La edad en la que las mujeres tienen su primer hijo depende de su lugar en la estratificación social, especialmente de su nivel educativo. En el Cono Sur, la brecha entre la maternidad adolescente y la maternidad tardía es tan grande que se habla de bimodalidad o polarización reproductiva, un fenómeno asociado a la desigualdad social.1

La postergación de la fecundidad es una característica dominante de las sociedades posindustriales. Hay varios factores detrás del fenómeno: la introducción de métodos anticonceptivos fiables, el aumento de la participación de las mujeres en el sistema educativo y el mercado de trabajo, la mayor inestabilidad de las uniones y el aumento de la cohabitación no matrimonial, la creciente importancia de los ideales de autonomía individual, realización personal y equidad de género, y el aumento de la incertidumbre económica que enfrentan los jóvenes en los procesos de inserción laboral y de salida del hogar familiar.

Foto: Deborah Elenter
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Esa postergación debe ser interpretada, según algunos investigadores, como una transición hacia un nuevo régimen demográfico en que el inicio de la maternidad se estabilizará a edades avanzadas de la vida reproductiva. En el desarrollo de esta transición, señalan, desempeña un papel central el efecto de “difusión” de la conducta de aquellas mujeres que son pioneras en aplazar el nacimiento de su primer hijo, y directa o indirectamente alientan al resto a seguir dicho comportamiento.

En el Cono Sur este fenómeno no se produce de forma uniforme, pues está entrelazado con el de la polarización de la edad a la hora de tener el primer hijo, un régimen de fecundidad que se asemeja más al comportamiento de dos subpoblaciones que coexisten que al de una población que se comporta en torno a una única tendencia principal. Así, la edad media al tener al primer hijo, la principal herramienta para observar el cambio en el calendario de la transición a la maternidad, se vuelve menos informativa, debido a que la edad de comienzo de la maternidad no sigue una distribución normal desde el punto de vista estadístico sino una de tipo bimodal.

Foto: Deborah Elenter
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La identidad demográfica del Cono Sur

Para empezar, un poco de historia. Los países del Cono Sur tienen una trayectoria demográfica distinta que la del resto de los países del continente. Sobre todo porque Argentina y Uruguay iniciaron el cambio de altas tasas de natalidad y mortalidad a bajas tasas de ambas —un fenómeno conocido como transición demográfica— entre fines del siglo XIX e inicios del XX; en Chile el proceso fue más tardío, pero anterior al del grueso de los países de América del Sur. Por ese motivo, Argentina, Uruguay y Chile tienen poblaciones especialmente envejecidas para el contexto regional.

En la década de 1950 el promedio latinoamericano de la tasa global de fecundidad (la cantidad media de hijos que una mujer tiene a lo largo de su vida) se situaba en torno a seis hijos, mientras que en el Cono Sur este valor no superaba los cuatro, y la fecundidad uruguaya ya estaba cercana a tres hijos por mujer. Luego, el descenso precipitado desde el tramo final del siglo XX condujo a los tres países a valores que en la década de 2010 se situaron en torno a la tasa de reemplazo (2,1 hijos por mujer), con un ordenamiento que dejaba a Chile con la fecundidad más baja (1,8), seguido por Uruguay (1,9)2 y Argentina (2,3).

Gráfico 1. Tasa global de fecundidad de Argentina, Chile, Uruguay y América Latina y el Caribe Gráfico 1

Más allá de sus diferencias históricas, culturales y sociales, Argentina, Chile y Uruguay comparten varios rasgos. Entre los más notorios está la menor presencia de población indígena y afrodescendiente en relación a los países del resto del continente; los tres países son producto de procesos de mestizaje entre la población nativa e inmigrante, pero desde el punto de vista étnico-racial son más homogéneos que los países de otras regiones del continente (como la andina, con su fuerte componente indígena, y Brasil, donde los afrodescendientes son cerca de la mitad de la población). El temprano desarrollo de los sistemas de protección social y la expansión del sistema educativo contribuyeron también a distinguir al Cono Sur del promedio latinoamericano. La impronta de la Iglesia católica fue importante en la matriz cultural chilena y argentina, mientras que Uruguay se caracterizó por su precoz vocación secular, aunque en la actualidad en los tres países están en marcha, o han sido laudados positivamente, procesos de liberalización de la legislación sobre matrimonios entre personas del mismo sexo, el reconocimiento de uniones consensuales y la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo.

Foto: Deborah Elenter
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En el tema que nos ocupa, los tres países comenzaron a mostrar, desde los años 70, evidentes síntomas de cambio en los comportamientos familiares: aumento de la cohabitación (especialmente entre los jóvenes y crecientemente entre los sectores más educados) y de la fecundidad extramatrimonial, caída de la tasa de nupcialidad y aumento de los divorcios y las separaciones. Estos cambios pueden explicarse tanto por la mayor tasa de participación femenina en el mercado de trabajo como por las transformaciones culturales que llevaron a las nuevas generaciones hacia una mayor valoración de la autonomía personal y una mayor equidad de género, aspectos en los que lo material y cultural están intrínsecamente entrelazados. Por cierto, varios países latinoamericanos experimentaron transformaciones de la misma índole, pero en el Cono Sur fueron precoces y acompasadas en el tiempo, alcanzando una cierta identidad demográfica en la primera década del siglo XXI.

Los tres países del Cono Sur tienen además indicadores socioeconómicos sustantivamente mejores que el promedio latinoamericano, aunque Chile ha sido junto con Brasil uno de los países con mayores niveles de desigualdad de la región. Por caso, las últimas noticias indican una reducción muy importante de los niveles de pobreza, que alcanzaron valores mínimos en Uruguay y Chile, así como una disminución de la desigualdad.

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El comienzo de la paradoja latinoamericana

En América Latina —con excepciones como Argentina y Uruguay— la fecundidad se mantuvo alta hasta principios de la década de 1960, cuando comenzó a caer rápidamente, al menos en la mayor parte de la región. Desde entonces, la tasa global de fecundidad latinoamericana disminuyó de 5,6 hijos por mujer en 1960-1965 a 2,1 hijos por mujer en 2010-2015, con algunos países llegando a niveles inferiores a dos hijos por mujer.

Ese arribo a niveles bajos de fecundidad sugiere que la región está experimentando un cambio comparable con las experiencias anteriores de disminución de la fecundidad sucedidos en Europa, Asia Oriental y América del Norte. Sin embargo, las similitudes en los niveles de fecundidad pueden ocultar persistentes contrastes en el calendario de la fecundidad y en los patrones más generales de la construcción de familias. Más concretamente, en la mayoría de los países de Europa y de Asia Oriental la caída de la fecundidad fue acompañada de un rápido cambio hacia la formación familiar tardía y de un fuerte descenso de la maternidad temprana. En contraste, en América Latina parece ocurrir que las rápidas disminuciones de la fecundidad aún no han sido acompañadas por un retraso sostenido y uniforme de la edad a la hora de tener el primer hijo.

Foto: Deborah Elenter
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Bozon, Gayet y Barrientos le pusieron nombre a esta combinación de descenso rápido de la fecundidad y persistencia de elevadas tasas de fecundidad adolescente: la llamaron “paradoja latinoamericana” (en “A life course approach to patterns and trends in modern Latin American sexual behavior”, un artículo publicado en 2009). Así, en países con bajos niveles de fecundidad, como son hoy Chile y Uruguay, la marcada disminución de la fecundidad durante los primeros 15 años del siglo XXI se debe casi exclusivamente al descenso de los nacimientos de mujeres veinteañeras, y no al descenso de la fecundidad adolescente, que aumentó durante la década de 1990.

De hecho, aunque el Cono Sur comparte rasgos identitarios y se distingue del promedio latinoamericano por su perfil demográfico y socioeconómico, dos características centrales de su comportamiento reproductivo son “muy latinoamericanas”:

a. La existencia de fuertes disparidades en el territorio y entre sectores sociales; en los tres países la fecundidad es sustantivamente más baja en las capitales y las ciudades metropolitanas, y en todas partes las mujeres con nivel educativo más alto tienen menos hijos y más tarde.

b. El desacople entre la evolución de la fecundidad adolescente y la fecundidad total. La diferencia de ritmos del descenso de la tasa de fecundidad global y la tasa específica de las adolescentes es un rasgo particular de América Latina, y en los países del Cono Sur este fenómeno está especialmente presente; desde los últimos años del siglo XX la fecundidad adolescente se estancó en niveles que superan ampliamente el promedio del mundo, e incluso en Argentina ha aumentado desde mediados de la década de 2000. También en este indicador las diferencias sociales y regionales son enormes; por ejemplo, en el Chaco (norte de Argentina) alcanza a 103 por cada 1.000, mientras que en la ciudad de Buenos Aires el valor es de 34 por cada 1.000.

Foto: Deborah Elenter
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Tanto la heterogeneidad del comportamiento reproductivo como el desacople entre fecundidad total que desciende y fecundidad adolescente que no lo hace o no lo hace al mismo ritmo son constitutivos del tema que nos ocupa, por lo que corresponde ir al grano.

Dentro del patrón bimodal

Así las cosas, el retraso del momento de formar familia de parte de las mujeres convive con las altas tasas de fecundidad adolescente de otra parte de la población. La coexistencia de ambos procesos provoca la aparición de un patrón bimodal en la edad en la que se tiene al primer hijo, indicativo de una polarización de los comportamientos reproductivos entre sectores sociales. En Uruguay esto se manifiesta en la emergencia de dos modas o picos en las tasas de fecundidad por edad para los nacimientos de madres primerizas entre 1985 y 2011, un período en que la tasa global de fecundidad del país se redujo hasta ubicarse por debajo del nivel de reemplazo: el primer pico se ubica en torno a los 19-20 años, mientras que el segundo se ha desplazado progresivamente por encima de los 30 años. El siguiente gráfico permite ver esta progresiva acentuación con impactante claridad.

Foto: Deborah Elenter
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Todo indica que el cambio hacia un régimen más homogéneo de fecundidad tardía aún es incipiente, porque el grado de generalización del proceso depende de cuánto pueda caer la fecundidad adolescente y temprana. Si se estuviera realmente en presencia de nuevas cohortes de mujeres que están evitando ser madres en la adolescencia y que mantendrán las pautas de retraso de la fecundidad que se vienen desarrollando en las cohortes precedentes, la región estaría en efecto encaminándose hacia la consolidación de un régimen de fecundidad tardía.

Es momento de dar una casi primicia: hasta 2015, la evidencia disponible indicaba que la tendencia continuaba inalterada, pero los datos más recientes de Uruguay (que tienen un correlato similar en Chile, aunque no aún en Argentina) mostraron un fuerte descenso de la fecundidad adolescente, que podría contribuir a socavar el escenario de polarización anteriormente descrito. Aunque en este momento estamos indagando en las razones del proceso, sabemos que parte de la explicación está en el marco de políticas de combate al embarazo adolescente no intencional y en la propagación de métodos anticonceptivos permanentes, como los implantes subdérmicos.

Foto: Deborah Elenter
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En todo caso, ¿por qué importa todo esto? En principio, la propia polarización puede preocupar en sí misma o como indicador de la desigualdad en los cursos de vida, pero además la concentración de la maternidad en ambos extremos de la vida reproductiva merece consideración específica. Por un lado, la alta fecundidad adolescente suele concentrar el foco de las preocupaciones en materia de políticas sociales y de salud pública. Es razonable pensar en un descenso acelerado de los niveles de maternidad temprana como un objetivo deseable si consideramos la interrupción de la educación que sucede entre las madres adolescentes (o aun las situaciones de abuso que provocan los nacimientos en menores de 15 años) y los efectos negativos en el desarrollo laboral y de salud que suelen estar asociados a la maternidad temprana, más aun si tomamos en cuenta que más de la mitad de los nacimientos de madres adolescentes en Uruguay no son intencionales, a juzgar por las respuestas de las propias mujeres en registros y encuestas.

Por otro, la postergación extrema de la fecundidad suele asumirse como un comportamiento beneficioso o al menos aproblemático. Sin embargo, cuando el aumento de la edad para tener al primer hijo lleva a algunos sectores a comenzar la maternidad en los últimos años de la vida reproductiva, es necesario investigar sus consecuencias demográficas y médicas. En este sentido, queda mucho por saber acerca de los vínculos entre postergación de la maternidad y realización de la descendencia final deseada (si se quiere más de un hijo puede ser difícil cumplir el objetivo cuando se tiene el primero cerca de los 40 años), así como acerca de la maternidad tardía y su relación con los entornos de crianza y el bienestar de los niños, o los problemas asociados a la infertilidad y la mayor probabilidad de experimentar embarazos no exitosos para las mujeres a partir de los 30-35 años, entre otros temas.

Foto: Deborah Elenter
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El peso del factor educativo

En términos metodológicos, la tarea de medir los diferenciales socioeconómicos que se asocian a estas diferencias en la edad de comienzo de la maternidad se suele resolver apelando al nivel educativo de las mujeres. En principio, porque es una aproximación al lugar en la estratificación social, pero también porque la propia continuidad educativa incide más que ningún otro factor en la postergación de la maternidad. De hecho, las investigaciones que toman esta perspectiva concluyen en que el comienzo del proceso de aplazamiento estuvo dado por las mujeres con educación terciaria, quienes comenzaron a posponer la maternidad hasta edades más avanzadas, y también a tener menos hijos. Progresivamente, el imperativo social de la maternidad temprana —cuando no de la maternidad en general— podría irse debilitando entre las mujeres más jóvenes, y así favorecer la difusión de la maternidad tardía, y con ella la erosión del patrón bimodal.

Sea cual fuere la opción metodológica, lo cierto es que la bimodalidad en la edad de tener al primer hijo está empíricamente asociada con los amplios diferenciales educativos de las mujeres existente en el Cono Sur (también de los hombres, aunque siempre se mida la edad en la que se tiene al primer hijo en relación a las madres). Los datos de Argentina, Chile y Uruguay dan un fuerte respaldo al argumento de que el patrón polarizado, notablemente parecido en los tres países, está impulsado por diferencias en el curso de vida que las brechas de nivel educativo capturan bien.

Gráfico 2. Tasas condicionales específicas de fecundidad según edad materna al tener el primer hijo (2010-2011) Gráfico 2

Incluso más allá del Cono Sur, los insuficientes datos con los que contamos sugieren que la polarización reproductiva en toda América Latina es más pronunciada que en cualquier otra parte. Si recordamos que es la región más desigual del mundo, no debiera sorprender que lo sea también desde el punto de vista del calendario de la maternidad. Además, es probable que la educación primaria en muchos países del continente ayude poco a proporcionar a las mujeres más pobres los conocimientos sobre sexualidad, las habilidades y la capacidad necesarios para planificar sus embarazos y partos y negociar el uso de anticonceptivos con sus parejas. El control de esas adolescentes y mujeres jóvenes sobre sus embarazos está adicionalmente limitado por la legislación restrictiva sobre el aborto: con pocas excepciones, los abortos inducidos continúan siendo ilegales en la mayoría de los países de América Latina.

Foto: Deborah Elenter
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Si bien los estudios cualitativos han demostrado que para las mujeres más pobres la maternidad ocurre tempranamente en ausencia de otras alternativas más vinculadas a la prolongación dentro del sistema educativo y el desarrollo de la carrera laboral, y que un cierto encapsulamiento social y la promesa de seguridad que puede acompañar a la maternidad generan nacimientos buscados, no es razonable recurrir a ninguna idea extrema de peculiaridad cultural de las más pobres. De hecho, los datos para Uruguay muestran que la mayoría de las adolescentes no buscaron el embarazo y hubieran preferido tener su primer hijo más tarde. Hay pistas para profundizar en el estudio de las decisiones reproductivas en contextos en los que se interiorizan las restricciones objetivas de los cursos de vida más sometidos a la vulneración socioeconómica y a fuertes inequidades de género. Piénsese, por ejemplo, en la coerción masculina respecto del uso de métodos anticonceptivos (el rechazo al uso del condón, por ejemplo).

Foto: Deborah Elenter
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En el otro extremo del espectro, las protagonistas del segundo pico pueden estar siguiendo los modelos de transición a la edad adulta que están vinculados a la persistencia a largo plazo en el sistema educativo, la emancipación tardía y la búsqueda de empleos de calidad. En las mujeres uruguayas con nivel educativo alto, la mediana de edad de la maternidad aumentó en casi siete años entre las cohortes nacidas a principios de la década de 1960 y las cohortes nacidas a mediados de la década de 1980. Estos son retrasos muy significativos en el inicio de la maternidad, aunque el peso relativo del número de estas mujeres casi no modifica significativamente los indicadores generales. Las brechas de edad en el primer nacimiento entre los sectores educativos también son fortísimas en Argentina y Chile, al punto de que las diferencias en la edad media a la hora de tener al primer hijo entre las mujeres jóvenes pertenecientes al estrato educativo más bajo y más alto en Argentina y Chile fue de ocho y diez años respectivamente.

Bimodalidad y desigualdad: qué pasará después

Aunque la bimodalidad en la edad de tener al primer hijo es un fenómeno inusual y peculiar de la región, no es absolutamente inédito. Algunos países desarrollados habían mostrado similares patrones heterogéneos, que luego fueron desvaneciéndose. Rendall y otros (en “Increasingly heterogeneous ages at first birth by education in southern European and Anglo-American family-policy regimes: a seven-country comparison by birth cohort”, de 2010) observan que la polarización fue propia de regímenes de bienestar liberales, como los de Estados Unidos y el Reino Unido, en los que existen políticas sociales limitadas, alta desigualdad de ingresos, bajos beneficios para las familias y, por ende, mayores obstáculos para que las mujeres puedan combinar el trabajo con la maternidad. Afirman que este patrón contrasta con los cambios observados en Francia y Noruega, dos regímenes de bienestar universalistas, donde los cambios en la edad de inicio de la fecundidad se desarrollaron de manera homogénea en todos los sectores educativos.

Foto: Deborah Elenter
Foto: Deborah Elenter

Como ya vimos, la polarización reproductiva y la desigualdad están en relación directa, y esto se acentúa cuando no hay políticas universales que detengan la fragmentación social, haciendo frecuente la llamada “bifurcación de cursos de vida”. Uno de los caminos posibles en tal bifurcación es la transición a la maternidad a edades tempranas, sin la posibilidad de un período prolongado de educación y ocio propio de la adolescencia y juventud de los sectores medios y altos, quienes suelen tomar en cambio el otro camino de la bifurcación: aplazar el momento de tener hijos porque pueden apropiarse de los años de juventud para otros fines de acumulación educativa y experimentación vital.

Esa es la historia del comportamiento reproductivo en nuestra región, donde fecundidad y pobreza están asociadas en las adolescentes y jóvenes, lo que es clave para interpretar estos fenómenos y especular sobre su evolución futura. De hecho, las investigaciones muestran que la fecundidad adolescente es uno de los indicadores más fuertemente asociados con el resto de los indicadores de desigualdad social.

Foto: Deborah Elenter
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¿Entonces? ¿El patrón bimodal en el calendario del primer hijo en el Cono Sur va a prevalecer por mucho tiempo? Para empezar, algunas fuerzas trabajarán para limitar las elevadas tasas de embarazos de adolescentes: el aumento de la educación, la posible reducción de la fragmentación social y un mejor acceso a la anticoncepción podrían motivar a más mujeres a posponer la maternidad. Los programas gubernamentales que apuntan a reducir los embarazos tempranos y a expandir la educación sexual también podrían ayudar, como mencionábamos que ha sucedido en los últimos tres años en Uruguay, de la mano de innovaciones como los implantes subdérmicos y otros métodos que son a la vez permanentes y reversibles.

Sin embargo, las desigualdades persistentes, que se visualizan en los diferenciales educativos (por ejemplo, las dificultades experimentadas en Uruguay para aumentar las tasas de egreso de la educación media), pueden ralentizar la erosión del patrón de maternidad temprana. Si hubiera que apostar, podríamos decir que esta erosión terminará por consolidar un patrón más uniforme de fecundidad tardía, eliminando así el patrón bimodal, pero el proceso podría ser largo.

***

Las fotografías fueron tomadas por Deborah Elenter entre noviembre de 2015 y agosto de 2018 en instituciones públicas y privadas de Uruguay en el marco del proyecto Puérpera. Las madres retratadas tenían entre 17 y 43 años. Las había con embarazos a término y también con bebés prematuros. Algunas lograron el embarazo mediante concepción natural y otras con tratamientos de fertilización in vitro. Algunas madres optaron por transitar el trabajo de parto con analgesia, y otras, sin ella.

Desde 2015, Deborah se ha abocado a reflexionar e investigar sobre el lugar de la mujer en el momento del nacimiento de un hijo. Ha registrado más de 100 nacimientos, tanto en camas de parto como en sillas de parto, así como cesáreas en blocks quirúrgicos.

Su proyecto fotográfico aborda la vulnerabilidad de las madres en torno al parto, y busca visibilizar y documentar las emociones encontradas que se viven en ese momento clave.

Puérpera formó parte de la muestra colectiva de LUGAR que se realizó en el Centro Cultural de España en diciembre de 2016, y ha obtenido distinciones a nivel nacional e internacional.

www.deborah-elenter.com


  1. Esta línea de investigación es desarrollada por los autores y Wanda Cabella (todos del Programa de Población, FCS-Udelar). La mayoría de las ideas y datos presentes en este texto fueron desarrollados en los siguientes artículos: Lima, E. E. C., Zeman, K., Nathan, M., Castro, R. & Sobotka, T. (2017). “Twin peaks: The emergence of bimodal fertility profiles in Latin America“. Vienna Institute of Demography Working Papers VID WP 10/2017 and Human Fertility Database Research Report HFD RR-2017-004. Nathan, M. (2015). “La creciente heterogeneidad en la edad al primer hijo en Uruguay: un análisis de las cohortes 1951-1990”. Notas de Población Nº 100, pp. 35-60. Nathan, M., Pardo, I. & Cabella, W. (2016). “Diverging patterns of fertility decline in Uruguay”. Demographic Research Vol. 34, Nº 20, pp. 563-586. Pardo, I. & Cabella, W. (2018), “A bimodal pattern in age at first birth in Southern Cone countries?”, Population Review vol. 57, Nº 2, pp. 1-22. 

  2. Hace pocos meses supimos que la tasa de 2017 para Uruguay había mostrado un nuevo descenso, a 1,7 hijos por mujer.