Si en arte nada es casual y cada cosa está puesta en su lugar por algo, la muestra Inoculación, del artista y activista chino Ai Weiwei, es la confirmación de esta regla. En el barrio de inmigrantes La Boca, con un lenguaje provocador, fuerte, contemporáneo y a la vez tradicional, el mejor artista contemporáneo, según la revista Art Review, genera puentes entre oriente y occidente. Nacido en 1957 en Beijing, defensor de la democracia y los derechos humanos, fue premiado por Amnistía Internacional en 2015.

Inoculación es el nombre que le dio el curador brasileño Marcello Dantas a la primera muestra de Ai Weiwei en América Latina. En realidad, cuando Dantas le explicó al artista que la palabra inocular viene del latín y significa “en tus ojos”, Weiwei le dijo que entonces “en tus ojos” debería ser el título de la exposición. Hombre práctico y directo.

Sus obras son de una sensibilidad monumental y están marcadas por el amor y la violencia. Declara que “ser un artista es más una mentalidad, un modo de ver las cosas; no tiene ya tanto que ver con producir algo”. Sin lugar a dudas es un admirador de Duchamp, precursor del arte conceptual. Así, en Fundación Proa enamora el espacio expositivo y más allá: comienza en la vereda con una instalación de 1.254 bicicletas titulada Forever bycicles. De lejos, parece que estuvieran en movimiento, generando una perspectiva infinita y, a la vez, de máquina productiva permanente.

La muestra de quien fue, además, consultor de diseño arquitectónico del estadio para las olimpíadas de Beijing 2008 (comúnmente conocido como Nido de pájaros), está siendo visitada por un público muy amplio; conviene llegar a primera hora si no se quiere hacer cola para entrar. Al comienzo del recorrido hay una fotografía gigante del artista detenido por la policía china. El circuito expositivo tiene un ritmo intenso en el que se intercala la historia personal de Ai Weiwei con problemas sociales mundiales. Objetos realizados a mano por el artista que hacen referencia al tráfico de órganos, a la privación de libertad así como fotografías de las ruinas de su estudio, derrumbado por el gobierno chino, se pueden ver en la primera parte. Preocupado por las tensiones entre la cultura tradicional de su país y una modernidad que se transforma a grandes velocidades, retoma las tradiciones artesanales de la carpintería china realizando muebles de lujosa madera que narran la muerte de niños calcinados en contenedores de basura mientras buscaban alimentos.

Ai Weiwei busca ir más allá de las fronteras, no sólo políticas sino también culturales. La humanidad como valor, la moral, y la libertad son el leitmotiv de su obra. Para él, las redes sociales son el más grande espectro democrático, ya que pueden ser usadas tanto por gobiernos como por grupos o gente de distintas clases sociales. Ai Weiwei hace de internet una herramienta creativa: luego del terremoto de Sichuán en el que murieron miles de escolares, el gobierno hizo callar a los familiares de las víctimas que criticaron la construcción de baja calidad de los edificios estatales y quiso mantener a las víctimas en el anonimato. Ai Weiwei y su equipo abrieron una lista online para que los padres pudieran poner el nombre de sus hijos. La página fue cerrada por el gobierno pero una lista de los 5.196 fue presentada en el Tate Museum de Londres y el artista realizó una serpiente gigante con las mochilas de los estudiantes que sucumbieron en el terremoto. En un hotel de Sichuán Weiwei se llevó una gran paliza por parte de la policía, lo que le costó una cirugía en la cabeza por hemorragia interna. De esa operación hizo un documental.

Ai Weiwei, que actualmente vive en Berlín, estuvo años sin poder salir de China. A modo de protesta contra el gobierno, que le confiscó su pasaporte, cada mañana durante 600 días puso en el canasto de su bicicleta un ramo de flores y le sacó una foto. De allí la serie Flores para la libertad impresa en papel de bambú que se puede ver en la cafetería de la Fundación Proa. Sus colores recuerdan al pop art y cada fotografía tiene la fecha en que fue realizada.

“Todo es arte, todo es política” se puede leer en un panel de frases de su autoría que se encuentra en la primera sala. “El arte tiene que ver con la estética, con la moralidad, con nuestras creencias en la humanidad. Sin eso no es arte” es otra de sus máximas. Declaraciones que nos ayudan a descodificar, herramientas para comprender sus obras y sus procesos creativos. Cabe entonces, ante una muestra de estas dimensiones, preguntarse si todo arte es político o si la política hace del arte una herramienta.

Con estas ideas consulté al artista uruguayo Federico Arnaud, autor de Lo que mata es la humedad, segundo puesto del 48º Premio Montevideo de Artes Visuales. Se trata de una videoinstalación que realiza a partir del hallazgo de fotografías viejas de jerarcas de ANCAP durante la dictadura. Una obra que habla de la memoria, del tiempo y del deterioro de los materiales, y que fue expuesta en el momento de mayor escándalo del caso Sendic. Arnaud dice que su obra es autobiográfica y que, como él está involucrado en la sociedad, su obra es política, no a partir de una intención política creativa. Se debe a que la materia prima son sus vivencias. El artista uruguayo estuvo en China presentando más de 40 obras de otros colegas en el marco del proyecto Montevideo Soñado. Considera que Ai Weiwei no es político tanto por su activismo sino más bien por su biografía. “La política lo traspasó totalmente, marca su vida. Su padre, poeta del partido comunista, fue deportado al desierto por haber escrito un poema considerado anticomunista. Es lógico que odie ese régimen; su vida está determinada por hechos históricos que son netamente políticos”.

Ai Weiwei es hijo de Ai Qing, considerado uno de los más grandes poetas chinos modernos, y amigo de Pablo Neruda. En 1958, cuando Weiwei tenía un año, su padre fue castigado con trabajos forzados y exiliado junto a su familia en una zona desierta en la provincia de Sinkiang. Tuvieron que construirse la casa en un pozo en la tierra. Él cuenta que ellos mismos se hicieron los ladrillos; no tenían nada.

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Las imágenes de Weiwei son más elocuentes que las que vemos en los informativos. Sus instalaciones hacen de lo físico algo tangible: el impacto tridimensional pone al espectador frente a la realidad que viven los refugiados. La instalación La ley del viaje es una enorme balsa de PVC negro inflado, con figuras humanas negras gigantes que tocan el techo y hacen sentir al espectador el mismo ahogo que siente quien está atravesando el Mediterráneo, quien está dejando su país en busca de algo mejor. Las paredes de la sala están empapeladas con dibujos en los que Ai Weiwei narra los viajes que estas personas tienen que emprender, atravesando guerras, mares, tormentas, campamentos, para llegar a un lugar incierto sin ninguna garantía, escapando de conflictos en los cuales los únicos beneficiarios son los comerciantes de armas. La migración es uno de los temas principales del artista, quien declaró en la conferencia de prensa de apertura de su muestra Libero en la ciudad de Florencia: “Deberíamos preguntarnos por qué sentimos miedo ante los inmigrantes. ¿Cuáles son las raíces de esos miedos? ¿Por qué esas personas están obligadas a dejar sus tierras?”. De esto se trata su documental Human Flow, presentado el año pasado en el Festival de Venecia. El artista y su troupe llevan años visitando refugiados por todo el mundo, y las fotografías de sus viajes y entrevistas se pueden ver en el área de descanso en las escaleras de la muestra de Proa. Como nos recuerda, los flujos migratorios no son de ahora. “Obama tiene familiares keniatas, y no creo que Donald Trump sea 100% nativo estadounidense”, declaró durante la inauguración de la retrospectiva que se realizó en 2016 en el Palazzo Strozzi. “De lo que sí estoy seguro es que debemos defender un valor que nos está faltando, un valor absoluto: la humanidad”.

Él mismo fue un indocumentado en Nueva York durante los años 80, y entonces hizo tareas varias, “desde jardinería a trabajos del hogar”, cuenta en el libro Ai Weiwei, conversaciones, de Hans Ulrich Obrist. “Trabajé de carpintero, de cuadrero, de impresor, hice todo tipo de trabajos”. Entre ellos, se ocupó fotográficamente de la diáspora de artistas chinos en esa ciudad. Allí se hizo amigo de Andy Warhol, quien lo llamaba “El chino”. Si bien declara que “ser un artista es más un estilo de vida que la producción de objetos”, la pluralidad de sus oficios lo lleva a la excelencia, desde el punto de vista técnico y conceptual.

Dibujos, filmaciones, entrevistas, fotografías acompañan las obras y dejan ver la riqueza de los cimientos de cada una. Aunque en el arte contemporáneo el proceso es parte de la obra, es probable que en Weiwei esta característica esté tan arraigada debido a su origen, donde la importancia de la copia, de los procesos creativos, de los materiales, tiene un valor muy distinto al que le asigna nuestra cultura. “Su reflexión trasciende lo político y va hacia lo cultural, lo ancestral”, opina Federico Arnaud. “Trabaja con algunas ideas que a nosotros occidentales nos va a costar muchísimo asimilar, porque creemos que las cosas se mueven desde ciertas lógicas y los orientales las viven de otra (por ejemplo, tienen otro calendario). China se sirve del capitalismo y usa una especie de imposición imperial que siempre tuvo, porque pasó de tener un emperador a un líder que tiene muchas características de emperador, que decidió para bien o para mal los destinos de la gente, teniendo al principio apoyo pero nada parecido a lo que nosotros entendemos por democracia. En la obra de Ai Weiwei el público puede vincularse con cosas tan complejas como la producción de mercado, con gran explotación y tecnicismo, pero al mismo tiempo con la posibilidad de que todo eso pueda ser hecho a mano”.

Con la instalación Sunflower Seeds, que ocupa toda una sala de Proa y fue expuesta por primera vez en el Tate Modern de Londres, Weiwei llena el piso de semillas de girasol de porcelana pintadas a mano, proponiendo una alegoría de los carteles de la época de la Revolución Cultural (1966-1976) que presentaban a Mao Tse-tung como el sol y a la masa del pueblo como girasoles vueltos hacia su persona. Cada semilla está fabricada con porcelana de la máxima calidad y pintada pacientemente a mano sin que haya dos iguales. Fueron empleadas más de 1.600 mujeres para realizar esta instalación. Cada una de las semillas que la componen se moldeó y se fundió en un horno a 1.300 grados centígrados, se pintó luego manualmente y se metió de nuevo en el horno, esta segunda vez a una temperatura de 800 grados. El proceso llevó dos años y fue ejecutado según los métodos tradicionales en la antigua ciudad de Jingdezhen, famosa por su producción de porcelana para la corte imperial. La profundidad de esta instalación es imponente: las semillas, como los individuos, son todos diferentes y “solos pueden ser insignificantes, pero la cosa cambia cuando estamos unidos”, declaró el artista.

A partir de esta obra, Arnaud afirma: “Nosotros valoramos el original sobre todas las cosas y ellos valoran la calidad de la copia. Ai Weiwei pone en juego esos elementos en el campo del arte contemporáneo. Cuando estás en China, lo que te trasciende es que lo colectivo está por encima de lo individual y que siempre vas a estar dentro de la masa. Tirarte en el medio de las semillas de girasol da esa sensación también”. Y agrega: “La experiencia en China me hizo darme cuenta de que ahí está la fábrica del mundo y esa fábrica implica un nivel de sobreexplotación de los recursos humanos, implantado en un país donde la gente siempre trabajó más de ocho horas y vive en espacios reducidos. También hay menos autos y más motos eléctricas y bicicletas, lo que va disminuyendo la contaminación ambiental en cuanto al tráfico. De todas formas me parece que hay una contaminación gigantesca vinculada a la superproducción. No hay un sistema de cuidado, de derechos individuales. Hay ciudades fantasma que esperan la ola migratoria, el Estado decide de un momento para otro cuándo serán pobladas y por quién, de forma muy ordenada. El Estado decide todo”.


Ai Weiwei revienta contra el piso un jarrón de la dinastía Han y lo registra en tres fotografías presentadas en tamaño real montadas en ladrillos Lego. Así el artista simbólicamente denuncia la Revolución Cultural de Mao Tse-tung que buscó destruir la cultura antigua para crear una nueva. En la librería del museo hay una torre de 28 jarrones de porcelana cuyas imágenes narran las travesías de los refugiados que escapan de las guerras, un conflicto de naturaleza circular.

La muestra termina dejando espacio a la imaginación con una hermosa lámpara que pende del techo del tercer piso: una muñeca gigante hecha de madera y papel de bambú, inspirada en las ilustraciones del Shan Hai Jing, un libro de mitología cuyo origen está datado en más de 2.000 años. Forma parte de la serie Er Xi, expuesta en 2016 en un shopping parisino. Esta serie, en castellano Juego de niños, hace alusión a un universo paralelo. Fue expuesta en Le Bon Marché Rive Gauche, quizás para que de alguna manera quienes consumen no se olviden de sus sueños. Un cierre que podría considerarse optimista, que invita a la reflexión y a la memoria. Termina en la cafetería con un gran ventanal y terraza con vista hacia el riachuelo, hacia el puerto en el que llegaban los inmigrantes, refugiados de hace más de un siglo.