Gustavo Laborde

Toda mi documentación legal me da por venido al mundo en una fecha varios meses posterior a la de mi nacimiento biológico. La dilación se debe a que cuando nací, mis padres aún no se habían puesto de acuerdo en mi nombre. Mi madre quería ponerme Miguel, como su padre, que había muerto poco tiempo antes. Mi padre la disuadió alegando que cada vez que me llamara se acordaría de su padre y así nunca superaría su muerte (recomendación inútil, porque mi madre padece de un Edipo galopante que no hizo más que acentuarse con los años). En tanto, mi padre proponía llamarme con su propio nombre: Julio. Pero mi madre, con toda razón, le recoró que él ya tenía un hijo con ese nombre: casualmente mi hermano mayor. Entre una cosa y otra pasó medio año antes de que llegaran a un acuerdo. Finalmente decidieron que me pondrían Gustavo, en honor a un poeta admirado por mi madre: Becquer. Pero nunca Adolfo, mancillado para siempre por Hitler.

La dilatada deliberación, sin embargo, no me proveyó de una nomenclatura singular. Me enteré de la existencia de otro tipo llamado igual que yo por la prensa. En noviembre de 2000, el diario La República publicó un artículo titulado “Otro Gustavo Laborde” (aún se lo puede consultar si se lo googlea). Dicho artículo era una reseña de El último cigarro, un libro de cuentos de mi homónimo, un tipo con edad e intereses similares a los míos, incluso aparecemos de manera consecutiva en el padrón electoral de la Facultad de Humanidades. Para entonces, mis berretines de poeta estaban en declive, pero la noticia tanto hirió mi orgullo como despertó mi curiosidad. Fui a una librería a buscar un ejemplar de ese libro, que no encontré, pero en cambio me topé con otro de sus títulos, el poemario El gato negro, editado en un formato y unas tapas negras que, ante ojos distraídos, podían pasar como de Visor, la editorial más prestigiosa de poesía en lengua castellana.

Al menos por aquellos años, las musas le eran ciertamente esquivas a Gustavo Laborde. No obstante, no pude sustraerme a la tentación de comprar un ejemplar. De inmediato tramé una broma que conjuraba mis temores y frustraciones. Una mañana llegué al diario El Observador, donde a la sazón trabajaba, con el libro debajo del sobaco. Me fui paseando escritorio por escritorio de la redacción, y leía a mis compañeros un poema de mi presunto libro. Deliberadamente ponía el ejemplar delante de mi cara, de modo que vieran mi nombre en la tapa del libro, y ahí mismo descerrajaba unos versos. Ejecutaba el acto con solemnidad. Aunque las muecas eran de desconcierto y disimulado desagrado, todos me decían cosas como: “Qué bien, evidentemente estás buscando tu voz: tenés que seguir trabajando… mucho”. Todos menos uno, poco dado a la diplomacia, quien me dijo: “Mirá, loco, yo creo que estás meando fuera de la escupidera”. La cereza de la torta la puso el departamento de personal que, aplicando el manual de buenas prácticas en recursos humanos, alimentaba una cartelera con felicitaciones a los empleados por logros como el nacimiento de un hijo o un enlace matrimonial. Ese mes me felicitaron por la publicación del libro El gato negro.

El asunto no cayó bien entre todos mis amigos. Uno de ellos, para muchos el mayor poeta de su generación, se empeñó en convencerme de que emitiera un telegrama colacionado en que aclarara que yo no era ese Gustavo Laborde (era la década de los 90, hoy se haría por medio de redes sociales). Me negué rotundamente, fundamentando que Gustavo Laborde tenía todo el derecho del mundo a firmar sus libros con su propio nombre. Una tarde de verano, en la casa de un querido amigo en común en La Paloma, y con algunos refrescos de más, la discusión pasó a mayores. Ese día Rafael Courtoisie optó por lo que se podría considerar una práctica extrema de crítica literaria: en respuesta a mi negativa de hacer la aclaración, me partió el labio inferior. Él siempre estuvo dispuesto a defender la buena poesía, y a sus amigos, con los puños.

Sin embargo, había más Gustavos Laborde en Uruguay. Cuando el correo electrónico comenzó a ser un medio de comunicación cada vez más masivo, me empezaron a llover consultas a mi casilla sobre las aleaciones del manganeso o las propiedades del hidrógeno en estado gaseoso. Así me enteré de la existencia de otro Gustavo Laborde, hasta donde sé un muy querido y respetado docente de química, que alguna vez me presentaron.

La noticia de un tercer Gustavo Laborde fue luctuosa. Una mañana de 2007, al llegar a la radio para hacer una de las columnas que en ese entonces tenía en el programa No Toquen Nada, mis compañeros me comentan que había oyentes preguntando por mí. En ese mismo instante el susto me lo dio mi cuñada, que me llamó con la voz astillada, por lo que creí que me iba a decir que algo le había pasado a mi hermano (cuyo nombre casi llevo). Radio y televisión habían informado de la muerte de Gustavo Laborde, un médico de Maldonado, fallecido en un accidente automovilístico. Borges decía deplorar la cópula y los espejos porque reproducían el número de los hombres. Algo análogo se podría decir del Registro Civil: reproduce el número de los nombres.

Martín Otheguy

“O usted o yo. Pero los dos juntos es algo impensable”. El doble, Fiodor Dostoievsky

Permitan que, por el momento, me presente como Martín Otheguy. Parafraseando a Edgar Allan Poe y su William Wilson, la página inmaculada que tengo ante mí no debe mancharse con un nombre inventado. Yo también tuve y tengo un doble, pero quizá lo más preocupante de la historia que van a leer a continuación no es que yo haya encontrado un doppelgänger con mi nombre y apellido, que se dedica a lo mismo que yo, sino la sospecha de que en realidad son varios que se van dosificando a lo largo de mi vida.

Hace más de diez años, el portal de noticias en el que trabajo recibió un currículum y artículos adjuntos a nombre de Martín Otegui, un aspirante a integrar nuestro equipo de prensa. Si el apellido se hubiera escrito exactamente igual al mío, habría creído que el tiempo se estaba desdoblando y que era un yo de mi pasado, quizá de 2001, intentando desesperadamente enviar currículums que por alguna razón llegaban en 2005.

Le respondí el mail yo mismo, explicándole que el cupo de periodistas estaba completo (subtexto: el cupo de Martines Otheguy estaba completo) y recibí un nuevo mail de mi homónimo, lleno de confusión y desesperanza ante la ahora casi inexistente posibilidad de conseguir el trabajo. Me olvidé del tema. ¿Qué chances había de que compartiéramos nombre, apellido, profesión y lugar de trabajo sin desarticular el continuo espacio-tiempo? Siete u ocho años después, sin embargo, un tercer Martín Otegui trabajaba a sólo tres metros de mí, generando una comedia de enredos dentro y fuera de la empresa que a Emilio Disi le habría parecido un tanto exagerada. El destino, como a William Wilson, me había alcanzado finalmente.

Mi doble cumplía y cumple con las reglas de las buenas historias de doppelgängers. Es opuesto a mí en muchos aspectos y posee algunas cosas que deseo: mucha altura, todo el pelo en su cabeza y talento para mantener su trabajo en la televisión. Y es, hay que decirlo, un tipo amable y divertido. Es guionista para programas de televisión, como yo. Escribe o ha escrito sobre asuntos culturales, como yo. Se dejaba un soul patch en la cara, como yo. Podría decir que tiene mal gusto, como yo, pero sería redundante con la frase anterior. Antes de compartir el mismo lugar laboral en forma física había comenzado a escribir una columna de opinión y poco después artículos sobre series de televisión en Montevideo Portal, el sitio en el que trabajo, probablemente porque a mi jefa le pareció que la confusión reinante traería dicha incluso al más tedioso de los días. Y no se equivocó.

En la foto que usaba en su columna se tapaba el rostro con un gorro, dejando al descubierto únicamente el infausto soul patch, justamente lo único que teníamos en común. Firmaba las notas con sus dos apellidos (Martín Otegui Piñeyrúa), en un intento por ahorrarme y ahorrarse confusiones. Mis esperanzas de que fuera una medida clara y suficiente para establecer distinciones se desmoronó al tercer día, cuando mi propio padre me llamó para decirme que habían escrito mal nuestro apellido en mi columna. Si mi padre no podía recordar que se había casado con una mujer —mi madre— cuyo apellido no era Piñeyrúa, ¿qué esperanzas había de que cualquier otra persona que me conociera notara la diferencia? Sólo pensaba en eso. En eso y en la posibilidad de que mi padre hubiera tenido un amorío con Ana Lía Piñeyrúa y le pareciera natural tener Otheguys Piñeyrúa diseminados por el país.

Cuando mi homónimo comenzó a trabajar en el mismo espacio físico que yo, el lugar explotó con un sinfín de posibilidades cómicas que nadie sospechaba que tenía. Al menos tres recepcionistas renunciaron al puesto por una crisis de nervios. Nuestra productividad laboral comenzó a mermar, ya que atendíamos el teléfono a personas que buscaban al otro, asistíamos a reuniones equivocadas, hacíamos tareas que nos enviaban por error.

Fuera del trabajo, el asunto no estaba mucho más claro. Recibí mails con felicitaciones e insultos por cosas que jamás había dicho. Me acusaron de defenestrar series que nunca vi. Me trataron de bolso insufrible, siendo un manya sufrido. En sus compilaciones semanales de las redes sociales algunos medios publicaban tuits suyos como si fueran míos, o viceversa. Los intentos por escribir a esos medios para explicarles la situación fueron recibidos con un desconcierto total que sólo alimentaba la confusión, como si para ellos se tratara de un error en la Matriz.

Una vez, en un bar, me dieron la mano y me felicitaron por la valentía de criticar a la nueva rectora de la Universidad de Montevideo. No sabía quién era la rectora pero lo dejé pasar. Quién sabe qué dice uno, borracho en un bar. A veces me agradecían por hacerlos reír con mi programa en televisión, lo que me sorprendía e ilusionaba hasta que me enteraba de que hablaban de Sonríe, te estamos grabando, que mi tocayo producía. En una entrevista de radio, incluso, me presentaron como el productor del programa. Todavía sucede. Hace pocos meses me escribió la producción de Ruben Rada, y luego la de Washington Carrasco y Cristina Fernández, para coordinar entrevistas en Canal 12. No creo que a nuestra Cristina Fernández le escriban para preguntarle dónde puso las llaves de la bóveda de su mansión en El Calafate.

Sé que del otro lado la cosa no era ni es mucho más sencilla. Su abuela se emocionó un par de veces en que lo mencionaron en la tele, pero resultaron ser alusiones a mí. Lo llamaron para que fuera a entrevistas en medios cuando en realidad estaban intentando contactarme. Varias mujeres le recordaron sus proezas sexuales y alabaron su increíble capacidad para dar placer, cuando es claro que sólo podían referirse al tercer Martín Otegui.

La trama de los dobles se complicó aun más cuando apareció en escena el senador Marcos Otheguy. Su dirección de e-mail es casi idéntica a la mía, por lo que no era raro que llegaran a mi casilla informes para el legislador (me pregunto si al final se habrá necesitado aquella copia certificada del título de licenciado en genética que me envió Raúl Sendic y que borré porque no era para mí), o que le mandaran a él mails laborales dirigidos a mi persona, incluso de esta mismísima revista. La colisión final de doppelgängers se dio cuando el senador fue invitado a Canal 12 y presentado como “Martín Otheguy”. Mientras los periodistas aclaraban que la confusión se daba porque uno de sus compañeros se llama así, Marcos Otheguy les respondía que además era un pariente lejano suyo, en referencia a mí. Y todos felices sin saber en realidad qué estaba sucediendo, excepto mi tocayo y yo.

Hace ya casi tres años que mi doble abandonó mi trabajo, pero las confusiones, nostálgicas, regresan cada tanto. Esta es al menos mi versión. La revista quería en realidad que él contara la suya, pero como ocurre tantas veces enviaron por error la propuesta a mi casilla de correo. Y yo ya sé lo que va a pasar si hago lo que es justo, le aviso y le dejo lugar. Va a estar a la vuelta de esta página con una columna y una foto en la que un gorro tapa ahora su pera lampiña, como la mía. Y, parafraseando a Edgar Allan Poe y su William Wilson, por virtuoso que sea no permitiré que me persiga hasta la muerte.

Nicolás Peruzzo

Foto del artículo ''
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Historieta: Nicolás Peruzzo
Historieta: Nicolás Peruzzo

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