Entramos en fila. Yo iba de las últimas. Nos sentamos de a cuatro en mesas de nuestro porte. Mi delantal era azul, igual que el de la persona que sentaron enfrente de mí. Escruté su rostro y manos. El pelo era corto y liso y la cara delicada. No podía saber, así que le pregunté: “¿Vos sos nena o varón?”. Enseguida de hablar me di cuenta de que la pregunta era desatinada e innecesaria. Ella no se inquietó y respondió naturalmente: “Nena”. Sentí en mi cuerpo la simpleza y la bondad de esa persona que me habían puesto enfrente, y tuve la sensación de haber aprendido algo importante esa mañana. Siempre me ocurría que las palabras salían de mi boca un poco antes de que yo, o el mundo, o ambos, estuviéramos preparados. Mi madre me lo advertía a veces, me decía: “Pensá lo que vas a decir”, y yo me enrojecía de rabia porque me parecía obvio el consejo, me parecía que cómo se iba a poder hablar sin haber pensado algo, que cómo mi madre pensaba que yo no había pensado, y me parecía también el colmo que una mujer con la flojera lingual de mi madre me aconsejara alguna cosa en relación a las palabras. Mi madre, esa desaforada del lenguaje.

Le conté mi nombre, y ella que se llamaba Simona. No me acuerdo del nombre de la maestra de jardinera, pero ella era Simona, la que me mostró la candidez y me hizo preguntarme cosas del yo el primer día de escuela. Las dos teníamos cinco años pero yo cumplía seis en agosto y ella recién en enero. No se lo dije, pero pensé que enero era un mes terrible para cumplir años. La gente en enero no está en la casa, que es donde se cumplen los años. En verano se va a la playa, se visita a los primos del interior, se merienda en la heladería. Además, ¿cómo vendrían las personas?, ¿cómo se enterarían?, ¿dónde se dejarían los regalos, si uno ni siquiera duerme en su cama? Uno no está suficientemente en la vida como para cumplir los años ahí. Uno está como quieto, en cierta forma. No quieto de movimiento, porque uno corre todos los días por cualquier motivo —la arena, la pelota, la escondida, lo que sea—, pero como quieto del tiempo. Incluso, pensándolo bien, sin la escuela uno ni siquiera tiene manera de saber qué día es. Eso lo sabemos porque está escrito arriba y a la derecha en el pizarrón y la maestra se encarga de volver a escribirlo todos los días mientras lo va diciendo despacio, como para que no nos quedemos con una idea vieja del tiempo. Aparte, se dice a la entrada, que es la mejor hora para escuchar. Porque incluso si se dijera después del recreo, capaz que hay varios que no lo escucharían y seguirían pensando quién sabe qué. Yo, en general, estaba siempre atenta. Pero a todo. No sólo a la maestra. A todas las cosas que se decían medio bajito, así por hablar nomás, o a las risitas. Yo siempre que escuchaba una risa me reía, me gustaba participar, aunque no supiera bien de qué venía. Creo que prefería siempre participar si era una risa porque eso me hacía más parte del grupo en cualquier circunstancia. Yo era una parte segura. Si, por ejemplo, era el cumpleaños de uno que no tenía mucho lugar en la casa o los padres no lo dejaban invitar a muchas personas, yo estaba invitada seguro. A mí me parece que eso de la risa tenía bastante que ver con que yo siempre estuviera invitada a todo. Porque siempre me acomodaba bien a lo que iba pasando, y no me daba trabajo, al contrario. Me daba felicidad eso. Era como estar de acuerdo con todo y con todos, sin que fuera realmente así, pero sin que estuviera fingiendo tampoco. No sé cómo explicarlo. Por ejemplo, reírnos me parecía siempre divertido, sin importar la causa, o aunque no la supiera. A veces, cuando me enteraba de qué nos estábamos —o nos habíamos estado— riendo, no me parecía una buena causa, hasta me parecía cruel, pero eso no me hacía arrepentirme. Como que me parecían cosas separadas la risa y su causa. Y la risa siempre nos unía. Y unirse no podía ser malo.

El día de mi cumpleaños a mí me gustaba que mi madre se pusiera una ropa de salir aunque estuviéramos en casa. Casi siempre era una polera de lana y una pollera larga con botas, todo medio marrón o con azul o parecido. Mi madre tenía la nariz larga y un lunar enorme del lado izquierdo según ella, derecho para mí, que era tan lindo tocárselo despacito, sobre todo cuando me hacía upa, que era cada vez menos. (Y sobre todo cada vez más sentada ella... Se diría que de la antigua upa había quedado la falda). Me preguntaba desde muchos días antes qué quería para comer, de qué me gustaba la torta, a quiénes quería invitar. Nuestra casa era muy chica pero no recuerdo que mis padres pusieran ningún límite a las invitaciones. Venían todos. Traían una lapicera o cosas parecidas de regalo. También hojitas de coleccionar; las mejores venían con sobres con el mismo dibujo de las hojas. Uno las juntaba y las iba separando por afecto; a las más lindas las guardaba para algo importante como una carta de amor o de amistad grande. Me acuerdo que una vez agarré una que tenía una guarda roja y el dibujo de una niña con una canastita, y la usé para el día de la madre. No me acuerdo qué le puse adentro, pero en el sobre escribí: Sra. Amor.

Otra cosa que yo me daba cuenta que pasaba en la escuela era que, por un lado, estábamos los que habíamos aprendido a leer y escribir en casa y, por otro, los que iban a aprender ahí. Y de eso me parece que había dependido que, cuando pasamos a primer año, algunos quedáramos con la maestra Susana y otros se fueran con Norma. Eso lo descubrí una vez que Susana faltó y nos mandaron a la clase de Norma, y ahí, estando todos juntos, había que leer pedacitos de un cuento en voz alta, y claro, los que estaban aprendiendo ahí leían mucho más lento que los que habíamos aprendido en la casa. Hasta Simona, que no hablaba nunca nada, leía como si se supiera el cuento de memoria. Pero eso es porque en la casa había leído muchas cosas y, como todas las cosas son un poco como combinaciones diferentes de las mismas partes, uno va leyendo y como que ya sabe casi lo que va a decir antes de que lo diga. Es como yo, que tengo un hermano varón, y juego mejor al fútbol que otras nenas que no tienen hermanos, que capaz que ni pelota tienen. Lo que ya me había dado cuenta también y me daba bronca era que en la clase de Norma estaban algunos que eran más mis amigos de hacer bromas y reírnos, sobre todo los varones, que en general eran más chistosos que las nenas. Yo extrañaba eso, todo el ambiente que había, como si la escuela fuera una fiesta que cada tanto te apagan la música para que te concentres en alguna cosa y después sigue el baile de lo más campante. Ahora no había fiesta en ningún lado, porque en lo de Susana los niños eran más serios y en lo de Norma los niños tenían que aprender lo que no habían aprendido en la casa.

Un día la maestra vino y dijo que Simona se iba a mudar de barrio y, en consecuencia, a cambiarse de escuela. Dijo que la idea era que viniese un último día a clase para despedirla en el grupo pero que, lamentablemente, se había engripado. Yo no había hablado mucho con ella ese año ni nos habíamos reído juntas, que yo recordara; le había prestado la atención que le prestaba más o menos a todo, excepto por un día que la había mirado bien mientras revolvía una pintura incansablemente, en vez de ponerla de una vez en el papel. Pero cuando la maestra dijo que Simona no volvería a la escuela, me sentí igual que el día que mi madre dijo “papá tuvo un accidente” y yo no podía saber si papá era su padre o el mío y no quería preguntar porque no quería cortar la vibración trágica de la frase con un detalle tan nimio, que al fin y al cabo era la primera vez que nos pasaba algo así, y además, antes de decir eso, ya había dicho “tranquila que no pasó nada grave pero...”. La cuestión es que ahora la maestra decía todo por su nombre y yo sentía el mismo golpe en el pecho y en la cabeza.

Pasaron dos o tres días. Agarré la hojita verde de los sapitos que viajaban en canoa por el lago y el sobre correspondiente, y empecé a escribir con lapicera como con voz de persona grande: “Querida Simona”. Pensé muchas maneras de seguir, sin animarme a manchar la hoja con ninguna. Hasta que desistí. Todo aquel fuego y no tenía nada para decirle. Fue una amargura. Mi mejor hojita estaba arruinada y no había palabras que valieran la pena. ¿Qué me quedaba de Simona? Tal vez sólo aquella enseñanza casi muda. O muda por completo. ¿Ella me había enseñado el silencio? Es verdad que cuando dijo “Nena” sin otra explicación, había evitado decir muchas otras cosas que para mí hubiera sido imposible evitar. “Nena” y los ojos redondos de una redondez sin tensión, tranquilamente alerta. “Nena” y una alegría mansa, de cachorro de perro dormido. ¿Todo ese amor que sentí estaba hecho de silencio? Pensé que sí y también pensé que ahora que Simona no estaba más entre nosotros yo debía convertirme en ella para que no nos hiciera falta en el mundo.

Ilustración: Sofía Teperino
Ilustración: Sofía Teperino

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