Ilustración: Ramiro Alonso

Rojo sangre, zapatos lilas: los intelectuales uruguayos en el 68

Las trincheras de Santa María también apuntaron la imaginación contra el poder: el tercerismo de Marcha y la pluma corrosiva de Onetti, un Galeano que aún se debatía entre el periodismo y la literatura, Benedetti desde La Habana y María Esther Gilio desde Berlín, las versiones más combativas de Idea Vilariño y Amanda Berenguer, las primeras páginas éditas de Mario Levrero.

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Mientras que las grandes revueltas europeas se saldaron casi sin víctimas, el 68 latinoamericano estuvo marcado por la femoral de Liber Arce, partida por una bala policial en Montevideo, y por masacres como la de Tlatelolco, en México, con centenares de jóvenes muertos. La pared contra la que se estrelló el 68 latinoamericano fue más brutal. No estaba suavizada por el autoritarismo paternal de Charles de Gaulle, sino que la pautaban las medidas prontas de seguridad del pachecato o los brazaletes paramilitares del Batallón Olimpia mexicano. Era un 68 herido por la reciente muerte del Che Guevara en Bolivia.

Pero no todo eran diferencias en las dos orillas del Atlántico.

Estaba Vietnam. Estaba la revolución sexual. Estaba la pulsión por cambiarlo todo, en la calle y puertas adentro. Estaba el debate interminable, de café o de barricada, al interior de las fuerzas del cambio. Estaba la reacción que también en ellas anidaba.

La intelectualidad uruguaya no fue ajena a esos cimbronazos. A juzgar por la crónica de doble página de Marcha, escrita desde París y publicada el 17 de mayo*, Montevideo lo vivía casi al instante. En esos momentos de compromiso, dos de los escritores que hoy son vistos como los intelectuales comprometidos por excelencia, Mario Benedetti y Eduardo Galeano, estaban en la primera línea de fricción política. Benedetti en La Habana, donde fundó el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas; Galeano en su doble vida como escritor y periodista. En tanto narrador, los entusiastas lo incluían en las filas promisorias de los novísimos, y los más escépticos, como Luis Cotelo, lo llamaban “un talento en busca de sí mismo”. Estaba prohijando el hoy olvidado Los fantasmas del día del león y la primera reedición de Los días siguientes, cuestionando en sus páginas la política pero también las relaciones de pareja y las maneras de ser joven en una sociedad de viejos. Por eso es posible señalar que mientras Benedetti ya era Benedetti (ya había publicado La tregua, Montevideanos y Poemas de la oficina), Galeano todavía estaba buscando su voz literaria. No es raro si se tiene en cuenta que los separan dos décadas. Como periodista, en cambio, Galeano tenía a sus espaldas sus mejores reportajes de Época, el diario que dirigía y que había sido clausurado por Pacheco Areco en diciembre del año anterior, y acababa de volver a Marcha, donde había sido secretario de redacción a la obscena edad de 20 años.


Si hoy se pide, a boca de jarro, que se nombre a dos escritores comprometidos del 68 uruguayo, es probable que pocos, si alguno, mencione a una mujer en esa encuesta imperativa. Sin embargo, Idea Vilariño y Amanda Berenguer fueron dos voces poéticas heridas por su filo. A la par que Benedetti, Idea estaba en La Habana. En su caso, para una estadía más corta (ser jurado de un premio de poesía), pero no menos intensa. La lealtad con Cuba sería una de las constantes que mantendría durante toda su vida. Un poema de ese año, “Agradecimiento”, muestra a una escritora combativa que aboga con firmeza por los jóvenes guerrilleros caídos por luchar por sus ideales de justicia social.

Amanda Berenguer traduce a los poetas anónimos del Mayo francés trayendo al castellano los muros parisinos, o, en esa dicotomía irresoluble que había planteado Ortega y Gasset, llevando a sus lectores hispanohablantes al París de esa revuelta. Los titula “una conmemoración del ‘estar en contra’”. Comulga y a la vez polemiza con el editorial del número 5 de la revista francouruguaya Maldoror, donde los presenta Paul Fleury, editorial que ella también traduce. Comparte, tal vez, ese fragmento en el que Fleury asegura que “si hubiera una traducción posible de esta poesía, sólo podría ser renovando en alguna parte del mundo el acto que la autoriza”. Porque “la toma de palabra revolucionaria no es justificable más que en el esfuerzo de un hombre por sacudir el yugo y darse a la luz. Y este esfuerzo se basta a sí mismo”. Pero rechaza de plano llamar a esos versos callejeros “poesía del silencio”, como hace Fleury.

Esas frases de mayo del 68, afirma, no pueden ser otra cosa que “poesía de la primavera, de la rebelión, del grito, de la llama”. Una poesía alejada del “yo”, como la quería Lautréamont, joven, como quienes la escribieron. Traducirla, entonces, no es un acto meramente estético. “Sobre el tiempo revuelto, vertiginoso de nuestra época”, escribe Berenguer, “surgen las palabras enarboladas espontáneamente, prontas a echar una cuerda o a recoger náufragos o a conllevar, empujándola, una esperanza solidaria”. Está, claro, el “prohibido prohibir”. También poemas enteros que se preguntan sobre la rebeldía y el amor. Ejercicios visuales. Cantos a la unidad entre obreros y estudiantes. Novedosa allá, llegada de una década anterior en Montevideo, para prohijar la autonomía universitaria, líquido amniótico del 68 uruguayo. Una última línea de los muros traducidos por Berenguer, afirma, crípticamente utópica, que la lucidez es la herida más próxima al sol.

Aquella herida de los muros, acá es lucidez de unidad, primero, de la clase obrera, con la flamante CNT, y luego de esos obreros con estos estudiantes. Que no son los de la Renault ni los de la Sorbona, pero que serán los que enfrentarán en las calles la represión de Pacheco Areco. Por eso no es ninguna contradicción que unos meses antes, en el número de marzo de la misma revista, Amanda Berenguer haya publicado su poema “El dedo en la llaga”, dedicado al español Rafael Alberti, poeta y comunista. “Para apurar el derrocamiento / de los últimos modelos de la sombra, / la soledad tramposa / acorralada en su madriguera / y enfurecida como pocas veces, / también los pájaros funestos / prontos a un despliegue / de terror intermitente, / para auspiciar el levantamiento / simultáneo de otra cosa / de verdad y vida y compañía, / para asumir la responsabilidad / de toda la batalla, / firmo esta noche / mi nombre partidario”.


El 68 político de Vilariño y de Benedetti transcurre en paralelo con un 68 en el que la rebeldía busca forzar la forma. Porque en el 68 uruguayo también están Armonía Somers y Mario Levrero. La primera, apenas pasada la franja del medio siglo de vida, ya había superado la incomprensión de sus primeras publicaciones y alcanzado la cuasi consagración de ver sus cuentos reunidos en volumen doble por Ángel Rama. Estaba por aparecer, además, su hoy clásico Un retrato para Dickens.

Levrero tenía la mitad de la edad de Somers. Era del mismo 1940 que Galeano, incluso unos meses mayor, pero al contrario que este, el Levrero de 28 años era un escritor mucho menos celebrado en la escena cultural de su tiempo. Quizás porque el diario comunista El Popular, donde escribía, no lo beneficiaba de la visibilidad en círculos intelectuales que otorgaba el tercerismo de Marcha. O más probablemente porque, a pesar del signo experimental que se asocia al 68 europeo, el uruguayo no estaba igual de preparado para un autor que ya venía pergeñando La ciudad, novela fundacional que vio la luz en 1970. Sin embargo, tampoco era un completo desconocido.

En marzo del año de todos los fermentos, en el número 11 de la “más 68” de las publicaciones uruguayas, la revista Los Huevos del Plata, aparece la primera versión de su relato “La casa abandonada”. Una curiosidad: la firma Jorge Levrero. Recién un año más tarde, en ese mismo número 5 de Maldoror en el que Berenguer traduce el Mayo francés, lo publicará con el nombre de Mario, abandonando todo contacto nominal con la partida de nacimiento de Jorge Varlota.

Puente entre todos los 68 posibles: ese número 11 de Los Huevos del Plata tiene frases al margen tales como “Che, los pueblos no te olvidan” o “Viva Sendic”, que se mezclan con un monográfico sobre la nueva vanguardia poética argentina. Aparece un aviso a media página de editorial Taurus que publicita sus libros Reportajes, de Eduardo Galeano, y En la Sierra Maestra, de Carlos María Gutiérrez. En un quinto de página, casi escondido, un poema de Roberto Echavarren, que aún incluía en su firma el apellido materno Welker. No es un dato menor. Echavarren, que en esa época se estaba doctorando en París y que luego iniciaría una carrera de dos décadas como docente en la Universidad de Nueva York, es una de las voces que mejor representan otro de los mil brazos del delta del 68. Ese del big bang del amor libre y de la revolución casi performática que pone en cuestión la moda y le opone el estilo. Si el 68 de Galeano es el de Nicos Poulantzas y Regis Debray, el de Echavarren es el de Michel Foucault y Gilles Deleuze.

Fue también en Los Huevos del Plata y también en 1968 donde y cuando se publica Gelatina; en este caso como suplemento autónomo, por lo que puede considerarse el primer “libro” de Levrero. Al estilo de las películas de clase B, Gelatina se asociaba de manera inevitable con aquella mancha voraz de la película The Blob (de la que un Levrero veinteañero casi seguramente tuvo noticia, ya que se estrenó en agosto de 1959 en el cine Iguazú).

El crítico y poeta argentino Cristian de Nápoli cuenta que el rosarino Elvio Gandolfo se encontró con ese ejemplar de Los Huevos del Plata apenas editado y, lleno de entusiasmo, lo hizo conocer en la otra orilla. “Se armó un puente. El boom latinoamericano seguiría desparramando sus órganos en una larga y prestigiosa línea entre La Habana y París, mientras que esta otra liníta Montevideo-Rosario iba forjando a oscuras su territorio”, escribe De Nápoli.

Es probable que esa revista fuera lo más parecido a la síntesis godardiana que en Europa unió la rebelión política con la rebelión cultural, mezcla de Antonio Gramsci con José Pedro Barrán. De Godard se conocieron ese año Pierrot el loco y Una mujer casada, aunque sus películas más combativas de 1967 tendrán que esperar varios años para su estreno en Uruguay. Lejos de Vietnam recién se proyecta en setiembre de 1970, y no en una sala de cine convencional, sino en el teatro El Galpón, en tanto que La Chinoise, cenit de su mejor versión panfletaria y autoparódica, sólo se estrena en noviembre de 1981, en Sala Cinemateca, rara bocanada de oxígeno en plena dictadura.


¿Y Onetti? El maestro se mantuvo como siempre, ácido y alejado del lugar común. Frente a la noticia de la muerte del Che había cuestionado “tanta literatura, lágrimas y sentimentalina arrojadas encima de su pecho asesinado” y profetizaba no sólo su inmortalidad sino su multiplicación. Así que no extraña que al cumplirse un año y pocos días de ese hecho, en la edición de Marcha del 11 de octubre, volviera sobre el tema para fustigar a esta Santa María xenófoba, ya que se estaba criticando al Che por argentino, por hacer la revolución en Cuba y por caer en Bolivia. Entonces cita a Pío Baroja y nos tira un adoquinazo del barrio Latino en pleno caballete nasal: “Pueblo de los discretos, espejo de los prudentes, encrucijada de los ladinos, vivero de los sagaces, enciclopedia de los donosos, albergue de los que no se duermen en las pajas, espelunca de los avisados, cónclave de los agudos, sanhedrín de los razonables”.


No debe pensarse en un divorcio completo entre el 68 experimental y el 68 político. En el número de octubre de Estudios, la revista teórica del Partido Comunista del Uruguay, Rodney Arismendi —que pese a su discrepancia teórica fue uno de los apoyos uruguayos a la guerrilla boliviana del Che— dedicaba un suplemento completo a la “insurgencia juvenil”. Ahí, citando a Marx, Engels y Lenin, zurcía posibles malentendidos. Con el recuerdo muy fresco de los primeros tres mártires estudiantiles, Arismendi parecía polemizar a la interna partidaria con sectores que estaban rechazando la lucha callejera:

Un partido revolucionario de la clase obrera portador de “la más revolucionaria doctrina de la historia” si pierde su nexo de comunicación con las nuevas generaciones debe pararse frente al espejo y mirarse escrutadoramente al fondo de los ojos.

La muerte de Liber Arce, por un balazo policial, el 14 de agosto. La muerte, semanas más tarde, de Hugo de los Santos, también a manos de la policía mientras protestaba desde el edificio central de la Universidad. La de Susana Pintos, ese mismo día, asesinada a perdigones cuando sacaba a Hugo, con una bandera blanca, intentando llevarlo a un hospital. Tres jóvenes comunistas muertos en las calles de Montevideo, que motivan un número especial de La Gaceta de la Universidad, en la que Eduardo Galeano era secretario de redacción. Las notas no están firmadas, pero en varios giros del artículo principal titulado “La sangre derramada” puede intuirse su pluma, igual que en la diagramación de la Gaceta es inocultable la impronta de una de sus facetas menos difundidas: el Galeano diseñador.


El tercerismo de Marcha queda ejemplificado no sólo en las notas políticas e internacionales sino también en las culturales. Jorge Ruffinelli dedica una doble página a la literatura de los primeros años de la Revolución de Octubre y a los problemas de los escritores con la censura. Ángel Rama escribe sobre la visita del soviético Yevgueni Yevtushenko, quien daba en febrero un recital en apoyo a la Revolución Cubana. Es un poeta “con pinta de golero”, dice Rama citando al Cuque Sclavo.Una suerte de escritor-diplomático-showman, que, a pesar de sus dificultades con el poder de su país por haberse opuesto al realismo socialista, llega a Montevideo siendo —apunta Rama— la encarnación de ese estilo. No por su poesía, de la que Rama no habla, y que en realidad está muy lejos del academicismo de torta de casamiento, sino por la imagen optimista que proyecta. Tan “tesoneramente luminosa” que al crítico le evoca “las tapas en glorioso tecnicolor de las revistas de la URSS y China”. Ese semanario en blanco y negro, intrincadamente diagramado, capaz de convertir al “pasa a la página tal” en un desafío laberíntico, hace del cromatismo un ejercicio de aproximación al mundo, a la vez atrayente y rechazado, que era el socialismo real. No olvidar que estamos en el año de la invasión soviética que aplasta la Primavera de Praga y su “socialismo de rostro humano”.

En esas mismas páginas María Esther Gilio estaba reportando desde la República Democrática Alemana (RDA). En el genial comienzo de uno de sus artículos hay toda una definición sobre cómo decir con sutileza. Nadie debería llegar a una ciudad un domingo, comenta casi distraídamente, empezando un encadenamiento de imágenes cada vez más deprimentes hasta terminar con la foto completa de la desolación: “Yo llegué a Berlín un domingo lluvioso a las seis de la tarde”. El color de un lápiz de labios o de un par de zapatos: todo la delata como extranjera y en esos diálogos cortos, afilados, aparentemente triviales que se volvieron su marca de fábrica, Gilio va retratando un universo exótico:

—¿Y por qué compró esos zapatos si el negro no le gusta? —le dije.

—Ah, se ve que usted no vive aquí.

Y más adelante (mucho más adelante si se piensa que hay que saltearse un reportaje sobre Guatemala y un informe de Raúl Castro para llegar a la página 20 y continuar leyendo lo que venía de la 11) vuelve a hablar del color pero ya no para hablar de la RDA sino del espíritu del 68 en general, de lo que está cambiando en las veredas de casi cualquier parte.

—¿Y qué es lo que quieren?

—No somos tan diferentes en eso a las mujeres de otros lados.

—¿Vestidos más cortos?

—Sí.

—¿Colores más brillantes?

—También.

—¿Zapatos color lila?

—¡¿Cómo?!

—Bromeaba.

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