Hace medio siglo, durante el apogeo hippie de 1967, un joven y aclamado escritor estadounidense de ciencia ficción, Roger Zelazny, publicó su tercera novela. En muchos sentidos, El señor de la luz era una obra de su tiempo: rebosaba mitología hindú importada y diálogos cósmicos. A la vez, tenía destellos de algo más enfocado en el futuro, más político. Una de sus líneas argumentales se refería a un grupo de revolucionarios que querían llevar a la sociedad “a un nivel más alto” al transformar repentinamente su actitud hacia la tecnología. Zelazny los llamó aceleracionistas.

Zelazny y su novela están bastante olvidados ahora, pero como dijo en 1971 su colega JG Ballard —por cierto, más recordado—, “lo que los autores de ciencia ficción moderna inventan hoy, ustedes y yo lo haremos mañana”. En las últimas cinco décadas, y especialmente en los últimos años, gran parte del mundo se ha acelerado. Los patrones de trabajo, los ciclos políticos, las tecnologías cotidianas, los hábitos y dispositivos de comunicación, la reurbanización de las ciudades, la adquisición y el deshecho de posesiones: todo se ha acelerado. Mientras tanto, durante ese mismo medio siglo, casi completamente inadvertido por los medios o la academia tradicional, el aceleracionismo se transformó gradualmente de un dispositivo ficticio a un movimiento intelectual real: una nueva forma de pensar sobre el mundo contemporáneo y su potencial.

Los aceleracionistas argumentan que la tecnología (particularmente la tecnología informática) y el capitalismo (particularmente su variedad global más agresiva) deberían acelerarse e intensificarse masivamente, ya sea porque es la mejor forma de que la humanidad avance o porque no hay otra alternativa. Están a favor de la automatización y de la fusión de lo digital y lo humano. En muchos casos, también aprueban la desregulación de los negocios y la reducción drástica del Estado. Creen que hay que dejar de autoengañarse y abandonar la idea de que podemos controlar el progreso económico y tecnológico. Y muchos de ellos piensan que la agitación social y política tiene un valor en sí misma.

El aceleracionismo, por lo tanto, está contra el conservadurismo, el socialismo tradicional, la socialdemocracia, el ecologismo, el proteccionismo, el populismo, el nacionalismo, el localismo y cualquier otra ideología que trate de moderar o revertir el ritmo de cambio, ya enormemente descontrolado, del mundo moderno. “El aceleracionismo es una herejía política”, escriben Robin Mackay y Armen Avanessian en la introducción de #Accelerate: The Accelerationist Reader, un libro a veces desconcertante, a veces estimulante, publicado en 2014, que sigue siendo la única guía adecuada para el movimiento (editado en español por Caja Negra, bajo el título Aceleracionismo: estrategias para una transición hacia el postcapitalismo).

Al igual que otras herejías, el aceleracionismo ha conocido generaciones de adherentes, declaradas o no, que transmitieron sus ideas, las refinaron en algunos casos (y en otros, las desecharon), que se comunicaron entre sí en un lenguaje privado que coaguló alrededor de figuras dominantes, que compitieron por lograr el próximo hito de la fe, que, ardiendo, se dividieron en facciones. Hay, o ha habido, aceleracionistas en Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña, Alemania, Italia y Francia. El movimiento produjo libros, ensayos, revistas, manifiestos, blogs, batallas en las redes sociales, y comunicados crípticos, casi inclasificables, que combinaban ficción distópica con un vertiginoso rango de teoría política, cultural y económica.

En algunos casos, los aceleracionistas ocuparon puestos académicos. Celebraron reuniones públicas esporádicas, para pensar en voz alta, discutir y sumar conversos. Algunos fragmentos se pueden encontrar en YouTube: imágenes borrosas de jóvenes intensos que hablan hipnóticamente sobre el futuro, a menudo con música electrónica e imágenes abstractas revoloteando en el fondo, a veces dirigiéndose a audiencias desconcertadas en salas de conferencias mal iluminadas. Probablemente, en todo el mundo sólo haya habido simultáneamente unas pocas decenas de aceleracionistas. La etiqueta recién se empezó a aplicar regularmente desde 2010, cuando fue tomada de la novela de Zelazny por Benjamin Noys, un fuerte crítico del movimiento. Sin embargo, los aceleracionistas han estado más tiempo atentos a muchas de las cuestiones cruciales de finales del siglo XX y comienzos del XXI que muchos pensadores contemporáneos más ortodoxos: el ascenso de China, el surgimiento de la inteligencia artificial, lo que significa ser humano en una era de dispositivos electrónicos adictivos e intrusivos, los flujos aparentemente incontrolables de los mercados globales, el poder del capitalismo como una red de deseos, el límite cada vez más borroso entre lo imaginario y lo real, la reconfiguración de nuestras mentes y cuerpos por música y películas cada vez más rápidas, y la complicidad, la repugnancia y la enición que muchos de nosotros sentimos por la velocidad de la vida moderna.

“Todos vivimos en un sistema operativo creado por la acelerada tríada de guerra, capitalismo e inteligencia artifical emergente”, dice Steve Goodman, un aceleracionista británico que ha llegado a contrabandear sus ideas deliberadamente dramáticas a la música dance a través del sello discográfico Hyperdub. “Les guste o no”, argumenta el estadounidense Steven Shaviro en No Speed Limit, su libro de 2015 sobre el movimiento , “ahora todos somos aceleracionistas”.


Celebrar la velocidad y la tecnología tiene sus riesgos. Hace un siglo, los escritores y artistas del movimiento futurista italiano se enamoraron de las máquinas de la era industrial y su aparente capacidad para revitalizar la sociedad. Muchos futuristas prolongaron esta fascinación en apoyo a la guerra y al fascismo. Aunque algunas obras futuristas siguen siendo reconocidas, la reputación del movimiento nunca se recuperó.

Una de las figuras centrales del aceleracionismo es el filósofo británico Nick Land, que dio clases en la Universidad de Warwick en la década de 1990 y luego abandonó abruptamente la academia. “Los filósofos son viviseccionistas”, escribió en 1992. “Tienen la misma inteligencia precisa y reptil que tienen todos los que experimentan con los seres vivos”. Uno de sus estudiantes, Iain Hamilton Grant, recuerda: “Siempre tuvimos tendencia a provocar al progresismo, y en eso Nick era el mejor”.

Desde que dejó Warwick, Land ha publicado prolíficamente en internet —no siempre bajo su propia firma— sobre la supuesta obsolescencia de la democracia occidental. También ha escrito a favor de la “biodiversidad humana” y la “clasificación humana capitalista” (una idea pseudocientífica, actualmente popular en la extrema derecha, de que a las diferentes razas “naturalmente” les va diferente en el mundo moderno). Y también escribe sobre la supuestamente inevitable desintegración de la especie humana cuando la inteligencia artificial mejore lo suficiente.

Hay otros aceleracionistas que se distancian de Land. Grant, que es profesor de filosofía en la University of the West of England, dice de él: “Intento no leer sus cosas. Es la vergüenza del movimiento aceleracionista. Para la gente del movimiento suena como un matón. El aceleracionista, el que es reflexivo, piensa: ‘¿Hasta qué punto es demasiado?’. Pero, pensándolo bien, hacerse esa pregunta es lo opuesto del aceleracionismo”. El aceleracionismo, queda claro, no pasa por la moderación.

Incluso Benjamin Noys, su crítico, reconoce que el movimiento tiene un encanto. “Acelerar es una palabra sexy”, dice, con términos poco comunes en un filósofo. Los artistas manifiestamente transgresores Jake y Dinos Chapman son próximos al movimiento y antiguos colaboradores de Land. Una de sus pinturas frenéticas y grotescas está en la portada de la recopilación Fanged Noumena, publicada en 2011, que contiene algunos de los pasajes más oscuramente fascinantes del aceleracionismo. Todavía hoy los ejemplares usados de la primera edición del libro se cotizan bien en internet.

En estos tiempos tan políticamente febriles las ideas impacientes, intemperantes, posiblemente revolucionarias del aceleracionismo parecen más pertinentes que antes, o al menos concitan más curiosidad. Según Noys, “los aceleracionistas siempre parecen tener una respuesta. Si el capitalismo avanza rápido, dicen que necesita ir más rápido. Si el capitalismo tropieza y se enlentece”, como pasa desde la crisis financiera de 2008, “dicen que hay que impulsarlo”. Para cada vez más observadores, la perturbadora campaña electoral estadounidense y la maníaca presidencia de Donald Trump, y su medidas de gobierno ultracapitalistas y antiestatales, son la primera manifestación de una política aceleracionista. En los últimos años, Noys ha notado que las ideas aceleracionistas “resuenan” y “circulan” en todas partes, desde sectores pro tecnología de la izquierda británica hasta círculos de libertaristas de extrema derecha en Estados Unidos. En los blogs de la alt-right (la nueva derecha sajona), Land se ha convertido en un nombre muy evocado. Los comentaristas notan con entusiasmo cómo se conectan algunas de sus ideas y el pensamiento de Peter Thiel, el libertario multimillonario de Silicon Valley, y del estratega iconoclasta de Trump, Steve Bannon.

“En Silicon Valley”, dice Fred Turner, un destacado historiador de las industrias digitales de Estados Unidos, “el aceleracionismo es parte de todo un movimiento que afirma que ya no necesitamos política [convencional], que con la tecnología adecuada podemos deshacernos de la izquierda y la derecha. El aceleracionismo también sintoniza con la forma en que se comercializan los dispositivos electrónicos: la promesa de que, finalmente, nos ayudarán a dejar atrás el mundo material y todo el desorden de lo físico”.

Para Turner, el atractivo del aceleracionismo es tanto antiguo como moderno: “están hablando un dialecto milenario” cuando prometen que un cambio indefinido y universal está al alcance de la mano. Noys advierte que los aceleracionistas están tratando de “adjudicarse el futuro”.


De alguna manera, Karl Marx fue el primer aceleracionista. En su Manifiesto comunista de 1848 estaba tan impresionado como aterrado por el capitalismo, con su “constante revolución de la producción” y “la perturbación ininterrumpida de todas las condiciones sociales”. Vio un capitalismo cada vez más frenético como preludio indispensable al momento en que el ciudadano común “finalmente se ve obligado a enfrentar [...] sus verdaderas condiciones de vida” y enciende la revolución.

Sin embargo, fue en la Francia de fines de la década de 1960 donde primero se desarrollaron de forma sostenida las ideas aceleracionistas. Impactados por el fracaso de la revuelta de izquierda de 1968, y por el aparentemente interminable auge económico de la posguerra en Occidente, algunos marxistas franceses creyeron que era necesaria una nueva respuesta al capitalismo. En 1972, el filósofo Gilles Deleuze y el psicoanalista Félix Guattari publicaron El Anti-Edipo. Era un libro inquieto, extenso, atractivamente ambiguo, que sugería que, en lugar de simplemente oponerse al capitalismo, la izquierda debería reconocer su capacidad tanto para oprimir como para liberar a la gente, y debería tratar de fortalecer estas tendencias anárquicas “para ir aun más lejos [...] en la dirección del mercado [...] para ‘acelerar el proceso’”.

Dos años más tarde, otro marxista francés desilusionado, Jean-François Lyotard, amplió el argumento de una manera todavía más provocativa. En su libro Economía libidinal, de 1974, afirmaba que incluso los aspectos opresivos del capitalismo eran “disfrutados” por aquellos cuyas vidas el sistema reordenaba y aceleraba. Y además, que no había alternativa: “El sistema del capital es, al fin y al cabo, natural”.

En Francia, ambos libros fueron polémicos. Lyotard finalmente abjuró de Economía libidinal (dijo que era su “libro del mal”) y pasó a otros temas. Deleuze y Guattari advirtieron en su siguiente libro, Mil mesetas, que se publicó en 1980, cuando el capitalismo relativamente benigno de la posguerra fue desplazado por la versión más salvaje y más dura de la era Thatcher-Reagan, que demasiada aceleración capitalista podría arrastrar a la sociedad a “agujeros negros” de fascismo y nihilismo.

Sin embargo, en Gran Bretaña, El Anti-Edipo y Economía libidinal tuvieron otra suerte. Igual que gran parte de la filosofía francesa de la posguerra, fueron ignorados durante décadas por la academia dominante, por ser libros demasiado extranjeros (en todos los sentidos) y ni siquiera se tradujeron al inglés hasta 1983 y 1993, respectivamente. Pero, para un pequeño número de filósofos británicos, los dos libros fueron una revelación. Iain Hamilton Grant se encontró por primera vez con Economía libidinal cuando era estudiante de maestría en Warwick a principios de los 90. “¡No podía creerlo! Que el libro de un marxista dijera ‘no hay forma de salir de esto’, es decir, del capitalismo, y que todos somos pequeños pedazos de deseo manipulado, que encajan en un gran sistema; para mí, él fue el primero en decirlo, hasta donde sé”. Grant “se enganchó”. En lugar de escribir su tesis, pasó seis meses trabajando obsesivamente en la primera traducción del libro de Lyotard al inglés.

En Warwick ese tipo de proyectos de filosofía exploratoria eran mejor tolerados que en otras universidades británicas. Había sido fundada en la década de 1960 como una universidad que experimentaría y se comprometería con el mundo contemporáneo. En los años 90, su campus de torres de bloques de cemento, ligeramente aislado de la ciudad, parecía más gastado que futurista, pero su ethos fundacional sobrevivía en algunos departamentos, como el de Filosofía, donde el estudio de los autores franceses de vanguardia era común. En el centro de esta actividad se encontraba un nuevo y joven profesor del departamento: Nick Land.

Land era un hombre delgado, de aspecto frágil, con una mirada de hierro, una voz suave pero convincente y un aire de sorprendente seguridad intelectual. “Hay mucha gente inteligente”, dice Grant, “pero nunca vi a alguien que pudiera destruir una tesis de manera tan forense”. Robin Mackay, que también fue alumno de Land, recuerda: “Nick siempre estaba dispuesto a aconsejar ‘No te molestes en leer eso’. Pero él sí había leído todo”.

A principios de los 90, Land había condensado sus lecturas, que incluían a Deleuze, Guattari y Lyotard, en un conjunto de ideas y un estilo de escritura que, al menos para sus estudiantes, era visionario y emocionantemente peligroso. Land escribió en 1992 que el capitalismo nunca había sido adecuadamente liberado, sino que siempre había sido retenido por la política, “la última gran complacencia sentimental de la humanidad”. Desestimó a Europa como un lugar esclerótico, cada vez más marginal, “el basurero racial de Asia”. Y vio que en todas partes la civilización se aceleraba hacia un apocalipsis: “El desorden debe aumentar [...] Cualquier organización [humana] es [...] un mero desvío [...] del inexorable flujo de la muerte”.

Land hacía exposiciones extrañas y teatrales: se trepaba a las sillas mientras hablaba o se sentaba encorvado, meciéndose de un lado a otro. Además, condimentaba sus declaraciones con humor negro. Se presentaba al público con frases como “Mi campo de trabajo son los Estudios del Colapso de la Civilización Occidental”. Un cuarto de siglo después, algunos ex estudiantes de filosofía de Warwick todavía hablan de él con asombro. “Creo que es uno de los filósofos más importantes de los últimos 50 años”, dice Robin Mackay.

Pero para ser un aspirante a guía del futuro, Land era bastante anticuado en algunas cosas. Hasta fines de los 90, utilizó una antigua computadora Amstrad de pantalla verde, y sus escritos iniciales de Warwick contenían muchas más referencias a los filósofos de los siglos XVIII y XIX —estaba obsesionado con Nietzsche— que a los pensadores o la cultura contemporáneos. La versión del aceleracionismo desarrollada en Warwick no cristalizó completamente hasta que llegaron otros radicales al Departamento de Filosofía a mediados de los 90.

Sadie Plant fue una de ellas: una ex profesora de Estudios Culturales de la Universidad de Birmingham. Mark Fisher, su ex alumno, fue otra de las incorporaciones. Era nervioso e intenso, mientras que ella era cálida y accesible. Durante un tiempo a principios de los 90, Plant y Land fueron socios.

Como Land, Plant y Fisher habían leído a los aceleracionistas franceses y se mostraban cada vez más hostiles al control que creían que la izquierda tradicional y las ideas liberales tenían sobre los departamentos de humanidades británicos (y sobre el resto del mundo). Pero, a diferencia de Land, Plant y Fisher eran tecnófilos: ella tuvo una de las primeras computadoras Apple y fue de las primeras usuarias de teléfono celular. “Las computadoras [...] buscan caminos acelerados y exponenciales, proliferan, miniaturizan, se unen”, escribió Plant en Ceros + unos (1997), donde abordó con entusiasmo el desarrollo de la computación. Plant y Fisher también se convirtieron en fanáticos de las películas de acción y la música dance, que en los 90 se volvieron hiperkinéticas; las consideraban formas de arte popular que incorporaban las posibilidades de la nueva era digital.

Internet se convertía en parte de la vida cotidiana y el capitalismo parecía triunfar después del colapso del comunismo en 1989; en ese contexto, en la academia y la política angloestadounidenses se diseminó la creencia de que el futuro estaría configurado casi totalmente por las computadoras y la globalización —el acelerado “movimiento del mercado” que Deleuze y Guattari habían reclamado dos décadas antes—. Los aceleracionistas de Warwick estaban en la vanguardia.

Sin embargo, había dos visiones diferentes del futuro. En Estados Unidos, revistas como Wired promovieron lo que se conoció como “la ideología californiana”: el optimismo hacia la tecnología digital como desbloqueadora del potencial humano en todas partes. En Gran Bretaña, este optimismo influyó en el Nuevo Laborismo (el de la llamada “Tercera Vía”). En Warwick, en cambio, las profecías eran más oscuras. “Una de nuestras motivaciones”, recuerda Plant, “era precisamente socavar el utopismo alegre de los años 90, que en gran parte parecía muy conservador”; se trataba, para ella, de un viejo deseo masculino de salvación a través de aparatos. “Queríamos un mundo más abierto, intrincado y complicado, no un nuevo orden brillante”.

Los aceleracionistas de Warwick también recibieron influencia del entorno. “Gran Bretaña en los 90 se sentía abigarrada, gris, ruinosa”, dice Mackay. “Veíamos al capitalismo y la tecnología como fuerzas intensas que intentaban hacerse cargo de un cuerpo decrépito”. Para observar el proceso, y para ayudar a acelerarlo, en 1995 Plant, Fisher, Land, Mackay y dos docenas de estudiantes y académicos de Warwick crearon una institución radicalmente nueva: la Unidad de Investigación de Cultura Cibernética (CCRU por su sigla en inglés), que se convertiría en uno de los grupos más endiosados de la historia intelectual británica reciente.


La CCRU existió como ente funcional menos de cinco años. Por un tiempo, tuvo una sola oficina, en los estrechos pasillos del Departamento de Filosofía de Warwick, del cual era parte no oficial. Más tarde, la sede de la unidad fue una habitación alquilada en el centro de una ciudad cercana, Leamington Spa.

Durante décadas han revoloteado seductoras referencias a la CCRU en sitios web de política y cultura, en revistas de música y arte, y en las secciones más analíticas de los medios dedicados a la moda. “Hay grupos de estudiantes veinteañeros que recrean nuestras prácticas”, dice Robin Mackay. Desde 2007, dirige la respetada editorial de filosofía Urbanomic, que publica ediciones limitadas de antiguas publicaciones de la CCRU y nuevo material relacionado con ella.

La CCRU fue consciente de su imagen desde el principio. Su nombre era deliberadamente duro, con un toque militar o robótico, especialmente luego de que sus miembros comenzaron a escribir y a referirse a ella sin anteponerle un artículo definido, como “Ccru”. En 1999, resumieron su historia para el periodista musical Simon Reynolds, simpatizante del movimiento, en el estilo escueto e incorpóreo que era ya una marca registrada: “Ccru [...] se desencadena a partir de octubre de 1995, cuando utiliza a Sadie Plant como pantalla y a Warwick University como un hábitat temporal [...] Ccru se alimenta de estudiantes graduados + académico defectuoso (Nick Land) + investigadores independientes”.

Los ex miembros de la CCRU todavía usan su lenguaje y están ferozmente apegados a la idea de que se convirtió en una especie de mente grupal. En un email, Land me escribió: “Ccru era una entidad [...] irreductible a las agendas, o biografías, de los subagentes que las componían [...] La sumisión completa a La entidad fue clave”.

Actualmente, Iain Hamilton Grant es un profesor afable, de mediana edad, que usa un chaleco con una lapicera en el bolsillo superior. Sin embargo, cuando le pedí que describiera la CCRU, dijo con súbita intensidad: “¡Formamos una flecha! Casi no hubo desacuerdos. No había ocio. Tratamos de no separarnos entre nosotros. Nadie se atrevió a aflojar. Cuando cada cual se mantiene al día con los demás, lo que aumenta colectivamente es la velocidad”.

La barra de la CCRU generó grupos de lectura y organizó conferencias y revistas académicas. Acomodaron su estrecha sala en el Departamento de Filosofía y dieron seminarios improvisados. Mackay recuerda a Steve Goodman, un miembro de la CCRU particularmente interesado en la tecnología militar y en cómo estaba transformando la vida civil “dibujando el yin y el yang en la pizarra y luego hablando de helicópteros. No era un lugar para hacer méritos académicos. De eso justamente nos habíamos hartado antes de la CCRU. En cambio, fue una acumulación de referencias compartidas”.

Grant explica: “Se introducía un tema en el grupo. El neuromante [la novela de William Gibson sobre internet e inteligencia artificial, publicada en 1984] llegó al Departamento de Filosofía y se volvió viral. Había libros de bolsillo abiertos por toda la sala”.

Las oficinas de Land y Plant en el departamento también se convirtieron en centros de la CCRU. “Eran generosos con su tiempo”, dice Grant, “y él tenía buen cannabis. Aunque podía ser desalentador entrar allí después de que comenzó a vivir en su oficina. Habría una torre de sopa de fideos en vaso, y en la calefacción ropa interior secándose, que él había lavado en el baño del personal”.

El campus de Warwick permanecía abierto hasta tarde. De noche, cuando el Departamento de Filosofía cerraba, la CCRU se trasladaba al bar del gremio de estudiantes al otro lado de la calle, donde Land pagaba todas las bebidas, y luego a las casas de los demás, donde la mente grupal continuaría sus labores. “Fue como La Fábrica de Andy Warhol”, dice Grant. “Trabajo y producción todo el tiempo”.

En 1996, la CCRU enumeró sus intereses: “cine, complejidad, asuntos monetarios, música dance, dinero electrónico, encriptación, feminismo, ficción, imágenes, vida inorgánica, música jungle, mercados, matrices, microbiótica, multimedia, redes, números, percepción, replicación, sexo, simulación, sonido, telecomunicaciones, textiles, textos, comercio, video, virtualidad, guerra”. Hoy en día, muchos de estos temas son omnipresentes en los medios tradicionales y constituyen obsesiones políticas. “Hace dos décadas”, dice Grant, “sentíamos que éramos las únicas personas en el planeta que tomábamos todas estas cosas en serio”. El objetivo de la CCRU era fundir sus preocupaciones en una aleación intelectual innovadora e infinitamente flexible, como el cyborg metamorfo de Terminator 2 (1991), la película que fue una de las referencias comunes favoritas del grupo, y que de alguna manera resumiría el presente y el futuro.

El principal resultado de la investigación frenética y promiscua de la CCRU fue una cinta transportadora de artículos crípticos, repleta de términos inventados, a veces especulativos hasta el punto de ser ficción. Un texto clásico de 1996, “Swarmachines”, incluía una sección sobre el jungle, por entonces la corriente más intensa de la música electrónica: “El jungle funciona como un acelerador de partículas, con frecuencias de graves sísmicas que diseñan un zumbido celular que sumerge el cuerpo [...] rebobina y recarga el tiempo convencional en blips de silicona de velocidad [...] No es sólo música. Jungle es el diagrama abstracto del devenir inhumano planetario”.

Los aceleracionistas de Warwick se veían a sí mismos no como observadores académicos tradicionales, sino como participantes. Compraban discos de jungle, iban a las pistas de baile y conseguían DJ para que tocaran en las eclécticas conferencias que organizaban en la universidad para publicitar las ideas aceleracionistas y atraer a quienes pensaban parecido. Grant recuerda estas reuniones, realizadas en 1994, 1995 y 1996 bajo el nombre de Virtual Futures (Futuros Virtuales), como eventos que atraían a “todo tipo de nerds bajo el sol: fanáticos de la ciencia ficción, biólogos, politólogos, filósofos de otras universidades” y también a cazadores de tendencias: “Alguien de [la revista de moda] The Face vino a la primera”.

Al igual que la prosa de la CCRU, las conferencias podían ser todo un desafío para los no iniciados. Virtual Futures 96 se publicitó como “un evento antidisciplinario” y “una conferencia sobre las post-humanidades”. Una sesión incluyó a Nick Land “tirado en el suelo, gritando en un micrófono”, mientras Robin Mackay pasaba discos de jungle de fondo. Según Mackay, “algunas personas se horrorizaron. Querían una charla normal. Una persona del público se puso de pie y dijo: ‘Algunos seguimos siendo marxistas, ¿saben?’. Y se fue”.

Incluso dentro del permisivo Departamento de Filosofía de Warwick, el desdén cada vez más evidente de la CCRU por la práctica académica estándar se volvió un problema. Ray Brassier fue testigo: entre 1995 y 2001 fue estudiante de tiempo parcial en Warwick. Ahora es un filósofo internacionalmente conocido y trabaja en la American University de Beirut. “Me interesaba la CCRU, pero era escéptico”, dice. “Era un poco mayor que la mayoría de ellos. La CCRU sentía que se estaba sumergiendo en algo más grande que la academia, y podía abarcar muchas cosas que habían comenzado a ocurrir en el mundo. Pero su trabajo también era frustrante. No tenían problema en reconocer alegremente la liviandad de sus investigaciones: ‘No se trata de conocimiento’. Claro que, si pensar es sólo conectar cosas, por supuesto que es emocionante, como tomar anfetaminas. Pero pensar también es desconectar cosas”.

Brassier dice que la CCRU se convirtió en una presencia “muy divisiva” en el Departamento de Filosofía. “La mayoría odiaba y despreciaba a Nick, y ese odio se extendió a sus estudiantes”. Hubo disputas burocráticas cada vez más contundentes sobre la investigación de la CCRU, y cómo debería, o más bien, si debería ser regulada y evaluada externamente. En 1997, Plant renunció a la universidad. “La dinámica personal, política y filosófica de la CCRU era irresistible para muchos, pero me sentí reprimida y tuve que salir”, me dijo. Se convirtió en escritora y durante algunos años fue la académica favorita de los medios británicos para analizar temas digitales, una “chica de la informática para el siglo XXI”, como la promocionaba The Independent en octubre de 1997. En 1998, Land también renunció a Warwick. Junto a media docena de miembros de la CCRU se retiró al apartamento de Leamington Spa. Allí derivaron del aceleracionismo a un vórtice de ideas esotéricas más anticuadas, extraídas del ocultismo, la numerología, las indescifrables novelas del escritor de terror estadounidense HP Lovecraft y la vida del místico inglés Aleister Crowley, que había nacido justamente en Leamington, en una cavernosa casa a la que se mudaron varios miembros de la CCRU.

“La CCRU se volvió casi una religión, casi una secta”, dice Mackay. “Me fui antes de que se convirtiera en pura locura”. Dos de los textos clave de la unidad siempre habían sido la novela de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas y su adaptación cinematográfica, Apocalypse Now, que hacían que cosas como procurarse seguidores y retirarse del mundo y la sensatez convencional parecieran algo letalmente atractivo. En su habitación del último piso, Land y sus alumnos dibujaron diagramas ocultistas en las paredes. Grant dice que un “régimen de castigo” consistente en pensar y beber demasiado llevó a varios miembros a crisis mentales y físicas. Land mismo, después de lo que más tarde describió como “quizá un año de abuso fanático” de “anfetamina, la sustancia sagrada” e “insomnio artificial prolongado [...] dedicado a inútiles prácticas de escritura”, sufrió un colapso a principios de la década de 2000, y desapareció de la vida pública.

“La CCRU se esfumó”, dice Brassier. “Y muchos —no yo— pensaron: ‘Buen viaje’”.


Doce años más tarde, en la Universidad de Western Ontario en Canadá, Nick Srnicek, un estudiante de maestría en ciencias políticas, comenzó a leer un blog británico sobre cultura pop y política llamado k-punk. K-punk funcionaba desde 2003, y era seguido con intensidad por académicos y críticos musicales debido a su soltura para alternar discos y programas de televisión con asuntos de historia británica reciente y filosofía francesa.

A k-punk lo escribía Mark Fisher, un ex miembro de la CCRU. El blog mantenía algunos rasgos de Warwick, tales como citar reverentemente a Deleuze y Guattari, pero gradualmente abandonó la retórica agresiva y la ideología procapitalista de la CCRU por una visión más tolerante, y de tendencia más izquierdista, sobre la modernidad. Fisher creía cada vez más que el capitalismo era una desilusión para los aceleracionistas, con sus empresas cautas y bien asentadas y ciclos interminables de esencialmente los mismos productos. Pero también se sentía impaciente con la izquierda, porque opinaba que ignoraba a la nueva tecnología cuando debería estar explotándola. Srnicek estaba de acuerdo. Él y Fisher se hicieron amigos.

La crisis financiera de 2008 y la respuesta ineficaz y anticuada de la izquierda —como las efímeras protestas callejeras del movimiento Ocuppy— convencieron a Srnicek de que se necesitaba una política radical actualizada. En 2013, él y un joven teórico político británico, Alex Williams, coescribieron un “Manifiesto para una política de aceleración”. “El capitalismo ha comenzado a restringir las fuerzas productivas de la tecnología”, escribieron. “[Nuestra versión del] aceleracionismo es la creencia básica de que estas capacidades pueden y deben ser liberadas [...] reutilizadas hacia fines comunes [...] hacia una modernidad alternativa”.

Apenas, pero seductoramente esbozado, aparecía lo que podría ser esa “modernidad alternativa”, con referencias fugaces a reducción de horas laborales, tecnología aplicada a disminuir conflictos sociales en lugar de exacerbarlos, y a la humanidad en movimiento “más allá de las limitaciones de la Tierra y nuestras propias formas corporales inmediatas”. Pronto, en blogs de política y filosofía, de Gran Bretaña a Estados Unidos e Italia, empezó a circular la noción de que Srnicek y Williams habían fundado una nueva filosofía política: el “aceleracionismo de izquierda”. Dos años más tarde, en 2015, ampliaron el manifiesto a un libro un poco más concreto, Inventing the future (Inventar el futuro: poscapitalismo y un mundo sin trabajo, Malpaso Ediciones). Abogaban por una economía basada tanto como fuera posible en la automatización, con los empleos, las horas de trabajo y los salarios perdidos reemplazados por una renta básica universal. El libro fue leído con interés: hacía muchos años que un trabajo especulativo y de izquierda no conseguía tanta atención por parte de progresistas intelectualmente curiosos, como el parlamentario laborista británico Jon Cruddas y los autores Paul Mason y Mike Davis.

Sin embargo, la palabra “aceleracionismo” no aparecía en el libro. “Hemos abandonado ese término”, me dijo Srnicek. “Fue demasiado popularizado. Y además, no sólo queremos que todo vaya más rápido. Argumentar a favor de una semana laboral más corta es argumentar a favor de que la vida de la gente se desacelere”.

En el manifiesto de 2013 se describía la versión anterior del aceleracionismo, la de Land, como “aguda” e “hipnotizante”, pero también “miope” y “confusa”. Cuando me encontré con Srnicek —apropiadamente, eligió un espacio público futurista: un café en la nueva extensión angular de la galería Tate Modern—, le pregunté qué opinaba ahora de Land y el trabajo de la CCRU. “Lo de Land es una lectura válida de Deleuze y Guattari”, comenzó cortesmente. “Pero todo el inhumanismo... No estoy seguro de si volver a los textos de la CCRU sea tan interesante, con todos esos juegos de palabras... Usar la palabra ‘ciber’ parece muy de los 90”.

Le pregunté a Land qué pensaba sobre el aceleracionismo de izquierda. “La noción de que la tecnología autopropulsada es separable del capitalismo”, dijo, “es un profundo error teórico”.


Después de su crisis, Land abandonó Gran Bretaña. Se mudó a Taiwán “a principios del nuevo milenio”, según me dijo, y a Shanghái “un par de años después”. Todavía reside allí. “Vivir como un extranjero fue un alivio”. China también fue emoción. En un artículo de 2004 para el Shanghai Star, un periódico chino publicado en inglés, describió la moderna fusión china de marxismo y capitalismo como “el mayor motor político de desarrollo social y económico que el mundo haya conocido”. En Warwick, él y la CCRU a menudo habían escrito con entusiasmo, pero con pocos detalles concretos, sobre lo que llamaban “neo-China”. Una vez que vivió allí, Land me dijo, se dio cuenta de que, “en gran medida”, China ya era una sociedad acelerada: está obsesionada con el futuro y cambia a gran velocidad. Al enfrentarse con los proyectos arrolladores del Estado chino, su anterior desprecio libertarista por la capacidad de todo gobierno se desvaneció.

El periodismo “chino” de Land, una extraña amalgama de propaganda progubernamental, exageración de boletines de relaciones públicas e imágenes salvajes de la CCRU (“En la Exposición Universal 2010 Shanghái […] se fusionan caminos paralelos en el mayor evento singular de la historia mundial”), pasó bastante desapercibido o deliberadamente ignorado durante la década de 2000 y principios de 2010 en Gran Bretaña. Entre el creciente número interesados en el aceleracionismo, existía la sensación de que Land había llevado a esa filosofía en direcciones incorrectas.

Otros miembros de la diáspora de Warwick se adaptaron al mundo moderno de forma menos polémica. Suzanne Livingston, ex miembro de la CCRU, se unió a la agencia internacional de branding Wolff Olins y utilizó el trabajo sobre robótica e inteligencia artificial que había escrito como tesis de doctorado en Warwick para ayudar a corporaciones de tecnología como Sony Ericsson. Steve Goodman montó el sello de música electrónica Hyperdub en 2004, y comenzó a lanzar discos de dubstep esqueléticos y ominosos, como los del elogiado artista londinense Burial, entre otros, a veces con profundos mensajes aceleracionistas. “Es como una cebolla”, dice. “Nuestro público puede pelar tantas capas como quiera; algunas les llenarán los ojos de agua, así que nada de alimentación forzada”.

Entre 2002 y 2014, Goodman también dio clases de cultura musical en la Universidad de East London, que, junto con el Goldsmiths College en el sur de Londres, es un empleador frecuente de antiguos miembros de la CCRU. “El grupo de Warwick sigue siendo un grupo de amigos, entregados y leales entre sí”, dice un ex colega de Goodman en East London. “Esa es la manera amable de decirlo. La otra es decir que la secta CCRU no paró nunca”.

Sea una secta o no, Robin Mackay está en el centro del aceleracionismo británico. Además de publicar sus textos clave por medio de Urbanomic, se mantuvo en contacto con la mayoría de sus antiguos camaradas de Warwick, incluso con Land, a quien ha encontrado, y con frecuencia defendido, durante 25 años. Pero Mackay es una presencia menos inquietante. Pasó los 40 hace un tiempo y vive hace una década en un pueblo tranquilo en el interior de Cornwall. Me fue a buscar a la estación más cercana, con una camisa negra básica y música techno complicada en el estéreo de su auto, más uno de sus hijos en el asiento de atrás.

En la sala de estar de su casa de campo a medio reciclar, con las persianas bajas para protegerse del hermoso día de primavera, Mackay me habló durante horas del aceleracionismo y de su historia tortuosa, fumando todo el tiempo —un viejo hábito de la CCRU— y parpadeando lentamente entre largas frases tan deliberada y regularmente que uno podría verlo pensar. Cerca de terminar, dijo: “El aceleracionismo es una máquina para contrarrestar el pesimismo. Al considerar las posibilidades sin explotar, uno puede sentirse menos triste sobre el presente”. Mackay me dijo que había pasado períodos de depresión. Su amigo cercano, Mark Fisher, que también tenía depresión, se quitó la vida en enero de 2017.

Hacia el final de su vida, Fisher estaba cada vez más preocupado por la idea de que Gran Bretaña no se dirigía hacia un gran salto adelante, sino hacia la estasis. A pesar de todo el frenetismo de la vida moderna, de alguna manera incluso los países más desarrollados todavía viven en el opuesto de los tiempos acelerados: los mismos partidos perpetuamente en el poder, el mismo capitalismo lento, todavía sin encontrar impulso una década después de la crisis financiera, los mismos anhelos de los viejos tiempos en los ancianos votantes del Brexit y en la izquierda nostálgica.

Incluso el pensamiento del archiaceleracionista Nick Land, que ahora tiene 55 años, parece estar frenándose. Desde 2013, se ha vuelto un gurú para la nueva extrema derecha con sede en Estados Unidos, el movimiento de neorreacción o NRx, como suele llamarse. Los neorreaccionarios creen que hay que reemplazar las naciones-estado modernas, la democracia y las burocracias gubernamentales por ciudades-estado autoritarias, que en sus blogs se parecen mucho a reinos medievales idealizados, igual que enclaves modernos tipo Singapur.

En 2013, Land escribió un largo ensayo online sobre el movimiento, titulado con su teatralidad típica “The Dark Enlightenment” (La ilustración oscura), que se considera uno de los documentos fundacionales de la neorreacción. Land afirma ahora que la neorreacción, al igual que Trump y el Brexit, es algo que los aceleracionistas deberían apoyar, para apresurar el fin del statu quo. Sin embargo, el analista del aceleracionismo Ray Brassier no está convencido: “Nick Land pasó de discutir ‘la política está muerta’, hace 20 años, a esta cosa reaccionaria estándar completamente pasada de moda”. Los neorreaccionarios tienen fe en la tecnología y seguidores de Silicon Valley, pero otras de sus características parecen una causa demasiado retro para que los aceleracionistas los consideren aliados.

Sin un capitalismo dinámico del que alimentarse, como tuvieron Deleuze y Guattari a principios de los años 70 y los filósofos de Warwick en los 90, es posible que el aceleracionismo corra hacia callejones sin salida. En su libro de 2014, Malign Velocities, Benjamin Noys acusa al movimiento de ofrecer soluciones “falsas” a los dilemas tecnológicos y económicos actuales. Con el aceleracionismo, escribe, un avance hacia un futuro mejor es “siempre promesa y siempre inalcanzable”.

En 1970, el escritor estadounidense Alvin Toffler, un exponente de la pariente intelectual más juguetona del aceleracionismo, la futurología, publicó Future Shock (El shock del futuro), un libro sobre las posibilidades y los peligros de las nuevas tecnologías. Toffler predijo la inminente llegada de la inteligencia artificial, la criónica, la clonación y los robots que atienden los mostradores de las aerolíneas. “El ritmo del cambio se acelera”, concluía una versión documental del libro, con la voz en off un poco ruidosa de Orson Welles. “Estamos viviendo una de las mayores revoluciones de la historia: el nacimiento de una nueva civilización”.

Poco después, golpeó la crisis del petróleo de 1973. El capitalismo mundial no se volvió a acelerar por casi una década. Todavía estamos esperando mucho de la “nueva civilización” prometida por Toffler, pero, de todos modos, El shock del futuro ha vendido millones de copias. Puede pasar lo mismo con algún libro aceleracionista.