A principios del verano europeo de 1965, sus padres y él llegaron a Milano. Tenía nueve años, pero siempre recordó la discusión a poco de acomodarse en el hotel. Mientras deshacía el equipaje, su madre dijo como al pasar que en dos días el grupo estaría en la ciudad. Su padre, que justo salía de la habitación, dio media vuelta en silencio y se colocó con solemnidad la mano izquierda sobre el pañuelo que le protegía la garganta. Era un gesto entre noble y afectado que ya había visto en su abuelo y que incluso el propio Montiel remedaría muchos años después. ¿El gesto de una inveterada precaución ante la cercanía del traidor?, pensaba Montiel a veces.

—¿Sí? ¿Y con quién vas a ir?

La vibración especial que contenía la palabra quién, en esa ocasión, representó con el correr de los años no sólo el centro de aquel diálogo, sino la explicación tanto de los acontecimientos que se produjeron en los días inmediatos como de la conducta de su padre por el resto de su vida. Se hallaban lejos de la alegría y el entusiasmo de los primeros días del viaje, cuando llegaron a Tánger después de navegar por el Atlántico y descansar un par de semanas en las islas Canarias. Luego viajaron de continuo; tres o cuatro días en un lugar y entonces tomaban otro rumbo. En los meses previos a la partida, los Montiel habían sido el tema irrenunciable en las conversaciones de sus familiares y amigos, así como de los otros niños en el colegio. Nadie les hablaba de otra cosa y, de vez cuando, les hacían comentarios entre admirativos y escandalizados acerca de la empresa en la que se meterían.

Al comienzo, lo que pudieron haber sido las primeras diez semanas, el ánimo de los tres no abandonaba la intensidad de una alegría continua, casi molesta, y hacían las cosas y hasta hablaban como atolondrados. Esa era en cierto modo la opinión de la institutriz, quien, entre lección y lección, le sugería a su pupilo que no se le olvidara mantener cierta distancia ante todo lo que veía en el itinerario. En realidad, era la distancia que ella sentía a diario al ver cómo los demás trajinaban a su alrededor de una sorpresa a otra.

Para Montiel había una escena invariable en cada destino. Luego del almuerzo acompañaba a su padre a la oficina de correos y aguardaba a que él recibiera o enviara los telegramas que intercambiaba a diario con su socio o el administrador. Mientras tanto, se entretenía con los objetos o los carteles que había alrededor y también trataba de comprender lo que la gente le decía en variantes o mezclas de lenguas que casi nunca conocía. Aunque su padre le prohibía alejarse del asiento, apenas lo veía reclinado sobre el mostrador, casi siempre en un intento esforzado por hacerle entender al empleado el contenido o la grafía de un mensaje, Montiel salía y daba una vuelta alrededor de la oficina. Era cuando se encontraba con la gente del lugar. Había sitios que le resultaban fascinantes, llenos de color y animación, con insectos, plantas y construcciones que perdurarían en su memoria y en sus sueños a lo largo de los años. Pero había otros en los que la oficina de correos no era más que un ensamblaje apresurado y tremolante de tablas bastas por entre las que se filtraba un aire frío y polvoriento. Montiel se asomaba al exterior con temor, como tentando con la punta de un pie la orilla del mundo.

En una ocasión, bajo un sol cuya luz borraba los contornos de las cosas, una anciana se le acercó por la mitad de la calle. No había nadie en ese instante y tampoco circulaba ningún vehículo. Cuando Montiel vio a la mujer se asustó y estuvo a punto de correr hacia la oficina. Iba tan encorvada que en un primer momento había pensado que llevaba la cabeza sujetada contra el pecho. Sin embargo, la determinación con que la anciana avanzaba hacia él lo subyugó. Entonces ya no sintió miedo, a pesar de que pronto notó que tenía un ojo completamente blanco y que una barba despareja bajaba desde las patillas y se juntaba en una pelambre cerdosa bajo el mentón. Ni siquiera fue curiosidad lo que experimentó frente a ella. Era una suerte de seguridad, quizás como una confianza con un asomo de molestia. La mujer le dijo unas palabras que le resultaron desconocidas, en parte porque no tenía dientes y la pronunciación se resentía por unos labios que entorpecían la lengua. Montiel pensó que podía ser judía, pero fue un razonamiento fugaz. Luego se produjo un silencio y la anciana miró hacia el piso de tierra, algo que le costaba menos que el esfuerzo de levantar el rostro. Parecía pensativa, pero lo que hacía era revolver entre sus ropas con ambas manos. Unos segundos después, sacó con trabajo de un pliegue entre su falda y el abrigo un pequeño objeto que cabía en el interior de su puño. Estiró el brazo hacia adelante y levantó de a poco la mirada hacia Montiel. Dijo algunas palabras igual de incomprensibles y asintió en silencio sin dejar de mover la mano con el objeto. Montiel estudió el brillo del ojo bueno durante unos segundos y se decidió a alargar también su brazo para atrapar aquello que la anciana dejó caer sobre su palma. Era algo muy liviano. Un envoltorio de terciopelo púrpura que hacía una punta hacia arriba y que estaba asegurado con un hilo pardo y de confección rudimentaria. Al tacto, Montiel se dio cuenta de que el envoltorio contenía algo así como una pieza de base rectangular, no mucho más grande que una caja de fósforos. Restregó un poco el hilo entre sus dedos y halló un cabo corto que en seguida intentó atrapar entre las uñas del pulgar y el mayor. Estaba asegurado con fuerza, y cada vez que conseguía atenazarlo, el cabo se le escapaba un segundo más tarde. En eso estaba cuando oyó la voz de su padre. Era una mancha apenas menos clara bajo la luz que caía sobre la calle. Vio cómo caminaba hasta él con rapidez y agitaba al lado un fajo de papeles.

—¿No te dije que te quedaras quieto?

Montiel lo observaba igual que si recordara a un conocido lejano. El envoltorio se encontraba aún sobre la palma de su mano, como si se lo ofreciera a alguien invisible.

—¿Qué carajo hacés ahí? ¿De dónde sacaste eso?

—Me lo dio una señora —respondió mientras bajaba la cabeza y sentía que las lágrimas anegaban sus ojos.

—¿Qué señora?

—Una...

Montiel intentó atisbar hacia el final de la calle, pero, entre la luz y sus lágrimas, el lugar parecía terminar a unos pocos pasos.

El padre le sacó el envoltorio casi golpeándole la mano y lo empujó hacia adelante.

—¡No se aceptan cosas de gente desconocida!

Caminaron de vuelta hacia el hotel en silencio. Montiel pensó durante muchos años que su padre había tirado aquella tarde el objeto.

El incidente de la aparición de la anciana no encajaba con el discurso de las primeras semanas del viaje; fue bastante más tarde cuando se dibujó en el horizonte de su avenencia la abertura hambrienta de la insidia. Pero hasta entonces, cada vez que regresaban al hotel desde la oficina de correos se encontraban de modo invariable con su madre, que también había salido y acababa de regresar con una cantidad sorprendente de objetos. Por lo general, los amontonaba en la cama matrimonial. Su padre se le acercaba, le preguntaba con vaguedad de dónde habían salidos todas aquellas cosas (una pregunta que no esperaba respuesta y que tampoco la obtenía, porque se diluía en carcajadas o en comentarios altisonantes) y, según el caso, para qué servían. Luego comenzaba a sacudir la cabeza hacia ambos lados. Casi siempre su mirada se quedaba fija en un punto indeterminado de la cama, quizás porque ya estaba pensando cómo tendría que caminar de nuevo hasta la oficina de correos y explicarles a los empleados la manera en que habrían de cargar todo eso hasta una ciudad que se llamaba Buenos Aires.

Cuando atravesaban el Cáucaso, aquel aire de complicidad entre sus padres había desaparecido por completo. Ni siquiera se hablaban, y fue la institutriz quien medió casi desde el principio, aunque bastante de mala gana. Una mañana, en uno de esos pueblos que Montiel no pudo conservar en la memoria más que como un infierno de viento y polvo, la institutriz se detuvo ante la puerta de su habitación con la valija armada.

—¡Me voy! Yo esto no lo aguanto más.

Su padre se adelantó, la tomó del codo con una mano y del brazo con la otra y la condujo a unos pasos, hacia el centro de la sala.

—¿Pero qué dice? ¿Usted se está volviendo loca?

Le hablaba como quien reconviene a un sonámbulo. En seguida bajó un tanto el tono de voz y agregó:

—¿Usted se da cuenta de dónde estamos, no? Es una persona grande. Seguro que conoce el mapa un poco...

La institutriz se soltó lentamente.

—Sé muy bien dónde estamos. De alguna manera voy a volver. No se preocupe, señor.

Montiel recuerda que entonces su madre le puso una mano sobre la cabeza.

—Vamos, Jorge. Vámonos de acá.

A punto de abandonar la habitación, Montiel miró por encima de su hombro y notó cómo su padre se arqueaba un tanto hacia atrás y hundía su mano en el bolsillo del pantalón. La institutriz, que había permanecido con ambas manos recogidas bajo el vientre, de pronto abandonó esa postura y se secó una lágrima.

El pensamiento de que alguien desconocido viajaba junto a ellos, una sombra gris que cubría de a poco la línea imaginaria de su itinerario, fue lo que sumió a su padre en un aire continuo de recelo. ¿Quién podría ser el hombre con el que se cruzó en la entrada del hotel en ciudades tan distantes como Teherán y Moscú? Y eso sin contar que no hubiera sido el mismo que creyó haber visto salir de una tienda en Tiflis y que de inmediato se perdió entre la multitud. A veces, al llegar a un nuevo destino, sus padres se encerraban en la habitación del hotel y discutían por horas. En esas ocasiones, Montiel observaba cómo la institutriz se hacía traer un servicio de té hasta su pequeña recámara o la sala, dependiendo de las cualidades del establecimiento, y se ponía a hojear con desdén los diarios que colocaban al mismo tiempo sobre la bandeja. Generalmente, se apoyaba en un codo y se extendía a lo largo de la cama o el sofá. Entonces se le formaba una sonrisa apenas dibujada que contrastaba con el modo en que sus párpados caían. Así pasaba las páginas, muchas veces sin entender una sola palabra de todos aquellos extraños idiomas, con la atención apenas fija en las fotografías, hasta que terminaba el té y apartaba la bandeja con un movimiento rápido. Luego abría su valija y comenzaba a sacar la ropa. Montiel la observaba en silencio, como si esa joven mujer tuviera la respuesta de lo que acontecía. Había en sus ojos un destello cerval que ella captaba de inmediato y que la movía a desarrollar una extraña camaradería. Lo que la institutriz hacía a continuación era desvestirse. Montiel estaba acostumbrado a verla en esas condiciones. La primera vez quiso darse vuelta, pero la muchacha le tomó el mentón y le giró la cabeza hacia ella de un modo brusco.

—No pasa nada si mirás, nene. Ya en un tiempo vas a tener que aprender también cómo somos las mujeres, ¿sabés? Así que si te portás bien más adelante te enseño otras cosas.

Montiel contemplaba la pelambre que sobresalía por debajo de los brazos y la ropa interior igual que si presenciara una fuerza oculta que la institutriz le estuviera revelando, algo que lo envolvía junto con el perfume mezclado con el olor a transpiración y que le parecía, en su conjunto, una nueva persona que había acudido hasta allí para tratarlo; pero él no sabía qué era esa persona, o cómo tenía que hablarle. En esta escena se encontraba todo lo que la institutriz nunca quería decir de sí misma. Los senos contenidos eran como unos ojos velados, y el ombligo una boca recogida en un gesto de falsa sorpresa. ¿Cómo podía hablarle a aquel rostro? Montiel jamás supo mucho acerca de la institutriz, salvo que se llamaba Celia, ahorraba para comprarse un apartamento cerca de Capital, tenía un novio en el Tigre y pensaba casarse con él al término del viaje.

Cuando finalmente se vestía, le tocaba el pelo y le alargaba una mano.

—Vení, pibito —le decía—. Vamos a dar una vuelta por ahí, que la tormenta tiene pinta de seguir para rato.

Al regresar al hotel, se enteraba de que su padre había salido, quizás a la oficina de correos, como solía hacer. Su madre, por su parte, casi siempre tomaba un Martini encima de la cama mientras leía unas revistas o escuchaba la música del pasadiscos. Montiel se subía a la cama y fingía leer de otras revistas o algún libro. Pero lo que en realidad hacía era observarla sin que ella se diera cuenta. Pensaba, incluso, en el rostro que la institutriz le había revelado y en cómo su madre podía contener uno similar. Le gustaba mirarla cuando se detenía sobre una página con cierta concentración y el cabello caía como una cortina junto a la mejilla. La luz del sol, en las mañanas, lo atravesaba y le daba a su rostro una tonalidad ambarina que lo extasiaba, aunque a veces, desde el ángulo en que la observaba, no abarcaba más que sus labios, la punta de la nariz o las pestañas. Y la manera en que sonreía ensimismada... Nunca era una sonrisa inmediata. Era una prenda que se desenvolvía con parsimonia. Su madre bajaba la mirada, cerraba los ojos y luego sí, sus labios se abrían como la hendidura de una fruta. En una oportunidad, de visita en una iglesia, Montiel miró hacia arriba y descubrió en un vitral la expresión llena de gracia de la Virgen. Llamó a su madre ante los demás y le dijo que aquella imagen era la de ella, quizás invocando la costumbre de verla mientras hojeaba las revistas en el hotel. Montiel no pudo olvidar jamás la sonrisa de su madre en ese instante, atravesada por la lisonja y la vergüenza. En otra ocasión, cuando leían, levantó de pronto la cabeza, como acuciado por una duda.

—Mamá —dijo—, ¿en cuántas películas actuaste?

Su madre se rio tanto que se le salieron las lágrimas.

—¡Hijo! ¡Qué ocurrencia! —llegó a responder.

En ese instante entró su padre.

—¿Qué pasó?

—Nada... —dijo su madre—. Mi hijo, nada más, que me dice cosas hermosas.

Su padre lo miró en silencio y regresó a la estancia contigua.

—Hermosa en cantidad... Así es tu madre —le dijo una tarde la institutriz, en medio de una lección.

Leían una novela de Dickens en inglés cuando puso la palma de la mano sobre la página y dio un par de golpes.

—Las mujeres hermosas pueden lograr casi todo lo que quieran. Por eso los hombres les tienen miedo —agregó.

Montiel no entendió, pero preguntó por qué.

—Las mujeres hermosas son las que mueven las historias.

Luego levantó el libro y lo sostuvo frente a él.

—Tu padre —continuó— no está tan mal. Pero una mujer como tu madre puede tener todo lo que quiera en la vida. ¡Todo! O casi todo... Y vos saliste a tu madre, así que vas a ser un hombre muy lindo el día de mañana, ¿sabés?

Montiel se quedaba sin palabras cuando la institutriz hablaba de esa manera. Apenas comprendía lo que quería decir, pero se le escapaban sus intenciones. En ese momento, la muchacha le apretó la nariz con los dedos.

—Si fueras grande como yo, nos casábamos. Pero no te asustés, zonzo, que la vida nos puso en mundos diferentes.

Aquella mañana en Milano, sus padres llegaban de una tregua que había durado tres o cuatro ciudades; por eso Montiel se encontraba aún entre ellos y no con la institutriz, como era la costumbre. Y fue precisamente la mención del concierto lo que devolvió el malestar. Porque su padre también sentía aversión por el grupo. En las reuniones con los amigos del matrimonio después de la cena, cuando todos se retiraban a un ambiente más amplio y los hombres sacaban sus cigarros, su padre bromeaba y lo comparaba con una extraña hidra gritona cuya rara propiedad era atraer con su canto horrible a sus víctimas para que se estrellaran a sus pies. Desde el lado opuesto de la sala, su madre recogía el guante y afirmaba que eran grandes músicos. Entonces comenzaba la discusión. Se formaban bandos y en mayor medida eran las mujeres quienes defendían a esos muchachos. Su padre decía cosas como:

—Y bueno, son el contrapeso natural de Churchill. Ahora hay que aguantarlos...

Luego revolvía el whisky con petulancia y se concentraba en un punto incierto del techo mientras algunos reían o se oía un aplauso zalamero. Pero su madre clavaba en él su mirada con una sonrisa irónica.

La metáfora de la hidra ante la que los seguidores se estrellaban carecía de gratuidad. Era un reproche encubierto con el que su padre expresaba la indignación que había sentido cuando su madre chocó el Mercedes Pagoda contra la fuente del jardín luego de comprarse uno de sus discos. El propio Montiel escuchó el impacto una mañana. Corrió hasta la ventana y observó hacia abajo. El automóvil había atravesado el cantero y había golpeado la pila de agua. La puerta del conductor estaba abierta. Alrededor estaban congregados dos de los hombres que trabajaban en el jardín y una de las muchachas de la cocina. Su madre bajó con una bolsa de papel y sonrió a todos con timidez. Observó al pasar el morro del vehículo y se dirigió al mayor de los hombres.

—¡Sáquelo, sáquelo! —le dijo, pero no había en su voz sino un tono de disculpa, como si se refiriera a la imprudencia de un tercero.

Entonces atravesó la gravilla y sus pasos se oyeron en los escalones en un instante. Montiel escuchó a continuación el eco de los tacos en el interior de la casa. En seguida las puertas que se abrían y el ruido de la bolsa de papel. Se acercó con suavidad a la sala y notó a su madre inclinada sobre algo que quedaba oculto detrás de su cuerpo. Montiel ni siquiera podía distinguir su cabeza y, con el tiempo, el detalle le hizo gracia. Su madre también supo perder la cabeza por ellos. Un segundo después se incorporó y lo descubrió. Recogió algo que había a su lado y se lo mostró como si fuera un cartel. Era una copia del último disco recién arribada a Buenos Aires. De inmediato sonó un acorde desconcertante de guitarra y piano y su madre levantó los brazos y empezó a sacudir la cabeza. Se despeinaba con cada paso y a Montiel le dio un poco de vergüenza.

—¡Vení, Jorgito, vení!

Pero él se quedó donde estaba, con las manos apretadas junto a las piernas. Su madre fue hacia él, tiró de sus hombros y lo estrechó. Como no había calculado bien el impulso, le dio de lleno la cara contra un muslo. Al separarse, mientras su madre lo tomaba de las manos, Montiel respiró en medio de la emanación de su perfume, que siempre percibía como un resplandor rojo que no sólo alteraba el espacio circundante, sino que se aposentaba sobre todas las cosas y las modificaba. Era el aroma que, al fin y al cabo, terminaría buscando durante mucho tiempo entre sus ropas. Pero en ese momento, cuando su madre lo forzaba a bailar, fue demasiado para él. Se alejó de un salto y vio cómo ella también dejó de moverse, se descorrió el cabello del rostro y le sonrió extrañada.

—¡No puedo creer que no te guste!

No le respondió. Disimuló su reacción con la mirada hacia un costado y, a medida que la canción avanzaba y daba paso a la siguiente, caminó casi de espaldas hasta detenerse en el rellano. Desde allí contempló su baile un poco a escondidas y otro poco permitiendo que ella lo sorprendiera entre las barras de la barandilla. Cuando acabó el lado B, su madre se dejó caer suavemente sobre la alfombra, apoyó sus brazos en el borde del diván y hundió la cabeza entre ellos.

Al despertar en la tercera jornada en Milano, se dio cuenta de que sus padres habían salido. Era algo raro. Caminó hasta el recibidor y se encontró con la institutriz, todavía a medio vestir, que intentaba hacerse entender por teléfono en un italiano lleno de contramarchas. Cada dos o tres frases afirmaba el tubo entre ambas manos y le gritaba a la bocina una misma palabra, ya fuera pronunciándola diferente o silabeándola. Cuando la conversación terminó, golpeó el tubo contra el aparato y cayó en la cuenta de que él la había observado todo aquel tiempo.

—¿Y vos? —le dijo—. ¿Qué hacés ahí como un pasmado, nene? Vení para acá que te arreglo esa ropa.

Mientras ella trabajaba con sus manos impetuosas y precisas a lo largo de su cuello y sus hombros, le preguntó por sus padres.

—No están... Se fueron temprano a la playa, lejos.

Luego le puso las manos sobre los hombros y lo separó de su pecho.

—A ver... —agregó—. Ahora sí quedaste más pintón. —Hizo una pausa y le guiñó un ojo—. La cuestión es que se fueron y nos dejaron solitos. ¿A vos te parece?

Él le respondió que no tenía importancia y que podían salir por ahí como tantas veces.

—No, señor... De abajo avisaron que no fuéramos al comedor hoy. No pueden atender. Así que nos van a subir el desayuno y vamos a aprovechar para adelantar la lección de la noche.

—¿Y por qué ahora?

La institutriz se inclinó y con sus manos abiertas le rodeó el torso.

—Escuchame una cosa... Cuando tus papás no están, ¿a quién le tenés que hacer caso? A mí, ¿no? —Le repasó el peinado con la punta de los dedos y se sonrió a la vez que abría bien los ojos—. Entonces... ¿Qué vamos a hacer? Primero vamos a desayunar, después a estudiar y recién cuando terminemos capaz que salimos a dar una vuelta, pero corta, ¡eh!, que el sol está fuerte.

Unos minutos más tarde se abrieron las puertas y aparecieron dos mozos vestidos con un frac ligero, casi de fantasía. Inspeccionaron brevemente la entrada y luego uno de ellos salió y ayudó al otro a tirar del carro. Cuando llegaron a la mesa del comedor depositaron allí, con una paciencia entre mecánica y afectada, cada una de las cosas que componían el desayuno. Montiel observaba, en cambio, a la institutriz. Le había encontrado un cierto ritmo a la tarea de los mozos y lo acompañaba con un suave balanceo de sus hombros. Mientras tanto, por cada objeto que depositaban en la superficie de la mesa, decía: “Grazie. Grazie. Grazie”, todas las veces con una entonación distinta, algo que a Montiel le pareció abrumador. Después, cuando se aprestaban a servirse y los mozos se alejaban con el carro, luchando contra el pelo de la alfombra, uno de ellos se dio vuelta y regresó a la mesa. Montiel pensó que iba a ser el encargado de preparar el desayuno, así que soltó la cuchara sobre el plato. El mozo se sobresaltó y lo observó con una expresión confusa. Montiel sostuvo su mirada. A esa altura de su vida, una mirada altiva no era algo que no supiera barajar. De todos modos, el hombre se desinteresó de él y se encorvó sobre la institutriz. Tomó una de sus manos y se la besó un largo momento.

Arrivederla, carina... —dijo.

Al alejarse, el mozo lo buscó a Montiel por encima del hombro y le hizo una guiñada, pero él lo observaba aún de la misma manera. La institutriz deslizó su mano por el filo de la mesa y le tocó el brazo.

—¡Ay, Jorgito! ¡Pero qué chaperón que te pusiste! Acá los hombres son todos así, unos galanes.

Montiel no le dijo nada. Mientras revolvía su taza, su pensamiento volvía una y otra vez sobre el bigote del mozo. Había estado a punto de preguntarle si era auténtico. Su presunción era que se trataba de una línea trazada con algún tipo de carbonilla. Pero, fuera lo que fuera, aquella línea le había conferido por siempre en su recuerdo la idea de un espacio en el que las personas, especialmente las adultas, se reclinaban sobre sí mismas en algún instante de soledad, por la noche o muy temprano en la mañana, y efectuaban sobre sus cuerpos unas marcas, o como lo llamaran, él no podía saberlo bien todavía, con las que cifraban qué querían de los demás o qué les iban a hacer a los demás. Quizás fue en esos días en Italia cuando Montiel comenzó a pensar quién era él, o de otro modo, cuáles y cuántas marcas tendría que hacerse para que la gente comprendiera lo que tuviera que comprender. Así y todo, en el momento de barruntar esa idea, sin que la cuchara dejara de girar en el interior de la taza con un tintineo apagado, su pensamiento se diluyó también y pasó a rodear los indicios que esa mañana había dejado la ausencia de sus padres.

Al término del desayuno, la institutriz despejó la mesa y le ordenó que trajera los libros y los cuadernos. Un minuto más tarde, cuando rebuscaba entre los libros que había dispuesto sobre la cómoda, sus manos se detuvieron. Las puntas de los dedos se asieron al borde del mueble como si algo lo hubiera amenazado. La institutriz gritaba en la sala, pero sus palabras se disolvían en unas pocas sílabas chillonas. Montiel abandonó la habitación y entró en la sala con pasos temerosos. El ruido que escuchó era como el paso de un viento marino en un grito innumerable a través de las jarcias de una embarcación, una furia natural idéntica al advenimiento de una tempestad. En seguida recordó lo que había dicho un hombre unas semanas atrás cuando navegaban en el Egeo.

—Imagínense el terror de aquellos hombres al pasar entre estos peñones... De repente oían a las sirenas, que ni siquiera cantaban. Te gritaban de placer hasta que te volvían loco.

Montiel encontró a la institutriz en una de las ventanas, la mitad de su cuerpo colgaba casi cabeza abajo a través del alféizar. La curvatura de sus glúteos, contenidos en la falda, lo único que podía ver de la institutriz, semejaba una nueva aparición de aquel ser que se desprendía de la muchacha cuando se cambiaba la ropa y lo buscaba para tener con él un trato de mayor complicidad. Fue una idea que atravesó su pensamiento velozmente, impulsada quizás por el estruendo que entraba por la ventana. La institutriz se dio vuelta entonces y le gritó algo, pero él no podía oírla. Permaneció en el centro de la sala y observó cómo su cuerpo se inclinaba cada vez más sobre el vacío, hasta que los zapatos mostraron las suelas.

—¡No! —comenzó a gritar Montiel—. ¡No!

Pero sus palabras fueron arrasadas por el ruido exterior. Así que corrió hasta la ventana, tomó la falda desde el ruedo y tiró hacia sí con fuerza. El cuerpo de la institutriz pasó hacia el interior y cayó sobre Montiel.

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—¿Qué hacés? —le gritó la muchacha.

La voz le llegaba a Montiel como en oleadas mientras se debatía debajo del cuerpo de la institutriz. Aún atontado por el golpe, sintió luego cómo ella lo levantaba y lo cargaba hasta el borde de la ventana. Lo iba a matar, pensó, por fin iba a hacerlo. Se revelaba por fin aquello tan extraño que experimentaba al hablar con ella. El ruido que ascendía desde la calle se hizo más intenso y tuvo la sensación de haberse asomado a un monstruo que, tras haberlo distinguido, reclamaba su alimento. De a poco, Montiel notó que no veía la calle. Miles de cabezas ondulaban como una marea de agua infecta y parecía que los rostros que de vez en cuando se volvían hacia arriba lo observaban. Pero la visión no duró mucho más. La institutriz lo cargó de nuevo y regresó con él hacia el centro de la sala.

—¡No puedo creer! —le dijo—. ¡Están acá! ¡En este hotel!

—¿Quiénes?

—¿Cómo que quiénes? ¡Ellos!

Después, la institutriz empezó a caminar de un extremo a otro de la estancia. Se repasaba las manos contra la falda, como si quisiera limpiárselas de algo, y, en algunas oportunidades, desaparecía en una habitación y reaparecía imprevistamente por otra luego de atravesar todo el piso.

—¡No, no! —repetía—. ¡A mí me va a dar algo!

Montiel se dirigió a la ventana, empujó a los manotazos los postigos y el clamor se atenuó. Entonces se sentó a la mesa y abrió uno de los cuadernos. Divisiones entre dos cifras. Su calvario semanal. En ocasiones, su padre apartaba a la institutriz con un gesto seco y se sentaba a su lado y escribía en su cuaderno al menos media docena de divisiones entre dos cifras. Luego se desabrochaba el reloj y lo dejaba a la vista, a un lado del cuaderno. Los ojos de Montiel comenzaban a hincharse y un espasmo casi placentero recorría todo su cuerpo cuando los números se disolvían entre los renglones, pero un segundo después, cuando las lágrimas ganaban el borde del párpado, todo el peso del mundo caía sobre él y su padre mismo parecía incluso apretar ese peso contra su cabeza. Montiel tentaba las soluciones y su padre por lo general le gritaba que no, que no, que no, y se levantaba de un salto, llamaba a la institutriz y en voz alta le decía que el niño no estaba aprendiendo matemáticas. La institutriz contestaba que sí sabía dividir, que sólo le llevaba un poco más de tiempo resolver los ejercicios. Y su padre: que si no sabía hacerlos de forma rápida era igual a no haber aprendido nada. Así que Montiel, mientras la institutriz iba y volvía y se frotaba las piernas, se propuso una división entre dos cifras, las primeras que se le vinieron a la cabeza. El día en que su padre se le sentara al lado y se desabrochara lentamente el reloj podía estar más cerca de lo que él sospechaba.

No llegó a estar inclinado sobre el ejercicio lo suficiente cuando la institutriz se aproximó por detrás.

—A ver... ¿Qué cuenta estás haciendo?

Montiel cerró el brazo libre y ocultó a medias el cuaderno.

—Una división... La estoy haciendo solo —dijo.

No podía ver a la institutriz. No sabía si custodiaba la operación por encima de su hombro o si miraba hacia otra parte, pero sentía cómo golpeaba con la punta de los dedos sobre la mesa. La multitud se oía ahora como un viento suave que pasa entre el follaje.

—Dejá eso —dijo de pronto la institutriz.

Montiel vio cómo rodeaba la mesa y caminaba hacia su habitación.

—Juntá las cosas —agregó—. Vamos a dar una vuelta porque ya no me aguanto acá adentro.

En el pasillo, a la espera del ascensor, comenzaron a discutir. Por cada vez que la institutriz pulsaba el botón, Montiel lo hacía tres o cuatro veces. Entonces ella propuso que bajaran por las escaleras. Como eran más de diez pisos, él se negó. En un momento, la institutriz intentó obligarlo. Lo tomó por un hombro para guiarlo a las escaleras, pero Montiel fue más rápido y se aferró con ambas manos a la reja del ascensor.

—¡No! —gritó—. ¡No!

La institutriz se inclinó con lentitud hasta que las cabezas de ambos quedaron a la misma altura. Montiel evitó mirarla. Apoyaba la frente contra la punta de uno de los rombos de la puerta tijera.

—Se ve que a vos nunca te dicen que en la vida no es siempre lo que uno quiere —le dijo—. Más te vale que te acostumbrés, nene...

Montiel no recordaba con exactitud si estuvo a punto de girar y darle un cachetazo a la institutriz o si en realidad fue una reacción que inventó con el correr de los años, la imaginación de un detalle que le diera otra estatura o un cierto dramatismo a la imagen temblorosa de ese pasado. Pero si el impulso no llegó a consumarse fue porque el enrejado empezó a sacudirse repentinamente. El ascensor llegaba por fin a su piso. Montiel dio un paso atrás y miró a la institutriz a los ojos.

—¡Ja, ja! ¡Estúpida!

—Hacete el mocoso tranquilo —respondió ella cuando entraban al ascensor—, ya vas a ver...

El descenso se detuvo luego de un piso, pero a través de la reja no vieron a nadie. La institutriz chistó o dijo algo en voz baja y, en el instante en que el ascensor parecía retomar el descenso, alguien corrió la puerta tijera de un tirón y se metió junto a ellos. Después apretó un botón y siguieron bajando. Montiel se quedó observándolo porque había algo llamativo en él. Tenía el pelo algo largo y llovido sobre la frente, pero destacaban aun más sus anteojos de sol con montura de carey. Por su expresión desencajada, resultaba obvio que no podía ver con claridad en el reducido espacio del ascensor. Quizás para disimularlo, comenzó a balancearse, como si fuera a hablar o a hacer algún movimiento. Llevaba un saco color tabaco y unos pantalones rojos que cubrían la caña de unas botas marrones. Montiel comprendió quién era recién cuando dejó de observarlo y se fijó, al pasar, en la institutriz. Se encontraba en el lado opuesto del ascensor, arrinconada en la esquina del tablero. Sus manos, vueltas hacia atrás, estaban pegadas a las paredes. Sus ojos parecían unas cuentas de vidrio tallado. Miraba hacia aquel rostro de anteojos y sus labios vibraban como presintiendo el advenimiento de una gran palabra. Fue mientras contemplaba a la institutriz que Montiel sintió un roce en el hombro. Giró la mirada hacia el muchacho y reconoció de nuevo el aire ausente detrás de los anteojos y el leve sacudimiento de la cabeza. Era imposible que alguien lo hubiera tocado al pasar por entre las rejas del ascensor en pleno descenso, sin embargo atisbó por encima de su hombro hacia el exterior sólo para convencerse de que había sido el muchacho. Buscó llamar la atención de la institutriz y sintió cómo ahora lo tocaban en un brazo. Se dio vuelta de inmediato, pero el muchacho continuaba concentrado en sí mismo. Nuevamente Montiel se dirigió a la institutriz y la situación se repitió. El otro le había rozado el cabello y se hacía el desentendido. Entonces el ascensor se detuvo, el muchacho abrió la puerta y salió. Antes de cerrarla, se paró frente a ellos al modo de un soldado y les hizo una venia. Estuvo por decirles algo, pero Montiel se adelantó.

—¡Gil! —gritó.

La expresión pareció desarmar la teatralidad con que los había saludado. El muchacho dejó caer la cabeza a un lado y se acercó un poco a la puerta.

Hill?

Montiel estiró el labio inferior y apoyó allí los dientes, casi como si fuera a escupir.

Fool! —dijo.

Luego corrió la puerta con violencia y apretó el botón de la planta baja. La institutriz permanecía en su rincón con el mismo gesto de alguien que ha sido acorralado, pero sus miembros abandonaban de a poco la rigidez. De pronto, respiró hondo y avanzó hacia él con pasos vacilantes. Su rostro no denotaba ningún sentimiento en particular.

—¿Sos tarado? —dijo—. ¡Era uno de ellos! ¡Lo insultaste, tarado!

Como si la institutriz le hubiera transmitido una enfermedad, fue el propio Montiel quien se vio paralizado. La miró unos cuantos segundos hasta que, entre el zumbido y el traqueteo de las lingas, descubrió un ruido impreciso. El ascensor entonces se detuvo y él dio media vuelta y aferró el asa de la puerta tijera. La mano de la institutriz bajó de golpe sobre la suya.

—No... —le dijo—. No hay paseo ahora. Nos vamos para arriba otra vez.

Montiel intentó girar sobre sí mismo para enfrentarla, pero ella le afirmó la otra mano encima de la coronilla y lo inmovilizó.

—¿Por qué?

—No te importa, nene. Ahora nos vamos los dos para arriba.

No fue tanto por la brusquedad con que la institutriz lo había tratado que Montiel se mantuvo inmóvil, sino por una creciente irritación en la nariz. De inmediato, vio de reojo cómo ella buscaba el botón indicado sobre el tablero. Su estómago se contrajo por el efecto de la ascensión, pero también pudo haber sido porque su cuerpo se preparaba para otro tipo de reacción.

—¡No quiero subir! —dijo—. ¡Soltame!

La institutriz le había calzado el arco del índice y el pulgar sobre la nuca.

—Ni se te ocurra darte vuelta, nene...

Un momento después, cuando la institutriz se rezagaba para asegurar la puerta del ascensor, Montiel miró hacia atrás y alcanzó a distinguir a través del espacio entre el marco y la hoja las huellas húmedas de la muchacha en el embaldosado del pasillo.

—¿Te measte? —dijo.

Pero ella siguió de largo y se encerró en su habitación.

A la media tarde, sus padres irrumpieron en la sala mientras él y la institutriz retomaban los ejercicios de matemáticas. Montiel sabía que les tocaba estudiar otra asignatura y tomó aquella vuelta a las divisiones de dos cifras como una especie de venganza. Un minuto antes de la entrada de sus padres, la institutriz había tomado un lápiz igual que si fuera un cuchillo y lo había clavado sobre el cuaderno de ejercicios.

—Ya vas a entender un día... —dijo—. Todo coincide, como en las matemáticas.

Montiel no llegó a apreciar la dimensión que aquellas palabras proponían y se quedó en silencio, concentrado en el punto que la cabeza del lápiz había dejado sobre la página en blanco. Fue entonces que aparecieron sus padres. Su madre pasó sin saludar, entró a su habitación y cerró la puerta de un golpe. El aire empezó a oler a la loción que se había aplicado en la playa y tanto Montiel como la institutriz se quedaron suspendidos, olfateando con disimulo. Su padre, en cambio, se detuvo en medio de la sala, como si todavía no hubiera decidido qué hacer.

—¿Adónde fueron? —le preguntó Montiel.

Su padre se sobresaltó; no parecía haber reparado en ellos.

—A Génova —respondió—. Estábamos en la playa...

Casi sin mirarlos, se les acercó de a poco, pero no de un modo directo. Montiel notó que a la institutriz le costaba encauzar de nuevo la lección. Gesticulaba en silencio y parpadeaba más que de costumbre. También ella se veía impelida a participar en la conversación.

—¿Y cómo estaba el agua, señor? ¿Mucha gente?

Pero su padre ni siquiera estimó esas preguntas. Dio un paso largo, lleno de resolución, y le golpeó el antebrazo con el dorso de la mano.

—¿Qué están haciendo? ¿Divisiones?

La institutriz dejó su lápiz a un lado del cuaderno y se deslizó apenas hacia el borde opuesto de la silla.

—Sí, señor.

Su padre recogió el lápiz, se inclinó sobre la página y escrutó los divisores y los dividendos. Montiel escuchó su respiración carrasposa. Al cabo de un momento resopló y empujó a la institutriz.

—Andate —le dijo—. Me voy a fijar si el pibe aprende o no.

La institutriz no contestó ni levantó la mirada. Con un movimiento suave, aproximó su pecho al borde de la mesa y se pasó las manos por detrás de la falda. Tenía los labios rígidos, y cuando se levantó, un segundo antes de que se diera vuelta para desaparecer detrás de una de las puertas, Montiel advirtió cómo apretaba sus párpados. Contenían un tipo de vergüenza que ella no debía dejar escapar.

Su cuerpo entero se hallaba en su rostro. Allí estaba su dolor, en la tirantez a través de la cual buscaba abrirse al aire y que recorría el arco de sus cejas, la parte alta de sus pómulos o el declive de las mejillas hacia el maxilar. Era como un globo inaudito; podía ver a través de sí mismo y aguardaba que alguien apoyara en él la punta de un dedo o lo rozara con el principio de una palabra para liberarse al fin y alcanzarse o perderse entre todas las cosas. Así, una y otra vez regresaba al inicio del párrafo en la página que leía. El libro estaba siempre a punto de caérsele, pero a último momento sus manos recobraban una memoria inesperada, como dos sirvientes distraídos que debían salvar cada tanto a su señor sonámbulo al pie de unas escaleras. En esos bandazos que daba el libro, creía haber captado el significado de lo que leía, pero en la mitad de la frase volvía al comienzo porque la sombra de la incomprensión anegaba los espacios entre las palabras. Frente a él, entre la bruma densa del humo de su cigarro aparecían y desaparecían diferentes partes del cuerpo de su padre. Desde los barrotes de su dolor, Montiel vigilaba esa composición a medio hacer. Si en algún instante todas las partes desorientadas llegaban a reagruparse, sabría de inmediato que todo su cuerpo lograría entonces la explosión tan deseada. Ni su madre, ni mucho menos la institutriz, se habían asomado durante todo aquel tiempo que demoraron los ejercicios junto a su padre. Ahora, en medio de la tregua sádica en la que él lo observaba por entre el humo y le guiñaba un ojo mientras se llevaba el cigarro a los labios, le sonreía para mirar de nuevo el techo o le hacía preguntas sobre lo que leía.

—Si le dedicaras por lo menos la cuarta parte de lo que leés a las matemáticas no tendrías tantos problemas.

Las palabras acudían a Montiel como si cada una fuera entregada por un mensajero diferente.

—El problema —agregaba su padre— es la pibita esta. La veo muy soñadora.

En ese punto Montiel empezó a percibir un zumbido furibundo, no exactamente como si procediera del exterior, porque algo intercedía para darle la idea de que podía proceder de sus propios oídos. Se fijó en sus manos y notó que el libro ya no estaba. La figura de su padre, por otro lado, se veía completa. Primero creyó que se le volcaba encima, pero pasó de largo y, por el modo en que la luminosidad de la estancia vibró, supo que se había parado frente a la ventana.

—Estos maricones... —dijo su padre, mordiendo el cigarro.

Bajó luego la hoja de un golpe. El cuerpo de Montiel se abatió en todas direcciones y tuvo al fin la impresión de que había conseguido reventar.

Cuando despertó, aún había luz natural. Su madre estaba inclinada sobre él y le pasaba un pañuelo por la frente. Tenía un brazo dormido. Intentó moverlo y sintió un hormigueo desagradable. El calor y la somnolencia terminaron de crear un vacío que se extendió desde su pecho hasta la garganta. Empezó a llorar, pero sin mucha convicción, más bien como una forma de acelerar el desenlace de la escena. Recordó de golpe la imagen de su padre fumando enfrente y se dio cuenta de que ya no estaba en la butaca. Tampoco lo vio en el resto de la sala ni olió el rastro del humo del cigarro. Su madre, entonces, lo cargó y lo llevó a la habitación principal. Lo dejó con suavidad sobre la cama y comenzó a lidiar con su camiseta pegoteada por el sudor. Luego llamó a la institutriz y un momento después Montiel la vio aparecer en la entrada. Le costó reconocerla. Se había colocado un vestido rojo y llevaba el cabello suelto.

—¿Llamaba la señora?

Su madre se apartó.

—¿Podrás sacarle la ropa, querida? Está bañado en sudor.

La institutriz se detuvo a medio camino de la cama.

—¿Le pongo la ropa de cama?

—No, no... Me lo llevo conmigo. Así que tenés libre, no sé si te dijo mi marido.

La muchacha sonrió. Asintió y se acercó a Montiel. Tiró de su camiseta empapada sin dejar de sonreír, de un modo que le hacía sentirse invisible.

Las horas siguientes fueron para Montiel, siempre, en su recuerdo, o más bien en el esfuerzo periódico por formar ese recuerdo, una materia viscosa y turbia en la que algo como sus manos, y que era también menos que palabras, paleaba con pereza en busca de un objeto vital e imprevisible y en medio de una farfulla en la que él se movía como un ciego apaleado. La somnolencia no se disipó mientras viajaron en el taxi y tampoco durante el concierto; era una capa benévola que alguien había echado sobre él y a través de cuya urdimbre examinaba con cuidado el mundo, lo que fue el mundo en las últimas horas en que vio a su madre con vida. Así pasó por el calor del taxi, los bocinazos y las protestas del conductor a la turba que vadearon con esfuerzo.

Para avanzar, su madre reiteraba cada pocos pasos una misma palabra que se transformaba en la memoria en una suerte de salvoconducto. Pero nunca pudo recordar de qué palabra se trataba. Entretanto, las muchachas no paraban de gritar. Los oídos empezaron a zumbarle, sintió ganas de vomitar y pensó que podría desmayarse de un momento a otro. Su madre, que quizás había percibido la languidez con la que le tomaba la mano, lo llevó en andas a lo largo de unos metros. Un carabinero los distinguió, se puso a empujar a la gente y abrió los brazos como si quisiera darles un abrazo. Pero el hombre no hacía otra cosa que retroceder y su madre caminó hasta él cada vez más rápido. Montiel tuvo un instante para pensar qué quería su madre yendo hacia ese hombre y también tuvo aun un segundo para desechar ese pensamiento. Otro carabinero se sumó, los cubrió con un brazo y les gritó a unas personas que se hallaban apostadas detrás de una reja. De ese modo alcanzaron unas escaleras despejadas que conducían a la parte superior del estadio. Luego, cuando se ubicaron entre las gradas, su madre suspiró y extrajo de su bolso un papel que dobló hasta transformarlo en un abanico. En el espacio que tenían frente a sí, desde una altura no muy pronunciada, observaron a la multitud que se agolpaba contra el escenario. Los gritos, especialmente los de las mujeres, le ofrecían a Montiel una vez más el signo claro del advenimiento de una desgracia. Miró hacia un lado y buscó en el rostro de su madre la explicación más radical de lo que hacían allí, el objetivo furioso que perseguían. Pero su madre se había desentendido de él. Se había puesto de pie y ahora Montiel pudo ver a través del ruedo de su falda el nacimiento de los muslos tersos y tostados y, más arriba, con la perspectiva ya cerrada, el rostro informe con que su madre lo entregaba a la excitación. Fue cuando sintió que la perdía.

Estuvo un largo rato con el ánimo en suspenso. Las gradas, el gentío y el escenario unos metros más abajo parecían acercarse y alejarse repentinamente como si el mundo fuera el pulmón de un animal perseguido. Apenas si intercambiaba ya algunos comentarios con su madre cuando pensó que la espera iba a anularlo y todo se fundiría en una oscuridad sorda. Pero entonces aparecieron ellos. Su madre le tocó la espalda y le dijo unas palabras que no oyó o que ni siquiera salieron de su boca. Sus labios se entreabrían en una serie de gestos que la asemejaban a una repetición tortuosa de sí misma. Montiel la miraba y le decía “¿qué?”, pero tampoco él podía oírse.

Muchos años después, en medio de un fantaseo nocturno junto a varias personas más o menos conocidas, Montiel había presentado aquella noche en Milano como una posibilidad de lo que podía ser el infierno. Sólo habría bastado con repetir el éxtasis de esa idolatría; nada de gente siguiendo una bandera sin color. Tan sólo esas cuatro figuras prácticamente idénticas, vestidas de negro, casi clavadas en sus respectivos lugares y que agitaban sus cabezas y aullaban frases ininteligibles no para nadie, sino que peor: para quienes celebraban la idea de aquello que tenían enfrente por encima de su propia encarnación. Su música atravesaba el espacio de tal manera que Montiel podía ver cómo sus partes se separaban, andaban dispersas unos instantes y en seguida volvían a reunirse.

Pese a todo, el largo pasaje de una canción permaneció a su alrededor y lo sorprendió una conciencia inesperada en la que su madre y él se encontraban aislados de todo. La canción era en realidad un vals, y el pasaje que Montiel retuvo preguntaba por el tiempo que pasaría hasta que una mujer se diera cuenta del error que había cometido. En ese momento, los brazos de su madre colgaban como algo impropio. Con la mirada perdida a lo lejos, lloraba de un modo en que su rostro no denotaba compunción. Lloraba como podía haber llorado una muñeca. Por primera vez en la noche, Montiel se fijó en su vestido, una pieza entallada de color azul marino con un lazo beige de cuero trenzado que ceñía la cintura. Montiel llevó la mano hasta el lazo y tiró de él. Sentía el calor de la piel que traspasaba la tela mientras con la punta del pulgar hendía el pliegue de la ingle.

—¿Qué pasa? —le preguntó.

Su madre bajó la mirada con lentitud.

—Nada, mi amor... —dijo.

Después se secó las lágrimas. Ponía un cuidado especial al tocarse por debajo de los párpados; apoyaba la punta del índice y el dedo comenzaba a saltar con gracia como si buscara infundir un sentimiento alegre. Fue el último detalle de su madre que Montiel recordaría. Unos segundos más tarde su cuerpo se aflojó por completo. Un hombre lo sostuvo y colocó su saco sobre la grada. Montiel se tendió de lado y escuchó a lo último los breves cumplidos con que su madre y el hombre se saludaban.

No fue su madre quien se metió en su cama a la mañana siguiente. Era el cuerpo de la institutriz el que se sacudía sobre él; su respiración era como un mecanismo que una mano ociosa encendía y apagaba con rapidez. Por el espacio de la puerta apenas entornada, Montiel vio cómo su padre caminaba por la sala. Pero no estaba solo. También otros hombres caminaban allí y conversaban con él o entre sí. Le hacían preguntas, por ejemplo, que a veces respondía en voz alta y en italiano. No entendía casi nada de lo que hablaban, y sin embargo supo cuando lo mencionaron. A continuación, la puerta se abrió un poco más y su padre entró como una sombra.

—¿Qué hace? —preguntó.

La institutriz se removió entre las sábanas y miró hacia la luz por encima de su hombro. El movimiento envolvió a Montiel en el olor agridulce que la piel de la muchacha tenía por las mañanas.

—¡Déjelo! —gritó—. Es un niño.

—Es mi hijo, señorita.

Su padre dio un paso más hacia ellos y, a pesar del contraluz, se revelaron algunas de sus facciones.

—Haga lo que quiera —dijo—. ¡Total! Que ya le queda poco acá.

Se dio vuelta, cerró la puerta de un golpe y la habitación quedó a oscuras. Pasaron dos días hasta que vio de nuevo a su padre. Fue en el aeropuerto, cuando regresaban a Buenos Aires. Estaba sentado en la cafetería. Fumaba y leía un diario que ocultaba casi todo su cuerpo. Montiel y la institutriz habían llegado desde el hotel en otro taxi. Se pararon al lado de su mesa y permanecieron allí unos cuantos segundos hasta que su padre dejó de leer y le hizo una guiñada.

—Hijo...

A la institutriz ni la miró. Le hizo un gesto con la mano, como si la ahuyentara, y la muchacha se perdió entre la gente. Montiel la reencontró durante el vuelo. Seguía con despreocupación el paso de una azafata cuando su mirada y la de la institutriz se cruzaron. Iba sentada unos cuantos asientos por detrás de ellos y Montiel se dio vuelta de inmediato y se determinó a no observar más hacia el fondo del avión durante el resto del viaje. En esa época de su vida, lo único que rechazaba de esa manera eran los ojos de los animales peligrosos detrás de las rejas.

Pero antes, aquella mañana, cuando la puerta se cerró tras el paso de su padre y todo quedó a oscuras, escuchó cómo ella arrastraba su cabeza sobre la almohada, muy poco a poco, y le decía sobre el oído:

—Tu madre...

Luego comenzó a sacudirse una vez más. Montiel sintió cómo las manos de la institutriz tomaban su cabeza y la bajaban hasta el pecho de olor agridulce. Su cabeza martillaba contra el esternón a medida que ella repetía aquellas palabras y agregaba algunas otras cuyas sílabas saltaban de golpe hacia cualquier lado. Más tarde Montiel lloró sobre el pecho de la institutriz, pero de una forma extraña, como si le fuera posible ser el espectador de su propio llanto.

—¿Qué vas a hacer ahora?

Eso era lo que la institutriz le preguntaba en el punto en que la sal de las lágrimas le picó los labios. En lo que duró esa oscuridad, Montiel levantó una y otra vez con la punta de su lengua las muestras de aquel sabor que se asentaba entre él y la institutriz.