Foto: Pablo Vignali

La gracia de los metales

Nacido en Estados Unidos, Benjamin Browne pasó a ser trompetista en las dos orquestas clásicas más importantes de Uruguay.

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Fue como una discusión de cualquier hogar, cuando el adolescente se rebela y le lleva la contra a su madre. Ella tiene una preocupación estética: no le gustan los dientes torcidos de su hijo y cree que la solución pasa por la ortodoncia. “Me negué”, recuerda Benjamin Browne, aquel adolescente que hoy tiene 40 años y es trompeta solista de la Orquesta Sinfónica del SODRE (OSSODRE). “Si hubier...
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Fue como una discusión de cualquier hogar, cuando el adolescente se rebela y le lleva la contra a su madre. Ella tiene una preocupación estética: no le gustan los dientes torcidos de su hijo y cree que la solución pasa por la ortodoncia.

“Me negué”, recuerda Benjamin Browne, aquel adolescente que hoy tiene 40 años y es trompeta solista de la Orquesta Sinfónica del SODRE (OSSODRE). “Si hubiera usado aparatos, habría pasado un buen tiempo sin poder tocar y atrasándome años, porque tocar un instrumento es un desarrollo de décadas. Así que me negué porque me iba a cambiar la boca y a destruir mi futuro con la trompeta”, asegura, mientras enfatiza la respuesta bajando el brazo derecho al estilo Karate Kid.

La primera vez que llegó a Montevideo fue a un dentista que tuvo las mismas intenciones que su madre. El hombre de guardapolvo blanco le dijo que tenía todos los dientes torcidos, que con un tiempito de ortodoncia quedaría con una sonrisa de aviso publicitario. La propuesta volvió a ser rechazada pero hubo más: “Le dije que me hiciera una copia exacta de mis dientes y él no entendía por qué. Entonces le expliqué que así me funcionaba para tocar y que si algún día llegaba a tener un accidente, con el molde podrían reconstruírmelos exactamente igual que antes. Era como tener un seguro”, explica, con el tono de quien dice la más obvia de las obviedades.

Su paquete genético traía incluida la música, con una abuela que tocaba un órgano de dos teclados y su madre que era pianista y cantaba. A ellas se sumó el hermano mayor de Browne, que empezó a tocar el corno cuando entró en quinto de escuela. Benjamin, cuatro años menor, quiso imitarlo y le pidió a su madre un saxofón. Ella prefirió regalarle una corneta. “No sé qué tenía contra el saxo, algo contra el jazz o simplemente no le gustaba. No le pregunté, pero capaz algún saxofonista la dejó mal”, cuenta, y remata su especulación con una carcajada. Aquella corneta usada marca Conn costó 70 dólares y se conserva en el hogar materno, aunque no está en las mejores condiciones: sirvió de arma de guerra en varias peleas entre hermanos.

Con aquel instrumento comenzó a desarrollar su potencial y a los 16 años ya era primera trompeta de la Orquesta Juvenil del Estado de Wisconsin, y su currículum acumulaba becas y premios. Luego se recibió de licenciado en Música por la Universidad de Wisconsin-Milwaukee. El maestro Federico García Vigil y Álvaro Méndez lo invitaron a tocar con la Filarmónica de Montevideo en 2001. Dos años después concursó en el SODRE y quedó como solista suplente, hasta que el titular decidió jubilarse en 2004, lo que lo transformó a él en solista interino. En 2006, y tras concursar por el cargo, Benjamin Browne pasó a ser trompeta solista titular.

Tal vez fueron el rock y el jazz los géneros que extendieron la idea de que un solista debe aprovechar su momento del espectáculo para dar libertad absoluta a su creatividad. En una orquesta eso no es posible. “Trabajamos con más limitaciones rítmicas, de sonido. Es un repertorio que se ha venido interpretando en muchos casos desde hace más de 200 años. Hay una tradición brutal de cómo se tocan las obras y es muy difícil reinventar la rueda. En una orquesta sinfónica sé que si estoy tocando un solo tengo que hacerlo de determinada manera que funcione con los otros integrantes, no puedo irme del ritmo que están haciendo todos los demás”.

Miles Davis, uno de los trompetistas más populares de la historia, declaró alguna vez que lo más difícil con ese instrumento es lograr el sonido propio. Aseguraba conocer cientos de músicos que tocaban muy bien las notas pero que aun así no lo lograban. Desarrollar esa identidad tocando partituras escritas hace dos siglos parece una quimera. “Es más fácil en el jazz, porque uno tiene libertad de improvisación. Los artistas copian los solos de otros, van estudiando la progresión armónica de las obras y a través de palabras ajenas encuentran su propio lenguaje. Es como el idioma que hablamos. Hay una cantidad determinada de palabras en el español pero ¿qué te hace a vos único y especial y no parecido a todas las otras personas que lo hablan? En la música clásica es sobre todo sonido. El color y el sonido, con profundidad, colores, con brillo, con todo. Creo que por eso a muchos de nosotros nos gusta la música de cámara, porque tenemos más libertad para expresarnos que dentro de la orquesta”.

Es fácil suponer que en su país contaría con una gran infraestructura para desarrollar su arte, que incluso tendría la posibilidad de formar parte de elencos de prestigio mundial. Frente a ese escenario potencial, venir a un país pequeño y periférico no parece muy prometedor. Browne discrepa con esa lectura. Considera al SODRE como una suerte de prócer sudamericano: “Todos los famosos primero venían a Montevideo. Stravinsky, Toscanini, ellos vinieron acá antes que a Buenos Aires. Eso generó una tradición que no tienen otras orquestas de este continente. Este es un lugar privilegiado. Los músicos uruguayos que salían al exterior decían ‘vengo del SODRE’ y el que los escuchaba hacía ‘uhh’. Eran realmente respetados. Howard Mitchell fue director acá antes que en Washington DC, y de regreso llenó de nombres uruguayos el Kennedy Center. Al día de hoy ellos siguen tocando con partituras nuestras. Digo ‘nuestras’ porque llevo 18 años acá, y llegué con 21. En poco tiempo tengo la misma cantidad de vida en Uruguay que en Estados Unidos”.

Cuatro años le llevó a Browne dominar el español y lograr transmitir lo que quería de manera que lo entendieran bien. Lo primero que aprendió fueron los términos musicales, que no eran tantos: en todo el mundo las orquestas tienen una base de palabras en común que vienen del italiano. Además, los gestos en estas formaciones son universales. Lo más difícil fue hacer entender que su nombre no es de pronunciación aguda: “La gente que me conoce me llama Ben, porque se los pido. Es una costumbre de Estados Unidos hacer los nombres más cortos. Los que no me conocen me llaman Benjamín, hasta alguno me llama Benja, que no sé por qué pero no lo soporto”, asegura entre risas.

El humor es su compañero a tiempo completo. Cuando dice algo gracioso se ríe como buscando contagiar, y parece disfrutar cuando confirma que la broma tuvo efecto. Sus risas pueden compararse a una interpretación musical: arrancan explosivas, arremeten con potencia, en el clímax llenan el espacio sonoro y se interrumpen abruptas, como si el compás hubiera terminado. Si pudieran cronometrarse, es posible que muchas veces tengan exactamente la misma duración. Como fragmentos musicales de compases iguales.

A la hora de ejecutar los metales se requiere un apronte físico distinto al del resto de los instrumentos. Hay que tener aire suficiente en los pulmones y preparar la embocadura (la posición de los labios para apoyar el instrumento sobre ellos) antes de empezar a sonar. El paso siguiente es entrar en el momento exacto. “Para eso a veces te guiás por un gesto del maestro y a veces por lo que viene tocando otra fila. Claro que si está pasando algo raro con la orquesta y el maestro quiere algo específico para rectificar, hay que ir con él”, asegura, y su mano derecha vuelve a bajar firme y veloz. “Si un solista se va de mambo y se necesita que estemos todos juntos de vuelta baja la batuta de golpe y ¿quién suena más fuerte? Los metales”, dice, y se ríe con entusiasmo.

Browne vuelve a reírse cuando habla sobre la boquilla de la trompeta: “Si la cuidás dura toda la vida. No se puede caer al piso, se lustra y se lava no sólo por fuera sino por dentro para que lo que uno almorzó en esa media hora libre que tenemos los músicos entre los ensayos de la Filarmónica y el SODRE no quede dentro”, dice, y pasa al humor visual: lleva un puño cerrado hacia su boca como si fuera la boquilla, sopla, mira con asco y con la otra mano se saca un resto de la boca y lo tira al piso, para rematar la situación con otra carcajada.

Luego explica que la dieta es otro tema. Que por sentido común no va a un asado a las tres de la tarde a comerse media vaca y tomarse una botella de vino si tiene que tocar a las seis y media, que es el horario habitual de la OSSODRE. La solución ideal la encontró con una buena merienda exactamente a la hora del té.

Al formar parte de la Orquesta del SODRE y de la Filarmónica de Montevideo, la carga horaria de los ensayos es importante: son dos tandas diarias de tres horas de lunes a viernes. A eso hay que sumarle horas de estudio por fuera de las formaciones. Tantas horas de contacto con el instrumento implican una gran exigencia para los labios. “Por eso es fundamental el tipo de boquilla que uno usa. Es como un basquetbolista, que tiene que usar el calzado apropiado. Tenés que saber qué queda cómodo con tu tamaño de labios, cómo vibrás y qué necesitás en ese apoyo en la boquilla”.

Los labios están formados por varios músculos muy pequeños. La dependencia de los trompetistas de estos músculos los obliga a tener cuidados físicos al estilo de los deportistas: en ambas profesiones un desgarro puede significar meses de inactividad. Ahí es momento de antiinflamatorios y tratamientos con frío y calor. Los artistas que tocan metales deben usar protector labial en invierno por el frío y en verano por el sol, deben estar bien hidratados constantemente, y después de un ensayo largo, lo ideal es que hagan ejercicios de estiramiento.

—¿Está bien decir que la trompeta se besa en lugar de que se ejecuta?

—Creo que es mejor decir que los trompetistas somos buenos besadores —dice, y vuelve a largar la carcajada.

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