Ilustración: Luciana Peinado

Contigo en la distancia

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Santa Isabelita, marzo de 1785 Señorita Mores, Quizás no me recuerde, pero seis meses atrás tuvimos un breve intercambio de palabras en el casamiento de Lord Hapelpay. Bueno, para cuando el correo atraviese el ancho océano que nos separa, habrá pasado un año y medio desde nuestro encuentro. Lo pensé mucho antes de escribirle, porque lo último que querría sería incomodarla. Pero aquello...
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Santa Isabelita, marzo de 1785

Señorita Mores,

Quizás no me recuerde, pero seis meses atrás tuvimos un breve intercambio de palabras en el casamiento de Lord Hapelpay. Bueno, para cuando el correo atraviese el ancho océano que nos separa, habrá pasado un año y medio desde nuestro encuentro.

Lo pensé mucho antes de escribirle, porque lo último que querría sería incomodarla. Pero aquellos minutos fueron suficientes para quedar prendado de usted, y me interesaría saber si vuestro corazón tiene dueño. En caso negativo, le ofrezco el mío como forma de pago.

Suyo tal vez,

Reginald Farías


Torreligurcia, abril de 1786

Estimado Reginald,

¿Cómo no recordarlo? Su juego de palabras con la cosecha de patatas y la rata coja fue simplemente delicioso. Lamenté haber regresado al Viejo Mundo sin uno de sus besos y durante doce meses soñé con recibir correspondencia vuestra.

Sin embargo, conforme el tiempo siguió corriendo, me vi obligada a aceptar la propuesta matrimonial de Sir Pentarius, con quien me casaré el sábado que viene. Sepa que no recibió invitación por dos sencillas razones: para no verlo sufrir y porque habría llegado más de dos años tarde a la ceremonia.

Deseando me comprenda,

Ludmila Pentarius (ex Mores)


Santa Isabelita, mayo de 1787

Señorita Pentarius,

Esta será la última vez que mi cantinela la moleste. Había decidido que una vida sin usted carecería de sentido, por cuanto mi única opción es ponerle fin a mi existencia vacía. Le ruego que sea feliz y no cargue culpas por tan irreversible decisión.

Eternamente suyo,

Reginald


Torreligurcia, mayo de 1788

Querida familia Farías,

Lamento el triste momento que atraviesan desde la muerte de Reginald. Ojalá no hubiera sido tan intempestivo; para cuando recibí la carta que anunciaba sus intenciones, mi matrimonio ya había terminado. Sir Pentarius embarazó a seis de mis siete mucamas. La restante tiene 93 años, e igual lo intentó en varias oportunidades. No estoy segura de qué tan legal y bien vista es una separación por estos días, pero he vuelto a ser una mujer libre. Si el fantasma de mi Reggie llega a acecharlos, por favor, háganselo saber.

Disculpen las molestias,

Ludmila Mores


Santa Isabelita, mayo de 1789

Querida Ludmila,

No has perdido la razón; soy Reggie y estoy con vida. El mismo día que despaché la carta en el puerto me dirigí a una droguería en busca de algo que terminara con mi suplicio, y lo encontré: la dueña del comercio, una hermosa mujer llamada Esther. Con ella contraje nupcias a la semana siguiente y hoy estamos festejando nuestro segundo aniversario de casados. Imagino que usted habrá hallado un nuevo amor, por lo que estas misivas, que —dicho sea de paso— no son nada económicas, deberían terminar.

Hasta siempre,

Reginald


Torreligurcia, junio de 1790

Señor Farías,

He hallado al amor de mi vida y su nombre es Jesús. Llevo dieciocho meses en el convento de las Hermanitas Diminutivas, haciendo toda clase de tareas y manteniendo toda clase de votos. Sólo he roto con el voto de escritura para transmitirle esta información a través de un aldeano.

Que Dios lo bendiga,

Sor Amparo (ex Ludmila)


Santa Isabelita, junio de 1791

Estimada sor Amparo,

No debería contárselo, pero estos cuatro años que llevo de matrimonio los he pasado pensando en usted y en el fuego de sus entrañas que jamás conocí. Siento que estoy cometiendo varios pecados en simultáneo, pero si alguna vez decide abandonar la vida de oración y servicio, yo abandono a Esther. Sólo pídamelo.

Esperando su respuesta,

Reginald


Torreligurcia, junio de 1792

Querido Reggie,

Ojalá existiera una forma más rápida de comunicarnos. Fíjese que esta semana mi hijo Pericles está cumpliendo un año y tres meses. ¿Se acuerda del aldeano que me ayudó a enviar la carta? Bueno, una no es de fierro y sucumbí al primer cuerpo masculino que tuve cerca, después de tanto tiempo de encierro. He sido expulsada del convento, pero Pericles y yo seremos muy felices. Gracias por el interés,

Ludmila (de nuevo)


Santa Isabelita, julio de 1793

Amada Ludmila,

Pero, ¿la abandono o no? Era una sencilla pregunta y ahora pasarán otros dos años hasta recibir su contestación. Sepa que la presencia de Pericles no me molesta; de hecho me encantaría formar una familia con ustedes dos.

Con impaciencia,

Reginald


Torreligurcia, julio de 1794

Adorado Reginald,

¿De verdad me aceptaría, incluso con un hijo cuyo padre solamente conocí durante cuatro incómodos minutos? Es usted un amor.

Sorprendida,

Ludmila


Santa Isabelita, julio de 1795

Ludmila querida,

No es tan difícil lo que le estoy pidiendo. Para terminar con una relación que lleva más de ocho años, solamente necesito una respuesta concreta. Y antes de que vuelva a preguntar: sí, la aceptaría. Ya lo dije hace un buen tiempo.

Expectante,

Reginald


Torreligurcia, julio de 1796

Mi amor,

Déjala. La vida no se hizo para pensar demasiado las cosas.

Tu amor,

Ludmila


Santa Isabelita, agosto de 1797

Mi amor,

Soy un hombre libre. No fue sencillo, ya que se lo comenté a Esther mientras ella me sugería hacer un gran festejo por la década que pasamos juntos. Por eso mismo preferiría cruzar el mar y encontrarme contigo en Europa. Por aquí la gente me mira un poquito mal.

Finalmente tuyo,

Reginald


Torreligurcia, agosto de 1798

Futuro esposo,

Me encantó tu idea de venir hasta acá. Como no quiero perder un solo minuto, reservé un salón para dentro de dos años a partir de esta fecha y contraté los servicios de Monsieur Dufour, el mejor planificador de bodas de todo el continente. Pericles comenzó la escuela, gracias por preguntar.

Te espero con ansias,

Ludmila


Santa Isabelita, agosto de 1799

Ludmila,

Tendrá que perdonarme. Al conocer mis planes, Esther me acusó falsamente de robar unas joyas de su familia y he sido arrestado. Estoy a la espera de la audiencia, pero los tiempos judiciales son lentos en la actualidad, por lo que no voy a llegar en la fecha deseada. Por favor, envía mis disculpas.

Con el permiso del guardia,

Farías, recluso #3149


Torreligurcia, setiembre de 1800

Querido,

Lo más importante es tu bienestar, por lo que te envío este mensaje en manos de mi abogado de confianza, quien se embarcará para encargarse personalmente de asistirte en el juicio. La boda ya fue cancelada, algo que no le hizo mucha gracia a Monsieur Dufour, ya que le avisé a menos de 24 horas de que comenzara. Ya lidiaré con él.

Deseando justicia,

Ludmila


Santa Isabelita, setiembre de 1801

Luz de mis ojos,

Llevo más de un año luchando codo a codo junto a tu abogado, y todavía no hemos logrado mi libertad. Agradezco tu paciencia y espero el ansiado momento de nuestro primer beso. Con el permiso del guardia,

Farías, recluso #3149


Torreligurcia, octubre de 1802

Cariño,

Agradecería que enviaras al abogado de regreso. El planificador de bodas sigue cabreado por el desplante de hace un par de años y está dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias.

Inquieta,

Ludmila


Santa Isabelita, octubre de 1803

Amor,

Tu representante ya está en camino. Mandé un poco más tarde la carta porque he sido absuelto del robo, pero estoy en medio de la contrademanda por daños y perjuicios, que podría representarnos mucho dinero. No debería llevarme más de unos pocos meses, que seguro pasan volando. Pensando en ti,

Reginald


Torreligurcia, octubre de 1804

Querido Bruno,

Utilizo nombres falsos en caso de que esta esquela sea interceptada por el perverso Monsieur Dufour, quien mandó asesinar a nuestro abogado y prometió matarnos a Pericles y a mí. Debí haber elegido un plan de bodas más económico. En fin, me encuentro en la clandestinidad y confío en que el cartero te haga llegar mis palabras. Tranquilo, no es tan lindo como el aldeano.

Tuya,

Beatriz


Santa Isabelita, noviembre de 1805

Beatriz/Ludmila,

Esto no puede continuar así. Ya mismo estoy partiendo rumbo al Viejo Mundo para encontrarme contigo. No te preocupes por ese truhán; ni bien ponga un pie en tu domicilio, mataré a cualquier persona que encuentre. Ni siquiera sé por qué te estoy explicando esto, ya que llegaré con el papel entre mis manos. En fin, será la costumbre.

Más cerca que nunca,

Bruno/Reginald


Torreligurcia, diciembre de 1805

Reggie,

Esto no puede continuar así. Ya mismo estoy partiendo rumbo a América para encontrarme contigo. No puedo esperar a tu respuesta, ya que mi vida sigue corriendo peligro. Pericles se quedará en casa, con la orden clara de matar a cualquier persona que cruce la puerta. Una vez que me encuentre contigo y todo esté en orden, le escribiré para que se nos una.

Más cerca que nunca,

Ludmila.

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