Quizás sea mi barba ligeramente desprolija, mis hombros anchos capaces de cargar niños a caballito o mi incipiente barriga cervecera, pero para las agencias de publicidad doy la imagen de “padre joven”. Recién comienzo a buscar unos mangos en el oscuro y fascinante mundo de los castings, y la mayoría de las veces me han dado ese papel. Anteayer —después de la presentación, las fotos de perfil y la vueltita— me tocó ser el padre de una niña que se va al colegio a la que paro para avisarle que se olvida de su mochila. El problema es que no puedo ser un padre así como así, necesito que me expliquen un poco más sobre mí. ¿Cuáles son mis motivaciones? ¿La niña fue buscada? ¿Vuelvo a mi casa todos los días a las 11 de la noche para estar en calzoncillos y, tal como en un cuento de Carver, un detalle de una mancha de humedad en el techo se convierte en una metáfora del declive de mi relación con la madre de la nena? ¿De qué equipo soy hincha? ¿Cuántos años del Banco Hipotecario debo para terminar de pagar la casa de Malvín? ¿A cuánto estoy de empezar a hacerme estudios de próstata?

Los tipos que organizan el casting no me dicen nada, y entonces tengo que improvisar con la nena. Se me ocurre, después de alcanzarle y ponerle la mochila, darle un beso paternal en la cabeza (Stanislavski, un poroto). El problema es que Ana Martina (yo le digo Marti, porque soy su padre) le erra a la velocidad con que se va al cole y la escena se repite como cuatro veces, y el beso en la cabeza se reinventa. Cada vez que le pongo la mochila y le doy un beso en la cabeza, veo al padre no ficcional biológico de la piba levantándole el pulgar, como diciéndole “¡vas bien, Martu!”, y yo medio que le pido permiso, pero el loco parece haber creado entre él, su hija y yo una especie de agujero negro tranquilizador en el que nunca me ve, cosa que me genera más pudor. Al final terminamos la escena, me despido y casi que me sale decirle a la nena: “Dale, Marti, que tenés inglés. Si te portás bien a la vuelta vamos a McDonald’s”.

Es mi segundo día de castings y me quedo en una sala de espera llena de posñeris turboturros y jugadores de la sub 17 instagrameados, entre otras variedades. En cierto punto uno reconoce, entre los que nos sentamos y hacemos que leemos cosas en el celular, tres estereotipos: jóvenes hiperconectados (los T100 turros de pantalones chupín, pelo milimétricamente cortado, claritos y cera; peso aproximado: 32 kilos), madres cool (sexis, pero hasta ahí nomas) y posibles padres jóvenes de barba a los que les gustan el fútbol y la cerveza (yo). Uno casi que se siente en una cárcel junto a varios presos, pronto para que le hagan la clásica pregunta: “¿Por qué llegaste acá?”. Yo llegué porque tengo cara de tipo que disfruta pidiendo empanadas y juntándose a ver un partido de fútbol con amigos mientras su esposa está en un baby shower.

Nos hacen pasar a cuatro: dos mamás cool, un pibe que supe que se llamaba Axel desde el primer instante en que lo vi y yo. Nos piden que nos presentemos y que digamos algo de nosotros. Me viene un súbito y horroroso arranque de vergüenza y me limito a decir mi nombre y mis profesiones. Soy el único psicólogo entre una actriz y “feliz madre de dos nenas”, una estudiante de la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático y un youtuber. La feliz madre de dos nenas entra y la rompe: estira unos trastos y ropa para planchar que le dieron para que complementara su acting y uno ve que eso es su vida, que nació para el papel. Me llaman a mí y me pasan mi línea. Yo no sabía que tenía que decir algo. Hasta ahora mi carrera actoral había consistido en poner caras ante la cámara y darles besos en la cabeza a hijas falsas. La frase es absurda: le estoy reclamando a un celular que me dé fútbol cuando quiera y donde quiera, como si fuera un reproche a un familiar que se borró hace tiempo. Nuevamente, lo único que sé de mi personaje es que le gustan el fútbol y los celulares, no mucho más background que eso.

En la primera toma digo “fúbol”. En la segunda y la tercera erro dos palabras. Para entonces ya estoy pensando que el tipo de la producción cree que estoy siendo víctima de una súbita afasia de Wernicke.

A la cuarta llego a la frase, pero cuando la digo estoy tan preocupado por pronunciarla bien que me olvido de todo posible resto de actuación. Soy yo a los 11 años leyendo un texto sobre Artigas en un acto escolar. El encargado del casting me despide con una sonrisa de host de Teletón y me voy caminando por la calle Charrúa, sintiendo la vergüenza como un barro que se me va desprendiendo del cuerpo entre varios manguerazos. Ya cuando llego a Bulevar estoy limpio, no me acuerdo de nada. Esto nunca sucedió.

Yo era un buen actor. Lo fui durante la infancia, especialmente en sexto de escuela, cuando los últimos viernes del mes eran “viernes de sketches”. Casi todo lo que actuaba era íntegramente improvisado, e incluso aparecían cosas que ni yo mismo sabía de dónde salían. Después no sé qué pasó, capaz que me tropecé y me golpeé la cabeza y una sección del sistema límbico asociada a la performatividad quedó perpetuamente dañada. Sólo siguieron algunas actuaciones tétricas como animador en campamentos, discursos alegres en eventos sociales a los que no quería concurrir, y un taller de esquizodrama en el que tuve que revolcarme con un montón de gente desconocida mientras me decía a mí mismo: “Agustín, todo está bien, sólo un rato más, te duchás una hora y te olvidás de todo”.

Pienso esto yendo rumbo a mi tercer casting en el mes, uno al que me llevaron convencido por un motivo bien concreto: mi papel es un tipo al que le gusta la cerveza. No hay niños, no tengo que ser padre de nadie: “Sólo te tomás una cerveza en cámara y nada más, ni siquiera tenés que hablar”. Considerando que tomar cerveza es una actividad a la que me dedico casi que profesionalmente y que mi barriga se adapta perfectamente al physique du rôle del personaje, me veo con chances.

Llego al lugar del casting y encuentro a una mujer hiperembarazada, a dos pibas demasiado jóvenes para estar en un aviso de cerveza y a tres pibes facheros, flacos y altos que encajarían perfectamente en la formación de Los Hermanos Láser. Los tres minitos entran primero y escucho del otro lado de la puerta al asistente de dirección decir: “¿Alguno de ustedes habla alemán?”. Adentro de mí empieza a sonar una alarma y una voz que grita It’s a trap!, pero ya firmé e ingresaron mis datos en la computadora, así que no puedo escaparme. Escucho algunos gritos y las voces alternantes de los tipos diciendo: “No, gracias, no puedo tomar cerveza hoy”, y al menos puedo enfrascarme a repetir ese parlamento de por sí bastante improbable. ¿Por que diría que no a una cerveza? ¿Qué tipo de persona dice que no cuando se le ofrece una cerveza gratis en un supermercado? Estoy pensando todo esto y me llaman por el nombre.

Somos sólo una piba diminuta y yo. El asistente de dirección me pide que sonría a la cámara, y esta vez ya tengo medio ensayada una sonrisa con dientes que no hago desde que me tuvieron que realizar una horrenda intervención dental a los 14 años. En la primera escena una asistente de dirección que parece polaca nos trae cervezas y nos abraza, y tiene que sonreír para la cámara. El problema es que no le dieron parlamentos y debe improvisar algo, entonces dice: “¡Eh, Semana de la Cerveza, iuju!” (dice “iuju”, no estoy inventando esto) con un acento que confirma mis dudas sobre su ascendencia, y todo se siente demasiado raro. A otro asistente de dirección, que, pobre, está haciendo su trabajo, se le nota una vena gruesa que cruza su frente y dice: “Chicos, sé que es difícil reírse así nomás, pero sólo necesito 20 segundos de sus risas”. Detrás de mis ojos sólo se ve Sarajevo.

Después hay una segunda instancia en la que la chica diminuta me ofrece cerveza, pero le anuncio que no puedo. “Pah, me encantaría, pero no puedo: conductor designado”, digo, y no sé si hago o no un gesto como de que le muestro las llaves de un auto que no tengo y que dudo que alguna vez llegue a tener. La segunda vez no me salió tan mal, pero siento mil sanguijuelas chupándome por dentro. La tercera es parecida a la segunda, pero desde otro ángulo, y creo que todo el asunto de que no haya cerveza real, que sea sólo una jarra de barro sin nada, afecta mi motivación.

Vuelvo al consultorio pensando dónde fue a parar ese Agustín actor. Quizás me vendría bien tomar una cerveza para sacarme la vergüenza y los reproches de adentro. Al menos el casting me dio ganas de tomar cerveza, así que la campaña no debe ir para nada mal.

Sólo puedo resumir el casting de hoy con la imagen del director diciéndome que las Lay’s son de decoración, que no tengo que comérmelas porque después se acaban.

En la sala de castings no hay nadie. Entro a la casa de la calle Charrúa donde supuestamente tengo que probarme junto a otros candidatos hambrientos de segundos en pantalla, pero aquello es como el Mary Celeste: el televisor con ESPN prendido, una taza con el café aún humeante, un canguro deportivo sobre un asiento, como si quien lo usaba se hubiera desmaterializado. Cuando estoy evaluando la posibilidad de, de última, robarme el televisor y venderlo en Tristán Narvaja, aparece el director del casting, que estaba fumándose un pucho recreativo. Me dice que vamos a tener que esperar que llegue una mujer para hacer la escena. Nos quedamos sentados viendo a Quique Wolf manoseando una pelota de fútbol y ahí aparece finalmente la mujer: pelo lacio con claritos en caída recta e impoluta hasta la cintura, jeans tan apretados que parecen body painting y nariz pequeña pero aguileña (me parece extraño, es el tipo de mujer que se la habría operado el mismo día de cumplir 18 años).

Primero le toca a ella. “Estás entrando a una casa que acabás de comprar, tenés un montón de cajas y mirás, satisfecha, distintas paredes del living pensando en todo lo que vas a hacer de decoración”. La tipa carga unas cajas, las deja en el suelo y sonríe ampliamente, gira como si tuviese una pollera tableada que acompañase grácilmente su movimiento y se lleva el dedo al mentón de forma pensativa. Tiene una manera extraña de intentar expresar entusiasmo, como abriendo la boca y cerrándola con los ojos bien abiertos. El director le dice: “Muy bien, vamos de nuevo. Ahora: todo lo que hiciste, pero un poco menos”. La tipa entiende la dirección y baja un cambio su entusiasmo, pero aun así sigue haciendo ese extraño gesto con la boca. No puede evitarlo; desde mi lugar parece que, más que estar disfrutando de los beneficios que le brindó Itaú Colombia para comprar la casa de sus sueños, está pensando en su próximo encuentro furtivo con el jardinero de la casa.

Finalmente me llaman. El tipo separa un sillón y un posapiés y dice que nos sentemos: “Estirá las piernas, así, relajado. Y vos poné las piernas cruzadas sobre las de él. Están medio acurrucados, se acaban de mudar; todavía hay un montón de cajas en el piso y están hablando sobre qué reformas van a hacer en la casa”. Me acomodo en el sillón y paso el brazo por atrás de su nuca. Ella recuesta la cabeza sobre mi hombro y se queda mirando el techo, descansando de todas las pesadísimas cajas que acabamos de mover. “Empezá vos”, le digo.

“Gordo, ¿te parece si en esa esquina ponemos la foto de mamá?”.

Yo la miro con cariño y fastidio y le digo: “Vos siempre con tu mamá, ¿eh? Me parece bien, siempre y cuando pongamos la biblioteca en esa otra esquina”.

“¿Te parece? ¿Por qué allá? ¿No te suena que queda mejor si la dejamos más en ese rincón? Sobre todo para cuando vengan amigos, así hay más lugar para circular”.

Le explico que no, que me gustaría en esa esquina porque le da más luz a la biblioteca, y tendría como otro protagonismo en la sala. La gente entraría y lo primero que vería sería la biblioteca majestuosa, con mis libros carísimos comprados en Amazon. Pero mi mujer se ríe, como diciendo “ay, siempre el mismo”, y yo cambio de tema porque sé que es una batalla perdida, que al final voy a terminar haciendo lo que dice ella, ella y su madre del orto, siempre pisoteando todos mis sueños.

Todos mentimos. Mentimos en nuestros trabajos, en nuestras redes sociales, en nuestras familias, hasta cuando hacemos terapia. Pero si hay un lugar en el que mentimos es en los castings. Me pregunto de qué va a servirles a los tipos que quieren convertirnos en los nuevos rostros felices de DirecTV el hecho de que seamos dentistas, que nos guste salir con amigos, que disfrutemos dando “largas caminatas por la playa” o que tengamos colecciones de gatos de porcelana.

Entre los cuatro que estábamos hoy había un muchacho que decía que amaba leer, que “leer hace feliz”. Si algo sé de leer y escribir es que la mayoría de la gente que dice que leer le hace feliz no leyó un carajo. El que lee feliz, es decir, autoconsciente de su felicidad por estar leyendo, más que leer está haciendo que lee, es leído en su fascinación por verse leyendo. Es esa gente que lee libros por kilo, que prefiere un libro de 900 páginas de Sidney Sheldon a un poema de José Watanabe, que lee más por el mantra de leer en la playa que por lo que está leyendo en sí (y no lee nada más el resto del año, como una boa constrictor digiriendo un... iba a decir “elefante”, pero creo que es más duro imaginarme a la boa procesando el libro de 900 páginas de Sidney Sheldon).

Ilustración: Tatiana Mesa.
Ilustración: Tatiana Mesa.

Después hubo una señora que habló de sus hijos, sin decir nada interesante como para recordar o burlarme de ella. Todos mentimos, y podría inventar algo sobre ella, pero era tan normal, tan okey, que me secó toda inspiración.

Y después hubo un veterano que cuando no trabaja se dedica al karate. El tipo parecía ser completamente sincero, y de hecho tenía esa cara de buena gente que tienen todas las personas que se dedican a esa actividad. El problema es que no creo en el karate. Todas las personas que conocí que lo practicaron desde chicos terminaron siendo seres afables, que sólo poseen bondad para derrochar al mundo y no tienen problemas con nadie. Todos esos años rompiendo tablas y haciendo abdominales para nunca pegar ni una piña panadera a alguien en un boliche de Johan Kozub, ni hacerle una llave a un chorro, ni pelear por dinero y subirlo en algún viral de Youtube. Los karatecas son los boy scouts de las artes marciales. Al final, te entrenás para poder lastimar a quien parezca una amenaza y terminás siendo buena gente. Es un robo.

Llega el momento de presentarme y soy la peor versión de mí mismo. Un ex alcohólico diría que se avergüenza de quien fue, que sólo recordar al hombre que supo ser, viendo cómo arruinaba la vida familiar, lo hace temblar de tristeza, miedo y dolor. Ese recuerdo para mí no es el de una borrachera autolesiva, un fracaso amoroso o un daño a un ser querido; es el de mí diciendo: “Mi nombre es Agustín, tengo 32 años, soy psicólogo y también he escrito algunos libros”.

Lo peor es que si llegamos a quedar seleccionados más tarde actuaremos en una escena en la que seremos cuatro personas en un mar de gente en el que ninguno de nuestros rostros se verá ni con un detenimiento microscópico ni con un acercamiento como en un efecto Ken Burns. Tendrían que simplemente organizarnos por paleta de colores, o de mayor a menor predisposición al efecto de pixelamiento. “Ahí, ahí, eso naranja que está un poco arriba de eso azul, detrás de esas cuatro manos y esa cosa borroneada, ese es papá”, dirá el karateca para luego subir a su hijo a caballito, llevarlo a correr al aire libre, avistar aves silvestres o devolver a un nido de hornero un pajarito bebé. Ya saben, cosas de karatecas.

En el precontrato del casting para Itaú tengo que marcar con una X lo que no puedo o no estoy dispuesto a hacer en cámara: beso / desnudo total / desnudo parcial / andar en bicicleta.

En la sala hay tres candidatos a voceros de cross fit extremo, una asiática y yo. Mi cabeza llena los casilleros y me pregunto si no me habré equivocado y entrado al casting de Asian Bukkake Virgins Vol. 56.

El director del casting pide que nos presentemos sin necesidad de sonreír. Eso es raro. Medio sospechoso, diría. ¿Por qué un casting no me pide que sonría? Hasta donde sé, hasta para un aviso de Martinelli o del Parque del Recuerdo te piden que sonrías. Para confirmar algunos de mis temores, no hay línea de actuación; el tipo simplemente pide que te presentes y cuentes algo de vos. Esa libertad siempre me dio tremendo escozor. Las autopresentaciones son como los consuelos en los funerales: si uno trata de ser muy creativo sale algo horrible. Pero también me parece súper pedorro presentarse hablando de tu trabajo, que es de lo menos interesante en la mayoría de la gente.

A la primera que le toca es a la asiática y me sorprendo cuando empieza a hablar en perfecto uruguayo. Siempre me fascinaron esos desfasajes entre rostro y habla esperada, como cuando Olivia Munn se pone a hablar en japonés en la tercera temporada de The Newsroom. El asunto es que la asiática empieza a hablar de su labor en una compañía de ropa, de su trabajo en logística y blablablá, y debe ser la cosa más embolante que haya escuchado. Seguro que puede ser fascinante en su justa medida, pero al lado de su discurso El sello de hoy parece una película de Tarantino.

Después de mí viene un tipo al que sólo podría describir como un Jesús sexi. Tiene una especie de raya al medio con el pelo castaño claro y medio llovido a los costados y una expresión de paz fumeta que parece afanada de cualquier surfista de película de los 70. Si viviera en California diría dude todo el tiempo. Efectivamente, cuando se presenta dice que es un fanático de los deportes extremos, que el surf es el “motor” de su vida y que está trabajando para construirse “una morada cerca del mar”.

Me pongo a pensar cuál es el motor de mi vida, pero todo lo que se me ocurre es una versión más nerd y de vieja en taller de poesía de Shangrilá de la presentación douche del tipo que de ahora en más llamaremos Chad.

Me toca a mí y me pongo a pensar qué contar. Cuando estoy hablando siento como si más que un casting para Itaú fuera una preeliminación de la casa de Gran Hermano. Una vez, en cuarto de liceo, se hizo un Gran Hermano en la clase, y se eliminaba a una persona por semana. Creo que fui el séptimo eliminado de una clase de 30 (los anteriores: dos perfectos ignotos que habían caído de un liceo que se acababa de fundir, una chica cuyo interior vital estaba cubierto de corcho, un loco que una vez había cagado en un táper, una mina que le había robado el novio a su mejor amiga y un tipo al que volvería a ver en unos años en un capítulo de Zona urbana en el que se lo mostraba viviendo en un faro, luego de dejar las drogas y descubrir a Jesús). Yo no habré llegado a la final, pero si se hubieran emitido aquellas eliminaciones liceales en un programa de televisión hubiera tenido tiempo suficiente en programas de chimentos y paneles para destrozar a todos los que quedaron en la casa.

Al final termino contando parte de la verdad: que estoy yendo a castings porque me interesa hacer una especie de crónica de los encuentros, sin despreciar la posibilidad de hacer un mango extra. También hablo un poco de los retos, de superar vergüenzas y salir de mi zona de confort, porque sé que esos discursos de autosuperación le gustan a todo el mundo. El director del casting sonríe cuando me voy y me dice algo así como “¡muy bien, a por esas crónicas de castings!”, lo que por un lado me parece simpático, pero por otro deja entrever un “nunca te vamos a llamar en tu puta vida”.

Ilustración: Tatiana Mesa.
Ilustración: Tatiana Mesa.

Después de mí se presentarán un alemán que fue campeón de críquet y ahora está buscando nuevos horizontes y un ex presidiario que fue descubierto por una agencia en las planchas policiales de una jefatura, pero a lo mejor a esto último lo estoy inventando.

Voy a ser padre. Al menos por 15 minutos.

Estoy esperando mi turno en la casona de Juan Paullier donde se realizan los castings y veo a los niños correteando, tratando de adivinar cuál va a ser mi hijo en el comercial. “Como comprar niños en una vidriera”, me digo. Más o menos así se debe sentir Angelina Jolie cuando viaja a Camboya.

También pienso en mi posible esposa, y por alguna razón me incomoda que quien vaya a hacer su rol en el comercial sea además la madre real del niño; no me podría concentrar en mi papel, me sentiría un intruso, el padrastro que intenta llevarse bien con el hijo de su nueva pareja.

Al final nos hacen pasar a tres, y se revela mi nueva familia: una chica que bien podría tener 20 o 40 años y un niño que es una versión bonsái de Darío Rodríguez. Es tal el parecido que por las dudas chequeo su apellido cuando lo hacen pasar al frente, con su nombre anotado en una pizarrita blanca; se llama Yohán (“¿como Johan?”, pregunta el director de casting; “no, Yohán”, y cuando acentúa la tónica aguda confirmamos que su familia prefiere Serrat a Bach).

Somos una familia distendida, relajada (“progre” es la palabra que el director del casting debería decir, pero no le sale), no solemos tener asientos designados, a veces soy yo el que hace la comida, a veces es la madre. Yohán debe llegar correteando a la mesa, haciendo de superhéroe, y nosotros lo recibimos alegres, como apartando nuestro plato de fideos para jugar con sus juguetes. El principal problema es que no sólo las habilidades actorales del pequeño Yohán son nulas, sino que también lo es su joie de vivre. El director del casting le pregunta cuál es su superhéroe favorito y mi coestrella no responde nada. No como quien tiene vergüenza de hablar, sino como quien nunca se hizo esa pregunta. La madre responde por él: “Le gusta el Capitán América”, y me pongo a pensar qué clase de niño puede tener al Capitán América como héroe favorito. Más allá de lo buena que es Winter Soldier, siempre pensé que se trata de una película más fácil de apreciar para los adultos que para los niños. ¿Es por el escudo? ¿Es porque el niño creció con un alto sentido del deber? ¿Por cipayismo? Al final Yohán corrige a su madre y dice que le gusta Spiderman, que en esta ocasión, por virtudes del vestuario, será un Spiderman con capa, completamente adaptable a la reciente versión multiverso.

El niño corre con la velocidad de Fernando Kanapkis y tirando unas tristes telarañas con suma displicencia, y se sienta en la mesa. La madre quiere jugar con él pero es tal su entusiasmo que leo el susto en los ojos de Yohán, que no puede adaptarse al impulso febril de una madre adicta a construir casitas con vasos. En la primera tentativa trato de meter bocado en la conversación ficticia con mi hijo, pero la madre acapara todo. Es de esas actrices de avisos que saben que el secreto para quedar es poner caras, imaginarse la actuación no como un flujo de imágenes sino como una recolección de instantáneas, es decir, la manera de asesinar a la verdadera actriz que podría tener adentro. En la segunda toma vuelve a estar hiperactiva, pero ahí encuentro un espacio en el que puedo preguntarle algo de su juego a mi hijo.

Me imagino una subhistoria en la que mi esposa está así por consumo indiscriminado de pastillas de dietas adelgazantes que en realidad son 85% anfetaminas.

Me imagino otra en la que me separo de ella y enseguida reorganiza toda su vida, dejándome afuera de la cotidianeidad de nuestro Yohán. Ella me dirá que por qué quiero estar ahora si nunca estuve con él cuando estábamos juntos. Yo le diré que siempre estaba tan nerviosa y quería cubrir tanto todas las necesidades de nuestro hijo que nunca pude encontrar lugar para ser padre. Al final armaremos una dinámica de visitas los fines de semana que no me va a copar mucho, porque terminaré convirtiéndome sólo en el fun dad, sin tener lugar para los temas importantes. Cuando Yohán sea grande se ennoviará con una piba de Neptunia, y desde los 18 estará cada vez menos tiempo tanto en la casa de su madre como en la mía, y nuestro vínculo —para cuando se vaya a Brasil a acompañar a su novia a un centro cultural en Rio Grande do Sul— será prácticamente nulo. Nos llamaremos seis veces al año, y para entonces yo ya estaré viviendo en otro país, vaya uno a saber por qué.

Igual, todas estas cosas que imagino para componer el personaje no importan tanto como el hecho de que me siento más relajado, con la pierna flexionada contra mi pecho, apoyada en la silla. Apenas hago ese gesto me doy cuenta de que al director del casting se le iluminan los ojos. Ya para la tercera toma hago eso de una y me concentro en ese gesto y en dos o tres caras que denotan mi total relajación, satisfacción, entendimiento y autosuficiencia paterna. Ya no me preocupo de mi mujer y mi hijo: por mí que se vayan a cagar.

Hubo muchos más castings. Castings de sólo segundos en los que ya en la vueltita inicial con la placa sabía que estaba todo perdido. Castings sin diálogos y sólo con expresiones, en un mundo de abstracción total sin motivos, personas ni objetos, en el que sólo te piden una sensación pura. Castings en los que ni siquiera había personas para interactuar y la participación se parecía a meterse en una habitación blanca para darse una vacuna en una campaña sanitaria del Ministerio de Salud Pública.

Este último parecía un poco diferente porque era un casting colectivo. Pedían que viniéramos con amigos, porque se trataba de ver a grupos de tres o cuatro interactuar entre sí. Mis candidatos a escorts castingueros eran un primo que siempre está dispuesto a cualquier plan que le proponga (ir a un toque de Hijo Agrio, cubrir un coro de adultos mayores de una cooperativa de MEVIR en Río Negro, esquilar a un perro de la calle) y un amigo que, además de tener experiencia en los mismos castings, tiene rulos (los rulos cotizan alto en el mundo de la publicidad). Este amigo era ideal no sólo por su frondosa e impoluta cabellera, sino porque tiene una tendencia a la conmiseración similar a la mía. Una vez los dos fuimos a un casting en el que tuvo que interpretar a un padre, y cuando le decían que mirara la tele junto a su mujer y su hija se vio a sí mismo con una expresión de enojo, según me contó. Cuando le hicieron notar que debía cambiar de expresión, se dio cuenta de que justamente esa era la cara que tendría si tuviera mujer e hijos. En pocas palabras: mi tipo de gente.

A pesar de mi gran plan de ir con él, las dificultades para coordinar y nuestra desidia mutua nos jugaron una mala pasada, y cuando llegó el último día para presentarse al casting no tenía amigos. Decidí ir solo, y en la sala de espera me encontré con gente reunida en grupos de dos, tres e incluso cuatro. La sensación de soledad se incrementó a niveles a los que no llegaba desde la adolescencia. Por un momento pensé en plegarme a un grupo y pedirles para hacer de amigo de ellos, pero la simple idea me pareció un espectáculo deplorable. Toda la situación de andar sin amigos era equiparable a la de caer a una fiesta de disfraces sin disfraz (o peor aun, caer equivocadamente disfrazado a una fiesta normal).

Puedo escuchar los parlamentos de los grupos de amigos desde el otro lado de la puerta. No creo ser alguien tan diferente a la media. No podría decir que tengo gustos excéntricos, ni mucho menos que lo sean mi apariencia, procedencia, estilo. Sin embargo, los que están delante de mí son tan estándares que me siento como el tipo que colecciona pelo en una bolsa Ziploc en el sótano de la portería de un edificio abandonado.

Todo, sus peinados, su barba, sus risas, todo da... ¿cerveza Patricia? No sé cómo definirlo, pero los PP (pibes Patricia) tienen un fenotipo muy particular, que congrega una serie de cualidades medio difusas, pero que uno sabe reconocer cuando está frente a ellos. Algo en la barba, las camisas y los pantalones chupines, pero más que nada en su risa, un ánima inmaterial que te lleva inconscientemente a saber que es casi imposible que alguno de ellos no sea apodado “el Cabeza”. Pienso que a lo mejor alguien que no me conozca perfectamente podría pensar que también yo soy un pibe Patricia, una noción traumática similar a la de entrar a la Facultad de Psicología y descubrir que, luego de una adolescencia detestando a los chetos de mi liceo, ahora el cheto era yo.

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Pienso en Tinder y en que posiblemente estos pibes, más allá de mis críticas subterráneas, tengan un montón de matches. Sus imágenes deben comprender la sagrada trinidad de Tinder: 1) una foto sin camiseta (mejor en la playa, porque las que son sacadas en el baño se pasan de terrajas), con puntos extra si llega a asomar algún raviol; 2) una foto con un perro o, en su defecto, con un niño (preferentemente sobrino de entre tres y seis años, IMP: evitar bebés a toda costa), para mostrar el costado humano y tierno —los perros labradores también cotizan alto, y conforme nos extendemos al norte de Avenida Italia los pitbulls son bienvenidos—; 3) una foto con una guitarra o algo que indique cierta creatividad. Si no hay nada de esto, una foto grupal con amigos. O con un auto.

Me van a acusar de simplista, pero pídanle a alguna amiga su Tinder y la realidad hablará por sí sola.

Me terminan llamando, y cuando ven que no tengo amigos el tipo de la empresa de casting hace una mínima mueca de desaprobación (¿o será tristeza?) y me dice que me una a dos que están esperando en esos televisores con ESPN perpetuo. A los dos les gusta salir con amigos, a los dos les gusta la fiesta y hacer ejercicio. Uno de ellos tiene un emprendimiento en un gimnasio propio y es personal trainer. Hacía mucho tiempo, desde 2003, que no veía a alguien usar pescadoras. Igual, vamos a ser sinceros, los pibes son buena onda, y yo simplemente estoy siendo odioso porque toda la situación de carencia de amigos despertó un Agustín antisocial y protoemo encapsulado desde tiempos liceales, como la lava radiactiva de Chernóbil.

Nos hacen sentar a los tres y las instrucciones son claras: es un aviso sobre la cerveza Miller. Por suerte, no tenemos que tomarla. De hecho, ni siquiera hay botellitas de la cerveza, cosa que, lejos de perjudicar la actuación, acentúa su realismo, por la total y completa ausencia de sabor y cuerpo de esa cerveza. Todo esto es, contra todas las expectativas, algo positivo: hasta hay un momento en que nos miramos y se genera una complicidad invisible porque a ninguno de los tres le gusta esa marca. Pregunta aparte: ¿quién es un bebedor de Miller? Para quienes no gustan de la cerveza ya está Corona, y para la gente a la que no le importa la cerveza está Patricia. ¿Pero la Miller? Pienso en un público objetivo, pero realmente se me escapa.

“No tienen que interactuar con la cerveza ni nada, simplemente se juntan y hablan de lo que van a hacer en la noche”.

Es evidente que los otros dos tienen más química, pero yo me trato de plegar a su charla como un molusco a la quilla de un barco, como un alemán enrojecido y sudado siguiendo entre bailes torpes a las vedetes de una comparsa de carnaval.

“¿Y qué hacemos hoy de noche, eh?”.

“Se dice que salen unas chelitas con amigos antes, y después metemos un Volvé mi Negra”.

Detrás de mi sonrisa algo muere al escuchar “Volvé mi Negra”, pero yo digo que sí, que hay que caer más temprano porque la semana pasada “estaba a full”. Nunca me sentí tan viejo en mi vida, y ellos sólo tienen un año menos que yo.

Hablan un poco más y cuando me dan pie, meto: “Yo confío en vos, que sabés para dónde va la noche. Ahora hay que ver si alguna pica en el Instagram”. No estoy seguro de si dije exactamente eso, pero recuerdo lo del Instagram y es como si estuviese invocando a un sexto sentido, como si un Tincho interior fuera el que está hablando por mí.

“Y después la podemos seguir en un after de Ciudad Vieja”, dice el entrepreneur deportivo, y ahí la cosa se pone más interesante. Trato de repasar mentalmente afters de Ciudad Vieja y, a no ser que el comercial esté ambientado en el año 2003, el plan del pibe de golpe se volvió súper turbio. Justo cuando estoy por preguntarle a qué lugar se refiere el director del casting dice que ya está bien, que salió todo muy bien.

Cuando estamos bajando por las escaleras les deseo suerte a los pibes —que después de todo me dieron una mano— y ellos me dicen “a vos también” al unísono, con una sonrisa real, sincera y blanquísima. Ahí, casi en la puerta, les digo: “Un día de estos metemos un after en el Puerta Negra”, casi esbozando una guiñada, y de golpe sus expresiones se vuelven serias, pero concentradas alrededor de algo que está más allá de mí y que no tiene nada que ver con lo que dije.

Bajo y pienso en escribir todo esto. Si no tengo un mínimo de 40 likes, esta sensación de soledad me va a acompañar el resto de la semana.