Había paro de subte y Celina llegó tarde al curso de crítica de cine. Era en el centro de Capital Federal; le habían dado un volante a la salida de una película y le pareció que podía estar bueno. Lo primero que vio al entrar en el aula fue un mechón rosa que brillaba a pesar de la luz mortecina del tubo. Esa piba va a ser mi amiga, pensó.

Juana tenía veintitrés pero parecía más chica. Era fanática del cine de terror y se vestía sólo de negro; además del pelo, sus únicos adornos eran las uñas largas y un piercing en la lengua. En el recreo, a Celina le fascinó esa pieza plateada que le bailaba en la boca. Cuando quedaron solas frente a la máquina de café, supo que la timidez no la iba a dejar decir nada. Entonces Juana le habló:

—Estás en la clase de crítica, ¿no? ¿Conocés a Rob Zombie? Es director de cine y metalero.

—No lo conozco —dijo con voz grave, suave.

—Están re buenas sus películas, dan miedo posta. ¿A vos qué cine te gusta?

—De todo.

—Dale, ¿pero qué preferís?

—Me gusta Truffaut.

—Ah, te gustan esas cosas.

—¿Está mal?

—Tremendo embole.

Juana pasó la mano por su pelo rosa y se dio vuelta para volver al aula, pero a Celina no le importó el gesto de desprecio. Era buena esperando. Se sentó cerca y en un momento de distracción generalizada le ofreció un chicle de sandía y melón.

—¿Querés uno? Te combina —dijo mirándola desde atrás de un flequillo muy negro, lacio como una sábana. Entonces Juana la descubrió. Muchos días después, mientras le besaba la panza y las piernas, se reía:

—Si no hubiera sido por ese chicle hubiera pensado que eras una aburrida.

Elegir chicles de sandía y melón era entender algo de la vida.

Los padres de Celina la habían mandado de Bahía Blanca a Capital Federal para cuidar a una tía enferma. Eso decían para disfrazar la desesperación por que la piba dejara de pasar tardes enteras mirando películas encerrada en el cuarto. Juana vivía en Parque Patricios con su padre, sus hermanos y un montón de sobrinos. Los fines de semana laburaba vendiendo panchos en un puesto de la Costanera.

Juana y Celina empezaron a salir. Iban al cine y antes de la película compraban gomitas en el quiosco y se sacaban selfies con los afiches de los actores. Juana la llevaba a ver los estrenos de terror y superhéroes. Robaba papelitos de dos por uno en la casa de los conocidos para entrar a los cines viejos del centro en los horarios de la tarde. Después daban vueltas por los locales y discutían cuáles eran las fundas más lindas para el celular. Juana la arrastraba a los bazares para mirar tuppers, fuentes, ensaladeras y frascos. Celina prefería las proyecciones en 35 milímetros. Obligaba a Juana a las películas viejas, si eran europeas mejor. Le gustaba la gente que se junta en esas salas, los viejos muy viejos y los jóvenes con pinta de estudiantes; disfrutaba de no entender mucho las historias y quedarse mirando los autos de otras épocas, las casas, los carteles de las calles, playas desconocidas de un solo color. Salvo en las románticas —esas le gustaban todas—, Juana se aburría bastante. Igual le agarraba la mano a Celina cuando le corrían las lágrimas y le hacía chistes para que se le pasara.

No lo sabían pero hacían el amor en todos lados. Se tocaban en los cines vacíos. Se metían las manos por abajo de la remera cuando había mucha gente en el subte. Se besaban adentro del baño del Mc Donald’s hasta que alguien venía a pedirles para entrar. Tenían desarrollada una estrategia para no hacer ruido en la casa de la tía de Celina, que no salía del cuarto. Empezaban a oler parecido: el sabor de sus cuerpos se confundía con el perfume del desodorante barato y las galletitas de frutilla.

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Pasaron el invierno y la primavera, y un día Celina tuvo que volver a Bahía Blanca. Acordaron despedirse en Retiro frente a un puesto de revistas, cada una con un último regalo. Celina le dio un llavero con un muñeco japonés y Juana un libro con fotos de mujeres del cine clásico que robó en una librería del centro. Juana estaba tan enojada que apenas pudo abrazarla; lo último que Celina vio de ella fue un mechón verde y azul que iluminaba la multitud.

Lo de los videos empezó como un juego. Estaban lejos y se extrañaban, ninguna tenía plata para viajar y las unía ese enojo con el mundo que sólo es peligroso cuando se comparte. Estaban chateando y a Juana se le ocurrió que Celina se filmara para ella. Le pareció lo más natural del mundo; no les alcanzaba la internet para filmarse al mismo tiempo. Ella también quería filmarse y saber que la otra la estaba mirando allá lejos, pero primero tenía que convencerla.

—¿Sabés lo que es un peep show?

—No.

—Dale, ¿no sabés?

—No.

—Vos te filmás masturbándote y me lo mandás y yo me toco pensando en vos.

—¿Querés que haga eso?

—¿No te animás?

—No sé.

Cuando miró el primer video, Juana conoció el cuarto de Celina. Era un cuadrado gris sin un solo adorno; le hizo acordar al geriátrico donde habían llevado a su abuela. La piel blanca y el pelo negro se recortaban contra la humedad de las paredes descascaradas; un oso de peluche roto y sucio se movía al compás del cuerpo flaco sobre el acolchado. Esa noche Juana supo que tenía que seguir cerca de Celina, que estaba en el mundo para regalarle golosinas, remeras y zapatos. Acaban juntas, una sentada sobre el inodoro y otra en la pantalla, mientras afuera cae la tarde y suenan las bocinas de la avenida.

“¿Cuánto me das?”, escribió Juana en el chat donde el desconocido le ofreció comprar el video de Celina. Le temblaban la mano de los nervios. “Si la piba es linda, mil pesos”. Era un montón de plata. Uno de sus hermanos mayores había entrado al cuarto sin permiso y la había descubierto mirando el video. Entusiasmado, le había pasado el dato de este pibe, un amigo suyo del barrio. “Escribile, negra. Haceme caso”. Y ahí estaba ella, tratando de hacer negocios.

—¿Me das la plata primero?

—¿Me vas a dar más videos?

Juana pensó en comprarle a Celina una cámara de fotos profesional.

—Sí, puede ser.

—Entonces te pago quinientos de adelanto, me pasás el video y si me gusta te doy la otra mitad. ¿Te va?

Así de fácil. Juana no tenía ni idea de dónde iban a parar los videos, pero sabía qué hacer con la guita. Lo primero que compró fueron unas zapatillas con plataforma que mandó en colectivo a Bahía Blanca. Pegada a la caja, una cartita pedía que Celina se las pusiera la próxima vez que se filmara. Con el cuarto video juntó lo suficiente para un smartphone zarpado que su hermano le consiguió en el barrio. En la terminal de colectivos de Bahía Blanca Celina abrió paquetes con películas, revistas de historietas y una caja especial con golosinas y muñequitos de plástico.

Celina pregunta:

—¿Y vos cuándo te vas a filmar?

—Yo no puedo, no tengo dónde, mi casa está llena de gente.

—¿Y en el baño?

—No, además mi celular no filma bien, tendría que hacerlo con la computadora y no puedo.

Cuando Celina quiere saber de dónde saca tanta plata, Juana contesta que el negocio de los panchos va mejor. Cambia de tema. La mirada de Celina apenas se distingue en los videos pixelados; lo que brilla con claridad es su cuerpo flaco y hermoso, y la boca que empieza a abrirse justo cuando la mano pasa para abajo de la bombacha. Juana ya no se toca con los videos de Celina pero los sonidos le siguen gustando. A veces los escucha con auriculares en el colectivo y se ríe porque la gente que le pasa por al lado ni se imagina.

El último regalo que llega de Buenos Aires viene envuelto en un papel blanco y negro con dibujos de chicas elegantes como modelos y algunas palabras en inglés. Hace tiempo que Celina no contesta los mensajes, aunque Juana le insiste. La terminal de Bahía Blanca está extrañamente silenciosa y vacía. Celina abre el paquete y encuentra la tablet plateada envuelta en una funda rosa, aquella promesa lejana frente a la vidriera de la 9 de Julio. Piensa en mandarla de vuelta porque le preocupa lo que va a decir María Julia, que la espera en la esquina para ir juntas a un festival de cine ahí cerca de su casa. Duda; mide el aparato con la cartera y se da cuenta de que si tira el envoltorio de cartón, la tablet le entra justito. El tacho rebosa de basura, así que cuando los tira, el papel de regalo y la caja caen al piso. Celina ni siquiera alcanza a ver la última carta de Juana, escrita con birome violeta y adornada con purpurina.