El paradigma tradicional asocia lo femenino con lo frágil, lo dominado y lo pasivo, mientras que vincula lo masculino con lo dominante, lo activo y lo recio. Su sustento es una amalgama de estructuras sociodiscursivas y sociocognitivas materializadas en realidades institucionales que constriñen la actuación de las personas en su vida cotidiana, marcando finalmente el rumbo de sus trayectorias vitales. Esta cosmovisión, aplicada al proceso de socialización de los cuerpos en el ámbito del deporte y la educación física, tiene un resultado visible en el fomento de la feminización naturalizada de las disciplinas físicas orientadas a la exhibición, como la gimnasia, la danza o la natación sincronizada (en la que ni siquiera existe una categoría masculina de competición), así como de aquellos deportes de bajo contacto, como el vóleibol o el hockey sobre césped. Esta dinámica se complementa con la masculinización de los deportes basados en el enfrentamiento con contacto, como el fútbol, el rugby o, en su máxima expresión, las disciplinas de combate.

—De pequeña en los recreos siempre jugaba al fútbol con varones, pero el deporte que me correspondía por ser mujer era el handball. Mis compañeros y amigos varones me aceptaban y les gustaba que jugara con ellos. Tanto fue así que comencé a asistir a sus prácticas luego de la clase. Así fue que surgió la posibilidad de formar parte del grupo y competir con ellos. Cuando fuimos con mi familia y se lo planteamos a la directora su respuesta fue negativa, argumentando que debía ir al psicólogo porque aquello no era normal. Hoy lo cuento como una anécdota, pero me sigue dando mucha rabia la forma en que a niñas y niños se los limita en gustos y preferencias, y cómo esto incide en el desarrollo de habilidades, modos de vida, formas de ser —dice Johanna Mocevicius.

Foto: Mariana Greif
Foto: Mariana Greif

Johanna jugó al fútbol toda su vida. Como muchas, de pequeña jugaba en su cuadra con la barra de su barrio, el Cerro. A los seis años realizó una incursión en el baby fútbol, y otra en Wanderers a los 14. Finalmente, a los 18 entró en la categoría sub-21 de Nacional, donde jugó varios años. Además, llegó a desempeñarse como internacional por Uruguay en el Campeonato Sudamericano Sub-20 de 2010.

Tras su retiro, su práctica futbolística se limitó a torneos de fútbol femenino y a partidos informales de fútbol mixto.

—Si pensás, el fútbol masculino no existe: existen el fútbol y el fútbol femenino. Existen el Mundial y el Mundial Femenino, y así con todo. Somos una categoría subalterna, y mientras se nos siga construyendo y entendiendo desde ese lugar y no desde uno central, tal cual sucede con lo masculino, va a ser difícil la transformación social —sostiene.

El espectáculo futbolístico, como deporte mayoritario en el mundo, es el ritual social de masas por excelencia, en el que se subliman las dinámicas y tensiones cotidianas inherentes a su sistema productivo basado en la competencia y el individualismo. Todos los fines de semana, los grandes estadios del mundo congregan a miles de fieles con el fin de llevar a cabo un acto de comunión colectiva en torno al oficio de un ritual basado en la competencia física entre varones presuntamente heterosexuales. En estos actos, dotados de una serie de códigos propios como los cánticos, el agite de bufandas o el alzamiento de brazos colectivo, se configura una suerte de veneración cuasi religiosa de los clubes de fútbol como fuentes de identidades colectivas, que vehiculiza a su vez la exaltación de valores como la competitividad, el trabajo y el talento asociados a la masculinidad. Asimismo, estos rituales de masas generan un correlato fuera de los estadios materializado en el imaginario creado por la prensa deportiva y amarilla en torno a la vida privada de los deportistas, vinculado al éxito consumista y al trabajo diario en los entrenamientos. De esta forma, el discurso mediático asociado al espectáculo futbolístico conforma en su totalidad una suerte de relato meritocrático que hipervisibiliza uno de los escasos ámbitos en los que la sociedad capitalista permite que jóvenes de clase trabajadora procedentes de los estratos económicos más bajos asciendan de clase social, llegando en algunos casos a la categoría de semidioses o de “estrellas” por sus propias capacidades y esfuerzo.

Lucía Silva jugando al fútbol mixto en las canchas de Arena 5. Foto: Mariana Greif
Lucía Silva jugando al fútbol mixto en las canchas de Arena 5. Foto: Mariana Greif

No es casualidad que en la más extendida ceremonia de masas con la que el patriarcado capitalista sublima las dinámicas inherentes a su sistema productivo opere una férrea restricción de género y de orientación sexual.

En el ámbito futbolístico, por un lado, se sepulta diametralmente la existencia de varones homosexuales y, por otro, se relega a las mujeres a acudir a las ceremonias deportivas en calidad de espectadoras o a imitar a sus homólogos masculinos en divisiones competitivas alternas, insignificantes para la industria del espectáculo. Esta realidad excluyente se configura y reproduce mediante innumerables barreras, conformadas por las estructuras sociales cotidianas, que funcionan apartando a la mujer de un escenario simbólico que opera de una forma clave en la pugna por el empoderamiento, como son los deportes de contacto y de semicontacto.

—Desde chiquita siempre escuchás que el deporte que te gusta es un deporte de hombres. Cuando jugás al fútbol siempre te sentís señalada como mujer, incluso cuando pretenden halagarte con el clásico “mirá qué bien juega la nena”, que por encima del cumplido te recuerda que eres una extraña en la cancha —explica Cynthia Marí, de 31 años.

Johanna Mocevicius (derecha). Foto: Mariana Greif
Johanna Mocevicius (derecha). Foto: Mariana Greif

Ella también comenzó a jugar al fútbol desde chica en las calles del barrio montevideano Las Acacias. Sin embargo, a los 15 años decidió abandonar la práctica de su deporte favorito debido al acoso que comenzó a sufrir por parte de sus compañeros de cancha.

—Una razón por la cual abandoné fue por el contacto cuerpo a cuerpo. Lo que siempre fue un juego con amigos en el barrio, a los 15 años pasó a ser un “no me puntées”. Ya no me sentía cómoda, porque ni bien mi cuerpo empezó a desarrollarse el fútbol dejó de ser deporte y diversión y se convirtió en un entorno incómodo y de acoso normalizado —recuerda Cynthia.

Este factor, combinado con la ausencia de estímulos y el escaso fomento de la organización de categorías formativas femeninas, la condujo a desligarse de la práctica futbolística durante años. Sin embargo, decidió retomarla a los 20 y llegó a jugar en equipos de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) de fútbol sala, como Boston River o Salus Football.

Algo similar en este aspecto le ocurrió a Lucía Silva, de 29 años. Su caso es un tanto excepcional ya que, al contrario que la mayoría de compañeras con las que ha coincidido, ella encontró en su familia un impulso para practicar su deporte.

—Arranqué en el fútbol desde que tengo noción. Mis padres siempre me fomentaron que jugara —dice.

Sin embargo, las mismas estructuras del ámbito futbolístico impidieron que Lucía se preparase al mismo nivel que los varones de su generación, ya que le fue difícil encontrar un grupo de entrenamiento y un nivel de competencia organizado en su categoría de edad.

Cynthia Marí. Foto: Mariana Greif
Cynthia Marí. Foto: Mariana Greif

—Cuando tenía nueve años mi padre averiguó y fui a jugar a Wanderers, pero allí era la más chica. La más grande de mis compañeras tenía como 15 años, así que imaginate. Por aquel entonces no había muchas nenas que jugasen al fútbol.

Tras esta incursión en el fútbol a edades tempranas, Lucía jugó en la AUF hasta 2015, donde las futbolistas no reciben remuneración, en cuadros como Salus y Fútbol Montevideo; aunque su dedicación a este deporte era alta, nunca pudo suponer para ella un sustento.

—Siempre decimos que cuando una mujer juega al fútbol 11 no sólo juega, sino que también trabaja y estudia. Si juega, lo hace únicamente porque le gusta. Normalmente, al contrario que los hombres, las mujeres no tenemos la oportunidad de dedicarnos exclusivamente al fútbol como deportistas profesionales —opina Cynthia.

Las mujeres han practicado fútbol desde finales del siglo XIX y principios del XX. El primer gran impulso del fútbol femenino tuvo lugar en los años de la Primera Guerra Mundial, cuando las mujeres de clase obrera ocuparon espacios de hegemonía masculina, como el trabajo en las fábricas, debido a que los hombres se encontraban en los distintos frentes de la guerra. En aquella época, equipos como Dick, Kerr Ladies Football Club, integrado por trabajadoras de la industria de armamentos (conocidas como munitionettes), se hicieron especialmente populares y llegaron a atraer a decenas de miles de espectadores a sus encuentros, a la vez que recibían innumerables condenas públicas debido al desafío que encarnaban de cara a los roles de género tradicionales. En 1917 organizaron la Munitionettes Cup, una de las primeras competiciones de fútbol femenino de la historia, que fue ganada por las Blyth Spartans Ladies.

Sin embargo, al finalizar la guerra, los hombres no tardaron en restituir el orden previo. El 5 de diciembre de 1921 la Football Association (FA) británica adoptó por unanimidad una resolución por la que declaraba oficialmente al fútbol como un deporte inapropiado para las mujeres. Esto implicó el bloqueo total de la incipiente profesionalización del fútbol femenino que se estaba dando en aquellos años. La resolución adoptada por la FA prohibió que los equipos británicos cedieran sus estadios para el desarrollo de partidos de fútbol femenino. Esto dejó a las mujeres sin espacios donde competir ante público, relegando la práctica de su fútbol al terreno privado, sin organización ni competiciones de trascendencia. Esta prohibición se mantuvo hasta los años 70 y fue una tónica que se siguió de distintas formas en varios países europeos a través de diferentes medidas de boicot misógino adoptadas por las federaciones nacionales.

Lucía Silva. Foto: Mariana Greif.
Lucía Silva. Foto: Mariana Greif.

Inevitablemente, 50 años de medidas dedicadas al estrangulamiento del fútbol femenino tienen hoy su peso. En Uruguay fue recién en 1996 que la AUF incorporó el fútbol femenino a su administración. En el Reino Unido esto sucedió apenas tres años antes.

Los argumentos de corte médico y seudocientífico, difundidos en la prensa, fueron siempre la principal justificación de la prohibición. Además de los lugares comunes sobre la hipotética superioridad física del varón, muchos médicos señalaban la incompatibilidad entre la intensidad del fútbol y la anatomía de la mujer, centrándose habitualmente en los supuestos riesgos que implicaba su práctica para el aparato reproductor femenino.

Como resultado de este bagaje sociohistórico, si bien el fútbol femenino está protagonizando un nuevo impulso, resulta indudable que el nivel de las competiciones deportivas masculinas es claramente superior. Esto, al igual que sucedió con los argumentos médicos esgrimidos en otras épocas, se retroalimenta de la creencia hegemónica de corte biologista de la que se deduce que las mujeres son naturalmente inferiores a los hombres sobre el terreno de juego debido esencialmente a la diferencia de capacidades físicas. Sin embargo, las tres entrevistadas manifestaron su desacuerdo con esta premisa, y señalaron como factor determinante la falta de apoyo que el fútbol femenino arrastra desde su nacimiento.

—Hace falta mucho apoyo económico, político y social. Si no hay dinero no hay recursos, y si no hay recursos es imposible que una disciplina se desarrolle y crezca. Si desde chico te regalan pelotas de fútbol y te llevan al campito seguro que vas a ser bueno en el fútbol, y es muy probable que también desarrolles el gusto por este deporte. Sin embargo, a las niñas nos regalan muñecas, juguetes relacionados con la casa, el cuidado, la maternidad, y nos promueven juegos menos dinámicos, que limitan nuestro desarrollo —señaló Johanna.

Los casos de jugadores como Andrés Iniesta (1,71 metros, 68 kilos), Xavi Hernández (1,70 metros, 67 kilos) o el actual ganador del Balón de Oro, Luka Modrić (1,72 metros, 66 kilos), contradicen la máxima biologista que inhabilita a las mujeres a competir contra hombres. Estos deportistas demuestran que las capacidades físicas son únicamente una parte de las requeridas en la competencia fubolística.

Al contrario que en deportes como el atletismo, dedicado a medir capacidades físicas concretas, en el fútbol intervienen cualidades de distinto signo, como la táctica, la inteligencia, la agilidad, la coordinación y la psicología del individuo y del grupo. En este sentido, innumerables atletas femeninas han demostrado que la genética de la mujer puede dar estados físicos muy superiores a los de muchos futbolistas masculinos de primer nivel, como los anteriormente citados.

—Equipos como el Barcelona de Pep Guardiola demostraron que el físico no es más importante que lo táctico en el fútbol. Esto se ve en muchos jugadores de España que, sin estar físicamente despegados, ganaron un Mundial —recuerda Lucía.

Cynthia Marí y Johanna Mocevicius jugando al fútbol femenino en las canchas de El Garage Fútbol 5. Foto: Mariana Greif
Cynthia Marí y Johanna Mocevicius jugando al fútbol femenino en las canchas de El Garage Fútbol 5. Foto: Mariana Greif

La ex jugadora de Salus hoy practica fútbol mixto en diferentes torneos que se organizan en Montevideo. Para ella, competir contra hombres es una clave importante del empoderamiento de las mujeres en este tipo de deportes.

—En el fútbol mixto juego de otra forma porque te exige más físicamente. Tenés que tratar de suplir la diferencia que tenés con los hombres de otra forma, entonces el juego se hace más dinámico —explica.

En 2005 los torneos de baby fútbol organizados por la Organización Nacional del Fútbol Infantil empezaron a ser mixtos, y cada vez más niñas se animan a participar.

—Son pocas las chiquilinas de mi edad que pudieron arrancar de chicas y mantener una continuidad. Hoy veo que el baby fútbol les cambia mucho la forma de jugar a las niñas. No es lo mismo aprender a jugar con 15 o 16 años, como sucede con muchas chiquilinas, que a los siete, ocho, nueve, como sucede con la mayoría de los hombres. En eso está la diferencia principal. Las chicas que empiezan a jugar tarde aprenden mucho, pero ya no pueden superar ciertas barreras que capaz que si hubieran arrancado de chiquitas no tendrían —señala Lucía Silva.

Aunque a nivel profesional el fútbol mixto sería aún inviable debido a la diferencia de nivel que existe entre las competiciones femeninas y las masculinas, tanto Lucía como Cynthia defienden que la práctica de fútbol mixto se extienda lo máximo posible en las categorías juveniles como forma de emparejar el nivel de juego de las futuras generaciones de hombres y mujeres futbolistas.

—La Liga Universitaria tiene mucho peso en Uruguay. Sería bueno que en este nivel se fomentase más el fútbol mixto organizando, por ejemplo, algún torneo de fútbol siete mixto —señala Lucía.

En Montevideo se organizan torneos de fútbol mixto desde 2016. Aníbal Losada fue de los primeros en fomentar este tipo de competiciones. Al margen de su trabajo, desde hace años dedica su tiempo libre a la organización de torneos de fútbol amateur.

—En el interior se había organizado algún torneo de fútbol mixto, pero en Montevideo no se había hecho nunca. El primero lo organicé en noviembre de 2016 en el club Fénix, en el barrio Sayago. Tuvo una gran convocatoria de equipos y desde ese año organizamos alrededor de dos torneos de fútbol mixto por año, y ya se han multiplicado las organizaciones que también los impulsan —explica Aníbal.

No obstante, en los torneos de fútbol mixto continúan operando reglamentos basados en el género, dedicados a emparejar a los equipos. Hasta el momento las competiciones se limitan a la modalidad de fútbol cinco y cada equipo debe estar integrado por al menos tres mujeres. Asimismo, el golero debe ser varón y las mujeres del equipo no pueden hacer de barrera ante un tiro libre.

Según Aníbal, en los torneos de fútbol mixto la cancha se convierte en un espacio integrador de núcleos que habitualmente viven este deporte desde lugares distintos.

En cambio, Johanna Mocevicius, en base a su experiencia en el juego contra hombres, donde encontró actitudes que la incomodaron, se siente más cómoda jugando entre mujeres. Si bien considera que en edades tempranas el fútbol mixto ayuda al desarrollo de las futbolistas, sostiene que la lucha hoy debería centrarse en apoyar en mayor medida al fútbol femenino, ya que la división por género es algo que hoy opera en todas las disciplinas. Sin embargo, si se proyecta en el tiempo, Johanna ve posible una competición paritaria, asociada al necesario avance de la equidad en otras esferas de la vida pública.

—Creo que mujeres y varones podríamos compartir las competiciones deportivas. No sé si mujeres contra varones, pero de forma mixta creo que sí, y que enriquecería el deporte, la convivencia y también la coexistencia. Con esto último me refiero a la forma de vincularnos; hacerlo desde la equidad, con mujeres y varones con las mismas posibilidades y oportunidades, entendiéndonos como iguales y no como que unos son superiores a otras —concluyó.

Tras la prohibición de la FA británica, Dick, Kerr Ladies realizó una gira reivindicativa por Estados Unidos y Canadá, donde disputó nueve partidos contra equipos masculinos norteamericanos. Su gira se saldó con un récord de tres victorias, tres empates y tres derrotas. Corría entonces el año 1922.