Si uno viene desde el oeste, tres kilómetros después de pasar La Pedrera y luego de Punta Rubia, aparece la Primera Entrada a Santa Isabel de La Pedrera. 500 metros después está la Segunda Entrada, y luego de otros 500 metros, la Tercera. Estas tres calles —que oficialmente se llaman así, según consta en el mapa— llegan hasta la playa y estructuran el balneario. Otra calle, “avenida”, dice el mapa, conecta en la mitad del balneario las tres entradas, pero un cañadón bloquea el paso entre la Segunda y la Tercera Entrada. Las referencias para llegar a cualquier parte son a partir de estas tres entradas. En auto se entra desde la ruta 10 por cualquiera de ellas, en ómnibus hay que bajarse en la ruta y caminar, y desde La Pedrera se puede caminar por la playa tres kilómetros hasta llegar a Santa Isabel.

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A inicios de los 90 se les encomendó a cuatro trabajadores de la Intendencia de Rocha la tarea de plantar pinos en Santa Isabel. Uno de ellos fue Artigas Huelmo, oriundo de La Pedrera, que se transformó en uno de los primeros pobladores del lugar. Artigas cuenta que “el balneario era todo dunas, no había árboles, sólo algún autóctono, rastrero, pero no había nada. Después se loteó y plantamos los pinos”.

—Cuando llegué sólo vivía un viejito, arriba, sobre la ruta, que después falleció, pero acá abajo, contra la playa, no había nadie. Llegué, planté tunas, cactus. Esto lo armé pensando en venirme los veranos escapando de los ruidos de La Pedrera, para estar tranquilo. Después me entusiasmé y dije: “Me quedo acá”. Cuando vine hice una plataforma y armé una carpa arriba, porque veía el mar. Y después dije: “Voy a seguir para arriba”. Y seguí, e hice la cabaña —recuerda.

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Entre la avenida proyectada en los planos que parte al medio el balneario y la ruta se extiende durante cinco kilómetros el Valle de la Luna, que Santa Isabel comparte con Punta Rubia. Las cárcavas que conforman el sitio son hundimientos en rocas y suelo que se produjeron por causa de la erosión y el contacto con el agua de lluvia durante cerca de 140.000 años. Según la Intendencia de Rocha las cárcavas “albergan fósiles, así como vértebras de gliptodonte y todo tipo de elementos que fueron empleados por los indígenas que habitaron la costa”.

El valle se puede transitar caminando o desde trillos formados en el monte, que se van conectando con los barrancos. El paisaje cambia completamente con el paso de las horas. El blanco arcilloso del suelo refleja los colores del cielo: es dorado con el sol, rojizo con el amanecer y el atardecer y muy blanco cuando la luna ilumina y el cielo está despejado; desde los barrancos en la noche se forma un paisaje casi lunar. De ahí el nombre. A inicios de los 2000 se plantaron acacias en la playa para generar una empalizada contra la arena, que empezaba a taparlo todo. Las acacias se expandieron por todo el balneario y el valle no es la excepción, pues hoy día tiene islotes de estos árboles que son muy difíciles de controlar.

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Cuando cae la noche el cielo explota de estrellas. En Santa Isabel no hay alumbrado público, aunque la energía eléctrica se está desarrollando y ya hay tendido eléctrico en toda la Tercera Entrada, desde la ruta hasta la playa, así como en los primeros 200 metros de la Primera Entrada desde la ruta, y la están instalando en la avenida. La mayoría de las casas se mantienen con energía sustentable, principalmente de paneles solares. Sobre la llegada de la electricidad dice Artigas: “Ahora se nos está arrimando la luz eléctrica, eso te quita la belleza de la noche, las estrellas. Cada vecino pone un farol, un reflector, sensores que pasás a media cuadra y se prenden”. Aunque la llegada de la electricidad todavía no afecta la vista del cielo durante la noche, ni los reflejos impresionantes de las cárcavas.

En todo el balneario no hay comercios ni almacén. Para abastecerse hay que ir al almacén de Punta Rubia o a los supermercados de La Pedrera o La Paloma. Para dormir hay decenas de cabañas en alquiler, que van desde los 40 dólares por noche en adelante. Para comer hay sólo un lugar, conocido en el balneario como Cocina Familiar. Viviana y Martín, dos de sus dueños, cuentan que llegaron a Santa Isabel hace tres años.

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—Compramos el terreno con la cabaña y ahí fuimos ampliando, hicimos la cocina afuera, arreglamos todo, limpiamos las acacias que había. Nosotros somos de una cooperativa de Montevideo de educación y recreación. Somos cuatro socios; al principio queríamos alquilar durante el verano para hacer algo, y terminamos comprando acá. Ese año que llegamos ya hicimos algo con la cocina, el primer año estuvo un cocinero español, y después seguimos nosotros dos. Fuera de temporada viajamos y trabajamos en cocinas de otros países, y en verano venimos y seguimos acá. Estuvimos en Perú, Ecuador, México, y cuando volvimos intentamos aplicar algo de lo que fuimos aprendiendo.

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Cocina Familiar está ubicado en la Tercera Entrada; ahí se alquilan habitaciones y además tiene la cocina, que abre de mañana, al mediodía y de noche en enero y febrero. “Si alguien se queda y nos llama cocinamos igual en diciembre, marzo, abril. La gente viene buscando un lugar tranquilo. Hay quienes vienen a comer al mediodía y se quedan hasta las cinco, seis de la tarde. Llegan con niños; hay una cama elástica, una biblioteca infantil, juegos de caja, entonces se pasan toda la tarde. Y está el valle en el fondo, la gente baja”. Como varias casas del balneario, en el fondo, o al lado, o cerca, hay tramos de las cárcavas.

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Para el censo de 2011 en Santa Isabel y Punta Rubia (con muchas más casas construidas que Santa Isabel) vivían 94 personas de manera permanente. Según los pobladores, en Santa Isabel deben vivir todo el año o casi unas 15 familias.

Una de ellas es la de Víctor, Mano y su hija, Nube. Varias de las personas con las que me encontré me hablaron de ellos, así que fui a la Tercera Entrada, cerca de la ruta, donde me habían indicado que vivían, y en el camino comencé a leer varios carteles colocados por ellos en la calle, contra el consumo, por el cuidado del lugar, por el respeto a la naturaleza y el encuentro con la Pachamama. En la calle frente a su casa construyeron un lomo de burro para que los autos que vienen todavía con “el chip” de la ruta bajen la velocidad. Víctor y Mano viven hace casi dos décadas en Santa Isabel; organizan paseos a caballo por los barrancos, el valle y el monte para los turistas y son de los que mejor conocen las cárcavas, las vistas y los recovecos. Hace muchos años tomaron la decisión de vivir en comunión permanente con la naturaleza y “fuera del sistema”. Tienen una huerta de la que sacan los alimentos necesarios para subsistir, cocinan a fuego, no tienen energía eléctrica y cada tanto, cuando sienten que es necesario, se suben a la carroza que ellos mismos construyeron, que cuenta con quematutti y cocina, y se van de viaje con sus cuatro caballos.

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Parten sin destino fijo, y así fue que en el último viaje, que duró más de tres años, terminaron semiinstalados por más de un año en el Valle del Lunarejo, en Rivera. Cuentan que los carteles son “para crear conciencia”.

Para los que venimos de la ciudad hay una pregunta que aparece siempre: ¿cómo es vivir acá en invierno? La casa de Artigas está ubicada en la primera línea de la costa, detrás de las dunas y una línea de acacias. Él dice que “no es tan frío como se puede imaginar, las acacias cubren bastante”. Viviana y Martín cuentan que el resto del año “con un grupo de vecinos nos juntamos a tocar el tambor los sábados; es un lindo momento de encuentro en invierno, de actividad social. Y los martes hacemos fútbol cinco. En invierno las únicas huellas que encontramos cuando vamos de tarde a la playa son las nuestras de la mañana”. Durante la temporada se organiza cine al aire libre todos los viernes, sábados y domingos, con “films que tengan contenido, películas que nos inciten a pensar”, según dice el volante con la cartelera de la semana. Los fines de semana fuera de temporada vienen algunos de los que tienen casa pero no viven en Santa Isabel y sale algún asado. Cuenta Artigas que “en los últimos seis, siete años se ha construido mucho, han venido varios argentinos. Es inevitable que el balneario se siga expandiendo, es así, la gente viene y después el lugar cambia, es lógico. Cuando yo iba a la escuela en La Pedrera éramos cuatro familias allá. Ahora está todo edificado, todo va cambiando, es inevitable”. Aun así, y siendo pleno febrero, reina la calma en el balneario. No hay luces fuertes, ni ruidos, ni música alta. Para llegar a cualquier lado caminando hay que atravesar caminos y montes, y si la luna ilumina no se necesita ni linterna. El cielo es un despelote.

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