Ilustración: Ramiro Alonso

Cómo terminar con una escuela norcoreana

Cuba está entre los contados países con los que Corea del Norte mantiene relaciones diplomáticas y comerciales fluidas. O tal vez no tan fluidas, cuenta el escritor y periodista Yoe Suárez (La Habana, 1990).

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Una mansión de la avenida Paseo, vestigio de la burguesía habanera, cobija a la diplomacia de un estado antiburgués. En la esquina A 17 la República Popular de Corea, o Corea del Norte (como se le llama quizá por pereza o por la convicción de que nada popular sobrevive allá), exhibe tras un vidrio fotos del país. Para que el paseante vea cuán felices viven, descubren los dientes. Hay sonrisas d...
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Una mansión de la avenida Paseo, vestigio de la burguesía habanera, cobija a la diplomacia de un estado antiburgués. En la esquina A 17 la República Popular de Corea, o Corea del Norte (como se le llama quizá por pereza o por la convicción de que nada popular sobrevive allá), exhibe tras un vidrio fotos del país. Para que el paseante vea cuán felices viven, descubren los dientes. Hay sonrisas de niños que ponen una pañoleta a Kim Jong Il, guían por las manos al “gran líder Kim Il Sung” y aplauden, con disfraces militares, al mariscal Kim Jong Un.

El mural de la embajada rezuma tal gozo que da, cuando menos, risa. Andando por la Quinta Avenida de La Habana he aprendido a desconfiar de murales diplomáticos, cada uno con sus amables mentiras (los Estados africanos adoran mostrar rascacielos, agua limpia y puentes colgadizos).

La sede de Pyongyang, en el barrio de El Vedado, duerme el sueño de los papeles: ahora tiene que lidiar con menos norcoreanos en Cuba. Cada habitante de su país debe ser un perfecto embajador de la Juche, la doctrina de autosuficiencia en lo social y económico, que justifica, con una mezcla de supremacismo y comunismo, el autoaislamiento del país. Imagino la tensión de los diplomáticos monitoreando los impulsos juveniles de sus compatriotas, al sur de la isla grande, en la isla de la Juventud. Antes, con la 58, las cosas no eran iguales.


La 58, nombrada así por su número de fabricación, fue la escuela cubana de norcoreanos, próxima a Nueva Gerona. Ese territorio fue lo mismo antigua isla penal que prado de emigrantes asiáticos, norteamericanos y esteuropeos. De modo que, siguiendo el karma demográfico, no fue extraño un cambio de procedencias con la Revolución.

Entrada la década de 1970 acabó por llenarse con becas que formaban bachilleres tercermundistas. Argelinos, angolanos, mozambiqueños, saharauis, entre otras 27 nacionalidades de África, Asia y Latinoamérica. La 58 era, a priori, una escuela común, armada con piezas prefabricadas como un puzle 3D, pero distinta por dentro: con los mejores educadores del municipio en cada materia. La jefatura de la Cátedra de Química sería ocupada por Prendes, entonces un reconocido profesor.

—Construyeron la 58 del lado de acá —dice Jaime, el hijo, señalando al este de Nueva Gerona, con la humeante colilla de cigarro muriendo al agitarla—. Y el resto de las becas de extranjeros estaba al oeste.

—Eso quizá tiene que ver con la actividad en la que trabajaban —añade un amigo de la infancia que visita el apartamento mientras corre la entrevista—. Al borde de ese tramo este, que va a Playa Bibijagua, se cultivaban tomates.

La idea de vincular labores agrícolas con estudiantiles se diseminó por Cuba revolucionaria bajo la creencia de que así se formaba al Hombre Nuevo. También por otra razón muy práctica: la escasa mano de obra en los ambiciosos planes agrícolas en la Isla de Pinos, curiosamente rebautizada “de la Juventud”.

—Habitualmente las becas pioneras admitían unos 500 estudiantes —explica Camila Montes, trabajadora durante los años 80 de la Dirección Municipal de Educación—. Pero la de los norcoreanos rondaba quizá los 100.

Camila vive en uno de los bloques de cinco pisos que abundan en Nueva Gerona como mamuts de pradera suburbana. Recuerda que primero entró un grupo de décimo grado; al pasar a onceno mandaron otro, y así también ocurrió cuando enviaron el último. Es posible que con el encuentro de Fidel Castro y Kim Il Sung, en 1986, comenzara a andar el proyecto de la beca, y que apenas se extendiera hasta inicios del Período Especial que sobrevino en 1991.

Al inaugurarse la escuela, fue enviado un joven representante de Pyongyang en Nueva Gerona. Se llamaba Pak Kwan. Cuando el tipo llega a la dirección se horroriza. En la pared, tras el buró del director, hay dos ampliaciones: una de Fidel y otra de Kim Il Sung. El cubano no entiende. Kwan explica: en la pared que está el Supremo Líder no puede haber más nadie. Y por si fuera poco, ¡al Padre Fundador no se le puede dar la espalda!

El director negocia. Finalmente, por la excepción de que Cuba y Norcorea tienen tan buena relación y Fidel es comunista, pueden compartir pared. Ahora bien, con lo de dar la espalda sí que no hay arreglo.

El cubano va a bajar la imagen de Kim Il Sung y Pak Kwan casi tiembla. Le riñe: ¡Cómo va a tocar el cuadro! El director se hace a un lado aún sin entender, mientras ve al norcoreano envolver la foto en una sábana y, apretándola contra el pecho, llevarla a la pared en la que quedó hasta que cerró la escuela.


La entrada a Punta de Piedras amanecía con un canto firme y extraño. Como un rito al despertar y antes de dormir, los becarios norcoreanos exaltaban al camarada Kim Il Sung. Cantando junto a sus camas tendidas, recuerdan la variante occidental de orar a Dios al iniciar y despedir el día.

Lo del culto a la personalidad sí que Nelton Pérez lo sabe. Dentro de su cabeza borbotea una historia.

En la beca norcoreana se preparaba una caldosa. Un cubano jodedor, ayudante de cocina, tiró, fingiéndose accidentado, un sellito con la imagen de Kim Il Sung al fondo de la olla hirviente.

Desconocedores de la estricta seriedad norcoreana, los pineros quedaron atónitos ante el movimiento de los estudiantes: una decena de muchachos se remangó las camisas y, por turnos, metió los brazos hasta el fondo para sacarlos, segundos después, enrojecidos, ampollados. Finalmente, una mano volvió con la imagen del camarada supremo. Ya salvado del ajiaco, los gritos de dolor retumbaron entre las paredes prefabricadas.

Prendes y su familia tienen también su historia insólita.

Invitaban a algunos alumnos de la clase de química a cenar en el apartamento de Nueva Gerona. Una noche, ya sentados en la sala y hablando de diez mil cosas, Prendes pregunta al muchacho, tal vez para provocar:

—¿Qué es esa bola que tiene Kim Il Sung en la nuca?

Pudo haber respondido lo mismo que se rumorea (porque en Norcorea nunca se sabe algo del todo): que es un tumor nunca operado, acaso una pelota de cebo, una malformación ósea quizá. Pero no.

—¡Ah! —comenzó el muchacho con la mayor naturalidad—, lo que pasa es que los hombres muy inteligentes tienen dos cerebros.


Muchos años después, frente al televisor Caribe, Jaime recordará el día en que su padre lo llevó a conocer a un norcoreano. Era Pak Kwan, o al menos así se pronuncia. Entre aquel verano de los 90 y 2008 Jaime establece un puente memorioso mientras ve el documental Amarás al líder por sobre todas las cosas. Pak Kwan aparecía otra vez, menos joven por supuesto, y con el encargo de vigilar al equipo de realización del film gracias a sus conocimientos de español adquiridos en Cuba. El narrador lo llama “Secretario general del organigrama del Partido”, lo cual, además de ampuloso, suena bien ridículo.


En 1990 el mismísimo Kim Il Sung extendió una invitación a los cinco mejores docentes de la 58 para visitar Pyongyang.

—Al final, enlistaron a tres profes y a dos individuos que nadie sabía quiénes eran —dice sarcástico Jaime, cuyo padre, Prendes, se encontraba entre los elegidos. Como el viaje es largo, debían salir de acá el 25 de julio, porque el 26 Kim Il Sung iba a festejar con ellos otro aniversario del asalto al Cuartel Moncada.

A las cinco de la madrugada hicieron escala en Gander, Canadá. Prendes, rehuyendo el frío, les hizo el regalito, y se quedó.

Lo que no se le quedó, ni cuando pasó a Estados Unidos, ni cuando decidió radicarse en Costa Rica, fue la leve sensación de sentirse vigilado.

Ya en los años primeros de la crisis llamada, eufemísticamente, Período Especial, se veía a unos pocos norcoreanos pasando por el boulevard, proponiendo portaminas a los transeúntes. Luego, el escritor Nelton Pérez también empezó a encontrarlos ocultos en los platanales.

En la Nueva Gerona de los 90 andar con plátanos verdes era considerado un delito. Había que esperar a que maduraran para comerlos, so pena de multas y decomisos policiales. Así, quienes se metían en las plantaciones, no tenían otra que robar los racimos y esconderlos en el monte, en guacas, a esperar que cambiaran de color.

Los norcoreanos vigilaban a los ladrones cubanos y, quizá creyendo que tendrían 100 años de perdón, desenterraban el fruto del delito. Las circunstancias pusieron a prueba su recia disciplina para, finalmente, quebrarla con el rugir de las tripas.

Cuando Prendes se marchó, le quedaba poco tiempo a la beca. Hacia el final de la escuela y en el punto más oscuro de la debacle económica los rumores se arremolinaban.

Dicen que en la 58 empezaron a aparecer alumnos golpeados. Les preguntaban qué ocurría, pero los norcoreanos no decían ni pío. Hasta que un buen día aparece uno con un hueso fracturado, y la cosa se empieza a complicar. La gente habla de que la Seguridad del Estado se metió, y las investigaciones destaparon una olla de grillos mudos. Un grupo de estudiantes más radicales se arrogaba el derecho de castigar a quienes incumplían con la estricta disciplina.

Y la escuela cerró.


Mientras los últimos norcoreanos abandonaban Nueva Gerona, llegaban a puerto habanero una docena de estatuas desde Pyongyang. Tomaría unas semanas para que presidieran un show de luz en la fuente del Estadio Panamericano durante los XI juegos continentales, último gran esfuerzo económico en Cuba con los fondos de la bonanza ochentera.

Las poderosas bombas de agua que algunos locales consideraban un derroche energético y otros una obra de arte hoy han abandonado al castigo del sol costero las figuras hiperrealistas salidas del Estudio Mansudae.

Por casi 60 años escultores de Pyongyang y un ejército de 4.000 artesanos han producido piezas de bronce, colándolas como renglón económico esencial del país. Un país que tiene tanto que exporta el culto a la personalidad —con refinamiento incluido—.

Asentada ya en la tradición propagandística nacional, la fábrica no discrimina entre encargos de la boutique Benetton o el líder zimbabuense Robert Mugabe, quien se hizo un par de estatuas en vida para instalarlas cuando muera.

Las estatuas obsequiadas a Cuba son únicas e inquietantes en cierto sentido: mientras que la mayoría reproduce el rostro de militares o líderes políticos, las de La Habana personifican la arrancada de una meta, la lucha en las alturas por una pelota de vóley, los golpes de un boxeador.

Puede ser cualquiera, cualquiera de nosotros.

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