Tomás Díaz siempre estaba callado. El abuelo de mi abuelo fue esclavo hasta que alcanzó la libertad, después de pelear una guerra que ya ningún familiar recuerda cuál fue. Mi abuelo Rubén, hoy de 94 años, lo evoca como un hombre silencioso, cabizbajo y muy pensativo. En su vida de esclavo domaba caballos en una estancia de algún departamento del interior que al abuelo se le borró de la memoria.

Rubén, el Tata, cuando habla de los “temas de la raza” se pone serio y desvía la mirada, tal vez como hacía su abuelo. Por lo demás es un hombre alegre que todavía ama bailar. Siempre me habló de la presencia negra en el tango y la milonga. Fue quien me hizo dar los primeros pasos en el tango y la milonga al son del tan tan. Yo iba sobre sus pies, él marcaba el compás y movía nuestros cuerpos.

Los domingos por la mañana mamá me ponía unos zapatos blancos de presilla y pantalones de pana o pollera, por lo general confeccionados por ella misma. Tomábamos el ómnibus y llegábamos a la casa más linda del mundo, la de mis abuelos. Me encantaba escuchar el ring del timbre y ver las sonrisas de la abuela, el Tata y el tío que nos esperaban con ansias.

En la cocina la radio siempre estaba prendida, emitiendo su sonido profundo y fuerte con tangos y milongas. La abuela buscaba el dial y cuando lo encontraba se arrimaba al fogón a seguir cocinando con su paso rápido. Los compases motivaban su rutina.

Cuando sonaba la radio el Tata venía por el pasillo para abrazarme, subirme a sus pies en un solo movimiento y bailar un tango. “Tan, tan. Tan, tan, tan, tan”, cantaba mientras bailábamos. Esos latidos fuertes de la onomatopeya me encantan hasta hoy. El compás del Tata me empezó a hacer milonguera, sin dudas. El “tan tan” es un decir muy querido para mí porque viene del fondo de la historia de mi gente.

Ahora, cuando me pongo los zapatos de baile evoco a la niña que gustaba de calzarse y bailar con su abuelo. El Tata me hacía dar pasos cortos y rápidos cuando sonaban las milongas y cantaba su tan tan.

Antes del almuerzo, mientras conversábamos en la mesa de la cocina, el Tata me daba una cucharadita de vermú con azúcar y agua de aperitivo. Decía que era “para hacer paladar”. A veces en la milonga también respiro ese instante, ese paladar bailable.

En esa mesa escuché todas las historias que mi familia atesora en la memoria oral. Mi bisabuela materna era una africana en Uruguay. Llegó a Montevideo porque mi tatarabuela murió picada por una serpiente en Melo. A su hija la mandaron a trabajar a una casa en la capital, en condiciones de semiesclavitud. Era una niña sola tutelada; no le pagaban, era una criada.

Cuando mis abuelas y tías, casi todas domésticas, se iban a trabajar les preguntaba por qué se pintaban y se arreglaban tanto. Respondían que la calle era una selva. El maquillaje y sus ropas relucientes eran el mejor amuleto contra la ignominia. Ellas nunca salían solas, siempre iban acompañadas por los ataques que recibían o por las amenazas. La calle era una selva.

El auge migratorio fue fundante para Montevideo. Muchas veces los hombres venían primero y luego llegaban sus familias, una costumbre que dio lugar a un gran círculo de relaciones ocultas, doble vidas y promesas de amor incumplidas. La historia de los hijos e hijas por fuera de lo establecido fue constante durante esta época. El abuelo fue uno más en este largo proceso de existencias de dificultoso inicio.

Con seis años el Tata barría veredas a cambio de pan y bizcochos. A los diez vendía chacinados en Montevideo con su tío Conrado, un anarquista muy militante. Conrado lo hacía cantar y también entregar panfletos revolucionarios en actos sindicales. “Pan y trabajo, Policía abajo”, recuerda el Tata que decían los folletos proletarios.

El tío Conrado fue organizador sindical y cultural en la década del 40, así como un gran escritor de teatro e impulsor de las organizaciones sindicales. El teatro, el tango y la política tejían las redes del movimiento social del que participaba.

El anarquismo de esa época se encontraba en plazas públicas. El Tata la debe haber pasado bien por ahí, porque todavía recuerda las fiestas barriales, en las que también había tango popular. Mi abuelo escuchó al minuano Humberto Correa interpretar “Mi vieja viola” en Plaza 5. También a Horacio Pintín Castellanos y a Nina Miranda en el tablado de vecinos de La Unión.

El abuelo vivía a dos cuadras del conventillo Porchile, ya demolido, en la zona oeste de Tres Cruces. Todavía de pantalón cortito, tironeaba un carro de ruedas de madera y se arreglaba para espiar las fiestas de los grandes y sus secretos. A los 12 años era peón en un aserradero. Cuando no trabajaba pateaba la pelota con Rubén Varela, el hermano de Obdulio, el capitán celeste de 1950. El Tata también practicaba básquetbol. Con esa misma barra se hicieron milongueros y salían de jarana hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Entonces ya usaba zapatos de charol con taquito militar, pantalón bombilla y pañuelo al cuello. “La pinta era clave para entrar en las milongas. En el Vaccaro no entraba cualquiera por pinta y por raza”, recuerda sobre aquel reducto del tango y sus orquestas del barrio Goes. Las milongas del Palacio Salvo, el Vaccaro, el teatro Artigas, las de los cines o las del Parque Español “eran buenísimas”, pero para el Tata la mejor era la de negros del Club Agrícola, que estaba en 8 de Octubre y Comercio. Fue el baile más popular, todo hecho por gente de abajo.

Joven Tango. Foto: Mariana Greif
Joven Tango. Foto: Mariana Greif

El Tata y mi abuela Amalia se conocieron en una milonga. “Yo estaba afuera, eran como la una de la mañana, venía del Palacio Salvo y el Artigas ardía. Vi a una pareja bailar un tango. Ella estaba vestida de blanco. Esperé la pieza, la invité a bailar y bailó. Luego me presenté en su mesa. Ella estaba ‘dragoneando’ con un violinista que tocaba esa noche”, ríe acordándose. Esa noche de 1947 tocó Horacio Pintín Castellanos. “Ahí conocí al amor de mi vida, bailando un tango”, se emociona el Tata. A él le gustaban las mujeres que abrazaban decididas en la pista.

El tango se remonta a las primeras expresiones de mis ancestros en estas tierras tan lejanas y duras para ellos. El tan tan nos une porque siempre nos unió.

La llegada de mujeres y hombres africanos en situación de esclavitud y su cosificación con fines económicos no destruyó la fuerza interior de sus prácticas y su perspectiva ontológica. La danza, el canto y la música fueron algunas de las expresiones que sobrevivieron.

El tango en tierra oriental tiene orígenes africanos, y también al otro lado del Río de la Plata. En cada puerto de América el arte negro dejó huellas que perduran hasta hoy. El abate Dom Pernety, un benedictino francés, capellán de la expedición de Louis Antoine de Bougainville —el primer marino francés en dar la vuelta al mundo—, visitó Montevideo en diciembre de 1763. En su bitácora describió minuciosamente una de las danzas de los esclavos que llamó calenda, una expresión usada por los blancos para generalizar las danzas negras en distintos puertos, sobre todo de las Antillas.

La crónica de Pernety es larga. Su cita también:

Hay una danza más viva y más lasciva que se baila algunas veces en Montevideo. Se le llama calenda. A los negros y mulatos que tienen un temperamento ardiente les gusta con furor. Esta danza fue traída a América del reino de Arda, sobre la costa de Guinea. Los españoles la bailan como ellos en todos los establecimientos de América sin tener el menor escrúpulo. Es de una gran indecencia. Sin embargo, el gusto por ella es general, pues hasta los niños la ejercitan en cuanto pueden sostenerse sobre sus pies. La calenda se baila al son de los instrumentos y de cantos. Los danzarines se colocan en dos filas, una delante de otra, los hombres frente a las mujeres.   Pernety también decía que los bailarines se golpeaban el vientre y que había “piruetas” e incluso besos “sin perder la cadencia”.

El musicólogo Lauro Ayestarán puso en duda el relato; consideró que fue un plagio a Jean Labat, otro explorador de “las Indias” que 65 años antes había descrito la calenda en Santo Domingo. Las referencias a esta danza existen en muchas partes de América y de las Antillas y están unidas a las descripciones de la chica, antecesora del tango y la milonga. Estos bailes tienen semejanzas, como que la pareja por momentos baila enlazada, los cortes y las quebradas. También circularidad y giros. Además, el centro del espectáculo eran las parejas.

En el Congo y en Cayena llamaron calenda a esta o estas danzas. Los españoles la designaron fandango. “Este baile tiene una melodía propia y un ritmo muy marcado de vitalidad”, escribió Moreau de Saint-Méry, un contrarrevolucionario francés que administró los intereses de su país en el Caribe, en su descripción de la isla de Santo Domingo.

Las Antillas y los puertos del sur como Montevideo o Buenos Aires estaban conectados: palabras similares, ritmos parecidos y un comercio pujante. Los registros en Montevideo hablan del tango o el “tangó” que practicaban los africanos.

La historia del tango negro es la historia de lo no dicho, de relatos fragmentarios de expedicionarios, religiosos y aventureros blancos que se enfrentaban a un mundo desconocido que describieron, pero sin entender todo lo que veían.

En 1778 el rey Carlos III decretó el libre comercio entre el Imperio español y sus colonias de América. Montevideo era un pueblito ultramarino donde convivían 700 esclavos, 312 negros libres, 12 pardos, 2.903 españoles y 73 indios, según el censo.

Con la apertura comercial creció la trata de africanos en la región. En 1800, la población afro era más de la mitad entre los montevideanos. Los diversos orígenes de las personas secuestradas en África generaron un gran intercambio de prácticas culturales, cosmovisiones y creencias. La rama principal que habitó la tierra oriental fue la bantú, proveniente del Congo. De allí también llegaron benguelas, carabalis, mozambiques, minas, cabindas, quiloas. Pero también de-sembarcaron angoleños, entre otros.

Tomás Olivera Chirimini, de la Asociación Africanía, dice que en congoleño tangu significa “sol”. Tango es el paso lento del sol en muchas lenguas bantúes; es un vocablo vinculado al tiempo. Expresiones similares aparecieron en otras regiones a las que los negros llevaron su lengua y sus creencias. Basta ver la danza angoleña kizomba para reconocer al tango rioplatense, el abrazo, el desplazamiento y los cortes.

En la construcción de la identidad negra americana las cofradías jugaron un rol clave. Eran espacios dirigidos por la Iglesia católica para adoctrinar. Fueron el instrumento para el “aculturamiento” y la “resignación” de los esclavos, al decir de Jorge Romero Rodríguez, historiador afro. Tenían el fin de liquidar la rebeldía. Las cofradías eran un lugar de esparcimiento tutelado en el que las costumbres europeas se incorporaron a la vida cotidiana de los africanos.

Las salas de nación surgieron entre los descendientes de los primeros africanos algún tiempo después. Allí también se realizaban rondas y se bailaba en pareja. Muchas de las prácticas en estos lugares de reunión son desconocidas. Tomás Olivera, en su libro Memorias del tamboril, los candombes de reyes: las llamadas, investigó la coronación de los reyes Congo en las salas de nación de Uruguay, así como sus danzas de tango y candombe en aquel lejano siglo XVIII.

Las salas fueron impulsoras del candombe, el tango, la milonga y otras danzas y músicas.

La mayor parte de aquella interacción entre africanos y el Montevideo colonial y poscolonial fue olvidada. Sobreviven las prohibiciones, hijas y nietas del racismo estructural, generador de las desigualdades históricas que persisten hasta hoy. El ritual alertó a los montevideanos, que reglamentaron la libertad de los cuerpos y también de las voces y los ritmos.

En 1808, algunos vecinos elevaron un petitorio al Cabildo para exigir mayor severidad en la represión de los “tangos de negros”. “Se relajan enteramente los criados, faltando al cumplimiento de sus obligaciones, cometen varios desórdenes y robos a los mismos amos para pagar la casa donde hacen los bailes y si no se les permite ir a aquella perjudicial diversión viven incómodos, no sirven con voluntad”, se escandalizaban los “amitos”.

En el Cubo Sur de la fortaleza montevideana, que todavía resiste sobre la rambla de Montevideo (en la esquina con la calle Treinta y Tres), los africanos se juntaban a practicar sus candombes. Isidoro de María, cronista e historiador montevideano, refería que se juntaban en la “cancha”, como le decían al lugar para danzar que cada nación tenía asignado. Allí cantaban y celebraban con sus instrumentos. También hubo celebraciones en la calle San Pedro, para rezar a sus deidades y organizar la comunidad.

Isidoro de María fue testigo de esos “tangos”:  

Cada nación tenía su canchita de trecho en trecho, media alisada a fuerza de talón o preparada con una capita de arena para darle al tango. [...] El tango se prolongaba hasta la puesta del sol, con sus variantes de beber chicha (fermento alcohólico del maíz) para refrescar el gaznate (la garganta), seco, de tanto eee llumba, eee llumbá.

La palabra tango figura en 1809 aplicada al baile de los negros en un reglamento de la Policía del Cabildo. Siete años después se estableció la prohibición “de los bailes conocidos por el nombre de tangos” dentro de la ciudadela; sólo los toleraron extramuros los días de fiesta, durante las tardes hasta el crepúsculo. La celebración debía ocurrir “sin armas, palo o macana, so pena de ocho días de prisión en la limpieza de la ciudadela”.

En 1830, cuando Uruguay empezó a ser un país, las palabras tango y candombe seguían refiriendo indistintamente a danzas y cantos rituales. Se registraron bailes de tango en las naciones angoleñas y en las salas de nación o en eventos políticos.

En 1839, un edicto policial delimitó las ceremonias a la parte sur de la ciudad los días festivos hasta las nueve de la noche. Desde entonces se conocen registros de danza y canto en la intersección de las calles Recinto y Yerbal, donde 40 años después nació El Bajo, el barrio prostibulario que “acunó el tango compadrón” hasta 1929, cuando empezó su demolición, como dice la canción “Adiós mi barrio”, de Víctor Soliño y Ramón Collazo.

El baile resistió durante siglos, a pesar de las prohibiciones, y se reconfiguró. Y todavía lo hace. La unión de los cuerpos une el presente y la historia de esta danza enigmática.  

Bailan tango las negritas, \ y los negros a su vez, \ Penas aquí no se sienten, \ sólo se goza placer.

Así cantaba la comparsa La Raza Africana en 1870. Su tango se llamó “Canción de la raza africana”.

Los tangos no sólo hablaban de baile o de cómo aguantar el dolor; hubo al menos uno satírico, sobre la inflación y la política monetaria del caudillo Lorenzo Latorre, que data de 1877.

Por lo’ de diez pesos le juro \ no nos dan ni tres... \ el papel nadie lo quiere \ ni para envolver.

También existió la comparsa Pobres Negras Lavanderas. Eran todas mujeres de Durazno. Algunas de sus letras fueron transcriptas en el periódico El Argos en 1883. Las mujeres afros de Uruguay siempre fueron portadoras de tradición oral. Entonces, pedían esfuerzo y baile a sus comadres.  

Bailemos negras un tango \ con mucho gusto y compás, \ que si a las niñas agrada \ quisá, no salgamo’ mal. \ A ver si hacemos esfuerzo \ de entonar este cantar \ y de bailar este tango \ con gracia particular. \ Ya que tú negra no tienes \ ninguna dificultad, \ es preciso que demuestre’ \ hoy tu buena habilidad, \ porque tú sabes que el tango \ precisa aire y nada más, \ y así te pide mi negra \ bailá, mi negra bailá.

La época negra del tango ocurrió entre 1800 y 1890. Hacia el siglo XX, la emigración europea y la migración del campo a la ciudad parecen haber desvanecido la participación afro en el tango y la milonga.

Milonga en la Plaza de Cagancha, durante Montevideo Tango. Foto: Mariana Greif
Milonga en la Plaza de Cagancha, durante Montevideo Tango. Foto: Mariana Greif

El tango pasó de las salas de naciones africanas y las cofradías a los cabarets y los salones. Se lo apoderaron las academias de baile de los “niños bien” y también los “niños mal” de El Bajo, toda la fauna de taitas y cantores, compadritos y malandras.

El tango cambió. Pero conservó su barrio, El Bajo. El coronel Lorenzo Latorre recluyó todos los prostíbulos de la ciudad en ese sitio. La explotación de la mujer al ritmo del tango en los piringundines fue tolerada y hasta se podría decir auspiciada por el gobierno del tirano, pero también por la sociedad.

La orquesta preludió un tango lento, acompasado y rítmico. Los hombres se alzaron y quitándose las espuelas se retiraron al rincón de la pieza donde las mujeres se habían amontonado como para protegerse las unas [a] las otras. Con un cumplimiento las trajeron al espacio destinado a la danza. El poncho flotante y el chiripá que hacía oficio de pantalones oscilaba en el aire. A ratos se separaban, volvían a acercarse con aire de gravedad y luego el hombre, adelantándose, tomaba a su pareja por el talle y parecía impulsarla hacia atrás con los ojos cerrados en una expresión de beatitud.

Así escribió Cunningham Graham, un escocés que visitó Uruguay en 1870, después de presenciar un tango en un rancho a orillas del río Yi. En la guitarra había un ciego anciano paraguayo, en el acordeón un negro “enorme”, en la cancha, mujeres solitarias bajo los designios masculinos del campo.

La segregación racial-cultural fue tan fuerte en Uruguay como en otras regiones a lo largo de los siglos. Hasta terminada la última dictadura, los clubes sociales de blancos no permitían el ingreso de negros, negras o “gente de color”. No ponían carteles explícitos, pero negaban el acceso. Esto dio lugar a la formación de clubes de negros en casi todo el país, y con ello a mucha música, riqueza artística y sellos propios de origen africano.

Cuando los clubes de la raza emergieron, algunos blancos desearon entrar y aprender los pasos de baile, los piques de acordeón y guitarra, las payadas de contrapunto y la mística tanguera negra.

El racismo creció durante los años del fascismo internacional del siglo XX. Hombres y mujeres afros de Uruguay cantaban, bailaban y tocaban tango en milongas, piringundines, bares, clubes, barrios, pulperías, bajo la parra en el campo o la ciudad, en calles y esquinas, resistiendo y burlando al racismo instalado.

Mis abuelos me criaron contándome narraciones que nada tienen que ver con la historia oficial del Uruguay hiperintegrado. El Tata tiene casi 94 años y ahora pone a mi pequeño hijo en sus pies para que no se olvide del tan tan, el mismo tan tan de tantos siglos atrás.

Cada vez que voy a una milonga me dispongo al abrazo para compartirlo con quien lo lea en este presente, pero siempre evocando al pasado y bailando el tan tan.