Cuadrada, marrón y olorosa. La marihuana que la mayoría consume en el Cono Sur es así. Se estima que el 60% del cannabis fumado en Brasil viene de Paraguay. Acostumbra llegar en panes de un kilo, fraccionados para el consumidor final en ladrillos de cinco a 25 gramos. En Río de Janeiro, uno de los mercados más caros de Brasil, el valor al por menor del gramo de flores (o sea, marihuana bien cuidada y no prensada) varía entre diez y 16 dólares. En cambio, el costo del prensado paraguayo va de un cuarto de dólar a poco más de dos.

En las favelas de Río las drogas se fraccionan en las llamadas dolas y se distinguen por su precio y porque en ellas figura el nombre de la favela, de una facción o eventualmente símbolos y diseños que pueden estar relacionados con el apellido de un traficante o celebrar fechas conmemorativas como la Navidad o los Juegos Olímpicos. En la mayor parte de mi adolescencia esa fue la maconha que fumé, y me intrigaba cómo y por qué era tan diferente de las flores verdes que se retrataban de forma banal en películas y videoclips extranjeros.

No faltan videos y relatos en los que usuarios y cultivadores califican a la marihuana paraguaya como “la peor del mundo”. En general, los paraguayos son buenos agricultores, pero durante la cosecha y hasta el prensado aplican procedimientos imperdonables para cualquier cultivador refinado de marihuana. De la misma manera que existe una forma correcta de cosechar tomates, berenjenas u otro producto agrícola, hay una manera acertada de producir marihuana. Y los paraguayos son los que más la cultivan de América del Sur.

Pedro Juan Caballero, el principio

Mi trabajo de campo comenzó en la localidad paraguaya de Pedro Juan Caballero, de 140.000 habitantes. Ponta Porã, donde viven 88.000 personas, es su ciudad hermana en Brasil: se pasa de un país a otro cruzando una calle. Aquí convergen las principales rutas de entrada de marihuana paraguaya a Brasil, además de todo tipo de contrabando, incluido el de armas.

Dos grupos criminales se disputan el control de estas rutas: el Comando Vermelho (CV) y el Primer Comando de la Capital (PCC). En junio de 2016 el jefazo Jorge Rafaat, paraguayo de origen libanés, fue cazado dentro de su camioneta blindada Hummer en Pedro Juan Caballero. Su cuerpo recibió 16 tiros de una ráfaga que disparó más de 200 proyectiles calibre 50. El arma estaba montada en una pick up Toyota Hilux. La ejecución del asesinato, atribuido al PCC, habría costado un millón de dólares según la policía antidrogas.

Del lado paraguayo de la frontera, entre casinos, puteros y tiendas con productos importados exentos de impuestos encontré a mi contacto: Adriano, un brasileño de 25 años. Su español y su portugués fluyen muy bien y también habla guaraní, la lengua nativa del 80% de la población paraguaya. Adriano es gerente. Hombre de confianza. Pasa la mayor parte del tiempo acampando e intermedia entre campesinos y patrones. También conocí a Gérson, el patrón de Adriano. Brasileño, tiene unos 50 años, es dueño de dos campos de marihuana y su familia siempre cultivó en la región.

Esta pequeña finca de una hectárea es tratada con mucho cariño por Roque, que incluso le puso un nombre cariñoso: “Bucetinha” (conchita). Foto: Matías Maxx.
Esta pequeña finca de una hectárea es tratada con mucho cariño por Roque, que incluso le puso un nombre cariñoso: “Bucetinha” (conchita). Foto: Matías Maxx.

Ellos me presentaron a un paraguayo; Roque es roceiro, responsable de la siembra y la cosecha en una de las plantaciones del patrón. El roceiro coloca las manos y los pies en la tierra y escoge las semillas, los fertilizantes y las técnicas que serán usadas en los cultivos. También dirige a los trabajadores arriados para realizar el trabajo, principalmente en época de cosecha.

Paso una noche en su escondrijo: una casa con muro alto y varios perros de raza. En su interior prácticamente no hay ningún mueble. Apenas se apilan colchones, un sofá y dos televisores: uno para entretenerse, otro para monitorear las cámaras de seguridad. En una esquina, una mesita hace de soporte para la narguile, un platito con un ladrillo de marihuana por la mitad y una cuchilla para quien desee servirse.

Absolutamente todos los traficantes que conocí fuman un caño atrás de otro. Gérson también usa Rivotril “para mantener la calma”, así como otros remedios controlados, bastante difíciles de conseguir en Brasil.

En la casa viven dos hombres encargados de mandar el cannabis a Brasil. Son muy educados y se esfuerzan por ser simpáticos conmigo. Intentan irradiar calma a pesar de andar todo el tiempo con armas en la cintura, incluso dentro de la casa. En la madrugada reciben a sus enamoradas, prostitutas que salen del trabajo. Todos se divierten entre nubes de humo con la narguile.

A la mañana siguiente ayudé a cargar una 4x4 Hilux con alimentos y productos de limpieza. Fuimos rumbo a una de las plantaciones. Las calles brasileñas y paraguayas corren lado a lado, lo único que las diferencia es que del lado brasileño son malas y del paraguayo, pésimas. En el camino cruzamos la frontera varias veces buscando eludir los puestos policiales.

En un momento nos paró una redada paraguaya. El policía se aproximó al vehículo sin abrir la boca. Gérson, al volante, abrió la guantera. De un fajo de dinero sacó cuatro billetes de 100.000 guaraníes (en total, cerca de 70 dólares), un billete por cada pasajero. El policía liberó el camino, siempre sin decir palabra. Según mis acompañantes la Policía brasileña no actúa muy distinto, excepto por el Departamento de Operaciones de Frontera de Mato Grosso del Sur.

-Con ellos no hay juego: es cárcel o cajón.

Era época de lluvias y buena parte de la calle estaba inundada o embarrada. Había vehículos atascados en el camino. El viaje hubiera sido imposible sin una pick up decente. El sueño consumista en este negocio es ostentar una pick up divertida, todo un símbolo contaminante en las ciudades grandes y una herramienta de trabajo en las regiones rurales; dónde se produce marihuana no es diferente.

Semillas de cannabis. Foto: Matías Maxx.
Semillas de cannabis. Foto: Matías Maxx.

Antes de llegar a la base de operaciones de Gérson pasamos con los vidrios cerrados por una pequeña ciudad de menos de 1.000 habitantes; no podíamos correr el riesgo de que nos vieran. Del puñado de brasileños que participaban en la operación de Gérson, dos iban a esa ciudad buscando abastecerse, sobre todo de gasolina; a los demás no nos podían ver.

La base de Gérson —o hacienda, como la llamamos— está en una casa que queda dentro de una propiedad rural. Una cocina amplia, un par de cuartos, muchas cuchetas. Su mayor lujo es una ducha de agua caliente, una televisión de 50 pulgadas, un PlayStation 4 —con el FIFA y el GTA V— y una antena parabólica que sintoniza casi todos los canales latinos del mundo. Adriano explica que es la primera vez que disfruta cierto confort tras cinco años en el negocio. Normalmente, acampa en las plantaciones.

Conocí a tres brasileños más: uno de ellos, muy joven y responsable de las tareas domésticas. Los otros dos eran tipos más duros, con contactos en la otra punta del negocio.

Un estado paralelo

En dos semanas de convivencia, yendo y volviendo a la finca y las plantaciones, comprendo que estamos en una zona de exclusión, un estado paralelo, distante de las jurisdicciones policiales. A diferencia de la frontera, aquí las disputas entre grupos casi no existen y las operaciones policiales son anunciadas y negociadas. Nadie quiere hacer mucho barullo o llamar la atención. Dicen que con el fin de complicar las operaciones policiales, algunos políticos reciben dinero para retrasar el avance de la pavimentación de los caminos que conectan las regiones remotas con las rutas principales.

Una de las dos mujeres del campamento se dedica a cuidar la marihuana embolsada además de a su niño. Foto: Matías Maxx.
Una de las dos mujeres del campamento se dedica a cuidar la marihuana embolsada además de a su niño. Foto: Matías Maxx.

Adriano, Gérson y los demás brasileños andan armados constantemente con pistolas Glock que brillan de nuevas. Están prontos para tirar si llega la Policía o para defenderse de animales salvajes, en especial del yaguareté. En los campamentos, en cambio, los peones y cultivadores apenas tienen alguna escopeta calibre 22 oxidada. El arma en la cintura es una señal, un símbolo de estatus social que los separa de los campesinos paraguayos.

Una de las noches que pasé en la hacienda fui con Roque, Adriano y los otros brasileños, cada uno con un porro en la boca, a ver pelis norteamericanas de acción. Marcelo, carioca responsable de la seguridad de la casa, es quien más comenta el film. Habla durante todas las escenas en que un sujeto apunta a otro con su arma. Se exalta.

-¡La puta que lo parió! Qué burro del carajo. Tirale en la cara. Así vas a perder la pistola.

El personaje pierde su revólver.

-¿Viste? ¿No te dije? Es un burro del carajo. Tendría que haber tirado antes.

Sin dudas.

Marcelo nació y fue criado en una de las favelas más violentas de Río de Janeiro. Luego de su segunda prisión por tráfico, consiguió una salida transitoria por Navidad y aceleró su huida rumbo a Paraguay. Su posición influyente le permite disponer de un cuarto propio y de la posibilidad, de vez en cuando, de mandar a buscar a su esposa o su amante para que pase unas semanas con él.

Una noche, cuando todo el mundo dormía, llegó la noticia de que un cargamento de una tonelada despachado por este grupo había llegado a San Pablo. Gérson colocó el cargador de 32 municiones en su pistola automática y las disparó todas en una ráfaga que duró menos de tres segundos. El barullo arrancó a todos de la cama.

Al manipular las plantas, los dedos de los jornaleros se llenan de resina, con la que hacen el hachís conocido como “charasguaio”, que ellos mismos venden o cambian por aguardiente. Foto: Matías Maxx.
Al manipular las plantas, los dedos de los jornaleros se llenan de resina, con la que hacen el hachís conocido como “charasguaio”, que ellos mismos venden o cambian por aguardiente. Foto: Matías Maxx.

En seguida ordenó que mataran un cebú. Roque lo carneó e inmediatamente tiró en la parrilla la tapa del cuadril, la picanha. Separó las costillas y colocó las carnes nobles en el congelador. También separó huesos y restos para los peones del cultivo.

-Hacen ensopado con los huesos y nos agradecen como si fuéramos héroes -dice Adriano.

El clima dentro de la casa es prácticamente familiar, bien distinto al talante de los jefes en el cultivo, que son mucho más agresivos y autoritarios. En la finca todos despiertan temprano, toman café y se dividen las tareas domésticas. Luego, Adriano sale a visitar los dos campamentos del patrón.

Llegué a estar cuatro noches acampando en una de las plantaciones, acompañando el proceso de cosecha y prensado. En mi segundo día de visita, unos informantes de Gérson lo llamaron para avisar que la Secretaría Nacional Antidrogas realizaría una operación en la zona de sus campamentos. Inmediatamente volvimos a la hacienda. Mientras, los peones desmontaron y escondieron la prensa y las bolsas de 30 kilos de marihuana seca.

Al día siguiente jugamos GTA hasta que Adriano me llevó a caminar a un rancho que queda dentro de la hacienda. El paseo duró toda la tarde. Cuando volvíamos noté que había un visitante.

Cabañas es un señor paraguayo de aproximadamente 70 años, que viste un sombrero de vaquero y lleva una pistola en su canana (los brasileños colocan el arma dentro del pantalón o la bermuda). Es jefe regional: tiene varias propiedades rurales y hace de intermediario entre los dueños de los cultivos y el gobierno paraguayo, o eso dice.

El hombre presentó la propuesta a la Policía para cancelar la operación. Diez millones de guaraníes (1.700 dólares por patrón). Gérson explica que siempre es lo mismo durante la cosecha: amenazan con invadir sólo para llevarse más coima que la habitual. Sin disgusto ni disimulo, en este negocio todo el mundo admite que alimenta una red de “propinas” que termina en lo más alto de la política paraguaya.

De campamento en campamento

Visité los dos lugares en los que Gérson tiene cultivos de cinco hectáreas, uno a 40 minutos de distancia, el otro a una hora. Cruzamos caminos estrechos y enlodados sobre motocicletas, en los que era imposible no caer, evitar atascarse o que se saliera la cadena de la moto.

Le pregunté a Adriano por qué, si aprecian tanto sus pick ups, no compran motos adecuadas para estos caminos. Ocurre que las motos, igual que las camionetas, deben ser las mismas que usa la población, para no llamar la atención. Las camionetas 4x4 son comunes, pero las motos enduro no. Todo el tiempo nos cruzábamos con ciclomotores peores que los nuestros cuyos conductores llevaban personas, motosierras, escopetas, bolsas con alimentos o todo eso al mismo tiempo.

El primer campamento que visité estaba regenteado por Gatito, un paraguayo de 20 años por primera vez a cargo de una plantación.

Cada una de estas bolas de hachís “charasguaio” cuesta cerca de seis dólares. Foto: Matías Maxx.
Cada una de estas bolas de hachís “charasguaio” cuesta cerca de seis dólares. Foto: Matías Maxx.

Durante los primeros cuatro meses de crecimiento, los cultivos son cuidados por el roceiro y algunas personas de su confianza, entre dos y cuatro, generalmente parientes. Cuando llega la cosecha reclutan a diez peones que acampan durante más o menos un mes. Trabajan en diferentes procesos: cosecha, secado, cernido, quita de hojas y tallos, prensado. Por su trabajo reciben 70.000 guaraníes al día (unos 12 dólares). La prensa es un trabajo reservado para hombres de confianza, a los que les pagan 10.000 guaraníes por hora, es decir casi dos dólares. Estos valores y el precio del kilo se fijan entre los patrones para evitar competencia.

Yo esperaba que un campo de marihuana fuera desordenado, pero no paré de sorprenderme. El lugar es una pequeña comunidad de unas 70 personas, repartidas en cinco campamentos. Cada uno tiene un patrón y entre cinco y diez hectáreas para cultivar, que están delimitadas por cercas de troncos o barreras de bosque nativo sin desmalezar. Después de machetear la base, los peones secan y amontonan plantas en el piso, unas encima de las otras, y las cubren con una lona. Los campamentos donde roceiros y peones pasan sus días están al lado de las plantaciones, entre la fachada del monte achaparrado.

Troncos, tocos, lonas, alambre e hilo levantan las carpas. Poroto, arroz, charque, aceite, sal, azúcar, leche y un pancito redondo -llamado coquito- son algunos de los alimentos que proveen los patrones.

El agua llega de pozos y cañadas. Está caliente, turbia y amarronada. Generalmente se bebe tereré, el mate helado paraguayo, pero en los campamentos no hay hielo y el agua está a temperatura ambiente. Entre las tiendas está muy sucio, en el piso hay botellas plásticas de vino barato y Fortín, un aguardiente local.

La “zaranda” es utilizada para separar las hojas de las flores, pero arruina muchos tricomas y cannabinoides. Foto: Matías Maxx.
La “zaranda” es utilizada para separar las hojas de las flores, pero arruina muchos tricomas y cannabinoides. Foto: Matías Maxx.

Pomberos y propinas

Entre los campesinos y patroncitos vi apenas dos mujeres. Ambas bien jóvenes. Una trabaja en la zaranda seleccionando semillas, otra cuidando a una criatura de unos diez años debajo de una carpa con media tonelada de marihuana para embalar.

En el campamento la jornada de trabajo es de sol a sol. La prensa funciona sin parar, iluminada por un generador eléctrico a gasolina. Tuve la oportunidad de acompañar un prensado, bajo los efectos de la cachaça, la cumbia y el reguetón. En apenas tres horas un grupo de seis personas prensó y embaló 300 ladrillos, cada uno de un kilo.

Nunca estuve solo en el campamento; Adriano me acompañaba en cada movimiento. Usábamos borceguíes y pantalones con camuflaje militar, incluso con el calor infernal, para andar por el monte, recorrer el campamento y oler las plantas. Lucíamos muy diferente de los peones, que usaban bermudas y chinelas o jeans y botitas cortas.

Con mi uniforme era difícil acercarme a los trabajadores paraguayos. Pensaban que era un traficante y me trataban con respeto, pero no me daban entrada para conversar. Los agricultores en su mayoría no fuman, pero beben mucho. Así me acerqué a ellos. Eran las once de la noche y asábamos una costilla en las brasas cuando escuchamos una discusión en el campamento vecino.

-Yo te di más dinero. El último trago es mío.

-Pero yo fui a buscarlo —retruca otro.

Romero, un hombre cincuentón, vino del campamento vecino a pedir prestada una moto para buscar más Fortín en la tiendita más cercana. Viendo la oportunidad, le presenté al hombre dos botellas de mi stock personal y lo invité a sentarse con nosotros.

Adriano preguntó por la chica que habíamos visto en la zaranda. Alguien dijo que era la hija de uno de los peones más viejos del campamento. Romero es una central de chismes. Contó que había discutido con un peón que bebió más de la cuenta y quiso violar a uno de los más jóvenes.

—Me parece que es un lobisón —dijo.

Romero mira hacia su campamento mientras Gatito asegura que los lobisones existen, igual que el Pombero, un ser mitológico, protector del bosque, pero también una amenaza para la gente más desvalida, que roba tragos y cigarros y ataca a las mujeres solas y también a los varones.

Al día siguiente me presentaron al único peón brasileño. Julio César es un hippie de la frontera, uno de los peones maconheiros que siempre lleva un canuto prendido en la boca. Un paraguayo sacó del bolsillo de su camisa una bola de hachís de unos 20 gramos y me la ofreció a un precio equivalente a seis dólares. Los patrones permiten que los peones vendan por fuera el hachís que sale de sus manos; después de manipular durante horas las flores de la marihuana, sus dedos quedan llenos de resina. Julio me dijo que el destino de aquel dinero era fijo: un prostíbulo en la ciudad más próxima.

-Tiene apenas tres putas. Las mismas de hace 20 años.

Bloques de cinco kilos de marihuana son prensados por segunda vez, antes de ser cortados en ladrillos de un kilo. Foto: Matías Maxx.
Bloques de cinco kilos de marihuana son prensados por segunda vez, antes de ser cortados en ladrillos de un kilo. Foto: Matías Maxx.

Un campamento perfumado

Más escondido, el campamento de Roque tiene un clima muy diferente al de Gatito. Los peones parecen más experientes y todo está mucho más organizado. Conocí a Roque en la ciudad. Su última cosecha fue muy buena. De la tonelada que Gérson mandó a San Pablo, por la que pegó los 32 tiros al cielo, 700 kilos eran de la finca de Roque. El patrón estaba contento con él.

Roque tiene 25 años y comenzó a plantar a los 17, cuando terminó el segundo grado. Por ser menor de edad, no conseguía trabajo; la solución fue cerrar un trato con sus hermanos de sangre más viejos, que habían trabajado en la cosecha de marihuana. Después de cuatro años cultivando y moviendo le agarró la mano y el codo al negocio y comenzó a cuidar sus propias plantas, financiadas por Gérson.

Roque, el roceiro, se lleva la mitad del lucro de la marihuana, descontando las inversiones del patrón. En caso de que les incauten los ladrillos en los caminos ambos se hacen cargo de los gastos y los sobornos. Roque dice que tras su tercera cosecha consiguió la plata para montar un negocio para su familia: un almacén de productos para surtir los campamentos, uno de los emprendimientos legítimos más prósperos de la región.

Su próxima cosecha tendrá un destino diferente. Al fondo del campo hay dos hectáreas más con plantas saludables en preflora. Roque las cuida con mucho cariño. Bautizó al campamento “Bucetinha” (‘conchita’) porque gastará su ganancia en mujeres.

Estamos a horas de viaje a pie de la villa más cercana, que tiene menos de 1.000 habitantes. Estamos muy lejos de cualquier ciudad. La mayor parte de la población del campamento son trabajadores rurales temporales traídos casi a la fuerza, en algo cercano a un régimen de semiesclavitud.

Los costos económicos de mantener un campamento no son altos. Las coimas sí. Se queja Roque:

-Es cada vez más difícil trabajar sin patrón. La Policía está pidiendo cada vez más dinero.

Durante seis meses, Gérson invirtió 8.200 dólares y cosechó seis toneladas de marihuana, que al final del proceso de secado serán cuatro toneladas y media de prensado. Considerando que el kilo en la frontera cuesta ocho dólares y 180 en el sudeste brasileño, el negocio es extremadamente lucrativo y seductor, incluso con los gastos en propinas, transporte y salarios.

Prácticamente no hay mujeres -o niños- en el campamento. Aunque ellas no existan en sus corazones ni en sus braguetas, una operadora local alumbra los teléfonos móviles de peones y patrones en la noche; están conectados, por teléfono, todo lo que parece interesarles, está afuera. Los campesinos muestran y envían fotos de chicas desnudas. También mandan imágenes de plantaciones que eventualmente pasan por las redes sociales, se quedan en Youtube o terminan en la prensa.

La mayor parte del capital generado por el prensado es para los intermediarios. En las puntas del negocio, el cultivo y la venta al menudeo, el capital se pulveriza entre pequeños grupos e individuos. Si el dinero de la marihuana alimenta a familias enteras y mantiene microciudades funcionando en el interior de Paraguay, no es suficiente para sacar de la miseria a esas personas.

Los otros actores de este negocio tampoco parecen gozar de mucha riqueza. Los gerentes y roceiros que conocí tienen pocas posesiones, apenas una moto y algunas ropas de marca. Viven una rutina de trabajo intensa, los aqueja la paranoia y cohabitan con la certeza de ser sustituibles en este negocio.

Aun los patrones, supuestamente millonarios, pasan la mayor parte del año acompañando plantaciones y esperando o despachando fletes desde modestas propiedades rurales en la región del cultivo. También en tensos escondrijos de Pedro Juan Caballero, dopados con medicamentos de prescripción psiquiátrica, ostentando apenas una Hilux tras vidrios oscuros siempre cerrados, siempre a alta velocidad. ¿Alcanza para compensar? Para algunas pocas personas sí, pero para las puntas, para los que trabajan en los extremos de esta industria, no parece un buen negocio.

Las palabras no pueden describir el increíble olor que tiene este bosque cannábico. Foto: Matías Maxx.
Las palabras no pueden describir el increíble olor que tiene este bosque cannábico. Foto: Matías Maxx.

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