Santuario forestal, el Arboretum Lussich cautivó hace dos años a la fotógrafa Tali Kimelman, que lo recorrió y registró metódicamente desde entonces. Este año creó dos encuentros llamados “Baño de bosque colectivo”, y el proyecto culmina este mes con la inauguración de una muestra audiovisual en el museo Zorrilla.

La reserva forestal Arboretum Lussich se encuentra en Punta Ballena, Maldonado. Lleva el nombre de su creador, Antonio Lussich, quien en 1896 compró 1.800 hectáreas en una zona que estaba compuesta mayoritariamente por rocas y dunas. Lussich, con la intención de mitigar el impacto de los vientos huracanados que asolaban el lugar, se propuso forestar.

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Los botánicos que consultó afirmaron que en ese terreno árido no crecería absolutamente nada, pero, desoyendo todo tipo de consejos, Lussich siguió adelante con su idea. Importó plantas y árboles de todas las regiones del mundo, y también recibió especies de tripulantes de barcos encallados, a los que rescataba con su empresa fluvial. A todo foráneo pedía que le trajera semillas de destinos remotos. Fue de ese modo, tenaz y ambicioso, que Lussich hizo crecer almácigos en las partes resguardadas de la sierra, para luego trasladarlos a las zonas en que no había resguardo, donde plantaba los nuevos retoños en pozos abiertos en las rocas. Así fue que crecieron los primeros pinos, eucaliptos y acacias, y más adelante también lo hicieron nuevas especies, y comenzó a generarse una reserva que asombró a los visitantes de la época y nos continúa maravillando hasta el día de hoy.

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La Intendencia de Maldonado recibió 182 hectáreas de este espacio en diciembre de 1979, que se abrieron al público, a las que se anexaron diez más en 1990; hoy el arboretum posee 192 hectáreas en las que se estima que habitan unas 400 especies, además de una gran variedad de pájaros y animales salvajes, como guazuvirás, zorros y liebres.

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Trabajo como fotógrafa profesional hace alrededor de 13 años, y he dedicado casi la totalidad de mi tiempo a crear imágenes para diversos clientes. Hace un tiempo sentí la necesidad de tener un proyecto personal, en el cual pudiera fotografiar con total libertad y tuviera la oportunidad de descubrir una nueva forma de mirar. Fue un gran desafío encontrar mi propia voz después de tantos años de comunicar visiones ajenas, y, lejos de las distracciones constantes que me abruman en la ciudad, la naturaleza me proporcionó el ámbito ideal para este nuevo proyecto. Recorrí varios paisajes, hasta que un día llegué al arboretum y algo allí me atrapó. Había una fuerza casi magnética en la paz que me transmitía, y no quería irme.

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Volver una y otra vez al mismo lugar en vez de visitar nuevas tierras parecía ser una buena vía para experimentar y transformar mi forma de ver. Al principio intenté salir de los caminos marcados y perderme en la abundancia del verde, pues en la ciudad no solemos experimentar la sensación de estar perdidos porque siempre hay algún punto de referencia que nos indica dónde estamos, pero en el bosque es diferente. Las primeras veces que se visita un lugar con estas características la sensación de estar en un laberinto provoca cierta ansiedad; se despiertan los sentidos y acudimos al oído como guía, en un intento de identificar el sonido de los autos para llegar a la ruta, o el murmullo del agua para descubrir una cañada.

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Cuando se está inmerso en la naturaleza el tiempo se enlentece, se va generando distancia entre el acelerado trajín de la ciudad y ese momento y aumenta la sintonía con el propio ritmo, la respiración y los latidos del corazón; vamos dejando que nos atraviesen los sonidos del bosque, en una oportunidad de estar realmente presentes.

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Después de meses de visitar el Arboretum Lussich, comencé a apreciar la belleza de la imperfección. Logré alejarme del impulso de fotografiar lo obviamente bello y me dejé cautivar por los días de niebla, un tronco que corta el paso en un camino, las ramas desordenadas en el piso. Hubo días en los que no tomé ni una sola foto y dediqué mi atención al crujido de las hojas al caminar, o al canto de un insecto lejano. Otras veces capturé cientos de imágenes. Así, con el tiempo fui notando lo importante que era para mí visitar el lugar, al menos, cada pocas semanas.

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Los baños de bosque son una práctica japonesa que consiste en dar paseos entre los árboles concentrando la atención en los sentidos: percibir el aroma de las flores y de la tierra húmeda, oír el canto de los pájaros, observar cómo la luz cambia el paisaje con el paso del tiempo, sentir el calor del sol y la frescura de la sombra. Descansar, respirar, contemplar. Dejar de pensar para sentir. Esta metodología es utilizada en Japón y en Corea para combatir la depresión; los doctores la recetan como paliativo alterno a los químicos, e incluso está contemplada en los seguros médicos. Varios estudios científicos demuestran que ocurren cambios psíquicos y químicos en las personas que la practican, así como que baja el ritmo cardíaco y la presión arterial y que aumenta la fortaleza del sistema inmunológico.

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En el baño de bosque encontré una explicación al bienestar que me produce visitar el arboretum y decidí nombrar así al proyecto, con la intención de difundir tanto la práctica como la belleza del parque, incitando a que las personas se acerquen a conocerlo. Al compartir mi proyecto con otros descubrí que es un lugar muy poco frecuentado, e incluso desconocido para gran parte de los habitantes de nuestro país.

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En 2017 esta iniciativa fue premiada por el Fondo Concursable para la Cultura. A través de la página web bosque.uy y de la cuenta de Instagram @bosque.uy, suelo compartir fotos del arboretum y a menudo llegan mensajes de personas que, habiendo vivido toda su vida en la zona, lo visitan por primera vez gracias a la curiosidad generada por las imágenes.

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En busca de transmitir lo que había vivido en el arboretum, el proyecto incluyó la organización de dos eventos gratuitos llamados “Baño de bosque colectivo”, ocasiones en las que recibimos a los visitantes con música en vivo y luego los condujimos hacia una parte silenciosa del parque, donde participaron en una meditación guiada por María Baldizán, con la intención de enlentecer el ritmo de quienes acudían desde la ciudad. Después, los invitamos a dar un paseo entre los árboles con la conciencia puesta en los sentidos, para lo que pudieron optar por seguir un camino marcado con cintas rojas o por recorrer el paraje libremente. Los eventos culminaron con un pequeño concierto acústico entre los árboles. A las dos instancias, y a pesar de que la lluvia nos acompañó en ambas oportunidades, asistieron cientos de personas.

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La muestra que se expondrá a partir del 8 de diciembre en el museo Zorrilla de Montevideo contendrá las imágenes que tomé en el Arboretum Lussich durante estos años, así como los sonidos que registró Marco Colasso, el encargado del diseño sonoro de la exposición. La idea es que quienes vayan a verla puedan experimentar el bosque estando en medio de la ciudad. La curaduría es de Diego Vidart y el diseño de la sala estuvo a cargo de MAPA Arquitectos.

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Pittosporum undulatum es una especie de árbol de la costa este de Australia. De crecimiento muy rápido, esta planta, que tiene hojas similares al laurel, se ha convertido en un problema para el Arboretum Lussich, ya que ha eliminado a muchas otras especies. Desafortunadamente, existe riesgo de que en unos años el arboretum tenga casi únicamente esta variedad botánica, si no se hace algo para detenerla.