Fotos: Josema Ciganda

El balneario donde el río besa las barrancas

En Uruguay la expresión “barranca abajo” no tiene una carga positiva: da nombre a una conocida obra teatral de Florencio Sánchez, que narra cómo una familia rural cae en desgracia. A escasos 60 kilómetros de Montevideo, la idea queda desautorizada: barranca abajo esperan playas de arena blanca y probablemente las mejores vistas de toda la costa del Río de la Plata.

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El balnerario Kiyú, orgullo costero del departamento de San José, tiene unos siete kilómetros de costa que van desde el extremo más oriental, que coincide con la desembocadura del arroyo Mauricio y las playas de Ordeig, pasando por la despampanante Vistamar, hasta el extremo occidental donde las barrancas de San Gregorio dominan el paisaje y se asienta el más popular de los campings. Son siete kilómetros de paisaje cambiante en el que hay playas amplias con arena y dunas, playas con barrancos de varias decenas de metros y playas estrechas con vegetación psamófila, que miran hacia barrancos lejanos y están cubiertas de pasto y vegetación.

Así como una selva está habitada por fauna exuberante, Kiyú está surcada por escaleras. El terreno escarpado que hace del enclave maragato un lugar único está recorrido por calles y caminos que serpentean; pero si en geometría el camino más corto entre dos puntos es una recta, en Kiyú el camino más corto es casi siempre una escalera. Muchas de las playas, como las de Vistamar, requieren que uno esté dispuesto a bajar unos cuantos peldaños si lo que se pretende es llegar al Río de la Plata sin tener que bordear las altas barrancas. Sin embargo, parece que la naturaleza hubiera pensado en que tan hermoso paraje debería tener solucionado el tema de la accesibilidad, y ya sea en su extremo oeste o en su punta más esteña, Kiyú ofrece sus playas al visitante sin necesidad de sortear el terreno escarpado.

Andando por la parte más elevada, uno encuentra un cartel de tránsito que remarca la singularidad del lugar. Un triángulo amarillo, que en un momento rezó “Cuidado parapentes”, y al que el ingenio popular borró algunas letras y advierte ahora sobre la irrupción de órganos reproductivos masculinos, muestra a un fosforito en ala delta. Y es que los barrancos, que llegan a medir entre 40 y 60 metros, se prestan con facilidad para esta actividad, que consiste en bajar desde una altura con la ayuda de un planeador ligero y flexible. Debe ser fantástico vencer el miedo a la altura y tirarse desde tamaña elevación hasta la playa... pero la historia, y también las crónicas turísticas, la escriben los que llegan a salvo a casa para poder contarlas.

No todos los barrancos de Kiyú son costeros. La erosión talló la tierra de esta zona de forma tal que incluso a 200 o 300 metros del Río de la Plata hay pastizales que se cortan abruptamente y caen en laderas de arenisca y arcilla. Como si un doctor le pidiera al Kiyú que abra su boca para ver si tiene llagas, los barrancos internos revelan datos maravillosos de esta formación geológica. En las paredes sin vegetación la Tierra cuenta su historia, siempre siguiendo la premisa de que cuanto más abajo se encuentre un sedimento, más antiguo es. Los barrancos que los turistas disfrutamos también son objeto de goce para los paleontólogos. De hecho, allí en las barrancas de San Gregorio apareció el cráneo del roedor más grande que habitó el planeta, el Josephoartighasia monesi. Este roedor, similar a un carpincho pero de un tamaño mucho mayor —habría medido hasta 2,5 metros de largo y 1,2 metros de alto—, llegaba a pesar hasta una tonelada y se extinguió hace unos dos millones de años. En todo el registro fósil de los 3.800 millones de años que lleva la vida en la Tierra jamás hubo una especie de roedor tan grande como este cuyo cráneo fue encontrado por el paleontólogo aficionado Sergio Viera en las entrañas de Kiyú en 1987.


Si los paleontólogos tienen para entretenerse en Kiyú, también encontrarán actividad los antropólogos. Y no sólo porque allí se han encontrado restos arqueológicos de pobladores indígenas —“kiyú” significa “grillo” en guaraní— sino porque probablemente sea el balneario uruguayo con más cantidad de paradores por habitante, y eso es algo que podría intentar explicarse desde la antropología. Uno puede elegir entre el Parador Grande, el Parador del Medio, el Parador Chico, el Parador Surí: lugares que, además de satisfacer las demandas alimenticias, refrigerantes y recreativas de la gente, son puntos de referencia para orientarse dentro del balneario.

Tomarse un jugo de frutas helado en el parador de madera que espera en la cima de Vistamar, mientras el sol cae sobre el Río de la Plata y uno contempla el paisaje desde lo alto de la barranca, es una experiencia aconsejable. El gran abanico de precios para disfrutar de Kiyú también es atractivo: se puede ir tanto en plan económico y quedarse en alguno de los muchos campings, como alquilar una casa moderna y cómoda en Ordeig, parte que tiene un impulso inmobiliario que lo asemeja a lo que uno está más acostumbrado a ver en Maldonado o Rocha. “Si en lugar de río Kiyú tuviera océano, sería la playa más linda de Uruguay”, dice Leandro, un maragato que viene seguido porque su madre tiene casa allí. Y uno no sólo le da la razón sino que va más lejos: si en lugar de río Kiyú tuviera océano, no habría birimbau, ni capoeira, ni caipirinha, ni espeto corrido que ameritara irse hasta Brasil.

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