En el número 13 de la mítica revista 100 Años de Fútbol, consagrado al Mundial de 1930, Carlos Martínez Moreno dedicó dos páginas a la génesis de la leyenda negra que los dirigentes bonaerenses de la época habían fabricado contra Uruguay después de la derrota 4-2 sufrida en la final del primer campeonato convocado por la FIFA. El escritor manejó entonces los conceptos de cultura –y de (in)cultura– al expresar implícitamente sus definiciones en las siguientes frases:

La pasión deportiva es el patriotismo de la merza.

La (in)cultura habita, claro está, las dos orillas.

El desplante fanfarrón de los que han ganado no es menos audible que el resuello dolorido de los que han perdido.

Así, por “pasión deportiva” el escritor entendía cierto tipo de fanatismo nacionalista que confunde la camiseta de la asociación con bandera nacional, y por (in)cultura, ese comportamiento extremo de los hinchas, ciego y agresivo, que corrompe la contienda deportiva transformándola en dinámica de odio contra el pueblo vecino. La cultura, por oposición, resultaba definida como la aptitud de los individuos para apreciar el encuentro, promover la amistad que conlleva el juego y relativizar la importancia del hecho deportivo.

Existe otra acepción de “cultura futbolística” que designa los procesos históricos fundamentales que se dieron y se dan en algunos países, y que se evidencian cuando se dice, por ejemplo, que Uruguay es un país de cultura futbolística y China no. En este caso, la cultura futbolística es vista como un patrimonio positivo, un enriquecimiento interno, suave y profundo, que afecta a una sociedad en su conjunto, que se afianza en el inconsciente colectivo de la población y que no se mide por el comportamiento de los individuos, la cantidad de buenos comentaristas deportivos o la actitud de la gente en la tribuna, sino por una dimensión humana agregada, mucho más difusa, un “plus” que los cronistas deportivos franceses del siglo pasado creían adivinar en la fuerza mental de ciertos equipos que caracterizaban como “suplemento de alma”.

Ese “plus”, que es una consecuencia futbolística del fenómeno de fondo, parece limitar el proceso cultural a una suma de hechos puramente futbolísticos y locales. En realidad moviliza muchas otras cosas; pasa por el fútbol, y por este desvío circunstancial opera decisivamente en la resolución de un problema fundamental de una comunidad. Por esta vía el fútbol se eleva, y es sentido por el grupo como un elemento constitutivo, unificador y humano, es decir como cultura. Se dice entonces que hay cultura futbolística cuando un proceso de esta índole se concretiza, aportando, en un momento clave de la historia de un pueblo, una contribución fundamental a su constitución. Nótese además, que por el hecho de ser el deporte moderno un fenómeno intrínsecamente mundial sus formas culturales también lo son y constituyen aportes planetarios. El atletismo estadounidense ayudó al reconocimiento de los derechos de la población discriminada –negra y amerindia– en el mundo entero, y las victorias uruguayas de 1924 y 1928 en Europa también recompensaron a generaciones de italianos y españoles que se habían resignado al dolor de ver partir a sus hijos hacia el otro lado del Atlántico.

El renacimiento alemán

Cuenta el film El milagro de Berna que cuando en 1954 los jugadores alemanes llegaron a la capital suiza para disputar el Mundial y se enteraron de que estaban alojados al lado de los uruguayos, lo primero que hicieron fue ir a saludarlos y expresarles toda su admiración. Los cuatricampeones mundiales se contaban lógicamente entre los candidatos al título, y el recorrido efectuado hasta semifinales –2-0 contra Checoslovaquia, 7-0 contra Escocia, 4-2 contra Inglaterra– parecía confirmar la intacta capacidad ofensiva del equipo y las serias posibilidades que tenía de conquistar un quinto coronamiento. Pero la invencibilidad mantenida en los mundiales desde el 7-0 contra Yugoslavia en Colombes, un 26 de mayo de 1924, se acabó ante Hungría, en el alargue del “partido del siglo”. El equipo de Puskás se afirmó entonces, lógicamente, como favorito.

Tres de los cuatro semifinalistas del Mundial suizo transportaban en sus valijas la memoria de una escuela futbolística más o menos vigente y un historial de peso. Austria tenía el recuerdo de la admirada Wunderteam, cuarta en 1934 y medalla de plata en los juegos de 1936 (final perdida 2-1 contra Italia en el alargue). Hungría contaba con el saber aún vigente de los ajedrecistas del balón, viajeros sabios y librepensadores que en las primeras décadas del siglo, en los clubes judíos de Budapest, habían izado el fútbol hasta niveles intelectuales nunca vistos hasta hoy. Llegaban a Suiza como segundos en el Mundial del 38 (perdieron la final 4-2 contra el equipo de Giuseppe Meazza) y, sobre todo, como flamantes campeones olímpicos del 52, después de golear a Italia, Suecia y Turquía y de vencer a Yugoslavia 2-0 en la final. Pero venían también como el aparato futbolístico de un régimen comunista, impuesto por la ocupación soviética en agosto de 1949 y detestado por el pueblo. Finalmente Uruguay, nuevamente en la cima, contaba con la plena vigencia de su amplísima experiencia –cuatro consagraciones máximas, hazañas a granel, una cultura futbolística autogestionaria perdurablemente eficiente– y con el buen augurio de representar, en la Suiza de Europa, a la orgullosa y feliz Suiza de América.

Las valijas del cuarto semifinalista, Alemania Occidental, cargaban poco fútbol: un tercer puesto en 1934 y una ausencia de escuela identificable. Su peso, sin embargo enorme, era de otra índole, y a primera vista, totalmente negativo: por lo menos en apariencia, se trataba solamente del equipo de una patria aplastada por el triple peso de la derrota, la vergüenza y la culpa, con un pasado colectivo criminal y sin futuro. La derrota 8-3 contra Hungría en el segundo encuentro de la primera vuelta pareció confirmarlo.

Sin embargo, la percepción de los observadores con respecto a la Nationalelf (hoy la selección es denominada Mannschaft) fue cambiando cuando venció 2-0 a la poderosa Yugoslavia, y más aún cuando goleó 6-1 a Austria en la semifinal jugada en el estadio San Jacobo de Basilea. Se empezó a sentir entonces que este equipo, a falta de escuela, poseía método, y que ese método, tan monstruosamente utilizado durante la guerra, que se disponía ahora para producir sólidos edificios, automóviles y refrigeradores, podía servir también con igual exigencia y eficacia para la producción de fútbol.

La final fue extraordinaria. Se recuerda que en el primer tiempo imperaron garrafales errores defensivos. Puskás y Czibor marcaron a los 6 y 8 minutos, pero Morlock descontó a los 10 minutos y Helmut Rahn empató a los 18. El documental muestra cómo entonces los defensores húngaros, desamparados, se agarraron la cabeza. Después fue una continua dominación magiar: tres tiros en el palo, media docena de atajadas milagrosas de Anton Turek y una intercepción en la línea de gol de Posipal. A los 84, nuevamente Rahn, desde afuera del área, con tiro bajo, contra el poste derecho, vencía a Gyula Grosics.

Se dice, y esto es sin duda futbolísticamente cierto, que la lluvia tenaz y la cancha barrosa limitaron el juego de pases de los húngaros, que además tenían la desventaja del cansancio acumulado en los dos partidos previos, contra Brasil y Uruguay, y que los zapatos alemanes, especialmente concebidos por Adidas, livianos y con tapones tornillados cambiables en función del estado de la cancha, jugaron un papel definitorio. El hecho es que en el instante del gol de la victoria, un milagro para los relatores alemanes, en Berna, ante 65.000 espectadores, con arbitraje inglés, un delantero alemán, dando la victoria a su equipo, convirtió a su tierra en ruinas en un país de cultura futbolística. Rahn tenía entonces 25 años, y los niños alemanes que jugaban al fútbol entre escombros con pelotas de trapo descubrieron en él la existencia del presente. Y renacieron.

Muchos comentaristas europeos siguen mirando aquel encuentro con los ojos parciales de la abrupta decepción. En la reciente Historia oficial de la Copa del Mundo, publicada por la FIFA, puede leerse “Hungría es el mejor equipo del mundo, pero el campeón es Alemania”, un punto de vista que nos impide ver la grandeza de los que cayeron. En la hora del esfuerzo individual, los infinitos sufrimientos y vergüenzas del pasado volvieron con su cuota de persecuciones, cambios de nombres, amigos muertos, miedo, contrastando con la idea de deber ganar para la gloria de un régimen odiado. El alma de los nómadas magiares tambaleó. Se preguntaba qué era más importante: la felicidad propagandística y mentirosa que les pedían los gobernantes o el noble alivio de perder una última vez, sellando definitivamente, con su verdad íntima, la tumba de los desaparecidos clubes libres. Por el intersticio de esa duda, se coló el diablo de la aproximación.

Ilustración: Ramiro Alonso
Ilustración: Ramiro Alonso

Puede decirse que la final de Berna constituye el hecho dramático mayor del fútbol europeo, como el Maracanazo lo es para los sudamericanos. Y en cierto modo, desde cierto ángulo, puede afirmarse incluso que el drama suizo fue más puro. En Berna se cruzaron la muerte brusca y definitiva del gran fútbol húngaro y el no menos abrupto y sorprendente nacimiento del gran fútbol alemán. En Río de Janeiro, en cambio, Uruguay, que era la vieja escuela, no murió: conoció una segunda vida. Brasil, por su parte, no logró nacer. Dicen especialistas que la derrota de Maracaná significó el surgimiento de la identidad brasileña, que colectivizó el dolor. Tal vez esto sea exacto desde el punto de vista de las élites, que atinaron entonces a unificar el poder central. Pero si se lo mira en el plano cultural y popular, la fundación de la identidad brasileña sucedió, a mi entender, posteriormente, cuando, pasados los resabios racistas contra los jugadores negros considerados responsables de la derrota, la victoria mundialista de 1958, la de Pelé y Garrincha, generó una alegría sana y común de cara al futuro.

Francia 98 como remake del caso de Uruguay

Universal es uno de los términos más frecuentemente empleados para propagandear el fútbol. Sin duda, este juego es el más difundido del planeta, y esto se explica no por su simplicidad (lo simple es aburrido) sino por su plasticidad absoluta, su extrañeza técnica, y las infinitas posibilidades creativas que abre al jugador y que culminan espiritualmente cuando se entiende que este juego es un arte de la acción. Sin embargo, el término universal es abusivo, y más aún, intolerante. Y eso se comprueba en cualquier patio de escuela, donde los niños futbolistas (casi todos varones) se dividen en dos bandos: los que aman el fútbol y los que lo detestan.

El fútbol es muchas cosas; antes que nada, un juego. Dispone, por lo tanto, de la relativa universalidad propia de todo juego (se juega al ajedrez o a la bolita en el mundo entero), y también de esa no universalidad que lo acompaña indivisiblemente y que se expresa en la pregunta que se hacen los chiquilines en la calle: “¿querés jugar?”. El famoso abstencionismo, tan practicado por “los maestros ingleses” durante la primera mitad del siglo XX, significaba simplemente que respondían a esa pregunta “no, no queremos”. De esta manera, se colocaban “fuera del juego”, fuera del mundo del juego, pero libremente, porque elegir entre jugar o no es libertad.

China, posible candidato a organizar el Mundial de 2030, no será nunca, o por lo menos no en mucho tiempo, un país de fútbol. Ni la plata ni el Partido pueden dictar la cultura futbolística. Existe un vínculo positivo entre la adquisición de una cultura de fútbol y la libertad, como existe un vínculo positivo entre el desarrollo de una cultura musical, pictórica, literaria, y la libertad. Un territorio en el cual se prepara la instauración de un carné por puntos para distinguir entre buenos y malos ciudadanos, y restarles a estos últimos, en proporción y definitivamente, derechos y posibilidades de vivir, no está en condiciones de jugar al fútbol a un nivel artístico, es decir, a un nivel mundial.

El concepto de “fútbol-arte” apareció en 1924, cuando, sorprendiendo a los especialistas europeos, cuyo modelo seguía siendo el juego dogmático y físico de los profesionales ingleses, llegó a Colombes el espectáculo fino y flexible de los “artistas de Montevideo”. Interesa este punto porque en Francia se descubrió entonces un nuevo arquetipo, y porque intelectuales, técnicos y futbolistas del país que había creado los juegos olímpicos, la FIFA y la Copa del Mundo se esforzaron en generar “una cultura futbolística” a imagen de lo que estaban viendo.

Suele decirse que Francia no es un país de fútbol, que las élites prefieren el rugby y el público carece de pasión. Yo diría más bien que en Francia hay una situación incierta, y que aunque el PSG es un club bastante artificial, Olympique de Marsella no lo es. Diría también que no es casualidad si el ciudadano francés con más logros y cultura futbolística, Zinedine Zidane, nacido en el Mediterráneo, dirige y conduce victoriosamente al club con más historial de todos los tiempos.

En 1905 el fútbol galo se limitaba a la capital, y en 1920, un año después de la fundación de la federación francesa, ya era un pulpo que congregaba a una veintena de ligas regionales (entre las cuales había cinco coloniales, en Argelia, Túnez y Marruecos). En 1923 había selecciones de cada región, de cada nación africana colonizada, y hasta un seleccionado de todas las colonias de África, cuya misión consistía en proveer jugadores hábiles y elásticos al seleccionado nacional francés. En 1924, en Argel, el escritor Albert Camus empezó a jugar al fútbol como golero, y puede decirse que desde ese entonces se planteó uno de los grandes problemas de la “identidad” francesa: la integración de los inmigrantes africanos.

Se reconoce al artista futbolista porque cuando tiene la pelota el encuentro se detiene, se esfuman los pronósticos y se instaura una expectativa general que sólo se resuelve cuando se produce el gesto insólito. De esa raza fueron Héctor Scarone y Luis Cubilla, y más cerca de nosotros, Enzo Francescoli y Álvaro Recoba. El hilo que unió al fútbol uruguayo con el francés en Colombes se perpetuó décadas después con la admiración estética del joven Zinedine por el Príncipe celeste. Zidane tenía 14 años en 1986, cuando Francescoli llegó a Francia, y 17 cuando el uruguayo ingresó al Olympique de Marsella. Ocho años después, el genio franco-argelino ofrecía a los Bleus la Copa del Mundo aplastando 3-0 a Brasil en la final. Se habló entonces del equipo BBB (por black-blanc-beur, o sea “negro-blanco-árabe”), y se vio en él la apertura de la tan esperada solución cultural.

Pese a la contundencia de la victoria mundial francesa, la promesa no cuajó, generándose entonces más frustración que cultura, y en el seno mismo de la federación, una “reacción”. La desestabilización y posterior exclusión de jugadores como Ben Arfa, Nasri y Benzema redujeron la representatividad social de la BBB, amputándola de su componente norteafricano.

Zidane no se limitó a aportarle al equipo de Francia el genio fino e intelectual propio de las grandes individualidades uruguayas. Fue también un cuadro táctico, que en esa materia, como lo expresaron sus entrenadores italianos, “sabe todo”. Y en ese aspecto, puede decirse que infundió a los Bleus lo fundamental del modelo uruguayo, a saber, la capacidad de ejercicio de una dirección futbolística táctica desde dentro mismo de la cancha, en la discusión y evaluación por los cuadros del equipo a lo largo de todo el partido. Así, la experiencia del seleccionado francés de 1998 a 2000 marcó el retorno de nuestra cultura uruguaya por la vía francesa, y eso en cuatro aspectos: el fútbol como cultura integradora, el futbolista como pensador táctico, la dirección táctica contextual por un grupo de cuadros-futbolistas y el barrio como escuela.

El fútbol en el Cono Sur como lenguaje universal

Si desde su introducción a fines del siglo XIX el fútbol se desarrolló con tanta fuerza y tan rápidamente en Uruguay y en Argentina fue porque su lenguaje universal fue una respuesta a un problema mayor de aquellas sociedades, y en particular de las grandes ciudades: el de la integración de la inmigración masiva proveniente de Europa en un solo pueblo. Que Uruguay haya dominado el fútbol rioplatense desde 1916, y consecuentemente el fútbol del mundo, se explica en parte por el hecho de que los seleccionados uruguayos, y el fútbol uruguayo en general, abrieron sus puertas antes y más ampliamente a la inmigración. La Celeste contribuyó así a plantear como opción la unidad, por encima de las clases sociales y las razas. Y más que la música (el tango), la literatura o el carnaval, que mezclaban “aportes”, es decir, “cosas”, en los estadios que consagraban victorias sudamericanas y mundiales, los equipos que actuaban, luchaban y ganaban mezclaban hombres de carne y hueso con nombre y apellido, cara, silueta y color.

Mientras que en América las naciones vacías recibían inmigrantes de Europa y el deporte cumplía una misión unificadora, el proyecto pacificador de Coubertin –crear los Juegos Olímpicos y reemplazar la guerra por el enfrentamiento en las pistas– fracasó. Desde 1916, siguiendo las directivas de los mandos militares, el deporte ingresó en las trincheras para mantener el ánimo de las tropas y guerrear mejor. En 1919, siete meses después del armisticio, los Juegos Interaliados organizados por el mando estadounidense congregaron solamente a los atletas de los países activamente aliados, y en los juegos de Amberes fueron excluidos los vencidos. Al mismo tiempo, la FIFA se halló al borde del suicidio cuando se manejó –y casi se impuso– el proyecto inglés de limitar las afiliaciones a las asociaciones que se negaran a enfrentar a los vencidos.

Es un hecho ampliamente documentado que la solidez de los equipos uruguayos se adquirió en el afán de alcanzar el nivel de su vecino. Pero dentro de la dinámica global del Río de la Plata, cuyo común denominador era la integración del pueblo a partir de oleadas de inmigrantes, la cultura futbolística uruguaya no buscó imitar. El fútbol argentino no se caracterizó por la gambeta, como lo explicaron folclóricamente los periodistas de El Gráfico y el antropólogo Eduardo Archetti. Para empezar, la Albiceleste cuestionó tardíamente y poco el modelo inglés, perpetuando hasta hoy una visión dogmática de lo táctico. Al mismo tiempo, se fue acentuando una idea del poder que le vino de Italia, con la figura del técnico jefe providencial, que desde afuera manda a sus soldados en la posición, el movimiento y hasta en el estado de ánimo.

En Uruguay, en cambio, los equipos nacionales se acostumbraron a funcionar democráticamente. Entrenadores apagados dejaron campo abierto a una flexibilidad táctica propia del fútbol de los barrios, instaurándose un sistema de poder estratégico y psicológico colegiado, desde dentro mismo de la cancha, liderado por jugadores intelectuales, como sucede en la calle.

Ilustración: Ramiro Alonso
Ilustración: Ramiro Alonso

Al modelo argentino, anglo-italiano y militar-industrial, se opuso el Uruguay de tradición rebelde y democracia extrema, de inspiración barrial y pensamiento idealista, anárquico, autogestionario, catalán y loco como el batllismo original. Los resultados obtenidos en el campo de juego afirmaron las opciones de los celestes y acompañaron (¿prefiguraron?) a la perfección los caminos peculiares de la naciente Suiza de América. Ayudó a esta situación la pequeñez, y esto en dos aspectos. El primero, puramente geográfico: en Buenos Aires no había canchas; en Montevideo había campos de sobra y se podía pasar muy fácilmente del pelotazo en una plaza al partido en “cancha grande”. El segundo, en el orden de la geopolítica deportiva. Los potentes adversarios de Uruguay, dirigidos con soberbia, daban sus partidos por ganados; ese mayúsculo error dejaba a Uruguay el monopolio del trabajo intelectual, su especialidad.

El fútbol uruguayo a prueba de la democracia extrema

Una característica que puede parecer erróneamente lateral, y que es radicalmente propia del proceso futbolístico uruguayo, es la denominada “protestabilidad de los partidos”, que se instauró –increíblemente– desde el nacimiento de la asociación uruguaya, en 1900, en un tiempo en que, aparentemente –pero este hecho lleva a ponerlo en duda–, el fútbol uruguayo no estaba aún “acriollado”.

En los libros de historia de nuestro fútbol, la evocación de este tema se aminora o se ignora, y en el mejor de los casos se presenta como un dispositivo abstracto, remoto e impenetrable; esta impresión es acentuada por la completa ausencia de ejemplos concretos sobre cómo se protestaba y cómo se juzgaba. El hecho es que, al término del encuentro, siguiendo un procedimiento establecido en el reglamento de la AUF, los capitanes podían presentar una queja formal, y varios días después las autoridades procedían a interrogar a los testigos, redactándose en consecuencia conclusiones y un fallo con eventuales modificaciones del resultado o disposiciones prácticas para la ejecución de un complemento del juego. El tribunal de apelaciones podía anular un gol, conceder un penal e incluso decidir que se jugaría de nuevo una parte del encuentro. El equipo vencedor del domingo no estaba seguro de seguir siéndolo al promediar la semana siguiente, y los hinchas, enterados de la protesta, no podían festejar. Este sistema insólito se mantuvo hasta la generalización del régimen profesional de jugadores de Primera División, en 1932, y obró, por tanto, como tela de fondo de los tres primeros títulos mundiales.

Debe considerarse en toda su dimensión la fuerza de este dispositivo. Mientras que en Inglaterra, cuna del fútbol, se había impuesto desde 1880 la figura tiránica del juez, cuyas inapelables decisiones conducían a la transformación del jugador en un sujeto privado de discernimiento moral, en Uruguay se optaba por no resignarse a la injusticia, corregir el error, confiar en el diálogo y privilegiar, por sobre la eficiencia patronal de los ingleses, la sólida tranquilidad del convencimiento popular compartido. Lo que importaba era alcanzar la aceptación, y esto era a la vez un anticipo de la política de compromiso y la salvaguarda del sistema de arbitraje barrial.

Uno de aquellos juicios, ocurrido el 16 de junio de 1926, testimonia la solicitación cultural extrema a la que se sometía cualquier partido. Bajo el título “Los bohemios ganaron la protesta contra Central. Un fallo razonable”, la prensa montevideana publicó el parte completo que se envió a Héctor Gómez –entonces presidente del Consejo Provisorio del Fútbol Nacional, que reconciliaba a la AUF de Nacional con la FUF de Peñarol–, firmado por los prestigiosos dirigentes Félix Polleri, León Peyrou y Héctor Gerona. El juicio era respecto del partido del 23 de mayo, ¡disputado más de 20 días antes! Wanderers había “protestado” formalmente el segundo gol de Central, obtenido por tiro penal. Dice el informe:

El capitán de Wanderers manifiesta que en una caída del back de su bando, Deagustini, tocó con las dos manos y que no se sabe si tocó o no la pelota, pero que se puede asegurar que no hubo intención dadas las circunstancias en que estaba el jugador; que el capitán de Central manifiesta que el jugador Deagustini al ver venir la pelota se agachó y la pelota le pegó en las manos, no sabiendo el declarante si hubo o no intención; que el linesman Rodríguez Charlone dice que al caer el jugador Deagustini en el suelo, la pelota le pegó en las manos creyendo que no haya sido intencional; que el linesman Olivarrieta expresa que Deagustini que daba la espalda a su arco al ver que se le hacía el shot se dio vuelta, aunque no enteramente y la pelota le pegó en las manos, no puede decir si el jugador tuvo esa intención o si fue un hecho casual. Considerando: que las cinco declaraciones precedentes y en el caso de racional exclusión de la prestada por el capitán de Wanderers, cuatro de ellas establecen que se trata de un accidente de juego y no de una infracción intencional a que se refiere terminantemente el artículo 17 de las leyes del juego [...]. Considerando que aun con el criterio más restrictivo con respecto a las protestas debe admitirse que las basadas en errores de aplicación de las leyes del juego por parte del juez están en todos los casos justificadas pues a no ser así se arrogaría un perjuicio tan fuera de medida como injusto al bando perjudicado [...] Considerando que es de oportunidad insistir en la divulgación de aquellos preceptos esenciales del desarrollo del fútbol, no solo para instrucción de los referees sino también para conocimiento del público, a objeto que con reclamos inmotivados no perturbe la acción serena de los jueces en el campo de deportes; el Tribunal falla declarando nulo y sin efecto el gol segundo atribuido a Central, quedando por lo tanto el scorer del mencionado encuentro con dos goals para Wanderers y uno para Central.

Curiosamente, el fallo menciona cinco declaraciones y se refiere solamente a cuatro. Explica, por otra parte –a mi entender, abusivamente–, que las declaraciones a considerar “establecen que se trata de un accidente de juego”, cuando en realidad sólo confirman la incapacidad para decir definitivamente si hubo o no intencionalidad. Nótese también la posición neutra del capitán de Central que, evidentemente, facilitó y determinó el juicio del tribunal. Hechas estas observaciones, interesa entender ahora a qué obedecía el dispositivo general. Descartaba la posición del árbitro, reconocía el carácter justo de una apelación en caso de error arbitral, se limitaba a tratar acciones puntuales decisivas y llegaba al fallo final apoyándose en el sentimiento dominante.

A decir verdad, este sistema que, desde el punto de vista de su inscripción histórica, parecía salvar del olvido aquellas reivindicaciones de los puros amateurs ingleses, para quienes el fútbol, como la caza del zorro, debía seguir siendo un pasatiempo (un “sport”), tuvo un solo equivalente: los tribunales futbolísticos de la Makana FA, en la cárcel de Robben Island, en Sudáfrica, de 1966 a 1970, que sirvieron de escuela democrática a una multitud de cuadros políticos del nuevo Estado.

Vimos que el fútbol uruguayo mayor se apoyó (y se apoya todavía hoy) en una relación de continuidad con el fútbol barrial. Y en el fútbol barrial, generalmente sin árbitro o con árbitros improvisados y débiles, las decisiones se tomaban y se siguen tomando por consenso, en base a un concepto de poder judicial que tiene dos características: emana de los jugadores implicados y busca el compromiso.

Ahora bien, si en este aspecto se considera el fútbol a la inglesa, adoptado por la FIFA, desde el punto de vista del desarrollo humano, debe constatarse entonces que se siguió un proceso extraño. En la calle y en el barrio el futbolista señala, discute, argumenta y, en definitiva, arbitra democrática y colectivamente. Pero en el campeonato, el mismo futbolista pierde toda aptitud judicial, y no es escuchado siquiera cuando intenta opinar contra sus propios intereses. De este modo, termina resignándose a la regresión de ser tan sólo jugador, sin voz ni voto, menos que un hombre, menos que un niño. Este proceso tiende, por lo tanto, de la responsabilidad a la mediocridad, y de la cultura a la incultura, y a eso el tribunal de protestas uruguayo se oponía obedeciendo a un principio de progreso: si el fútbol es cultura y si la cultura engrandece, no es posible que en el camino que va de la calle al campeonato el jugador deje de ser un hombre.

Cantidad de técnica y cantidad de táctica

Si debiera resumir el “plus” de la escuela celeste, lo que en definitiva explica las victorias de un pequeño país ante vecinos poderosos, mi respuesta sería el siguiente cálculo. Por un lado están los países grandes, de elevada población, con la enorme ventaja de producir más cantidad de jugadores técnicos y físicos que Uruguay, y de lograr entonces, en estos aspectos, selecciones más fuertes. Supongamos ahora que estos 11 jugadores de estos equipos fuertes se dejan dirigir desde afuera, como sucede generalmente, por un poder táctico concentrado en la figura de un solo individuo, el entrenador, que produce y machaca una sola estrategia, y se las inyecta a los jugadores “desde afuera”, un poco como, según Lenin en ¿Qué hacer?, los bolcheviques debían inyectar la ciencia marxista en el proletariado. Obtendríamos entonces el siguiente resultado: 11 jugadores técnicos y físicos, más un director táctico externo.

La respuesta de Uruguay fue otra: 11 jugadores con una ambición limitada en lo técnico y físico pero con fuerte sentido colectivo, y en compensación, una dirección táctica contextual operando a lo largo de todo el partido, constituida por un grupo de jugadores pensantes asociados a un colaborador externo, el entrenador. Se obtiene de este esquema un resultado matemático diferente, porque la diferencia negativa, punto de partida de los aspectos técnicos y físicos, se equilibra por una diferencia positiva en el plano de la táctica y la psicología. Ya no se trata de aplicar una estrategia soplada desde afuera, sino múltiples opciones variables, continuamente evaluadas por cuatro o cinco cabezas pensantes. Así, la pequeñez cuantitativa técnica se compensa con el engrandecimiento cuantitativo táctico.

Es lo que de manera menos radical expresó Nilo Suburú en 1960 cuando se refirió a la “lentitud reflexiva” del jugador celeste. “Lentitud reflexiva”, “táctica interna contextual” y “fútbol intelectual” son expresiones que designan una misma cosa, cuyas encarnaciones máximas fueron José Nasazzi y Obdulio Varela, y cuya perfecta ilustración fue el Maracanazo. Los cuadros del equipo uruguayo preparaban los encuentros. Ante Brasil, la estrategia era clara y desde el primer tiempo se reveló eficiente: cinco ocasiones de gol para Uruguay (un tiro en el palo), cero para los locales. En el entretiempo, los comentaristas radiales uruguayos designaron claramente el camino, ese camino que los jugadores ya sabían y que en los vestuarios, a pedido de Ghiggia, evaluaron, criticaron y, sobre todo, cincelaron. El gol de Brasil permitió a Obdulio culminar su obra psicológica. Protestó, como en el barrio, y con la imagen de los “japoneses”, redujo la caldera de Maracaná a una canchita. Al reanudar el juego, los uruguayos pasaron a ser mentalmente locatarios. Pudo aplicarse entonces plenamente la táctica ajustada.

¿Y ahora qué?

Alguien podrá objetar que lo que se está afirmando aquí es que Uruguay es un país de cultura futbolística, y que en realidad habría que decir “era”, porque ya no lo es, y que todo lo que se ha dicho aquí se refiere a un pasado lejano, al Uruguay de antes, y que no volverá.

Es cierto que se ha destacado aquí sólo lo positivo, y eso porque es lo positivo lo que genera la cultura y porque la pregunta que se plantea de modo recurrente sigue siendo cómo un país tan chico obtuvo tantos títulos. Pero si se busca ser un poco más completo corresponde decir entonces que en aquel fútbol glorioso del pasado también se hallaban los gérmenes de su decaimiento. Parafraseando a Benedetti, puede decirse que nuestro fútbol, por lo menos de 1930 a 1960, tuvo cola de paja, porque desde los inicios del profesionalismo, cuando se estableció definitivamente el modelo de nuestro campeonato “uruguayo” –cerradamente capitalino–, se engendró el mecanismo que lo condenaría al agotamiento. Ese mecanismo, como lo destacó Franklin Morales en su famoso Fútbol: mito y realidad (1969), fue el monopolio.

Nunca, en ningún otro país, los títulos del campeonato nacional de fútbol fueron monopolizados a ese punto por sólo dos equipos. Entre 1931 y 1976, durante 46 años seguidos, ganaron exclusivamente los grandes. Y esto, evidentemente, choca con la idea central desarrollada anteriormente, la de la democracia deportiva. Así, en el país de espíritu futbolístico más popular del mundo se instaló finalmente el sistema más cerrado. El cisma de la FUF, que prometía abrir el vivero y aportar multitud de clubes nuevos, terminó finalmente en pacto de reparto entre los dos clubes poderosos.

Agréguense a este punto dos colas de paja más. La primera, que la integración del inmigrante está muy bien, pero ya se acabó. Y mientras tanto, los dos tercios de la población uruguaya viven en el interior, excluidos del campeonato. La segunda es que la intelectualización táctica de los vencedores de Maracaná no fue sólo uruguaya: sin el excepcional trabajo de selección, dirección y preparación desplegado previamente y en poco tiempo por el húngaro Emérico Hirsch no se ganaba en Río. Así, por donde se lo mire, la gran cultura del fútbol uruguayo más glorioso contó con el aporte indispensable que le vino de afuera: democracia europea, anhelo de inmigrantes y sabiduría judía.

La cultura futbolística uruguaya no ha muerto, pero está afectada. El monopolio ha vuelto y peor, como guerra futbolística, y el campeonato “uruguayo” es sentido por buena parte del país como una caricatura. Tampoco hay húngaros que se nos acerquen para darnos la inyección. Nadie sabe si este “proceso” positivo de la era Tabárez será un paréntesis, si en las décadas que vienen nos limitaremos a seguir tirando, si iremos para atrás o si reanudaremos con un nuevo impulso nuestra vieja cultura. Pero lo que se sabe sí es que esta última opción supone un programa ambicioso y radical, que supere las colas de paja del pasado. Hace falta un verdadero campeonato uruguayo que nos saque del atraso monopólico y nos integre a nosotros mismos como país, capital e interior. Hace falta un pacto con el mundo, que se nos lleva a los valores y no nos da ni el cambio. Hace falta reanudar la pedagogía y sacar a las hinchadas de la barranca abajo. Hace falta que seamos nuestros propios húngaros y asumamos el esfuerzo de volver a intelectualizar al jugador con enseñanza táctica desde la infancia y una universidad del fútbol. Hace falta, en definitiva, que volvamos a ser cultos, para ser más nosotros y más unidos que nunca.

Ilustraciones: Ramiro Alonso.