en un grupo terapéutico o en un entorno religioso. Plantear estrategias y políticas para regular este campo sin ejercer un rol represivo o culturalmente sesgado es uno de los desafíos de un país laico como Uruguay.

La gente del yagé


Nicolò Filippo Rosso (Italia, 1985) es un fotógrafo que reside en Bogotá. Así comenta el fotorreportaje que publicamos en estas páginas:

En 2011 y 2013 viajé al departamento de Putumayo, en la Amazonia colombiana, para ser parte de los rituales del yagé y para registrarlos. El yagé es la piedra angular de la vida y de la medicina tradicional de la gente de Putumayo, que lo llama “remedio”. Es una enredadera que, mezclada con las hojas de la planta chugru panga, puede curar enfermedades físicas y espirituales.

Los encuentros que tuve en ese viaje cambiaron mi vida y la manera en que veo al mundo a través de mi lente.

Desde aquella primera visita volví muchas veces, atraído por las prácticas medicinales de los indígenas y el efecto curativo del yagé. Preparé el remedio y lo bebí en el bosque con los taitas, los sanadores indígenas.

Estas fotografías son fragmentos de un trabajo mayor. Con estas capturas de algunos momentos en el mundo del yagé me veo más como un mensajero que como un reportero gráfico.

Mi objetivo es acceder a una comprensión más profunda de estas prácticas sanadoras antiguas y brindarle a un público más amplio una reflexión sobre el misterio del yagé.