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Fernando Lugris

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En China existe la tradición de regalar sobres rojos con dinero durante el Año Nuevo (que se celebra el 16 de este mes). Deben ser billetes nuevos, ninguno con el número 4. Esta costumbre tal vez no toque de cerca a empresarios y artistas uruguayos con actividad en China, pero merece ser conocida por quienes pretendan ser parte del flujo cada vez mayor entre los dos países. Que China es el prin...
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En China existe la tradición de regalar sobres rojos con dinero durante el Año Nuevo (que se celebra el 16 de este mes). Deben ser billetes nuevos, ninguno con el número 4. Esta costumbre tal vez no toque de cerca a empresarios y artistas uruguayos con actividad en China, pero merece ser conocida por quienes pretendan ser parte del flujo cada vez mayor entre los dos países. Que China es el principal socio comercial de Uruguay y de América Latina es noticia vieja desde la “revolución de la soja”. Pero no deja de pesar. La responsabilidad de cuidar esa alianza recae sobre la embajada uruguaya, en particular sobre su cara visible, Fernando Lugris.

Se dice amante de las artes, como corresponde a un diplomático. También insiste en su preocupación por los temas medioambientales, que trabajó durante años en destinos como Alemania, Suiza y Sudáfrica, donde fue funcionario de otras oficinas nacionales. Desde que Tabaré Vázquez lo nombró embajador, a fines de 2015, hasta noviembre, no había regresado. China lo absorbió. “Nos está faltando una guía de objetivos estratégicos con China. Lo planteo de forma muy sencilla porque creo que no es complejo pedirle a cada oficina del Estado que elabore su carilla de objetivos y podamos postular un libro que nos sirva como guía para los próximos años”, había dicho tres años atrás. La cosa cambió desde entonces. No sólo la mitad de la carne vacuna uruguaya va a China sino que se exporta celulosa, lana y la mencionada soja. Pero además, desde que Lugris está instalado en la contaminada Beijing, se abrieron las puertas para nuestros arándanos y naranjas. Tal vez no sea mérito exclusivamente suyo, pero en eso tuvo que trabajar.

Cumplió sus 46 años en diciembre y los celebró en Uruguay, semanas después de que terminara la Cumbre Empresarial China-Lac, que reunió en Punta del Este a unas 800 empresas chinas. Las diez ediciones anteriores se habían realizado en países que dan al Océano Pacífico y por eso su celebración en Uruguay fue significativa para empresarios y gobierno. Más que en otros países con los que Uruguay sostiene un flujo comercial alto, en China la embajada oficia de puente cultural. Y esa hoja de ruta que Lugris reclamaba tiene mucho que ver con lo que ha sucedido recientemente.

× ¿Cuál fue tu rol en la intermediación cultural entre empresarios chinos y latinoamericanos? A lo largo del año pasado recorrimos un proceso que empezó con la presentación de la candidatura de Uruguay para ser sede. También se promovió en China la participación uruguaya. Se editó material para preparar a los empresarios, se organizaron seminarios en los que se daban tips culturales y elementos valiosos para empresas que piensan en hacer negocios en China.

× Los orientales que tratan con occidentales muchas veces usan un nombre occidental para presentarse. ¿Por qué sucede esto? Porque estudian inglés y el primer día de clase el profesor les pide que elijan un nombre. Lo mismo con el español. Y por eso los cientos de miles de chinos que estudian español utilizan un nombre occidental, que a veces puede parecernos gracioso porque eligen alguno que no esté de moda. Lo hacen para facilitarnos la comunicación.

× ¿Vos lo tenés que hacer? Aprendí chino hace muchos años, cuando estudiaba en Estados Unidos, y el primer día del curso me hicieron elegir un nombre chino: Lu Nando. Tenés que encontrar dos caracteres que juntos tengan sentido y que, a la vez, hagan eco de tu nombre occidental. Lógicamente, son mucho más los chinos que estudian español que los occidentales que estudiamos chino. Y eso tiene que cambiar.

× ¿En ese entonces te imaginabas en China? Tenía 24 años y daba clases de español y portugués. No podía imaginar que 20 años después iba a terminar trabajando en China. La tendencia en ese entonces era estudiar chino mandarín en las universidades. Estudiar chino me abrió a una forma de razonar y ver el mundo muy distinta, aunque no llegué a un nivel muy alto, porque lograrlo requiere muchos años. A nivel personal, Asia nunca estuvo lejos, ya que mi hermano se casó con una coreana-argentina. Esos datos me ayudaron a acortar distancias y sumar curiosidad.

× ¿Cuándo apareció la inquietud por la carrera diplomática? Mi casa siempre tuvo un ir y venir de gente, somos una familia de emigrantes con primos en Brasil, Argentina y Estados Unidos. La diplomacia implica trabajar para Uruguay y estar expuesto a diferentes culturas. Hay procesos de aprendizaje y desarraigo que pueden ser vividos de forma dolorosa, pero que son grandes oportunidades y, si se los elige, te llenan de adrenalina y energía vital.

× Con tantas formalidades y privilegios, ¿qué tanto puede conocer un embajador de la vida cotidiana? Conseguir eso es una parte esencial del buen desarrollo de la carrera. Lo hacés yendo a los mercados, vinculándote con artistas y gente que no está en el métier de la diplomacia. Voy mucho al cine chino, aunque a veces no esté subtitulado. Es difícil comprender todo, cosa que nos cuesta también en nuestras sociedades de origen. Por eso, la mirada de los artistas es fundamental, ya que ellos interpelan. En China tenemos un boom de arte contemporáneo a la vez que hay un arte tradicional muy vasto, por lo que dialogar con gente joven que hace cosas creativas ayuda a entender los procesos, sobre todo en un país tan grande como este, con tal diversidad étnica. Tratamos de no quedarnos en una burbuja que sólo tiene periodistas y políticos.

× Después de haber trabajado en Alemania, Suiza y algo en África, ¿tu experiencia en China con esos puentes culturales ha sido distinta? Creo que haber tenido a María Noel Riccetto bailando en Beijing nos ayuda a explicar que un país con un buen ballet es un país con carne de alta calidad, con buenos diseñadores, con excelente software. Cuando se presenta el maestro José Serebrier a conducir orquestas chinas, la gente se da cuenta de que un país con ese nivel musical seguramente tenga buenos arándanos y buenas naranjas. La embajada es un motor del comercio y de generación de empleos, pero la cultura acorta distancias.

× Antes hiciste referencia a procesos de desarraigo. ¿Qué precio se paga por el trabajo diplomático? Lo que uno sacrifica es estar junto a los amigos en la cotidianidad, ver crecer a los niños de las familias. Hay un sacrificio al ver a la distancia un país que amás. Pero uno tiene un compromiso con este trabajo y valora vivir en lugares distintos, aprender idiomas, conocer gente y trabajar para un Uruguay que tiene que ser cada vez más abierto e internacional. Y por otro lado, hay un punto muy idealista, porque busca forjar la paz internacional y apoyarse en la cooperación.

× ¿Buscás objetos transicionales, como los músicos que durante las giras piden que les armen los cuartos de hotel siempre iguales para ver algo familiar? Los occidentales venimos de Grecia y para los griegos el destierro era la peor de las condenas. Estos destierros voluntarios pueden tener áreas dramáticas. En mis colecciones tengo muchas piezas de remate, de esas joyitas que sólo se pueden encontrar en Uruguay. Pero también tengo piezas de artistas jóvenes y elementos de lugares en los que he vivido. Las mudanzas pueden ser vistas como algo desgastante porque se trata siempre de reabrir las cajas de uno con objetos de distintos lugares que llevamos por todos lados para encontrarnos con un paisaje personal en lo cotidiano.

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