Es probable que no exista en la historia electoral uruguaya una campaña tan flamígera y virulenta como la de 1971. A la irrupción de la violencia del contexto, sindicada por grupos guerrilleros activos, actores políticos notorios secuestrados, fugas de presos de las cárceles, amenazas, disparos, heridos y muertos en actos electorales, grupos de choque estudiantiles de todas las tendencias, medidas prontas de seguridad por parte del Ejecutivo, represión en las calles y comisarías por parte de la Policía, fraudes económicos denunciados en el Parlamento, ministros denunciados, interpelados y renunciantes, paros, marchas e intentos de juicio político al presidente se sumaron novedades a nivel formal en las elecciones (por primera vez el voto era obligatorio) y varios cambios en el ruedo político: la llegada de un promisorio y carismático líder en una corriente tradicional avejentada; un nuevo partido, que unió luego de décadas a todas las corrientes de izquierda y que durante buena parte de ese año coqueteó con la victoria, y un polémico presidente en ejercicio, que ante la amenaza de perder el poder pretendió una inédita reelección.

Por más extraño que parezca hoy, ninguno de los grandes favoritos ganó: ni Wilson Ferreira Aldunate, ni el general Liber Seregni ni Jorge Pacheco Areco lograron la victoria en 1971. Por descarte y en medio de fuertes acusaciones, la banda bordada se la llevó un grisáceo ministro de Ganadería y Agricultura, alto y de gomina, ex legislador, sin demasiada relevancia parlamentaria, brillo oratorio ni grandes apegos partidarios.

El gran trasfondo de la confrontación electoral tenía a la Guerra Fría en plena efervescencia, con los dos bloques disputándose el mundo y con los gobiernos de América Latina bajo la influencia de unos Estados Unidos tocados en su línea de flotación, con la derrota en las puertas en Vietnam, Cuba y su expansión de la esperanza revolucionaria muy cerca, y un Chile “desacatado” que en 1970 le había dado la victoria a Salvador Allende, como líder de Unidad Popular, un “frente” que amalgamaba todo el arco de la izquierda trasandina. Argentina preparaba su propio polvorín, con transición entre militares “cerrados” y “aperturistas”, en espera del mesías Perón, y la férrea dictadura de Brasil miraba a Uruguay con desconfianza y cierta nostalgia cisplatina.

Las elecciones de 1971 marcaron, desde el punto de vista de la ciencia política, la ruptura del bipartidismo tradicional que en Uruguay había predominado desde 1836 hasta entonces, y demostraron que el reacomodo político de los electores se dividiría en tres partes, gracias a pactos y alianzas de ese año.

El posicionamiento electoral de las tres grandes fuerzas, ley de lemas mediante, demostraba la complejidad del mapa. El Partido Colorado se ofrecía, con el presidente Pacheco como líder, como garante del orden y la lucha contra el enemigo foráneo, simbolizada en la guerrilla tupamara. Para que Pacheco pudiera ser reelecto, se inició una campaña de reforma constitucional. Una segunda corriente tenía a Jorge Batlle y su Lista 15 como emblema. En 1966 el más joven de la familia Batlle había sido una novedad y un soplo de frescura, pero un lustro más tarde, con una acusación de infidencia de por medio, su figura estaba desgastada. Como él mismo declaró años después, en 1971 fue “el jamón del sándwich”: sabía que no ganaría, pero también sabía que su partido no lograría la victoria sin sus votos. La paridad final fue tal (polémica de fraude mediante), que incluso fueron imprescindibles los votos de un tercer candidato colorado, el senador Amílcar Vasconcellos, y también los de dos militares de derecha (Juan Luis Pintos y Juan Pedro Rivas), más los del lema (es decir, el voto general al partido, sin marcar un candidato en particular), para obtener la decisiva diferencia.

En el Partido Nacional, por su parte, había emergido una gran renovación generacional en el liderazgo, de la mano de Wilson Ferreira. Joven diputado en 1958, ministro de Ganadería y Agricultura e integrante de la Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico (CIDE) en el período siguiente, había sido un destacado senador a partir de 1966, y a fuerza de carisma, oratoria encendida y original programa había formado su grupo, Por la Patria, y pactado la fórmula con el Movimiento Nacional de Rocha junto a Carlos Julio Pereyra. Con gran ascendencia en un espacio nacionalista de centroizquierda, pero que a la vez integraba clases populares y medias altas, católicos de centroderecha, gente urbana y rural, Wilson fue un auténtico candidato catch all. En el otro extremo del partido, el general Mario Aguerrondo, fundador de la logia de los Tenientes de Artigas, lanzó su fórmula junto a Alberto Heber, en representación del ala herrerista ortodoxa más a la derecha.

La otra gran novedad se produjo en febrero de 1971, con la conformación del Frente Amplio. Los resultados de sucesivas elecciones anteriores habían defraudado a los partidos de izquierda dogmática, que hacia finales de 1970 decidieron unirse en un frente común, sumando a referentes escindidos de los partidos tradicionales, como los colorados Zelmar Michelini y Alba Roballo, y el blanco Francisco Rodríguez Camusso. Incluso, el novel Frente Amplio logró algo a priori imposible en el mundo político de entonces: era un partido que integraba a comunistas con democratacristianos, y también al Movimiento 26 de Marzo, brazo político del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros.

Foto: Archivo Centro de Fotografía
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A mediados de 1970, entre el fervor por los partidos de la selección uruguaya en el Mundial de México, una serie de dirigentes cercanos al presidente lanzaron la idea de que Pacheco se presentara a la reelección, reforma de la Constitución mediante. Toda la oposición y una parte del Partido Colorado estuvieron en desacuerdo con la iniciativa. Incluso Pacheco no estuvo muy convencido al principio, pero la idea fue ganando fuerza y las acciones del Ejecutivo contra los golpes y atentados de la guerrilla le dieron a la figura presidencial una imagen fuerte en algunos sectores de la opinión pública. En abril de 1971, finalmente la Suprema Corte de Justicia habilitó la posibilidad de reforma, y fue entonces que la Unión Colorada y Batllista presentó dos fórmulas: Pacheco junto al ministro de Ganadería y Agricultura, Juan María Bordaberry, como vice, y una opción alternativa, con Bordaberry a la cabeza y Jorge Sapelli como vice, por si la reforma no se aprobaba.

Los tres partidos principales presentaban fortalezas y debilidades a la hora de presentarse a los electores. Los colorados habían mantenido desde el gobierno la mano dura frente a la lucha subversiva y a las reivindicaciones de sindicatos y gremios estudiantiles, y se posicionaban como la gran barrera frente al desborde institucional que promovían los grupos radicales de izquierda. Pero, por otro lado, hacían aguas en aspectos económicos, de abastecimiento, a nivel de gestión y en cuanto a denuncias de corrupción desde la oposición. La estrategia fue tensar los discursos, plantarse como la única alternativa ante el peligro de una victoria del Frente Amplio, que transformaría al país en un satélite soviético o, peor, cubano.

El nuevo Partido Nacional, liderado por Wilson Ferreira, debía moverse en el complejo campo minado del centro, con sucesivas y profundas críticas al modelo del gobierno, pero sin caer en la identificación con la izquierda más combativa. Con fuerte arraigo tradicional en todo el interior y una cara moderna en Montevideo, Por la Patria presentó en su programa “Nuestro compromiso con usted”, un abanico de ideas nacionalistas de avanzada (relacionadas con la banca y con la reforma agraria, entre otras) que Ferreira había desarrollado años antes en la CIDE y el propio gobierno del Partido Nacional no le había votado. La prédica electoral buscaba un camino del medio, en un intento de “humanizar el sistema”: “Nuestra obligación es encontrar una posición que no esté dotada de la frialdad del capitalismo, ni sea colectivista”, declaró Wilson a Marcha.

El Frente Amplio (que participó en los comicios como Partido Demócrata Cristiano) era la novedad, dentro de un panorama político en el que la izquierda consideraba a la democracia liberal como un sistema decadente, que debía reformarse hasta los tuétanos en el camino hacia el socialismo triunfante. Pero tenía el enorme desafío, por un lado, de presentarse como una fuerza seria, capaz de gobernar, y, por otro, de poder contener a los radicales más combativos, los que querían voltear al sistema con las armas. Con inobjetable fuerza en Montevideo, sobre todo en algunas instituciones influyentes, como la Universidad de la República y los ambientes intelectuales y gremiales —y un estilizado logo diseñado por Manuel Espínola Gómez—, el otro nudo gordiano para el Frente Amplio era poder llegar con relativa presencia al resto de los departamentos. En un multitudinario acto como nunca se había visto en la historia uruguaya, el 26 de marzo se produjo el lanzamiento de la fórmula Seregni-Crottogini en la explanada de la Intendencia de Montevideo. El eslogan era “Hermano, no te vayas. Ha nacido una esperanza” y la propuesta, un gobierno socialista como única alternativa a las sucesivas crisis del capitalismo “explotador”, simbolizado en la oligarquía “blanca y colorada”. La cercanía con la vía armada seguía siendo el talón de Aquiles de la campaña, pero el líder no titubeó en su posición: “No queremos la violencia, pero no tenemos miedo a la violencia”, dijo Seregni esa noche, ante el fervor de miles de militantes.

Mientras todavía retumbaban los ecos del gigantesco acto frenteamplista, apenas cuatro días después los tupamaros secuestraron por segunda vez a Ulysses Pereira Reverbel, presidente de UTE y uno de los funcionarios más allegados al presidente Pacheco. Este se sumó a una serie de secuestros que conmovieron la campaña: el del embajador inglés Geoffrey Jackson, el del técnico en suelos norteamericano Claude Fly (liberado ese marzo) y el del ex ministro de Ganadería y Agricultura Carlos Frick Davie, apresado en mayo.

Foto: Archivo Centro de Fotografía
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El mismo día se precipitó una importante crisis bancaria con la quiebra del Banco Mercantil, uno de los más importantes en plaza y propiedad del canciller Jorge Peirano Facio. Pacheco, en una polémica jugada, anunció que no dejaría caer ningún banco y que se intervendrían las instituciones fundidas. A pesar de que el gobierno estaba en contra de las nacionalizaciones bancarias, la realidad le imponía duras respuestas.

Los blancos y el Frente Amplio asumieron una posición muy crítica. Wilson denunció en el Senado que la caída del Mercantil era “la estafa más grande en la historia del país”, y en los primeros días de abril interpeló al ministro de Economía y Finanzas, César Charlone, por lo que la campaña pasó a jugarse dentro del Parlamento. La interpelación fue demoledora y desnudó enormes contradicciones en el accionar del Ejecutivo y actos con apariencia corrupta, que obligaron a presentar la renuncia, en el lapso de diez días, tanto a Peirano como a Charlone. La reasignación de recursos para salvar a los bancos privados provocó una crisis monetaria que obligó al gobierno a devaluar el peso. De nuevo, un ministerio dominado por “economistas antidevaluación” debió ir contra sus principios. La prensa cuestionó al gobierno, y este se vio en el brete de aplicar la censura como contradictoria medida para disminuir una supuesta propaganda subversiva, como fue el caso de Ya, con el fin de “garantizar la libertad de prensa” durante la campaña electoral.

Los ríspidos cruces de la campaña se sucedían y se mezclaban con otros eventos nacionales y extranjeros que se colaban en la coyuntura electoral: el gobierno chileno de Salvador Allende nacionalizó el cobre; el gobierno militar de izquierda peruano profundizó su plan de nacionalización. Más cerca, la amenaza de la victoria del Frente Amplio produjo un nuevo cono de sombra sobre el país: ajeno al debate público uruguayo, el gobierno militar de Brasil planeaba secretamente un “plan de contingencia” (una invasión a Uruguay), porque Brasilia veía un cerco de gobiernos “comunistas” en Chile, Bolivia y Perú, al que podría sumarse nuestro país.

A mediados de año, un informe parlamentario advertía sobre la notable fuga de cerebros que se producía en Uruguay por la emigración de profesionales, docentes y jóvenes capacitados. ¿Las causas? Falta de oportunidades, trabas burocráticas. Casi la mitad de los estudiantes universitarios admitió tener problemas de inserción laboral. Los pocos que podían entraban a un Estado ya incapaz de absorber mayor cantidad de funcionarios.

Tres elementos pilares del ser autóctono (los ahorros, el asado y la pelota) corrían riesgo de estallar en pedazos, ante la escalada de una campaña que subía de temperatura. A las crisis bancaria y laboral se sumaba la de la carne (que se arrastraba desde el año anterior, con fuerte inyección monetaria a frigoríficos que daban pérdida) y la del fútbol: ante los problemas de financiación de los principales equipos uruguayos, la solución, de nuevo, parecía recaer en pedir dinero al Estado, que actuaba siempre de bombero. Al instante llovieron las críticas de la oposición: se les negaba dinero a la Universidad de la República y a los sectores vivienda, salud pública y educación, pero sí había millones de pesos para el fútbol.

Los partidos perfilaban sus discursos, con puñaladas a diestra y siniestra. El gobierno atacaba al Frente Amplio por su cercanía con los movimientos guerrilleros, los militantes frenteamplistas cantaban por las calles “Wilson gana por las vacas que afana”, en referencia a su actividad como productor rural, y el diario El Eco, propiedad de Federico Fasano, acusaba al candidato blanco de ser financiado por ESSO Standard Oil, aunque luego debió retractarse de tal afirmación (las fake news son viejas como el tiempo). Por su parte, Ferreira Aldunate fustigó a los tupamaros, a Pacheco y a la Juventud Uruguaya de Pie, con una crítica común porque, según el candidato blanco, las acciones de los tres reposaban sobre un elemento común: “Ninguno de ellos tiene fe en la gente. Parten de la convicción de que es necesario patearla para que haga alguna cosa”, dijo al semanario Marcha en julio.

El 14 de ese mes, el Parlamento votó levantar las medidas prontas de seguridad, pero al día siguiente el presidente Pacheco decretó nuevas medidas, generando otra situación límite, mientras el Ministerio de Economía y Finanzas anunciaba la puesta al día de adeudos atrasados desde meses atrás, al borde de la cesación de pago.

Nuevas confrontaciones en las calles entre estudiantes y la Policía seguían produciendo víctimas mortales y heridos, al tiempo que las fugas de tupamaros de la cárcel de mujeres y del Penal de Punta Carretas jaquearon al gobierno frente a la opinión pública y produjeron un pedido de juicio político al presidente por parte del Partido Nacional, el Frente Amplio y el sector colorado de Manuel Maneco Flores Mora. Flotaba en el ambiente la amenaza de un golpe de Estado, si el presidente era cesado por la Asamblea General por violar la Constitución. La inestabilidad acercaba al país a un posible precipicio.

A principios de setiembre, el gobierno inglés de Edward Heath (mencionado por los Beatles en la canción “Taxman”) aceptó pagar 42.000 libras esterlinas para rescatar a Jackson, a través del gobierno de Allende, que tenía contactos con la guerrilla uruguaya. En medio de la enorme polémica por la fuga de los presos de Punta Carretas, el 9 de setiembre el gobierno mandató a las Fuerzas Armadas el combate contra la subversión, y al mismo tiempo decretó un populista aumento de salarios de 27%.

Foto: Archivo Centro de Fotografía
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A las puertas de octubre, a poco más de un mes de las elecciones, el Frente Amplio era el gran favorito para llevarse la victoria, según una encuesta realizada por el Instituto de Ciencias Sociales, que lo daba con una amplia mayoría en Montevideo y un buen desempeño a nivel nacional, mientras los colorados quedaban en segundo lugar y los blancos terceros y relegados. La coalición de izquierda desplegaba un contagioso movimiento (sobre todo juvenil) en la capital, pero la encuesta (vistos los resultados, muy errada) subestimaba el poder de arrastre popular de los partidos tradicionales.

El 7 de noviembre, en el primer día de la gira final del Frente Amplio, un fallido atentado con armas de fuego contra el ómnibus de la fórmula en Lascano (la acusación recayó sobre miembros de la Juventud Uruguaya de Pie) culminó con la muerte de una niña por un disparo en el cráneo, y luego hubo un intento de apuñalar a Seregni en Rocha.

En medio de este clima de suma tensión, los actos de cierre de campaña de cada partido fueron masivos, coloridos y embanderados, y cada candidato estaba seguro de su éxito en las urnas. La emoción y la incertidumbre pautaron el domingo 28 de noviembre de 1971. Los resultados, que comenzaron a conocerse en días posteriores, en principio despejaron tres incógnitas: la reforma constitucional había quedado por el camino, por lo que Pacheco no sería reelecto; el Frente Amplio había votado muy por debajo de lo esperado, sin superar el 20% de los votos, pero de todos modos se afianzaba como la tercera fuerza, rompiendo el histórico bipartidismo, y las cifras primarias arrojaban una paridad casi absoluta entre colorados y blancos por el primer lugar.

Si bien la reelección de Pacheco había logrado sólo 30% de los sufragios, el oficialismo había vencido en la interna colorada con 349.000 votos, y los 242.000 conseguidos por Jorge Batlle, así como los 48.000 de Vasconcellos, eran fundamentales para el conteo. En el Partido Nacional, Wilson Ferreira sumó la friolera de 440.000 votos, que lo convirtieron en el candidato individual a presidente más votado en la historia del país hasta entonces. La fórmula Aguerrondo-Heber, por su parte, aportó casi 230.000 votos. El Frente Amplio obtuvo 304.000 adhesiones, y además se transformó en la segunda fuerza en Montevideo. En elecciones simultáneas de presidente e intendentes, los colorados retuvieron los cotos de Montevideo y Canelones, pero el Partido Nacional predominó en 14 departamentos.

Casi inmediatamente después del acto eleccionario, se produjeron sucesivas denuncias de irregularidades y fraude. Hubo circuitos en los que se registraron más votos que inscriptos, en otro votó gente fallecida, desaparecieron urnas guardadas en el Cilindro Municipal y hubo mesas en las que se contaron mal las papeletas de reelección, sumándolas a las válidas. Durante semanas se mantuvo la polémica, y el Partido Nacional pidió impugnación y exigió una nueva votación en los circuitos irregulares, pero la Corte Electoral desestimó el reclamo. Finalmente, la diferencia fue de casi 13.000 votos a favor del Partido Colorado. Casi cuatro décadas después, en 2009, en un documento de 1971 desclasificado por la CIA, el entonces presidente de Estados Unidos Richard Nixon le confesaba al primer ministro inglés Edward Heath que el gobierno de Brasil “había ayudado a arreglar las elecciones en Uruguay”. Es difícil saber de qué manera se realizó exactamente la maniobra, pero un resultado diferente quizás hubiese podido cambiar el rumbo de la historia. En febrero de 1972, a pocas semanas de la asunción oficial, la Corte Electoral le concedió la victoria a Juan María Bordaberry, quien a partir del 1º de marzo sería el presidente de Uruguay.