Hay dos tipos de abrazos, el amoroso y el fraternal. Eso en general. En el tango los abrazos varían según la necesidad de la pareja y de acuerdo a su estilo, época, entusiasmo, experiencia y destreza para ejecutar la danza. El abrazo en el tango no es para saludar, es para proponer adónde van los cuerpos y delimitar el espacio vital de la danza. Y nunca deja de ser fraternal, incluso amoroso.

En el tango un abrazo es un desplazamiento que marca la pauta de la improvisación. Es una “forma de comunicación”, sintetiza Omar Correa, que lleva una veintena de años de baile y enseñanza del tango en Montevideo, Buenos Aires y varias ciudades de Francia, Italia y España. El maestro de maestros del tango-danza, uruguayo de 71 años, siente al abrazo como una polea que transmite, que tiene un “sentido funcional” para el propósito de las figuras, dice el hombre ducho en esta sensual caminata cuerpo a cuerpo, al compás y sin palabras.

Hoy es dueño y señor de la técnica. La dominó. Pero le costó sentirse cómodo en el abrazo, conseguir la comunicación en el tango, como a todo principiante. Abrazar no es fácil. “Menos para un hombre”, acota el señor de abrazo codiciado que no recuerda la cantidad de zapatos de baile que guarda en su clóset.

Joven Tango. Foto: Mariana Greif
Joven Tango. Foto: Mariana Greif

La pista, las exhibiciones, las escuelas, los viajes o las clases moldearon su enlace y el juego de poner a los cuerpos de acuerdo con la música pero en silencio. El run run del tango se transmite cuerpo a cuerpo. En el salón “hay muchos abrazos”, es una comunidad de abrazos.

El abrazo, un artefacto estético como las demás figuras del tango-danza, permite la caminata a cuatro pies. La pausa es otro, un instrumento “que da calidad al baile”, acota. Del enlace se desprende una parte fundamental de la seriedad y la mentada sensualidad en esta danza.

Para Correa, y probablemente para cualquiera que vea bailar tango, un abrazo “verdadero, genuino, adecuado a la propuesta de la pareja produce una sensación estética placentera”. Sensual, quizás.

La caricatura del tango sexy para un espectador desprevenido puede ser suficiente para contemplarlo con fascinación. Para Correa es un dolor de cabeza. “Una pareja con un abrazo desproporcionado en un sentido sensual no impresiona. Lo pueden hacer afuera del salón. Una sensualidad extremadamente fuerte surge de lo simple, de lo bien hecho”, dice quien milonguea “dos, máximo tres” veces por semana.

Miércoles de milonga en Joven Tango. Foto: Mariana Greif
Miércoles de milonga en Joven Tango. Foto: Mariana Greif

Lo “grotesco, los adornos desmesurados o reiterativos” no cumplen función alguna en su mundo. La exageración lo saca de sus cabales. Correa es sobrio en la danza que enseña y practica. Su expresión adusta es casi la misma cuando baila que cuando no.

Al ver a las parejas observa “el vínculo, la justeza y la falta de exageraciones”. Lo explica en el living de su casa, entre cómodos sillones, sillas de madera torneada y los pies en el piso de parquet en el que da clases a la vera de un gran espejo y una mesa de té. Su casa tiene una estética refinada y sobria a la vez. Como su danza.

Lo bien ejecutado para él se llama tanguez. Lo aprendió en Buenos Aires, a través de sus maestros, y hoy es su cultor. Se niega a explicarlo con palabras. Está en sus ojos cuando llega a la milonga, en su abrazo, es su seriedad inalterable para bailar, su estilo mesurado, su pisada, su eje seguro, su actitud confiada, desafiante, es el aura de sus alumnos al hablar de él, o sus parejas de baile evocándolo.

Aunque no le guste el concepto para describir su estética, su tanguez, Omar tiene códigos. Pero no imagina un decálogo del salón de baile. La tanguez es espontaneidad. En su cara se parece al mirar recio cuando llega a la milonga tanteando, resolviendo con quién bailará. Tanguez es cuando observa, interpreta e interpela la pista al llegar.

Foto: Mariana Greif
Foto: Mariana Greif

No “hay que andar ponderando. Se aprende mirando, pero haciendo como que no mirás”, confiesa. Olfatea la tanguez, la siente en la forma de pararse de una pareja, en “cómo encaran, en el respeto por el salón, la forma en que ejecutan una figura. Ahí siento un sedimento de tango”, acota.

Bailar tango exige recato y prurito. El respeto al salón es todo. Un choque con otra pareja o una conversación en la pista le cortan el viaje, se siente incómodo. Por eso y otras cosas, algunas veces danza dentro del círculo interior que forman las parejas girando en manada, un espacio reservado para los principiantes.

Heredó la sensación del respeto como máxima sine qua non. Para él falta de consideración es bailar y ejecutar “mal”, sin conocimiento de la pista o miramiento por las parejas y el movimiento colectivo en sentido antihorario en el que ocurre el desplazamiento. “Eso es no tener tanguez”, dice molesto, como si lo estuvieran pisando en el salón.

El hombre es maestro porque ya no se acuerda de cuántos alumnos ha tenido, pero cada alumno lo recuerda. Cultivó el baile con cada mujer que se ajustó a sus cánones: la herencia semidirecta de los viejos maestros porteños de la década de oro, la del 40, cuando las orquestas tocaban para grandes públicos en clubes de barrio, teatros o salas.

En la pista de Joventango, la milonga y escuela más longeva de Montevideo, una mujer alta y esbelta bailó la tanda entera de tangos con Correa. Parecía levitar hacia atrás y elevarse al hacer los cruces ayudada por sus zapatos de taco fino. Sus ojos cerrados no impedían mostrar alegría en rostro y labios. Era la primera vez que caminaba abrazada a él; lo había conocido la semana anterior, en otra milonga. Cuando terminó el set se dijo a sí misma, en voz alta y sin nadie cerca, que ya era milonguera, que se había recibido. Había bailado por primera vez con el maestro. Se fue a su mesa con una sonrisa imborrable, eterna.

Un jueves en El Chamuyo. Foto: Mariana Greif.
Un jueves en El Chamuyo. Foto: Mariana Greif.

Las mujeres que bailan con Correa sienten que hablan la misma lengua. Van tranquilas y seguras. Él busca lo mejor de ellas, las cuida y las eleva.

Cuando Correa llega a la milonga va al mostrador. Saluda a conocidos y amigos. La pista de baile es un hormiguero de cuerpos sincopados. Una maraña danzante, trenzada. Otea a las parejas como quien no mira, de reojo. Diferencia la paja del trigo a vuelo de pájaro. Distingue quién baila (y cómo) y aunque lo sacan a bailar, él decide. El maestro dispone y propone.

María Angélica Ortiz fue su madre. Se crio en el Montevideo de los años 30. Bailaba tango a la criolla entre orquestas de música típica y folclórica cuando era un verdadero baile popular. El tango fue una de las bandas sonoras en los salones de época y también en el hogar. Correa recuerda a su madre usando palabras del lunfardo, insistiendo en bailar tango en las reuniones familiares y encontrando alegría cuando ocurría la danza. En su juventud lo convidaba a bailar con ella, pero el adolescente no quería.

La madre del maestro bailaba el “uno dos”; el tango oriental, como lo llaman otros hoy, una danza que decía al oído femenino —y todavía lo hace— la figura a ejecutar. Un tango unidireccional, que a veces usa la espalda femenina casi como una palanca de cambios con caminata: corte, quebrada y poco firulete.

“Un tango liso”, sentencia Correa. Fue el tango que nació en las familias de Montevideo cuando el establishment lo sacó de los lupanares, cuando sus cantores empezaron a grabar discos con letras edulcoradas y lacrimógenas. Cuando sonó en París a principios del siglo XX. Era un tango filiar. En Montevideo no hay referencias de maestros del baile; se aprendía por imitación visual entre parientes o amigos. Fue una danza vecinal hija de su época, una práctica social con todas sus virtudes y prejuicios.

Correa se recuerda yendo al club Sud América, uno de los salones más populares hasta no hace tanto. Era a fines de los 60. Iba con los amigos del barrio, con quienes jugaba al fútbol, practicaba boxeo o salía a bailar, sin distinción. Estaban más preocupados por conocer señoritas que por la danza, pero así y todo lo llegó a bailar y evoca abrazos desconfiados, cautelosos y defensivos entre aquellas mujeres que debían soportar el avance del cuerpo masculino cuando el feminismo era una patología para los psiquiatras.

El Chamuyo. Foto: Mariana Greif
El Chamuyo. Foto: Mariana Greif

Cursaba la carrera de Medicina cuando lo sedujo la revolución. Por eso se escapó primero a Argentina, donde al poco tiempo lo encerró la dictadura. Recuperó su libertad en 1979. Se fue a Bélgica. En Bruselas tuvo un hijo y dejó a muchos amigos.

En esa época de desarraigo le prestó atención al tango argentino, que resignificó la danza, y la “situó en un lugar preponderante”. Era un tango de salón porteño mejorado, buscaba espectacularidad con varias figuras novedosas en tiempos de televisión color y cintas de video. Los europeos pasaron a estudiarlo con la ayuda de bailarines y músicos argentinos emigrados, escapados y radicados en Europa, sobre todo en París. Era el tango que practicaban quienes querían bailar a Piazzolla sin olvidar a Juan D’Arienzo, Osvaldo Pugliese o Carlos di Sarli.

“Cuando salió el tango argentino vi un tango distinto. Sus formas tienen un poder de seducción que no tenían las antiguas, que permanecían en un mundo acotado. Montevideo tiene un vínculo de matriz con el tango porque fue un elemento de la cultura. Montevideo nació en una cultura del tango, pero no lo practicaba”, recuerda.

Si en los 60 Omar había sido seducido por la política, a principios de los 80 cayó bajo el encanto de ese nuevo tango. Primero le dio curiosidad y luego envidia. “Pensaba que podía hacerlo mejor que los europeos. Quizás fuera exagerado, pero lo sentí. Es como en el deporte: sentís si podés o no. Es competencia e intuición. Sentía que tenía un vínculo más auténtico y me molestaba que los extranjeros se desenvolvieran mejor”, dice ahora, tranquilo de haber comprobado su intuición.

Cuando terminó la dictadura volvió a Buenos Aires y a Montevideo. “Había una belleza que se me había escapado con el tango”. Quería bailar, vincularse, tenía curiosidad.

En la orilla oriental no encontró la pedagogía que buscaba. Lo cobijó Buenos Aires. Tomó clases con Mingo Pugliese, su maestro. Recuerda al bailarín Osvaldo Soto por la estética de sus figuras. Por la forma de bailar, “la seriedad y la limpieza en la danza” evoca a Natalia Games y a Gabriel Angio, además de bailarines, estudiosos del tango. Por entonces Correa se integró a un grupo con el que practicaba, cenaba y cerraba las milongas. En 1993 comenzó a dar clases para conocidos y amigos en Lomas de Zamora.

Foto: Mariana Greif
Foto: Mariana Greif

En 1996 cruzó el charco y bailó en la Tercera Cumbre Internacional del Tango, un festival que llenó de música las calles y los teatros del Centro de Montevideo, pero que menospreció al baile. Los bailarines estuvieron recluidos en el Mercado de la Abundancia, que por entonces todavía tenía puestos de frutas, verduras y otras mercancías. En el piso del patio central del mercadillo todavía está la marca del puesto de pescados alrededor del que se bailó en aquel festival.

Montevideo tenía sus buenos musicantes, pero vivía de espaldas al tango que se empezaba a bailar en el mundo, el que exhibían los televisores y por el que los extranjeros estaban dispuestos a invertir, a llevar profesores al norte, pagar exhibiciones y tomar clases.

Durante la cumbre las extranjeras se sintieron fuera de lugar. “Los uruguayos les decían qué iban a hacer, directo, ni siquiera al oído. Les decían: ‘Ahora vamos a hacer el ocho’. A las europeas les producía risa. Estaban acostumbradas a la marca con el cuerpo, no a que les hablaran. No tenían con quién bailar. Muchos extranjeros agarraban a gente que quería iniciarse y les enseñaban”, recuerda Correa.

En el tango sensual se luce la pareja y la mujer hace mucho más que adornar con sus movimientos: es intérprete. Pero el tango argentino en Montevideo cosechó dudas. Era visto como un bicho raro en la ciudad, una frivolidad porteña. La capital defendía un tango “uruguayo”, una lengua encerrada, un lastre sin lustro.

A partir de 1998 Correa dio clases en Joven Tango durante dos años. En esos grupos se formaron algunos de los primeros bailarines profesionales de los que ostenta Uruguay. Pero el maestro no se quedó en Montevideo, sentía resistencia. Entonces volvió a irse de Uruguay y dio clases en Europa. Fue y vino entre Buenos Aires, su ciudad natal y Europa.

Por entonces conoció a Elena Vilariño, la más significativa de sus parejas de baile en cuanto a búsqueda estética y práctica del tango. Ella era bailarina contemporánea cuando el exilio de sus padres la encontró en París. Allí aprendió con los maestros argentinos que habían recalado en esa capital europea.

El folclore y sobre todo la danza contemporánea son los bailes más influyentes para el tango que se baila en Montevideo hoy. A principio de los 90, sobre todo Buenos Aires condensaba varias academias, cada cual con su identidad y su búsqueda teórica. Todas las escuelas tomaban algo del presente y recogían el sedimento de los años 40. A fines del siglo XX todavía había maestros vivos. Entre ellos Carlos Alberto Estévez, Petróleo, el inventor del giro en el tango contemporáneo.

“Después de que salió el tango argentino se multiplicaron las academias, la enseñanza, los maestros y las tendencias. No hay un tango universal que sea el mismo en todos lados, cambia con las academias y las épocas. Esa diversidad es una especie de savia o fuerza constitutiva”, dice Correa.

Milonga en la Plaza de Cagancha, durante Montevideo Tango. Foto: Mariana Greif
Milonga en la Plaza de Cagancha, durante Montevideo Tango. Foto: Mariana Greif

La danza pasó a ser objeto de interpertación, crítica y observación sistemática. Es decir, el tango argentino logró condensar, estudiar y plasmar su saber. Cristalizó un nuevo canon de cabeza abierta en Estambul, Berlín, San Petersburgo o París. Se volvió una forma de vida para varios docentes y bailarines. Además, le entregó a la mujer la posibilidad de ser protagonista.

En la pista montevideana Correa es uno de los más sobrios. Destaca por su “justeza”, como prefiere adjetivar él mismo.

En el salón hay de todo. Vestidos pegados al cuerpo con espaldas más o menos abiertas y cortes más o menos pronunciados en las piernas femeninas. Zapatos de diseño, championes, pantalones cortados a medida tipo bombacha o ajustados a la pierna. Hay jeans. Bailarines de negro. Hippies y jubilados. Viejas y jóvenes. Hombres que abrazan metiendo su cabeza en sus hombros y otros adustos con un porte de postal tanguera.

Correa luce un pantalón de vestir, mocasines y camisa a rayas. Su contundencia en el baile viene de la sobriedad. Toma agua y dejó de fumar. Es precavido. Milonguear a los 71 no es lo mismo que a los 40. Ni los 30.

El maestro está interesado en la generación que se muestra en la pista desde hace “unos cinco años”. Le sorprende la facilidad que tienen los nuevos. “Están practicando, quieren creer, tienen ideas, miran mucho, comparan y hacen exhibiciones. El baile se transformó en algo más accesible”.

Si verlos bailar lo satisface es porque observa el sedimento de su enseñanza en la pista. “Nadie quiere hacer lo del otro, uno quiere hacer lo de uno”, dice con la vigencia de un hombre mayor que llega a la milonga pasadas las once de la noche, baila unas tandas y vuelve a su casa del Prado montevideano.

—¿El tango es machista?

—Sí —responde sin dudas y muy serio.

Pero también dice que es menos machista que antes. La mujer jamás había tenido tanto protagonismo escénico y estético. Nunca hubo tantas profesoras de tango como en este momento. Aquel viejo tango celoso de su “saber”, de su tosca uruguayidad, dio paso a uno en el que la mujer se luce por mérito propio y ocupa el lugar que pide en la sociedad porque lo estudia, lo practica, se lo apropia bailando.

“Las mujeres jóvenes tienen una actitud de mucho mayor entrega. Algunos valores culturales cambiaron. Estamos en otro mundo y eso juega en el enlace”, entiende el hombre que todavía recuerda el abrazo esquivo y distante de aquel otro tango familiar.

Si Montevideo baila el tango del mundo es también porque Correa lo trajo. Hoy existen varias escuelas y los bailarines uruguayos dan clases en Europa bailando el tango global.

Con el tiempo imagina una Montevideo más profesional, un poco más competitiva con Buenos Aires, la meca a la que cruzan quienes quieren perfeccionarse. “Hay una evolución y una revolución al mismo tiempo. Yo imagino creciendo a Montevideo. No puedo imaginar otra cosa”, aventura.

Bailando su tercera edad del abrazo, Correa se siente en la ola. Gira, camina y abraza como pocos gracias a “una inercia”. Es la costumbre de bailar y la responsabilidad de ser maestro que ejecuta con la misma seriedad en la pista, en la clase o en una cena.

Tampoco hay que andar ponderando todo. La danza tiene lengua propia, la de los cuerpos al compás, así que mejor que hable la pista. Que baile Omar Correa, el maestro sobrio del tango nacional.