Durante el día de primavera había llovido; pero al atardecer escampó, si bien duraba aún en la atmósfera una humedad densa y caliente. En las calles mojadas se reflejaban borrosamente las luces, achatadas y confusas, y ni el aire ni el reflejo estaban lavados. Por la avenida 18 de Julio, la gente llenaba las aceras y desbordaba sobre la misma calzada, desde que los escrutinios habían empezado a indicar, sin duda alguna, la derrota del gobierno y el triunfo del Partido Nacional. Era el 30 de noviembre de 1958 y también en Montevideo ganaban los blancos. Aislados por la lluvia del día y por los malos caminos, algunos circuitos electorales demoraban aún sus informaciones, pero no había que esperar más para saber que el Partido Colorado había sido batido en todo el país.

—Esto es grande —había escuchado decir Calodoro, en camino a la casa de su padre—. ¡Después de noventa y cuatro años!

Hacía noventa y cuatro años que en aquella democracia tan bien dispuesta los grandes partidos no rotaban en el poder. Y aunque acaso iban ya pareciéndose demasiado uno al otro, la fatiga de aquella larga dominación estaba sintiéndose y acusándose en todos los órdenes.

Julio Calodoro era, en medio de aquel gentío de ideas encontradas y de entusiasmos tan simples, un ejemplar fuera de serie. Tal vez comenzaban a ser cada día más quienes no querían ya ser llamados —contra una mera propensión de infancia, contra el viejo descascarado color de hogar— blancos o colorados tan sólo porque sus mayores lo habían sido, ya vinieran de los orígenes del país o de la inmigración más reciente. Comenzaban a ser cada día más, pero aún parecían mal asimilados por aquella sociedad de opciones dilemáticas: blancos y colorados, Peñarol y Nacional, presidencia y colegiado. Comenzaban a ser más y a pensar que las opciones que importaban surgían de disyuntivas menos fáciles, menos sentimentales, menos arbitrarias. Caminaba en medio de la multitud, una multitud de clase media, civilizada y tranquila, que festejaba cautamente un triunfo que creía ir adivinando y que las últimas cifras podrían después cambiar en los detalles.

Tenía ahora cuarenta años, y el tiempo se le había ido en viajes, Universidad y periodismo. Había dejado de ir a la Universidad, aspiraba a escribir cada vez menos artículos, notas y editoriales; ambicionaba viajar todas las veces que pudiera, irse y volver para tornar a irse. Vivía solo, si se excluye la compañía intermitente de Matilde; solo pero cercano a la casa de sus padres, en un apartamento céntrico atiborrado de discos, de cuadros, de libros. Por sus ventanas de un sexto piso podía ver el mar —a veces castaño y revuelto (ese “río de sueñera y de barro” al que habían cantado desde el lado argentino), otras veces veteado de azul y verde, con la entrada de la onda oceánica— y también los techos y las chimeneas, el cielo azul y el hollín de la ciudad. No había nacido en Montevideo, pero le pertenecía desde sus diez años y lo quería como a ningún lugar del mundo. A pesar de eso —desasosegado e incierto, conflictual e inseguro—, no había hallado aún el rincón en que un hombre pueda retirarse a madurar a solas, expuesto a la sensación del tiempo que lo recorre, lo gasta y lo enriquece. Algunas noches del pequeño habitáculo estaban llenas por el recuerdo de la mujer, otras por el gusto de un libro o de una borrachera. El tiempo pasaba sin heroicidad sobre esos usos que su cuerpo le daba.

Había dejado ya la redacción donde todos seguían pendientes del nuevo boletín del Ministerio del Interior o del último telegrama de campaña. Había estado en su casa, se había bañado y marchaba ahora a visitar a su padre, zigzagueando entre los automóviles empavesados de banderitas, de números, de carteles, de frases huecas; los mismos gallardetes, las mismas cifras, las mismas palabras que habían cebrado el asfalto y constelado las paredes, el plinto de los monumentos, los andamios de las obras, las columnas de energía y hasta el muro de los estadios y de los hospitales, en esta capital que había vivido durante tres meses el arrebato vacuo de una fiebre periódica, ese arrechucho que —como los del paludismo— castañetea los dientes del ser en que hace presa y un día súbitamente lo abandona, sin dejarle mejor y tan sólo más neutro, extrañado y ausente, como olvidándolo.

Este era el estilo de vivir y de agitarse de toda aquella gente, vivir y agitarse como en un parque de diversiones, lejos por igual del peligro, de la salvación y de la muerte.

Pensaba que todo aquello que a él le rodeaba sin comprometerlo (aquella oleada de jactanciosos que habían apostado y ganado y ahora salían a acreditarse públicamente su perspicacia) estaba en cambio golpeando contra el abrumado desánimo de su padre, royéndole los nervios, postrándole e irritándole a un mismo tiempo. Porque su padre sí que era colorado, y debía estar asistiendo a un derrumbe que de algún modo le parecía propio.

—Es extraordinario. Esto debe verse una vez cada siglo.

No sabía si quien acababa de decirlo, a su lado, se asombraba o se burlaba, porque la sensación del ridículo individual o colectivo era constante y aguda en aquel pueblo, tan hecho a la calma, a la llaneza de un destino sin accidentes ni sobresaltos, a la absurda idea de su superioridad, que sólo debía a la eliminación inicial de algunos problemas que a otros los punzaban y acosaban.

Pero no era extraordinario. Era pequeño y común, por detrás de lo aparentemente insólito del resultado. Y era también pequeño y común que estuvieran festejándolo aquellos que cuatro años antes habían celebrado un triunfo diferente, y que dentro de cuatro se lanzarían detrás de otra nueva pista de lo probable, ansiosos de no frustrarse por error en la conjetura, anhelantes por saber de antemano quién ganaría y por seguirlo hasta el fin.

Más allá de sus cuarenta años todavía jóvenes y de su poca historia como individuo —por admisión de un curioso destino personal, que parecía determinado a amortiguar las virtudes de su inteligencia—, Julio Calodoro vería ahora los setenta y siete años de su padre, un médico que había vivido más de cincuenta en la tarea desinteresada de agotar su vocación sin ensalzarla y los últimos veinte en el escrúpulo de la familia y la reflexión, despidiéndose de un mundo al que seguramente ya no comprendía, que seguía midiendo y juzgando según sus viejos cánones primarios de hidalguía, virilidad, obstinación y decencia. Para el viejo doctor aquella noche estaba consumándose algún efecto de desmantelamiento interior de ruptura con el medio, cavándose en pocas horas un foso infranqueable.

Dejó atrás la calle y los gritos y subió hasta el piso de su padre, a unos veinte metros de altura sobre la misma avenida 18 de Julio. Sentado en su sillón predilecto, la luz baja y el diario sobre las rodillas, escuchaba el murmullo de desgracia progresiva que iban refiriendo los noticieros. Vio y besó aquella cara fláccida y huesuda, buscó los nobles ojos tras los bolsones enrojecidos de aquellas ojeras.

—¿Has visto? —dijo el padre—. Ganan los blancos.

No era una pregunta, porque para él era evidente que su hijo ya lo sabía; y tampoco tenía el tono de una lamentación, porque era evidente también que al hijo, inclinado a enjuiciar y a desestimar por igual a los dos grandes partidos, aquello no le importaba del mismo modo que a él, desde que se daba a racionalizarlo con otro alcance.

Julio no dijo nada. Se limitó a sentarse a su lado y a ponerle una mano sobre su rodilla, mientras le quitaba de allí el diario, al que echaba una ojeada y ponía de lado. No podía quedarse igual que su padre, y aquella noche el abatimiento hacía que el viejo irradiara el aire honesto y criollo, enterizo, que tanto le sentaba. Él se sentía entonces más complejo e impuro, más impotente. Su padre tenía la perfección de estilo que da el reposo del tiempo, él las angustias y la incertidumbre de no haber encontrado todavía en su mundo el encaje que buscaba.

Desde aquel año de 1868 en que, a la entrada del Cabildo, habían asesinado a Bernardo P. Berro, los blancos habían desaparecido de las alturas ostensibles del poder. Pero como el civilismo había sustituido hacía cincuenta y tantos años a la crudeza de las guerras y pendencias, por debajo de ese largo ostracismo habían vuelto a medias, se habían asemejado a sus adversarios, habían pactado y convivido (convivido y condividido) con ellos, desentendiéndose de sus sinecuras menores tan sólo en la víspera de los comicios, para ofrecer la cara de unas esperanzas distintas. En esos noventa y cuatro años estaban también el asesinato del general Venancio Flores (vengado por el de Berro), la presidencia del general Lorenzo Batlle, Latorre, la tiranía de Máximo Santos, el Quebracho, la presidencia de Herrera y Obes, la revolución del 97 y el asesinato de Idiarte Borda, la dictadura de Cuestas, el surgimiento de Batlle, la revolución de 1904, la muerte campal de Saravia, la era institucionalista y el golpe de Estado de 1933. El tiempo que iba desde lo contado a lo vivido, las jornadas leídas en los libros de texto, y las jornadas de las que Julio tenía una directa memoria de adolescencia.

Foto: Archivo del Centro de Fotografía
Foto: Archivo del Centro de Fotografía

Y ahora, en ese año 1958 —el año del viaje de Nixon, de la insurgencia beligerante de la Universidad, del Premio Nobel a Boris Pasternak— el largo imperio del Partido Colorado tocaba fondo; y todo podía contribuir a que se creyera en el advenimiento de lo que la propaganda política llamaba la Nueva Era o los Nuevos tiempos. Pero —reflexionaba Calodoro— ¿podía confiarse en que realmente estaba sucediendo algo?

Su padre, sentado frente a él, seguramente lo creía, con pena y con nostalgia, con ese aire de honrada compunción con que la gente desinteresada se despide de lo que nunca pensó aprovechar pero le gustó saber que existía. Julio, en cambio, no podía creerlo. Había estado en Bolivia en 1952, y había visto la huella, el tatuaje a fuego y el hervor vivo y tumultuoso de una revolución flamante. Había caminado entre los indios armados de Huanuni, Colquiri, Papel Pampa y aun Villa Victoria, a las puertas mismas de La Paz. Había estado presente cuando, en unas estribaciones montuosas, cerca de El Alto, habían desenganchado de unas zarzas —ennegrecido, quemado, andrajoso sobre un huracán mortal de desgarrón y hueso— el cuerpo de un minero que se había batido, con sus cartuchos de dinamita, para cercar al Regimiento Bolívar. Y había visto flotar en el aire un sentimiento de nación, había visto echarse a andar una dura empresa de liberaciones y de riesgos, empujada por una turba febril y reivindicativa, cuya miseria era inocencia y fraternidad, en el aura inconfortable, deflagrada de pólvora que aún la envolvía. Había estado en Chile y había visto a los mineros de Lota emerger de las minas de carbón y de sus galerías bajo el océano, plegados en dos, engrasados y ennegrecidos y percudidos en la arruga del rostro anegada de polvo de hulla, saliendo —entumecidos y transidos, la lámpara de acetileno muerta sobre la frente, bamboleantes los brazos simiescos, inservibles hasta el día de mañana— hirsutos y otra vez asombrados al reencontrar la superficie de la tierra y al poder echarse a andar hacia sus chozas. Hacia sus chozas ya aplastadas en la noche, a la orilla del Pacífico, hacia sus jergones y hacia los ventanucos donde una andariega luz de vela titilaba y desaparecía; a lavarse con el agua salobre de los pozos excavados junto al océano, a comer un trozo de pescado, un humeante cocido y a tenderse sobre el suelo que el resto del día sólo existiera como un conato de pensamiento imposible sobre sus cabezas. Y allí mismo, un poco más arriba, dominando la desembocadura del Bío-Bío, volviéndose hacia las mismas aguas cantadas por Ercilla, un palacio italiano de mármoles y un jardín cuyas flores presumían, en pequeños carteles, de ser regadas tan sólo con agua potable, anochecían solos, esperando la quincena estival en que vendrían a habitarlos, lejos de las minas los dividendos (que el resto del año pasaban a francos circulantes en París), los refinados señores de Cousiño, los hijos y los nietos del pionero, los hermanos y los sobrinos de la viejecita virginal y demente vestida de color de rosa que, tras los muros de color también rosado, se amustiaba, rodeada de sirvientes, en su espaciosa y lóbrega mansión de Plaza Baquedano.

Conocí esa faz cruda de América, había sentido por igual la voz de ruego, de la fraternidad y de la amenaza, y esta muelle posibilidad de cambio abstracto que se veía ahora y siempre en Uruguay no podía parecerle importante, no apuntaba en su concepto a nada. Esta era tan sólo una mutación “a la uruguaya”, acolchada por el previo concepto de nuestra suficiencia para regir los hechos sin que jamás se nos escaparan, para treparnos al carro de los hechos tras haberlo dejado esperar cuanto quisiéramos, seguros de que nunca nos dejaría a pie.

—Lo que es la ingratitud de la gente —dijo el padre—. Casi todos los que están festejando estas elecciones han de estar debiéndole favores al batllismo.

Su misma formación liberal hacía que su padre jamás pensara en planos más trascendentes, que jamás concediera espacio a los factores de determinismo social. Todo se resolvía para él en el terreno de las actitudes morales y de las consecuencias cívicas. Ese era también el terreno más trillado por quienes, esa misma noche, perdían junto a él.

—Y esto —dijo el padre, con tono de aprobación admirativa y no de reproche— sólo es posible gracias al voto secreto, que el mismo Batlle les concedió.

Todo lo que había en el país había sido hecho por Batlle, en su concepto. Los autores materiales de las iniciativas, los redactores de las leyes le importaban poco. Batlle era el soporte espiritual y el responsable político. Y todo lo que el doctor había visto en los últimos cincuenta y tantos años estaba lleno —tal era su imagen— del voluntarismo emprendedor y generoso de Batlle. Nada aparecía a sus ojos arrancado a una disputa, como hostigado producto de una transacción o una conminatoria. Batlle lo había dado sin que nadie hubiera estado radicalmente en la condición de exigírselo; tal era su tesis frente a todas las conquistas políticas y sociales que, como batllista, tanto le enorgullecían.

Mientras piense en la ingratitud, mientras sólo vea la imagen del comité vacío, del que han desertado todos los merodeadores del éxito, mientras tenga obsesivamente ante sus ojos un piso de cuarto secreto lleno de sobres arrugados y de listas coloradas hechas trizas no comprenderá la culpa de los que han perdido, a pesar del disgusto frecuente que —lejos de los días de elección— ha podido sufrir por causa de ellos y ha estado dispuesto a olvidar en cuanto llegara la ocasión de votarlos. Batlle les había concedido el voto secreto, la instrucción gratuita, la ley de ocho horas, los servicios públicos nacionalizados, la misma democracia de partidos. ¿Eran esas razones suficientes para ponerse hoy contra su hijo o contra su sobrino?

Pero la hora de la derrota podía llegar a ser una hora de balance. Sosegado, aposentado en la calma de su vejez, él nunca había sido un aprovechador o un arribista. Era del viejo grupo de hombres que habían dado a la política más de lo que les exigía; había arriesgado sus posiciones por seguir sus principios, cuando el cisma había sido entre los mismos colorados, en 1933; y nunca había tenido un desfallecimiento, una irresolución, un cálculo innoble de conveniencia para hablar, para pedir o simplemente para callar.

—No hemos querido ver lo que no nos gustaba —decía ahora.

La multitud seguía pasando abajo, entonando estribillos que llegaban por las ventanas abiertas; y entre esa multitud que discurría lentamente, comentando y ocasionalmente gritando, iban los automóviles a paso de hombre, abriéndose camino con tres toques cortos y casi unidos de bocina, que remedaban las tres letras distintivas del sector blanco al que esa noche se daba por triunfante: u-b-d. De tiempo en tiempo, un cohete estallaba en las más altas placideces de la noche, a la altura del piso en que vivía el padre, y comunicaba una conmoción espasmódica a aquel bullicio aminorante, a aquella teoría de vencedores que se había desplazado bajo la llovizna y ahora bajo el ronco cielo sangrado de luminosas, como acto de afirmación al rito de irse a dormir.

“No hemos querido ver lo que no nos gustaba”. En ese punto, tácitamente, Julio y él estaban de acuerdo. El hijo pensaba ahora en otra tarde de veinticinco años atrás: en el crepúsculo del 31 de marzo de 1933. Desde la mañana se sabía que Gabriel Terra había derribado las Cámaras, sin una sola resistencia, y había proclamado una curiosa revolución desde las alturas del mismo poder que un año antes recibiera sin drama. Era “la revolución de marzo”, como se le había llamado. Su padre, como batllista auténtico —batllista “neto”, según se decía en la jerga política de aquel tiempo—, había estado contra Terra y no lo había recatado. La única expectativa de aquel largo día —un día sin liceo, una corta vacación por causa del revoltijo estudiantil— había estado cifrada en la actitud de Brum. Pequeño, enhiesto, empuñando pistolas en las dos manos, Baltasar Brum —que había sido presidente de la República y amigo de Terra— personificaba toda la resistencia al golpe de fuerza, de pie a la puerta de su casa, en la céntrica calle Río Branco, rodeado de unos pocos amigos. Era un posible líder del contragolpe bloqueado por cordones policiales, mientras la gente lo miraba desde atrás de esas barreras, o se tomaba —como el joven estudiante Calodoro lo hizo— el tranvía para pasar por la esquina y, desde la plataforma, verlo parcialmente, atisbarlo detrás de los árboles, y de los pacíficos e impotentes corrillos de público.

Brum había esperado todo el día, había aguardado algo, había quizá confiado en algo, había quizá confiado en alguien. Y ya en media tarde, cuando se había hecho evidente que nadie acudiría hasta él con energía bastante a torcer el curso de los sucesos, había cruzado hasta la mitad de la calle y se había suicidado disparándose un balazo en el corazón.

Recordaba la llegada del padre a la hora del crepúsculo, su palidez crispada y la frase mínima —“se mató Brum”— con que les había comunicado el desenlace de toda aquella historia que les hiciera viajar a lo largo de las pesadas horas de aquel día. Se mató Brum. Y su madre, que no se interesaba en los partidos, que no tenía tradición colorada sino blanca, que seguía a distancia, y con una sensatez llena de sabiduría, el especioso juego de la disputa electoral de los hombres, había roto a llorar. Julio no pudo soportar aquel llanto, el primero que había visto y escuchado en su madre, un llanto digno y quedo. Ella, tan tranquila y dueña de sí, se había puesto a llorar (ante la idea de que la muerte volviera a entrar en la política), repartiendo su conmiseración entre la escueta figura de Brum y aquella historia acre de guerrillas, emboscadas y degollatinas de que estaba sembrada su memoria de la infancia en el campo.

No había podido soportar aquel llanto y había subido a la azotea de la casa, entonces otra y fuera del centro de la ciudad. Había visto el cielo azul tirante de la tarde, su costado truculento de ocaso, la vasta extensión blanquecina de una calera cercana. En ese mundo, igual al de ayer, Brum ya no existía.

Ese había sido el punto de partida. Para su díscola predisposición de adolescente, la dictadura había sido un coracero apedreado en la esquina de la Universidad, una desenfrenada correría por calles estrechas, la pavorosa sensación de dos bocacalles cortadas por la caballería policial; eso y la inabordable y magnificada Isla de Flores, donde se confinaba a los presos políticos, donde estaba el amigo a quien su padre solía enviar cigarrillos, ropa y libros. Pero habían pasado veinticinco años y ahora era la Isla de Flores la que montaba a caballo, era un antiguo preso de la isla quien lanzaba la cabalgata de la Guardia Republicana contra los estudiantes en huelga y algarada. Y aquel cuarto de siglo medía lo que separaba la bizarría impotente de un partido de su madurez opulenta y mezquina; su rabia, de su engreimiento. La rabia le había permitido volver, el engreimiento estaba condenándolo a irse. Los países sin mayor historia consumen muy rápidamente sus ciclos de credulidad y esperanza, eligen a un hombre y desertan de su alrededor. El Uruguay estaba también ahora probándolo y haciéndolo; pero el estilo de la política que unos y otros habían estado de acuerdo en inventarle hacía que la esperanza se retrajera y afluyera de orilla a orilla igualmente vieja, igualmente baldía y desértica.

—¡Pobre país! —volvía a reflexionar su padre, en voz alta. Y también aquí podían ponerse de acuerdo. Para su padre era el final de una carrera de ciudadano que había empezado en el 904, en los batallones universitarios de Guardias Nacionales, bajo el mando de don Jorge Pacheco, y que había tenido sus arrestos de libre pensamiento en el Club Bilbao y en sus intransigencias de jacobinismo civilista. Con ademán desafiante, un puñado de jóvenes apostrofaba por igual a la Iglesia y a la Masonería, aunque con el tiempo algunos de ellos llegarían a pertenecerles. “La masonería domina en el Ejército”. “La masonería domina en la Justicia”, había oído decir Julio, desde su más temprana infancia; y quería labrarse “un camino de luz, como un tajo entre las tinieblas del oscurantismo”, según una ya soterrada y negada frase de su padre, que el hijo había leído una vez en un periódico de la arcaica cruzada. Y aquel hombre, con sus lecturas de Spencer, Augusto Comte y Gabriel Tarde, había lamentado ser ya demasiado viejo “para largarse a los montes” en el 33. “Ah, si yo volviera a tener tus años, muchacho”, le decía, y seguramente le habría impedido por todos los medios que se emancipara para alejarse de su lado y acudir a pelear por “la causa de la legalidad”, si al confuso estudiante se le hubiera ocurrido intentarlo. A Julio todo aquello le resultaba —con la perspectiva de unos pocos años— ingenuo, tremendamente ingenuo e inactual, trágicamente expuesto a la confluencia del riesgo y del candor por asumirlo, en el caso de algo que ya no lo valía. Se veía de quince años, marchando silenciosamente al lado de su padre, mientras la gente llevaba en hombros y a la deriva el ataúd, gritando “¡Brum, Brum, Brum!”, un nombre que percutido machaconamente por la multitud tenía algo de trueno y amenaza; pensaba en las coronas y las flores junto a la estatua de la Libertad, en aquella militancia por un concepto de libertad con las entrañas vaciadas, de libertad autopsiada por el liberalismo y la burguesía, en el que Julio Calodoro ya no podía creer y al que sus mejores contemporáneos no consentían ahora en tener por sagrado. Pero para su padre, esa Libertad de molde aún importaba y alentaba; y moriría creyendo en ella, en “los buenos y los malos” del golpe de marzo, en el bien y el mal de las guerras mundiales, en el ángel y el demonio vueltos a escena en el actual enfrentamiento de los dos grandes poderes que forcejeaban por dominar el mundo.

Foto: Archivo del Centro de Fotografía
Foto: Archivo del Centro de Fotografía

Los buenos y los malos, los colorados y los blancos, el antimarxismo y el marxismo, la democracia y el nazismo, la democracia y el comunismo, los pares conflictuales y eternos a través de los cuales él seguía viendo desplazarse la historia. Y una simpatía anárquica por el magnicidio le había hecho exaltar la figura de Arredondo cuando matara a Idiarte Borda a la salida del Te Deum del 25 de agosto del 97 y a Bernardo García cuando hiriera a Terra en el Hipódromo. De alguna manera, Batlle era el único depositario de poder político en quien él no podría haber concebido nunca la idea de la arbitrariedad, del egoísmo o de la injusticia. “Batlle era demasiado grande para este país”, decía. “Para este país cuya sigla se ha vuelto una marca de cigarrillos”, replicaba Julio, tan sólo para exasperarlo con su estilo de denuesto cínico y gratuito, haciéndolo retomar el costado de patriotismo que sólo momentáneamente había dejado de lado, para sustituirlo por una pasión civil aún más ardiente.

De viaje por Europa, años atrás —cuando el doctor aún no era tan viejo, y mantenía una opción posible para reordenar sus conceptos—, Julio le había escrito sobre su clarividencia de ver a escala el conformismo nacional, esa tónica de optimismo y superioridad que estrenara el liberalismo colorado y ahora estaba ya entrañablemente contagiada al conservatismo blanco. “Me reconcilio paradojalmente con mi país —le escribía— al comprobar que no es tan perfecto como creen ustedes los batllistas, al confirmar que al lado de las facilidades de origen están nuestros ombliguismos, nuestra pedantería ateniense y nuestro irrealismo. Europa es una hermosa lección de humildad, viejo. Me gustaría que la hubiese conocido. ¿Y por qué pongo en pasado esta probabilidad?: me gustaría que la conocieras. Uno se da cuenta, aquí, de que descansamos aún sobre muchas facilidades venturosas, ni ganadas ni revisadas. ¡Que nos duren! Y que nuestra superioridad —alardeada sobre gentes en quienes la vida es más dura, más golpeada por la tragedia o más precaria, o más acosada de problemas y más difícil— es una forma fatua y bobalicona de postular la inocencia por encima de la experiencia. Porque esa vida más difícil que aquí, es también una vida más plena e interior, más rica y más hermosa. Tenía razón el que dijo que si tanto nos enorgullecemos de ser un país de blancos, sin población india ni mestizaje, y si eso nos da derecho a creernos tan grandes y tan cultos, debiéramos levantarle a Bernabé Rivera, que acabó a trabuco y lanza con los últimos charrúas, un monumento por lo menos tan grande como el que le hemos levantado a Artigas. Porque Artigas, en todo caso, es el apóstol de las seguras dificultades y de los posibles progresos que mentalmente hemos resuelto saltarnos”.

El padre se había limitado a contestarle cotejando y averiguando impresiones de viaje, sobre sitios, costumbres, costos, deslumbramientos concretos. Aquella requisitoria del periodista puesto a sociólogo había quedado arrumbada al fondo del cajón donde guardara las cartas. Y no habían sido reflexiones tan ilustres como para merecer otra suerte.

La calle bullía abajo. El golpe del 33 los había mezclado, poniéndolos juntos como gubernistas y juntos como opositores, juntos como perseguidos y como perseguidores, entremezclando facciones de uno y otro color en ambos bandos. Pero ahora, al cabo de veinticinco años, habían vuelto a reunirse por el color, superando la memoria de sus agravios y sus tenues diferencias de ideología. Se habían reagrupado por el cintillo, de una manera casi instintiva. Era el resultado irracional en que concluía la evolución de aquella edulcorada democracia; y los blancos estaban celebrando —más que un triunfo— el fracaso del adversario, en aquella tradición de “la redota” que venía desde los días fundacionales de la “patria vieja”.

—Al país le hará bien —se había consolado el padre—. Y al Partido Colorado también. El poder desgasta.

Era increíble —pensaba Julio— que pudiera hablar del Partido Colorado como de una categoría del pensamiento, como de una actitud ante la vida.

Sabían entenderse sobre zonas de misterio y de distanciamiento, sobre el equívoco de palabras que tenían —para uno y otro— muy distinta carga; podían criticar a Perón uno y otro por los fundamentos exactamente contrarios, el padre en nombre del Barrio Norte, el hijo en nombre de los ideales invocados y falsificados. La vida cubría esos tramos; la vida particular y la relación que los habían unido prevalecían por encima de toda contradicción dialéctica, de la tesis y antítesis generacionales.

Pensaba ahora, con desleída ternura, en la historia de su primera connivencia, en el episodio que por primera vez lo había hecho sentirse importante, al compartir con su padre un secreto, al haber llegado a tener junto a él la vislumbre de una fugitiva complicidad.

Vivían entonces en Melo, donde su padre dirigía el hospital. Y era la época del auge legendario de Martín Aquino, homicida y matrero, perseguido por las policías de varios departamentos, solo, feroz e inaprensible. Las criadas le contaban admirativamente, para que él se durmiera y también para que tuviese pesadillas, las historias del cuatrero, sus encuentros con guardias civiles y soldados, con partidas fronterizas y con vecindarios armados. De alguna manera, al estilo de un bandido calabrés o siciliano, Martín Aquino estaba aureolado de gallardía, de romanticismo y de enigma sentimental. Como ellos, se batía solo y a pecho descubierto; como ellos, había resuelto exitosamente hasta la penúltima aventura. Pero luego de esos meses de relatos semifantásticos y de expectativa, Martín Aquino había sido delatado, mientras visitaba a una mujer, en un rincón perdido del departamento de Cerro Largo; y una patrulla lo había destrozado a balazos y puñaladas cuando, asediado el rancho, se había lanzado por una de las ventanas, a combatir y a morir. Un mediodía el padre, al regresar del hospital, había traído la noticia: el cadáver de Aquino había sido llevado al hospital, a lomo de caballo, vadeando arroyos y marchando bajo la lluvia y el temporal. “Está hinchadísimo, casi irreconocible”, había agregado el padre.

El chico de pocos años que era entonces Julio había sentido la fascinación de aquella proximidad. Su héroe muerto y su padre guardaba la entrada de aquel sitio. A media tarde, sin decírselo a nadie, salió de su casa, y, por primera vez en la vida, se arriesgó solo a través del pueblo, en viaje hacia el hospital. Atravesó baldíos que conocía, donde iban a menudo —en la vigilante compañía del padre— a jugar al fútbol o a remontar la portentosa cometa de seda (“Le Diable”) que le habían mandado como regalo desde Buenos Aires. Pasó esos campos delimitados por tendederos de ropa y por deterioradas casitas de un vago color ocre o rosa; y se internó luego, más allá de lo conocido, en el trayecto de campos alambrados que separaba al pueblo del hospital. La sensación de mundo incógnito era, con todo, menos excitante que el fin mismo de la aventura: estar frente a Aquino, confrontarlo con la imagen de tantas noches de fantaseo. Respiró y se sintió más seguro bajo las palmeras que conducían al edificio del hospital, caminó por su sendero de grava roja entre los bordes del pastizal hirsuto, preguntó por el director y se anunció como su hijo. Con una larga túnica blanca, el padre apareció casi despavorido:

—¿Qué pasa?

Lo tranquilizó, con una apariencia de cordura que era la mejor forma de validar su insensatez:

—Nada, papá. Quiero que me dejes ver a Martín Aquino.

—¿Y te has escapado de casa para eso?

El niño asintió con la cabeza.

—¡Qué locura! —reflexionó el padre, y él descubrió un fondo admirativo, de aquiescencia viril en el tono reprobatorio de las dos palabras—. Tu madre va a darte una seria penitencia cuando lo sepa.

“Tu madre”; él empezaba por excluirse del castigo, y el niño pensó que con aquel deslinde previo cualquier penitencia se le hacía tolerable. Su padre lo comprendía.

—Sí, ya sé. Pero igual quiero verlo.

—Estás soñando —le había replicado—. Es imposible.

Había estado soñando, efectivamente. Pero los sueños imaginarios daban derecho al sueño real, al cotejo desnudo y verdadero.

—Papá —había rogado el niño—. Sé buenito (y era la expresión que la madre usaba frente al hijo). Déjame verlo y después mamá me pondrá en penitencia.

El padre había accedido, finalmente.

—Bueno, te llevaré a echarle un vistazo, aunque sea un disparate. Pero un solo vistazo y nada más.

Y luego, con un tono ya ganado para la indulgencia:

—Esperame aquí un minuto, sin moverte. Y habiéndolo hecho sentar en una silla, había desaparecido por un momento. Con los años, le había confesado que en ese instante, sin saber todavía lo que haría, había corrido a telefonear a la madre, para decirle que el chico estaba con él, que no se preocupara.

Al cabo, había vuelto más aliviado y condescendiente y lo había llevado por corredores húmedos y oscuros, hasta la puerta de la morgue.

Habían entrado a aquella habitación enorme y fría y el padre había encendido la luz, una luz demasiado alta y débil, que daba un toque fantasmal a las cosas y a los rostros, lamiéndolos evasivamente. A un costado, sobre un catre, resaltaba un gran bulto, cubierto por una sábana rotosa, con desgarraduras cuyos bordes tenían un color indefinible que, a aquella luz incierta, podía ser equívocamente cualquier cosa, yodo, tinta o sangre.

Adelantándosele unos pasos, el padre había echado mano a un frasco depositado en una repisa de cristal y lo había puesto sobre la mesa de pino junto a la cual se detuvieran. Allí había tomado un trozo de algodón y lo había moldeado hasta darle la forma cóncava de un antifaz. Luego había vertido en él unas gotas del líquido, de olor penetrante, que había en el frasco (¿formol, éter?) y le había hecho tomar el algodón como si fuese un pañuelo en el cual sumergir la nariz. Él, en cambio, no había creído necesario protegerse. Se había acercado entonces al camastro y había tirado de la sábana hasta descubrir un cuerpo enorme, con el vientre espantosamente hinchado. La ropa parecía haber sido descosida, para que no estallara, y se veía que había sido también agujereada por los disparos y las puñaladas. Una mosca había comenzado a pasearse sobre la venda de lienzo, que fajaba unos intestinos presumiblemente deshechos; el padre la había espantado, hendiendo el aire con la mano por encima del cuerpo de Aquino. El niño había podido mirar entonces la cara, la cara de ese primer cadáver con el que la vida inauguraba en él su serie. Era una cara de entreabiertos ojos oblicuos, una cara redonda de altos pómulos aindiados. La boca estaba apenas sesgada en un rictus que semejaba una sonrisa desdeñosa, floja, ambigua, como la de una estatuilla de Buda que había visto en casa de sus tíos, en Montevideo. Una mancha creciente en la barbilla casi lampiña, una mancha cianótica aumentaba la similitud con la estatuilla, que presentaba un mentón erosionado, por un bisel de desgaste. Julio tenía ante sí el reposo del “último matrero”, de su gran héroe irredimible y mestizo; y no asumía de él una quietud de eterna sumisión sino la serena altivez de una última opción de su libertad: la de haberse escapado de la vida. Lo había seguido mirando, con un empecinamiento posesivo y simpatizante, hasta que su padre, extendiendo de nuevo la sábana sobre el cuerpo de Aquino, había hablado por primera vez en aquella pieza, para decirle “Vámonos”. Antes de que dejaran la habitación, le había hecho poner las manos hacia arriba, en cuenco, y le había vertido un chorro del mismo líquido del frasco, haciéndoselas restregar después. Ahora pensaba que no debía haber sido éter o formol sino, simplemente, alcohol eucaliptado. Habían apagado la luz, habían cerrado la puerta y se habían ido.

Foto: Archivo Centro de Fotografía
Foto: Archivo Centro de Fotografía

Al regreso hacia la casa, de la mano del padre, los campos con sus ligeras protuberancias peladas parecían también ofrecer una yacencia tumefacta y panzona, y alguna colina abocetaba contra el fulgor del crepúsculo la cabeza del bandido, ya anegada en sombras. Pensar que había corrido por esos campos, jugando al fútbol o remontando su cometa, lo hacía convertirse instantáneamente en la mosca que había caminado con sus patitas negras sobre el lienzo. Hizo un esfuerzo por borrar esa imagen.

—Bueno —dijo el padre —. No vayas a decirle a tu madre que te lo he mostrado. No le gustaría.

El niño había asentido, en un silencio severo y orgulloso. Aquella era la inolvidable historia de su primera complicidad con el padre, un detalle de la cuestión que ahora esplendía con más fuerza que la visión del matrero en su camastro.

—Es preferible decir que te dieron ganas de venir a verme y por eso te escapaste.

—Sí.

Se hacía la noche alrededor de ellos, pero las luces de Melo ya estaban muy cerca. No sabía hoy, a treinta y tantos años, si todo aquel envite de secreto compartido, de compañerismo, de clandestinidad solidaria había sido o no una estratagema, para evitar que él contara la historia a sus hermanitos menores, a la novelería de las criadas. El padre prefería haberse (o fingirse) desmemoriado de los pormenores; pero contra esa posibilidad de lucidez incompasiva y tardía, él preservaba aún ahora —con una candidez semejante a la que en política descubriría a menudo en su padre— el gran recuerdo de aquella primera comunión.

En penitencia, su madre lo había hecho acostarse a oscuras y sin comer, después de fustigar —ante los otros hermanos— la culpa tremenda (e inevitablemente, la culpa prestigiosa y novelesca) que suponía aquella fuga. Y la penitencia había sido más bien un premio, porque le había dado un estímulo para seguir fantaseando, solo y en el centro de la noche, con la compañía semivisual, semiinventada, de aquel fastuoso y enorme cadáver que aparecía, adoptando las posiciones más inverosímiles, suspendido en el aire, oblicuo, avanzando su cara de ojos chinescos, con una raya de mirada vítrea, sentándose, puesto de pie como un monumento, disolviéndose sonriente en una bruma lechosa y dulzona, con olor a eucalipto, para resurgir en seguida, alusivo, imaginativo, burlón, incesante.

No sabía si todos los hijos lo piensan de sus padres, pero a él le parecía haber conocido, en esa relación, a uno de los hombres más cabales que el trato de la gente le había deparado.

Todo era, en aquel hombre que Julio tenía por delante, fiel a un mismo estilo; la actitud del padre, las convicciones del ciudadano, el escrúpulo profesional. A los jóvenes de la generación que él representaba, Batlle les había ofrecido hecha una revolución antes de que hubieran tenido fuerzas para imponérsela. Había hecho accionar las primeras leyes obreras antes de que hubieran existido los sindicatos, había socializado la salud y la enseñanza antes de que se hubieran alzado a pedírselo los médicos y los maestros. Por eso el doctor le llamaba “visionario”. Pero por eso mismo, también, conseguida a ese precio de dádiva, la conquista había ido estancándose, amanerándose y corrompiéndose, hasta abrirse —en una deshiscencia tranquila y dulzarrona de fruto en pudrición— en ese día o esa noche de la derrota, que el viejo batllista consideraba ahora con perplejidad, la mano apoyada en la mejilla. “No hemos querido ver lo que no nos gustaba”, había dicho; y él mismo había participado de esos tabúes, hasta el extremo de curiosas proscripciones nominalistas: “Ese demagogo que habla por radio” era el circunloquio que usaba para aludir a Nardone. Y ese era la mesnada que los había vencido. “Al partido le hará bien; el poder desgasta”. Lo cierto, lo que él rehuía confesarse era que estaba cegada en sus fuentes la virilidad cívica, y que en parte eso se debía a la existencia de un azar de anticipación llamado Batlle, un azar que había servido para abolir la lucha, el sacrificio, la simple fatiga. Y la clase media había hecho de la civilidad la imagen de puro anti-heroísmo, de la adaptación y del conformismo. Esas eran las caras de la convivencia y de la paz; y tenían que acabarse algún día.

Y luego, el Batlle de 1917 nos había dado el colegiado, para precavernos del caudillismo y del poder personal, él que los había cumplido y tenido más que nadie; y el colegiado había sido otra forma de castración en los orígenes: desdibujando la figura del hombre se desvanecían momentáneamente sus peligros.

Quien abriera el camino nos prevenía luego de toda otra fuerza irruptora que la suya, eliminaba la imagen posible de su semejante para el futuro. ¿Por qué? Porque el Batlle de 1917 tenía ya casi sesenta años y la sesentena es la edad más rapaz del hombre, aquella en que una fagocitosis creciente trabaja sobre una inteligencia lúcida, aquella en que el Eróstrato que lleva todo hombre empieza a desear que, en el orden de lo que él más quiere y más ha ambicionado, no se haga lo que él no haya hecho, y lo que haya podido hacer quede perpetuamente, sea intangible. Calodoro conocía ahora, en otros hombres que había tenido cerca, esa mezquindad carnal, posesiva y egotista de la madurez y sabía así por qué el gran hombre amortizado y declinante nos había hecho recelar tan largamente del poder, de la violencia y de las revoluciones, como si las acomodaciones del progreso no precisaran nunca sacudidas, como si el mundo de la burguesía liberal fuera de arcilla y se aviniera a ser moldeado una vez y otra, hasta perder la forma originaria, hasta cambiar meramente de apariencia y de estructura. Y lo que ahora empezaba a suceder decía a las claras que ese mundo no lo aceptaba y echaba por la borda a los descendientes del visionario, porque los profetas no tienen sucesión directa ni colateral.

—Entre César y Luis han arruinado el partido.

Lo mismo que su padre debía estar pensando ahora todo el país, porque la obcecación de los parientes era curiosamente decisiva en la suerte de esta democracia que, a pesar de su ilusión de cambio, estaba volviéndose cada vez más anquilosada y remisiva. La prueba por el absurdo de las limitaciones de ese régimen había sido, durante años, la alternativa de elegir entre hijo y sobrino. Mientras el mundo, acatando una fama no puesta al día, la exaltaba, esta perfecta organización institucional se comprimía hasta concluir en opción tan pobre, tan exigua, tan artificiosa. ¿Había tenido su padre que esperar a que ambos fracasaran, para haberlo visto recién esta noche?

El avestruz parecía haber sido desde años atrás el animal emblemático de la política nacional: no hemos querido ver lo que no nos gustaba. Pero, aun escamoteando la mirada, había estado delante de todos el espectáculo de los pequeños caudillos, afluentes y tributarios de los otros, acarreando su gente paga en camiones a los actos de barrio, para medir fuerzas ante el gran elector blanco o colorado, ante el árbitro de su porvenir, que se suponía también el árbitro del país. Calodoro había podido ver la apoteosis de tamboriles y demagogia en el Palacio Peñarol. Había visto el estadio cerrado con aquella audiencia que golpeaba en las lonjas, se contoneaba y aullaba, comía, bebía y deliraba, mientras la Doctora —los brazos en alto o allegándolos al corazón en su ademán abarcatorio— decía amarlos y precisar sus votos para la salvación de la patria. Y había visto cómo, al término del acto, dos motos con sirenas abrían paso al desfile de los tamborileros, oscuros y de pie en los camiones, percutiendo una degenerada reminiscencia de la vieja música de esclavos africanos, ebrios de una dudosa felicidad colectiva. En eso estábamos. En eso y en la incongruencia del hijo de Batlle que, viejo de más de setenta años, decía a los electores: “Mi padre quiso crear una república, no una dinastía”, y luego de eso se postulaba para presidir el gobierno.

Todos padecían de aquel quietismo paradisíaco, todos ofrecían el orden, la sensatez, la austeridad, el equilibrio y la cordura. Nadie prometía el progreso; el progreso parecía allí una noción imposible. O conservar lo que había o volver al estado de cosas anterior a los más recientes deterioros; esa era toda la discrepancia entre los políticos, en una sociedad de poco más de cien años de vida. El progreso debía parecerles una noción vetusta y positivista, como si la misma textura del porvenir se sujetara al uso que de la palabra hubieran hecho las doctrinas del pasado. Y entonces —¿cómo no habían podido verlo?— llevaban todas las de perder quienes habían hecho del progreso la bandera en otros días de su historia. Podía creerse más en la responsabilidad, en el buen juicio, en la mente de banqueros de quienes tenían la tradición de Orden. ¿Esa era la revolución que estaba comenzando esta noche, la revolución involutiva?

Y, sin embargo, era evidente que el pueblo, abrumado de propaganda, tanteaba el posible sentido de un cambio. Cuando, cuatro años atrás, algunos candidatos habían hecho volar días y días un avión sobre Montevideo, para repetir obsesivamente —en un gran zumbido— “Proteja sus libertades, cuidado con los hombres fuertes”, el supuesto hombre fuerte había triunfado. Y cuando ese hombre fuerte, ya trabajado por las circunstancias, había echado a andar la frase “No haga pruebas con su voto”, resplandecía como inevitable que hubiera tentado al público a que precisamente las hiciera.

Cuide, defienda, proteja eran verbos defensivos, consignas de retracción haciendo las veces de un programa. Los descendientes del único revolucionario se habían hecho conservadores, se dirigían a la pequeña burguesía y excitaban su fijismo, su sentido histórico y visceral del conservatismo. Pero como su antecesor había comenzado por hacer la obra antes del peligro y del precio, antes del sufrimiento y de la lucha, la gente había acabado por creer que la seguridad y la placidez estaban por igual en todas las opciones, y consiguientemente no sentía ningún temor y sí sólo un liviano escozor de cambiar, de sancionar, de probar.

También era posible pensar que esa gente cambiaba en las apariencias para conservar en el fondo. “Mi padre quiso crear una república, no una dinastía”; lo decían y la frase llamaba a votar por la república y contra ellos, que eran los dinastas. A votar de ese modo y a confiar la custodia de los bienes a conservar a quienes no habían hecho históricamente mayor cosa para que fueran obtenidos. La decencia, el orden, la permanencia eran también banderas.

—No haga pruebas con su voto —estaba diciendo ahora Calodoro— ha sido como decirle a un niño: Cuidado con tu pistola, puede escapársete un tiro y herirte. Para ilusionarse con el juego, el niño tiene que suponer que su pistola pueda dispararse contra otros. Pero nadie habrá de conmoverlo previniéndole que no vaya a dispararla contra sí. Porque entonces le demostrará que sabe que la pistola es de juguete.

Cuando —de tiempo en tiempo— el pueblo sentía la instintiva necesidad de un cambio, los políticos se ponían de acuerdo para convencerlo de que esa ansiedad debía cuajar en otra reforma de la Constitución. Era el gran comodín de la dinámica de aquella sociedad, si había de creerse a los políticos. Era “el progreso manuscrito”, como alguien había dicho. Pero el hombre de la calle estaba dando muestras de que se desentendía de tales panaceas de papel.

Julio tenía —en la memoria de los desacuerdos recientes con su padre— una imagen de ese formalismo decoroso y pudibundo. Un día le había dicho aquello de que la sigla del país había servido para la marca de un cigarrillo y para una cadena de cervecerías —Rodelú— y otro, más audazmente, que un amigo suyo llamaba al país República Oriental de Burburay. “¿Por qué Burburay?”, había preguntado el padre. “Burburay, de Burbur”, había agregado él con intencionada vaguedad. “¿Y qué es Burbur?”. “No es una palabra tribal: es simplemente la repetición de la sílaba inicial de nuestras dos realidades fundamentales: burguesía y burocracia”. “No tiene gracia —había comentado el padre con irritación apenas contenida—. No tiene gracia y es insolente. Es ese tipo de cinismo el que está haciéndonos tanto mal, destruyéndolo todo”.

Y era que la generación de su padre tenía otro estilo, ese estilo todavía duraba como el modo oficial del país. Todas las mañanas se enjuagaba la boca con grandes palabras —Libertad, Democracia, Instituciones—, y con el tiempo se había ido convenciendo de que aquellas categorías valían antes que y contra todo cambio; y eran buenas para ser preservadas, con desconfianza de cualquier mutación. Había una estratificación y una complacencia, como si definitivamente se hubiera alcanzado el final del proceso histórico, y se viviera, desde hacía años, en el clima del futuro perfecto, en la mejor perspectiva para juzgar con indulgencia y bondad los cambios de los otros, desde aquel plinto de la sociedad ideal, cuajada e inmutable. Aquello nos daba el derecho a mirar a los vecinos de América Latina con simpatía pero también con distanciamiento, comprensivamente pero sin ánimo de identificación con su destino: ellos estaban atrasados, en función —a veces— de sus mismas potencialidades. En Brasil se suicidaba Vargas, en Argentina habían derribado a Perón, Bolivia vivía su revolución nacional. Paraguay sufría una dictadura atroz; sólo nosotros teníamos el orden irretocable, el civismo sin mácula, el dechado de las instituciones en reposo. Aunque el futuro era de ellos, con su caucho, o su petróleo, o su estaño, o sus maderas, y no nuestro. Un día íbamos a quedarnos solos y últimos. Pero, por ahora, nosotros no teníamos drama. Y eso era lo que contaba. La misma guerra, en menos de treinta años, había sacudido por dos veces al mundo sin tocarnos. Valía por una declaración de principios, por un desafío cyranesco, simbólico e irreal, detrás del que acechaba siempre algún compulsivo simplismo; y en definitiva todo se resolvía en la venturosa posibilidad de vender mejor nuestras carnes y nuestras lanas, agenciándonos un poco más de prosperidad pasajera, en contrapunto con la sangre de otros.

“Mi padre quiso crear una república, no una dinastía”. Mi padre, mi padre, mi padre. Ese fijismo era en algunos intencionado, pero en la gente más vieja tenía ya un sabor inconfundiblemente sectario. Los laicos habían proscrito a Dios y puesto a Batlle en la hornacina vacía.

Recordaba ahora la tibia jornada de primavera, el 20 de octubre de 1929. “Murió Batlle” era la noticia que corría de boca en boca. El Hospital Italiano estaba a dos cuadras de su casa y él había podido llegar cuando recién la acalambrada sensibilidad pública comenzaba a reaccionar, rodeando silenciosamente el hermoso edificio Renacimiento, con sus arcos, con sus escalinatas de mármol blanco, con sus cipreses sobre un cielo puro. “Murió Batlle”, se repetían las gentes con incredulidad, como si ese momento no hubiera tenido que llegarles nunca. El niño había podido verlo una vez, negligentemente recostado a una cerca, cuando habían pasado en automóvil por su quinta de Piedras Blancas. Era corpulento y vestía de oscuro, con un blando fieltro negro en la cabeza, un sombrero que se había tocado para saludar, en respuesta a la salutación del doctor Calodoro. “Debe estar acostumbrado a que lo saluden al paso, sin que pueda reconocer; pero contesta”.

Foto: Archivo Centro de Fotografía
Foto: Archivo Centro de Fotografía

(El simple hecho de haber retribuido una cortesía parecía valer, en el comentario del padre, como una muestra de llaneza insólita.) Y en la apacible primavera latina que se vivía bajo los arcos del hospital, una gente apesadumbrada iba y venía, trasmitía silenciosamente y a la distancia una sensación de tiempo definitivo, de gravidez de hechos capitales; detrás la larga verja, contenida a lo lejos, una muchedumbre recogida y murmuradora esperaba con los ojos velados. Era una muerte ciudadana, la que correspondía al estilo del hombre, como la de Saravia había sido un muerte a campo raso.

—¿Qué será de este país? —había preguntado el padre, al regresar por la tarde del Hospital Italiano. No pensaba seguramente en el absurdo de que un hombre de setenta años custodiara a toda la república. Y la pregunta había encontrado para él respuesta en marzo del 33. Era de los miles de uruguayos que al fin se decía: “Ah, si Batlle viviera...”.

Los diarios preparaban sus ediciones y el bondadoso comentario público se distraía en detalles de hermosa tolerancia; en sus últimos días —decían—, Batlle había mostrado amistad y simpatía por las religiosas que lo atendían, se había hecho querer por ellas.

Durante años y años, llevado por el padre, Julio había ido puntualmente —todos los veinte de octubre— a mirar la tumba de Batlle, en el tercer cuerpo del Cementerio Central. Lo hacían muy temprano, antes de la hora de los discursos, pero la tumba —primero visible como una simple, escueta lápida sobre la misma tierra— estaba siempre cubierta de flores; y en esas flores solía haber rocío.

—¡Pobre Don Pepe! —decía el padre, sacándose el sombrero y pasándose una mano por la cabeza, como en un rito de serena aflicción—. ¿Dónde estaría hoy el país si él hubiera vivido unos cuantos años más?

De año en año, la inquisición flotante quedaba sin respuesta. Y aun ahora, con más de setenta de edad, el padre seguía proponiéndose cada consideración sobre lo que ocurría mediante el procedimiento de endosar preguntas al futuro. Julio, en cambio, antes de los cuarenta había perdido ya el hábito de preguntarse nada. Sus coetáneos cultivaban una vis de abotagamiento desdeñoso y torvo, que debía pasar por talento. El mundo estaba ahora lleno de un aire de época que permitía posar de inteligente sin serlo, y que rechazaba como suprema candidez cualquier tipo de interrogación dramática abierta sobre el mañana.

—Y pensar que ha querido que lo enterraran en la tierra. Fíjate alrededor: de todas, la suya es la tumba más sencilla.

Era cierto. Apenas el apellido de seis letras, aplastado bajo la carga de flores. No un monumento, ni una esquela, ni un relieve.

—Prohibió que lo llevaran al Panteón Nacional, desde que enterraron allí a Julio Herrera y Obes.

La ferocidad de esa intransigencia doblemente póstuma parecía esplender, a los ojos del padre, como un signo de grandeza espartana. Herrera y Obes había muerto y recibido honras fúnebres en 1912, bajo el segundo gobierno de Batlle y a pesar de su veto; desde aquel día, él se había rehusado a tenerlas iguales.

Con el tiempo, la tumba más sencilla había sido convertida en un panteón, y un monumento funerario y los postes unidos por flojas cadenas parecían no confiar demasiado en la memoria de una absoluta modestia. Pero la imagen que el padre tenía de aquel sitio de peregrinación había sido fijada por la tumba originaria, así como el repertorio de todas las soluciones y providencias aplicables al país había sido clausurado el 20 de octubre de 1929. Políticamente, el reloj de su padre estaba detenido en la hora de aquella muerte, en el minuto eterno de aquel día. El resto del mundo pedía olvidarlo; los uruguayos, no.

Y esta noche de 1958 se cernía sobre el emplazamiento de aquella hora que, desde veintinueve años atrás, anuncia la inminencia de tales descomposiciones. Herrera, el caudillo blanco, a quien el doctor consideraba un político contradictorio e infecundo incomprensiblemente allegado (lo reconocía) al corazón de la gente del campo, lograba por fin su desquite. La diferencia entre uno y otro hombre medía aquel descenso consentido por una sociedad; esa diferencia y el estilo actual de la política, con sus comités donde se jugaba al monte, con sus acantonamientos de camiones y de vociferadores pagos, con sus gavillas de facinerosos encargados de pegotear carteles sobre los flamantes carteles del adversario. Ahora sí, en esta otra primavera veintinueve años después, Batlle parecía haber muerto definitivamente, en el mismo instante en que las bromas de la multitud aludían al funeral político de su sobrino.

—Está bien —sentenció el padre—. Este es el país. ¿Qué nos creemos?

Había un subrayado cruel, dado por el tono de las palabras.

—El mismo que pide el Premio Nobel para Juana —añadió Julio.

Herederos de perfecciones yertas, depositarios de mitos en disolución, ellos no eran mejores que sus padres. Eran quizá más lúcidos; pero, ¿de qué servía esa lucidez paralítica, esa cabeza despejada que no transmitía ninguna orden al cuerpo átono, a la voluntad laxa y semidormida? Tenían algunos embaucadores comodines verbales, pero estaban desorientados por debajo de las palabras; y por inercia y abulia habían ido sumergiéndose en el hedonismo, en el arribismo político y mental o en la sombría avidez de la riqueza, en la simulación de desprejuicio que sirve para encubrir la impotencia o la pederastia.

Julio se había propuesto muchas veces escribir sobre ellos; escribir sobre ellos y escribirse, relatarse sin embellecimiento ni disculpa. Era un libro cambiante y vago, una suerte de nube que solía descargarse en repentinos chaparrones y tornaba, luego de ellos, a ser tan informe como antes. “Con miedo y con tacha”, “La fe de ratas”, “Los descastados”: todos esos títulos había tenido el libro antes de cuajar en las primeras páginas. Querían apresarse y apresarlos, exprimir la ocasión hasta el fin, expirar de una vez hasta el último aliento, porque la dejadez y el descreimiento le aconsejaban encerrar entre dos tapas todo aquello que nunca se sabría si habían de ver otras dos.

Pero esta noche, cuando el libro ya tenía una cincuentena de hojas de apuntes a desarrollar, de pautas a seguir, pensaba con arrepentimiento en la posibilidad de haber empezado por otro: un libro sobre sus padres, sobre la infancia, sobre la vieja casa, sobre todo aquel mundo simple —estólido y honesto— en que se le había criado, sobre aquel estilo de vida, menos subyugante pero más aplomado y noble que el que sentía tener como hombre, haberse construido para sí. Había una visible diferencia entre la arquitectura sosegada y tradicional que hacía el hogar de su niñez y esta absurda torsión física del estilo de hoy, con su ansia neurótica de originalidad, de singularización y de novelería. Hablaban de sus padres como de ínfimos pequeñoburgueses de un país perdido en el mapa. Pero ellos, ¿dejaban de serlo porque supieran infligirse críticamente esta larga palabra? Mejor era tal vez seguir adelante sin verlo, tratar de encontrar un sentido a la vida en el acto de desfondarla, de pasarle a través, con furia y luz de desgarrón. Mejor era no ver tampoco el resto de América, como esos hacendados que no miran el arrabal sórdido de los pueblos de itinerario, desde la ventanilla del vagón que los lleva a la ciudad.

Tenía ante sí la imagen de otro concepto de la existencia, un concepto que demasiado tempranamente, y antes de toda reválida del acto de vivir, había reprobado y vejado. Los cuarenta años marcan la hora en que volvemos a nuestros padres, después de haberlos deificado y destronado. Julio tenía ante sí aquel hidalgo derruido, lo veía debatirse en una preocupación incompatible.

Pero no era necesario estimar esa preocupación para quererlo. De los dos modos se vivía y se moría. Cuando la generación de su padre pensaba en la idea de la muerte, garabateaba al margen la palabra suicidio. Cuando la suya asumía como un horror la idea del fin, bailaban ante sus ojos las seis letras de la abominable palabra cáncer.

Sintió entonces un acceso de ternura difícilmente explicable; se acercó a la ventana, por la que seguía penetrando el cansado rumor de la multitud, y la cerró sin golpearla. De regreso a su aposento, quedó un instante de pie, a espaldas de la figura de su padre; simulando una distracción de la fatiga, le puso una mano floja sobre el hombro. Y cómplices otra vez, los dos se dejaron estar, prolongando y saboreando la torpe actitud, fingiéndose ensimismados.