El oficial dijo que el frío era soportable, pero que la nieve enseguida se transformaba en un infierno. No quiso preguntarle por qué esta agua suave que tiene entre sus dedos sería motivo de rabia y desolación para otros. O para una ciudad entera, como una colmena sufriendo los efectos de la fumigación del invierno. Ya le había hecho demasiadas preguntas a aquel oficial de migraciones, que se las devolvía en forma de comentarios ambiguos, para que dijera qué la traía a este país, quién la esperaba, todo desde una boca que apenas se abría para disparar dardos de inglés cerrado. De eso y de la barba cortada con perfección del hombre se acuerda ahora que trata de apretar en vano la nieve con los dedos. No ha parado de caer en puñados gordos desde la noche anterior. El pasaporte quedó estampado con un sello rojo, por si eso aportara algún tipo de información a este viaje al hielo.

Una capa gruesa y blanca impera sobre las alturas. Desde el avión, hace semanas ya, se veían los picos nevados y la densidad menor de parches inmaculados a medida que las laderas llegaban hacia el mar. En su barrio, alejado del centro, la nieve está sobre la cerca que separa la casa de la vecina (y de la vecina que sale a fumar cada dos horas puntuales, y que a veces espía la ventana donde ella escribe), sobre la pelota que un niño dejó olvidada en el medio de un jardín también blanco, y sobre los autos, que además parecen sumergidos en un mar inflado, y espumoso, sí, espumoso, como nunca podrá ser la escarcha del congelador viejo que ella rascaba con un cuchillo cuando era niña, o como tampoco será cualquier intento de imaginarla cuando se vive en un país templado.


Eso de venir al frío fue idea de él. Dijo que le podía comprar un buen tapado, que había montañas, y que nevaba, como nieva hoy, y aquella fiesta en la que se conocieron parece salida de una película sin audio. El silencio de la nieve es total y expansivo. “Te puedo enseñar a esquiar si te gusta”, agregó en aquel momento y justo ahora pone los esquíes sobre el techo del auto. Se conocieron en el cumpleaños de alguien a quien ella no conocía, pero que los había invitado de una manera tan efusiva que fue imposible no juntarse a comer tacos. Y a tomar cerveza, claro, esa cerveza casi como agua con una rodaja de limón adentro. La olla con carne era el centro de un rancho de madera sin puertas ni ventanas y la brisa caliente movía las flores de una cortina de tela colgada a la entrada. Una mujer muy joven se desplazaba de un lado a otro sirviendo a los invitados. El pelo largo y negro estaba atado en un moño discreto, en un cuerpo elástico, redondeado por una panza a punto de ser parida. Su marido era el cumpleañero y el dueño de las lanchas, un muchacho con una panza aun más grande, pero extendida hacia los costados, sudando bajo la camiseta de fútbol. Brazos enérgicos de abuela extendían tortillas sin parar, y esas masas luego iban al fuego. Un suspiro de un lado. Otro suspiro del otro, hasta que la harina mostraba la huella de lo cocido sin perder la flexibilidad.

Desde la fiesta se veía la primera laguna, rodeada por montañas del lado este y por el océano, allá atrás del manglar, del lado oeste. Tierra de traficantes, murmuró alguien. A ella la habían sentado en una mesa de plástico con otras mujeres que no conocía. Viajaba sola. Más allá de la mesa de las mujeres venía un espacio de metros hasta la rueda de los hombres. Cuerpos bajos, de complexión fuerte, protegidos por sombreros enormes y que hablaban como en susurros. Había que esperar la lancha que llevaba a los turistas al otro extremo de las lagunas, donde el caudal aparentemente detenido se encontraba con el mar. Podía ser de un momento a otro, pero nadie parecía tener apuro en dejar la fiesta, prender un motor y rumbear hacia el norte. De noche, las lagunas eran un agujero oscuro y viscoso, pensó. En ese mismo instante, escuchó el motor de una lancha, perdido en la extensión oscura. Pronto vio la luz de un farol colgado en la proa, acercándose, y también vio por primera vez al hombre del esquí y del tapado.

En la casa hay un portarretratos con una foto de esos días. Él está sentado en la arena, cerca del mar turquesa, y sabe que le están sacando una foto. Ella duerme sobre un pareo. La falta de conciencia acerca de la cámara transforma su imagen en una masa desprotegida. Pies descansando, chuecos sobre la tela del pareo, un lado de la cara aplastado contra la arena, sin expresión, con una maraña de pelo enrulado alrededor, la boca entreabierta, casi babeando. En eso gana él, espalda firme y ojos grises en la cámara, control de la situación, como ha tratado de ganar desde entonces.

Parado contra un costado de la fiesta, al lado de un árbol de mango, el hombre del esquí y del tapado no parecía alguien del pueblo. Esa fue la primera impresión. Como ella, era un turista. Como todo el mundo, sostenía un taco en una mano y una cerveza en la otra. La fiesta estaba inundada por la luz azul y el sonido de unos parlantes desproporcionados, colgados de un costado del rancho de madera que oficiaba de cocina. Era un buffer capaz de ponerle sonido a un estadio. Un tipo también de sombrero le conversaba al oído, y él se reía mostrando dientes blancos y exageradamente parejos. Había dejado su mochila, esas que tienen cosidas las banderas de los países del mundo, apoyada en el piso, junto al árbol. Parecía gringo sí, pero había una innegable geometría en la mandíbula, en la nariz, un tono oscuro en la piel, que lo hacían similar al hombre del sombrero, o al del cumpleaños. Además, entendía lo que le decían.

La lancha que venía de la oscuridad atracó en el muelle de madera y los paquetes a bordo desaparecieron en otras embarcaciones, que se dispersaron hacia el lado opuesto del espejo de agua. En pocos minutos, no había más ruido de motores ni de gente. Ella supuso que esa no sería la lancha de los turistas, y siguió tomando una cerveza ya caliente. Demoraba la noche en buches cortos y miradas disimuladas a aquel gringo que no parecía gringo. El árbol de mango cubría toda la fiesta, ese montón de barullo, tacos y cervezas que se agotaban rápido, menos la suya. Las frutas caían a intervalos impredecibles, como granadas sobre las mesas de plástico. Un cabrito se movía entre la gente, dócil y pendiente de la comida que se caía de las mesas. Cuando estuvo cerca, ella alcanzó la mano para tocarle la cabeza y el animal respondió al gesto tal como un perro, manso. De pronto, un mango cayó directo sobre sus pies. El cabrito salió en estampida. Las mujeres a su alrededor siguieron comiendo como si nada.

Cuando tomaron la lancha, el sol subía entre las montañas, tapizadas de un verde macizo y extenso que sólo existe ahí. Para ese entonces, hacía horas que el hombre del esquí y del tapado se le había sentado al lado, comentando algo sobre los mangos que caían, sobre las lanchas que se perdían en el manglar. También le había cambiado la cerveza por otras más heladas y le había traído un vaso lleno de mariscos nadando en salsa de tomate picante, imposible de comer. Mientras tanto, los invitados se acomodaban en el fondo del terreno, sombrero tapando la cara, manos entrelazadas sobre el pecho, dormidos uno pegado al otro. Una pareja jovencita caminó tambaleándose hacia el borde de la laguna, y no demoró en sumergirse como una masa de piernas y brazos en los árboles achaparrados más allá del caserío, donde recomenzaba la selva. Él no hablaba mucho, pero era gracioso en sus observaciones parcas pero certeras. Ya en la lancha, la ayudó a subir. Luego le pasó un brazo por la cintura y con la mano hizo un ademán torpe, casi grosero, de agarrarle el pelo. Estáticas entre la vegetación, las garzas los miraban pasar. Ella reaccionó extrañada, pero dejó que la otra mano se deslizara por su espalda. Más pájaros, pelícanos, acompañaban el viaje de la lancha rumbo al mar.


Ahora, él se va todos los días bien temprano. Sale al exterior helado como lo más normal del mundo. Tiene el cuerpo de un marrón desteñido por la falta de sol, de un tono ceniza que su campera cubre con efectividad. La barba despareja, antes quemada por el sol, muestra el avance de las canas. En el intervalo de tiempo en que no está, el sol se mantiene abajo de la línea de las casas, nunca sube más allá de los árboles. Desde el principio, ella dejó claro que no se quedaría para siempre. El viaje había sido decidido en un impulso y no dejaba de ser eso mismo, un viaje. Máximo dos meses, puso como condición. ¿Y después qué?, respondió el hombre del esquí y del tapado. Después vemos, quiso responderle, pero prefirió evadir el futuro. Durante el día, trabaja en la computadora, camina por los parques, y siempre lo espera, hasta la noche, cuando él vuelve con olor a humano. Sudor de trabajo físico. Cenan lo que el hombre cocina, o si no salen a cenar a pocas cuadras de la casa. Las luces de navidad que adornan el bulevar casi no se ven a través de la nieve. Van juntos, sus manos grandes y callosas la agarran con fuerza, como si tuviera miedo de que saliera corriendo. Cenan comida etíope, o vietnamita, o papas fritas con salsa de carne y queso por arriba. Piden cerveza espesa en vasos de vidrio grueso. Cuando conversan, él le propone ideas que implican permanecer y ha llegado a decir lo feliz que sería si se quedara. La última vez que salieron de noche volvieron borrachos. Había sido un día soleado, frío, seco, preámbulo de una nueva nevada. Venían riéndose, hasta que ella se puso a hablar sobre la imposibilidad de vivir en el frío, sobre su perpetua falta de pertenencia, como si no fuera él quien estuviera caminando al lado. Después empezó a nevar, copos gigantes que se derretían contra el cuello y mojaban la ropa. Dijo más cosas, que no se acuerda, y que se confunden con ellos dos enredados en la cama, él sujetando su pelo con rabia mientras la penetraba. Por alguna razón, el hombre del esquí y del tapado ya no le pregunta si quiere quedarse.

Desde que empezó la nieve, van menos a los restaurantes. Da pena pensar en esa cantidad de luces brillando para nadie, piensa ella. Además, la casa no es muy amplia, y ver las mismas habitaciones día tras día, el living integrado a la cocina, el baño, el cuarto de ventanas altas, el balcón hacia lo de la vecina, aburre. Sin embargo, abrir el portón es más difícil, caminar por la nieve y el barro y el agua cansa. Al volver del trabajo, él trae una pieza de carne y le avisa por teléfono que prenda el horno. Una paleta de cordero. Medallones de lomo sangrantes. A ella le intriga saber qué pensará él de su presencia en la casa, si sentirá el mismo entusiasmo de unas semanas atrás, cuando le mostraba la nueva rutina como un intento de convencerla de las virtudes del frío. Se sabe una mascota indeseada por su naturaleza provisoria, que por ahora habita los rincones, pero que pronto se irá sin dejar rastros.

Hay días en que la salida al exterior se aplaza porque empieza a nevar. O porque de pronto cae lluvia sobre la nieve fresca, se mezcla con el barro y transforma el callejón al que tiene salida la casa en una crema acuosa. Ella mira todo desde el interior de la cápsula, con dos vidrios de distancia, y se acuerda de lo que dijo el oficial de migraciones. Si ya son las cuatro, el sol está por esconderse y todavía no ha salido, hace el esfuerzo, se pone dos pares de medias, bufanda, gorro, botas, por último el tapado a prueba del mundo, y sale. Es una especie de pacto consigo misma. Cada paso en el callejón se transforma en una odisea. Las piernas se debilitan antes de llegar a la avenida. Cruza en el semáforo, vigilando cada paso. No quiere terminar de cara en el piso. Algunos comerciantes tiran sal para derretir el hielo frente a sus tiendas. Otros dejan que el invierno siga sembrando el caos. Equilibrándose, llega a la puerta del cementerio. De un lado, las montañas, la piedra gris azulada reinando sobre lo humano, y la nieve sin barro en la altura. Del otro, el mar salpicado de barcos de carga y petroleros. Camina por el camposanto buscando una anécdota, por más trivial que sea, para poder contarle cuando vuelva del trabajo. Las ardillas que caminan campantes por paredes inclinadas, el rayo de luz neto contra la ladera de una montaña al atardecer, los tres centros de esquí que prenden los focos al mismo tiempo, la inteligencia descomunal de los cuervos, pero eso es obvio para quien siempre vivió en este lugar. Además, suena a falso convencimiento. Casi siempre se sienta en un café y lee libros que trajo en la valija. ¿Estás escribiendo algo?, le pregunta él de noche, masticando carne asada y con el tenedor en el aire. Algo sí, responde, más interesada en la dinámica de la nieve que en producir algo para el mundo.

Tal vez él piense que escribir sea un síntoma de permanencia. Del balneario de las lagunas, ella sí guarda un cuaderno con notas. Hay intentos de poner en palabras la avidez por su piel tostada. En la cama me agarra del pelo como si se le fuera la vida en eso, escribió en una oración al margen. Soñé que venía un tsunami del medio del océano y teníamos que evacuar en plena noche, que agarraba mi pasaporte y lo dejaba durmiendo, sin contarle lo que estaba por pasar, escribe más adelante sin explicaciones. Siguen notas de las charlas que tienen, detalles sobre la nieve, en la que él reconoce sentirse más a gusto. El frío y la oscuridad son una tregua para la vida, escribe citándolo. En el cuaderno también hay observaciones sobre las olas que surfaban de mañana temprano, sobre las mantarrayas apiñadas contra las rocas, y sobre el calor tan intenso que dejaba los músculos entregados a la inmovilidad.

Ilustración: Inés Gaggero
Ilustración: Inés Gaggero

De a poco, se fue dando cuenta de que no eran los mismos. En la nieve, el organismo se endurece, se distancia, aguanta, y cuando se entrega, aprende a vivir en condiciones adversas como lo más natural del mundo. Hoy es sábado. Su partida está marcada para el sábado que viene, con tres escalas hasta el destino final. El camino hasta el centro de esquí es corto, menos de una hora. Él termina de atar los esquíes al techo del auto y la llama. Un rato después, van en fila con los cientos de otros vehículos que hacen el mismo recorrido. Esquíes y tablas de snowboard en el techo. Seres humanos con ropa de colores, con alientos que empañan los vidrios desde adentro. Niños nerviosos. La caravana atraviesa una ciudad congelada, cruza el puente colgante sobre el estuario y empieza a subir rumbo a la montaña. Hoy el cielo no tiene ni una nube y va del celeste claro al azul ennegrecido en el otro extremo, donde los rayos del sol todavía no llegaron.

El nerviosismo de las primeras venidas a la montaña ha sido reemplazado por una cierta satisfacción. Deslizarse ladera abajo ya no es una caída constante contra sus propias manos, o contra sus muslos, que llegaron a quedar azules de tantos hematomas. Supo tomar clases con un instructor al principio, y luego el hombre del esquí y del tapado le enseñó más, aunque en realidad él no tiene paciencia y termina por dejarla atrás cuando esquían. Con suerte, la espera en la base para subir de nuevo, aunque en general se encuentran recién al final del día, con el cuerpo exhausto, las piernas temblando y un frío de transpiración que, perenne, no se siente.


Ya estacionaron el auto, se calzaron las botas, caminaron hasta la aerosilla. Mientras suben, él dice que va a seguir directamente hasta la cima. Los abetos están tan cargados de nieve que las ramas se doblan por el peso. Árboles altos parecen enanos gordos por todo lo que nevó la noche anterior. Trampas mortales para los esquiadores desprevenidos, que caen en el vacío que se forma abajo de las ramas cuando nieva, recuerda ella. Se baja a mitad de camino. Hay una horda de niños alrededor. Lo ve irse despacio en aquella silla colgante, rumbo a la altura que por ahora le es inaccesible. Después, camina como un pato torpe rumbo al comienzo de la ladera y observa la ciudad allá lejos, envuelta en una bruma que no sabe si es de sus propias antiparras, o de la ciudad misma. Respira. Y toma impulso y se larga hacia abajo, y siente el aire fresco en la cara. Primero viene la recta con montículos, que evita porque su destreza se limita a descender sin ninguna acrobacia. A continuación, empieza la subida y, como viene con embalo, logra sortearla y hacer la curva con pendiente pronunciada hacia la derecha. Algunos esquiadores más duchos pasan zumbando bien cerca.

Gracias a la nevada reciente, no hay parches de hielo y la textura del mar blanco es la de un arenal suave. Podría descansar en el llano, pero tiene ganas de seguir. Se ayuda con los bastones y toma nuevo impulso. En vez de ir haciendo curvas, enfila derecho hacia abajo, algo que nunca hace. Se acuerda de las advertencias del instructor, hacer curvas, alejarse de los abetos, pero la velocidad sigue aumentando. Con rapidez, siente cómo los árboles pasan cada vez más juntos, o es ella la que pasa por ese camino como si fuera un bólido, la vista enfocada en un punto fijo. Se concentra en las piernas, en dejar el cuerpo atento, y en avanzar hasta casi gritar de miedo, o de emoción, o de las dos sensaciones al mismo tiempo. En este momento, es ella la que se adelanta al resto de los esquiadores, sortea a un hombre que se sale del flujo de la pista, y sigue ganando velocidad, más y más. La última parte, llena de nieve, le infunde todavía coraje extra. Velocidad. Dominio de los esquíes, prótesis de sus piernas. Más rápido y, al final, un giro controlado, no entiende ni cómo, y logra parar cuando está cerca de la aerosilla.

En la aglomeración de antiparras, camperas de colores, gritos y parafernalia deportiva, busca sin éxito al hombre del esquí y del tapado. No está. Entonces elige la fila individual, que avanza constante. En pocos minutos, sube a la aerosilla con tres personas de las demás filas. El cable los cincha hacia arriba, pero de pronto se detiene. Oscilan en el aire. Las montañas alrededor están desbordadas de nieve. Alguien hace un comentario gracioso sobre los operadores de estas máquinas. Ella aprovecha para ajustarse los guantes, pero antes saca el celular del bolsillo y ve que hay un mensaje. “Sería bueno que te quedaras”, dice. En eso, los cables reanudan el movimiento. Una vez más, irse no le parece algo tan grave, sino inevitable. El centro de esquí opera ajeno a estas decisiones. Se demora mirando la nieve salpicada de camperas de colores chillones. Cuando llega a la primera base, decide seguir e ir hasta la cima. Espera por segunda vez en la fila y ve que una nube, salida de no se sabe dónde, se instala en el tope de la montaña.

Poco después, está en el borde de una pista en la que nunca esquió antes. La cima divide el día: de un lado sigue azul brillante, del otro, reina la nube compacta, que dificulta la visibilidad. Respira hondo varias veces frente a la pendiente vertical. No mira hacia abajo. El miedo amenaza el ritmo de ese entrar y salir de aire, la duda de si hizo bien al subir. Pero enseguida lo espanta con una inhalación profunda y los esquíes al vacío. Baja. Rasga la ladera en oscilaciones cortas, el cuerpo casi apoyado en la montaña, hacia un lado y hacia el otro. Cadera, piernas y rodillas responden, al tiempo que la nieve le salpica la cara. Importa llegar a la base controlando la velocidad. No olvidarse de respirar. Pasan los segundos, eternos, y ya está en el primer llano, donde su pista se junta con otras incluso más difíciles. Siente una emoción de desafío alcanzado. Se queda quieta, descansando. De pronto, cree ver al hombre del esquí y del tapado pasar a escasos metros, y seguir adelante, sin verla. Trata de gritarle, pero la bufanda tapa cualquier sonido.

El día sigue azul y se larga a alcanzarlo, tórax hacia adelante y velocidad en aumento. El hombre se mueve con soltura. Sus oscilaciones en la nieve son elegantes, como si hubiera nacido con un par de esquíes en los pies. Ella, la extranjera, el animal introducido, va atrás a gran velocidad, aunque aún está demasiado lejos como para gritarle que espere. No sabe por qué lo sigue, pero no se detiene. Entonces él dobla hacia los abetos, envueltos en la nube. Sin pensarlo, ella se interna en el bosque también. De lo que viene después es difícil que pueda acordarse. La visibilidad casi nula, la pendiente acentuada, la pérdida del control de los esquíes, la cercanía con los abetos, el grito de nuevo en la bufanda, la caída en el pozo alrededor del árbol, el pozo demasiado hondo alrededor de ese abeto. Hay un instante de lucidez en eso: cuando siente que cae, se acuerda de la advertencia. Alejarse de los abetos, alejarse de los abetos. Para ese momento, ya tiene una capa de nieve arriba de la cabeza. De todos modos, tiene suerte, si caer, pero que la rescaten en coma, no es una suerte irónica. A pesar de haber entrado a un área aislada, otro esquiador bajaba justo atrás, a tiempo de observar cómo pierde el control y desaparece en el espacio vacío alrededor del árbol. El hombre se orienta por la marca del cuerpo que se hundió. Frena los esquíes, se tira al piso, escarba, escarba en la nieve manchada de sangre, se acerca con las manos hasta agarrarla del pelo con fuerza. En un envión, logra sacarla hacia arriba, respira, sí, respira, no responde a las preguntas que le hacen, ojos cerrados, no está consciente, como tampoco estará en las seis semanas que siguen, en las que nevará como si nada. Cuando despierte, por cierto, su avión se habrá ido con un asiento vacío rumbo a tierras más cálidas.