No tienen documento, no pagan impuestos ni votan, pero pueden incidir en una elección. No tienen información genuina, no hablan con nadie ni se preocupan por dar argumentos, pero pueden cambiar el enfoque de las noticias del momento. Nacen en “granjas”, no tienen moral y se mueven como ejército, pero nunca los vas a cruzar por la calle. Son trolls, identidades virtuales diseñadas sobre la base de algoritmos y estadísticas demográficas para intervenir en la disputa por el sentido, y no dan tregua. ¿Quiénes están detrás de las operaciones políticas 3.0?

“Veinte cuentas contribuyeron con el 18% de los tweets sobre la noticia falsa de [Santiago] Maldonado. 20 cuentas que hicieron 837 tweets en 2 horas”, escribió el argentino Luciano Galup, especialista en redes sociales y comunicación política, en su cuenta de Twitter, el 9 de octubre de 2017. Ese día los trolls habían alimentado una nueva operación mediática que buscaba confundir sobre la colaboración de la familia de Maldonado en la causa que investiga su desaparición forzada. Lo hicieron enviando hasta 102 tuits desde una misma cuenta y promoviendo temas de debate que buscaban revictimizar a la familia.

Tras el rastro que dejaron esas cuentas, la revista Mu identificó patrones comunes. Por ejemplo, todas opinaron en simultáneo y en sintonía sobre los mismos temas: “La conferencia de prensa de Cristina Kirchner, el barril enterrado en el jardín de la casa del sindicalista Pata Medina, la causa AMIA y los sospechosos de atacar a la prensa en la última marcha por Santiago Maldonado, presentados como militantes kirchneristas”, resume el artículo. Una coincidencia sugestiva. Siete de cada diez estadounidenses adultos hoy tienen cuenta en alguna red social y cinco de ellos usan Facebook para informarse, según el Centro de Investigación de Pew, un reconocido think tank especializado en medios. En Argentina hay 20 millones de usuarios activos en la red social creada por Mark Zuckerberg y una de las principales actividades online está vinculada a informarse, tal como revela la Encuesta Nacional de Consumos Culturales. En Uruguay, más de ocho de cada diez usuarios de internet buscan información online, según el último “Perfil del internauta uruguayo” que presenta anualmente el Grupo Radar.

“Hoy el consumo noticioso es ‘incidental’”, completan Pablo Boczowski y Eugenia Mitchestein, integrantes del Centro de Estudios sobre Medios y Sociedad en Argentina (Meso). “El acceso a la información deja de ser una actividad independiente y pasa a ser parte de la sociabilidad en las redes. Los jóvenes no usan los medios sino que viven en ambientes digitales donde no hay contextos ni jerarquías sino retazos de historias y opiniones que son escaneadas y, con mucha suerte, leídas”, resumen en un texto publicado en Anfibia.

El análisis de los investigadores ayuda a entender por qué las antes llamadas “operaciones de prensa” ahora tienen como escenario el universo virtual. Y también explican por qué mil trolls pueden valer más que una portada de diario.

“Si necesitas muchas cuentas de calidad, llegaste al lugar correcto. Obtén tus cuentas inmediatamente después del pago”, promociona el sitio BuyAccs.com, que tiene a la venta cuentas de mails y de las principales redes sociales por unos pocos pesos. Allí pueden conseguirse hasta 1.000 direcciones de correo ruso por tres dólares. Con esos emails uno puede crearse un perfil en cualquier red social. Pero el sitio de origen ruso también ofrece por 20 dólares hasta 1.000 cuentas que ya tienen abierto un perfil en Facebook y por 25, un perfil en Twitter.

El nivel de detalle va aumentando. Por 60 dólares los perfiles vienen con un avatar (imagen), por 70 incluyen información de perfil random (en ruso) y por 80 incluso te ofrecen usuarios que ya tienen más de dos meses en la red social y, por tanto, son más difíciles de identificar como trolls.

La procedencia del sitio no parece ser casual. El Congreso de Estados Unidos difundió a principios de noviembre de 2017 un informe que sugiere que desde Rusia se intentó operar en la opinión pública estadounidense durante las elecciones presidenciales de 2016. Entre los ejemplos que plantearon las comisiones de Inteligencia de ambas cámaras figuraron anuncios racistas y otros antidiscriminación, que convocaban a marchar a un mismo lugar en la misma fecha de octubre de 2016.

Los anuncios habían sido creados por cuentas de Facebook de origen ruso y habían sido promocionados en rublos dentro de la red social para que esta le garantizara llegar a un público estadounidense permeable a movilizarse. El objetivo, según las comisiones parlamentarias, fue promover el enfrentamiento social en el período electoral.

A lo que no hicieron mención en las comisiones es que algunos de esos mensajes de odio fueron “compartidos” por Donald J Trump Jr, hijo del entonces candidato y hoy presidente de Estados Unidos. ¿Habrá sido realmente un ruso el que estuvo detrás de la estrategia digital o quizás simplemente usaron los recursos de ese país para enmascarar la estrategia?

El enfrentamiento entre rusos y estadounidenses no sólo parece traído de otros tiempos sino que puede distraer la mirada sobre lo cerca que tenemos esas prácticas. En Argentina, por ejemplo, no hay día en que no se esté hablando de una campaña de trolls.

“Trabajé durante un año en una agencia de comunicación que hacía este tipo de campañas sin distinción de candidato. Lo hice para Daniel Scioli [presidenciable del kirchnerista Frente para la Victoria] y para Diego Santilli [vicejefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires por el oficialista PRO-Cambiemos]”, cuenta desde Buenos Aires Florencia, de 33 años y licenciada en Ciencias de la Comunicación. A ella le tocó manejar unos 5.000 perfiles distintos de manera simultánea y para ello le habían desarrollado un software especial para coordinar las interacciones.

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“En la agencia había diseñadores gráficos que hacían memes, community managers que manejaban cuentas más importantes y algunos chicos que creábamos contenidos para el batallón de trolls”, recuerda. La estrategia de su agencia consistía en promover algunos usuarios como “influenciadores”, cuidando más artesanalmente la construcción de su identidad. Los trolls, por su parte, debían replicar a los influenciadores y empujar con mensajes menos elaborados para crear tendencia por volumen.

“Lookeaba las cuentas y robaba imágenes para los perfiles. A eso le llamamos ‘incubar’”, detalla Pamela, que trabajaba de miércoles a domingo por unos 9.000 pesos argentinos al mes (500 dólares). Todos los días recibía alguna indicación del jefe de campaña con los temas importantes del momento, y si había alguna actividad planificada del candidato o si había que atacar a alguien.

Magdalena, de 28 años, tuvo una experiencia semejante. “Para nosotros, era como un trabajo freelance. Trabajábamos desde casa para un coordinador que nos asignaba por día entre 20 y 40 usuarios y nos daba una consigna: hay que salir a matar a tal, hoy presenta un proyecto en el Congreso y quiere posicionar un tema, o algo semejante. Después cada uno ponía lo suyo y había que ser cuidadoso para que no se dieran cuenta”, agrega quien se formó como actriz, pero cuya experiencia laboral la hizo en el marco de la comunicación política.

En 2016 cobró 20.000 pesos argentinos por 30 horas semanales en esta tarea. “A mí me tocó defender o agredir, pero eran temas de corrupción o denuncias políticas. Lo hacía escribiendo cosas que no me representaban, lo que me generaba mucha frustración y angustia. Pero la mayoría de los trabajos producen eso. Y tenía límites. Nunca hubiera hecho lo que hicieron con la familia de Santiago Maldonado”, reflexiona Magdalena.

Germán tiene 40 y coordina el trabajo de redes sociales en su agencia: “Tenemos un miniejército de avatares, cada uno con su perfil y sus características”. Son cuentas de Twitter y Facebook: “Con las primeras tratamos de instalar tendencias y con las segundas intervenimos en las notas de los diarios, ya que la mayoría de los portales te piden usuario”, añade.

En su mayoría, explica, se dedican a “campañas del bien”, como promocionar temas en Twitter para ONG o causas sociales. Pero también han hecho trabajos políticos. “Nos ha pasado que el equipo de prensa de un candidato a concejal que va mal nos pide que levantemos su imagen. Entonces, lo pintamos a él de bueno, a un competidor de chorro y al otro de inútil. Se arman memes y se lanza la campaña. Son dos horas intensas. Lo que no lograste en ese rato no lo vas a lograr en diez horas”, explica.

“A mí me llamaron este año para ofrecerme un trabajo de troll en apoyo al presidente ecuatoriano, Lenin Moreno”, cuenta Guillermo, periodista de 33 años. “Me pedían que creara y administrara unas 20 cuentas y que escribiera a razón de cinco tuits por día. Ellos me iban a dar un mensaje que había que transmitir y yo tenía que customizarlo según el perfil del personaje”, explica.

“Como en ese momento Moreno estaba en plena pelea con el ex presidente Rafael Correa, querían que las cuentas que yo usara salieran a contestarle cada vez que él tuiteara”, recuerda. Le pedían que estuviera activo sábados y domingos y que hiciera “mantenimiento” durante la semana por unos 12.000 pesos argentinos. “La plata venía bien y me permitía trabajar desde casa, pero lo que tenía que hacer no me gustaba y me iba a volver loco creando historias para tantas personas de otro país”.

“Toda plataforma online debe lidiar con spam. Por ejemplo, 85% de los mails que circulan en el mundo son spam”, buscó defenderse Twitter cuando la compañía fue citada por el Parlamento estadounidense en el marco de las investigaciones por la injerencia rusa en las elecciones presidenciales de 2016. Luego de tratar de minimizar su responsabilidad, la compañía del pajarito reconoció que identifican hasta 3,2 millones de cuentas “sospechosas” por semana, unos 450.000 intentos de acceso “sospechoso” a sus cuentas por día o que sólo la semana del 21 al 28 de setiembre de 2017 encontró que una cuenta sola movió 5,7 millones de “seguidores spam”. Frente a la comisión parlamentaria dijeron que sus cuentas “truchas” no alcanzaban a 5% de sus 330 millones de usuarios (16,5 millones).

Facebook, también citado al Parlamento, estimó que la cifra de usuarios falsos debía rondar el “2% o 3%” de los 2.000 millones de usuarios frecuentes de la red social. Es decir, alrededor de 60 millones de cuentas truchas. Además, sus funcionarios añadieron que 10% (alrededor de unos 200 millones de cuentas) son “duplicadas” pero realizadas y manejadas por personas reales. Para tratar de contentar a los preocupados legisladores, la empresa aseguró haber duplicado su equipo de rastrillaje de fakes hasta los 20.000 empleados y haber añadido “inteligencia artificial” para hacer más efectiva su búsqueda.

Cómo identificarlos

Perfil: La mayoría tiene nombres e imágenes que no permiten una identificación clara. Rara vez usan nombre y apellido. ** Avatares: Las fotos del perfil pueden ser paisajes, dibujos, famosos, clubes de fútbol o bandas de música. Se encuentran fácilmente en bancos de imágenes o por medio de Google. ** Descripción: El texto suele hacer alusiones genéricas (“Vago y mal entretenido”, “Madre y trabajadora”, “Carbonero a muerte”) o incluir frases impersonales (“Cuando la realidad se subleva”, “Con la mafia no se negocia”). ** Interacción: No tienen interacción con cuentas de personas reales. Casi no existe un diálogo. ** Comportamiento: Realizan muchos retuits de referentes del espacio que promueven y “favean” (ponen “me gusta”) sus contenidos. También favean otras cuentas semejantes. ** Campañas: Su participación no es constante y se concentra en momentos clave para promover temas y hacerlos tendencia o para atacar ante intervenciones de otros usuarios. ** Memes: Entre las imágenes que suben, se ven muchos memes que acompañan las campañas o los hashtags que promueven. No son imágenes sacadas con su teléfono.

“Al menos 28 países tienen equipos gubernamentales, militares o políticos comprometidos en la manipulación de la opinión pública en las redes sociales”, asegura el informe “Ciber tropas, trolls y provocadores: un inventario global de la manipulación organizada de las redes sociales”, publicado por la Universidad de Oxford en setiembre de 2017. Según el informe, que se basa en denuncias realizadas por medios y ONG de los distintos países (incluidos Argentina, Brasil, Ecuador y Venezuela), “los regímenes autoritarios no son los únicos ni los mejores en la manipulación de las redes sociales. Los reportes más antiguos del involucramiento de los gobiernos en el empujón de la opinión pública aparecen en las democracias, y las innovaciones tecnológicas de comunicación política surgen durante las elecciones”, detalla.

La Secretaría de Comunicación Pública del Gobierno de Mauricio Macri cuenta con un equipo especial destinado a intervenir en redes sociales y que funciona dentro de la Subsecretaría de Vínculo Ciudadano, informó Tiempo Argentino en agosto de 2016. En octubre de ese mismo año, por medio de un pedido de acceso a información pública, se supo que esa subsecretaría cuenta con 30 personas destinadas exclusivamente a las redes sociales y que en 2016 contó con un presupuesto de 163 millones. Si bien el monto destinado a esa subsecretaría no está discriminado, se sabe que el presupuesto de 2017 de toda la Secretaría de Comunicación Pública subió 13,5% y en el proyecto para 2018 el aumento estimado es de 12% adicional.