A modo de presentación

Mis padres se conocieron a fines de los 60 en Montevideo, y antes de formar pareja fueron muy amigos durante varios años. A principios de los 70 mi madre vivió en Australia, y estuvo una larga temporada en la ciudad de Alice Springs; desde allí, a mediados de 1973, pasó a instalarse en París. Poco después mi padre escribió el relato “Alice Springs (el circo, el demonio, las mujeres y yo)”, que luego sería incluido en el libro Todo el tiempo (Banda Oriental, 1982).

En 2009 estuve en Montevideo, en la presentación de la reedición de Todo el tiempo por parte de la editorial Hum, que fue además un homenaje por el quinto aniversario de la muerte de mi padre. Le escribí un mail a mi madre pidiéndole que me contara sobre su experiencia en el pueblo australiano y me respondió con el relato que sigue, que me pareció tan vívido y pintoresco como el propio cuento, por lo que decidí leerlo íntegramente en aquel acto.

Lo que aquí se reproduce es una versión casi literal de ese texto, con leves retoques para adecuarlo al registro impreso. NV

Cartas desde Alice Springs

¿Cuánto de Alice Springs le conté a Jorge? Mucho, seguramente, porque nos escribíamos cartas larguísimas: una por mes, durante los casi seis años que estuve fuera. Uno pasaba dos o tres días escribiendo, la carta tardaba unos diez días en llegarle al otro, que contestaba también largo, y regresaba en otros diez días. Total, un mes, y volvía a empezar el ciclo.

El cuento lo leí hace muchos años, pero recuerdo que no se ajusta al lugar, a nada que yo haya podido contarle, ni a su relación conmigo —no en forma directa—. Igual que en su novela París no es realmente París, los sitios y las personas le funcionaban más bien como desencadenantes de la imaginación. Y en el caso de Alice Springs, la verdad es que se prestaba: unos 5.000 habitantes, la única gente interesante que conocí en Australia. Ejemplo: no había televisión y la gente no la quería, les gustaba entretenerse entre sí. Con tipos reales casi idénticos al de Cocodrilo Dundee y otros más parecidos a cowboys, pero también ingenieros y expertos varios (hay por allí petróleo, y muchas minas —la más próxima a más de 300 kilómetros, pero en esa zona esa distancia se recorre incluso para ir a un asado y volver en el día—), además de ganaderos al estilo de nuestros estancieros, y aborígenes, claro...

Todo alrededor (y las calles mismas, que no tenían asfalto) era un desierto de tierra arenosa y rojiza con unos yuyitos marrones, mucho calor de día, y de noche frío como para botas, buzo de lana y fuego de chimenea.

La distracción principal: el pub, por supuesto (como en toda Australia), y tomar más y más alcohol (como todos los australianos). Pero había unos poquitos restaurantes —¡incluso de cocina francesa, y buenos!—, y uno donde además se podía bailar y escuchar jazz, que era el restaurante/parrillada/night-club en donde yo trabajaba, el último sitio en cerrar en todo el pueblo, cuyo dueño era un ingeniero loquísimo y fascinante. Y los sábados, una única función de cine al aire libre, muy básico y de tipo drive-in, donde la gente mira la película desde el coche. Pero también había algunos deportes, normales o no tanto: carreras de camellos, por ejemplo.

Una sola vez llovió, y absolutamente todo el pueblo salió a la calle. Las gotas, enormes, ¡se evaporaban antes de tocar el suelo! Pero siempre pasaban cosas fuera de serie, y no sólo por el clima: una diversión muy inglesa, que por cierto añoro y que en Alice se exacerbaba porque no había casi nada más, es hacer apuestas loquísimas con la más absoluta seriedad. Y que, sin llegar al extremo de La vuelta al mundo en 80 días, llevaban a la gente a acciones y situaciones inverosímiles, porque una apuesta no tiene marcha atrás: una vez hecha, se respeta y punto. En comparación, el surrealismo parece una especulación de salón, un entretenimiento para burguesitos.

Carreras de camellos, muy populares en Alice Springs. Foto: Claire Leimbach, AFP
Carreras de camellos, muy populares en Alice Springs. Foto: Claire Leimbach, AFP

Hay (o había) una única carretera, casi toda de tierra, para llegar o irse: 3.000 kilómetros todo derecho, de sur a norte, y Alice en el medio. En cada punta, el mar, y, una en cada punta, las dos ciudades más “próximas” (a 1.500 kilómetros): Darwin al norte, Adelaide al sur. Pero por el camino hay otros pocos sitios, todos extrañísimos, algunos patéticos: puebluchos subterráneos hechos de galerías, en zonas donde el calor es insoportable. O gasolineras recubiertas de capas espesas de tierra, porque hay arranques de viento que en cinco minutos dejan todo como abandonado desde hace años. O un mar seco de sal que provoca espejismos. O un centro de lanzamiento espacial (yanqui), etcétera. Por allí me perdí al llegar, las ruedas atrapadas en la tierra arenosa, porque me salí, de noche, de la carretera. Me salvó un aborigen a la mañana siguiente, cuando yo ya creía que me iba a morir.

Nada “normal”, en todo caso, salvo algunos establecimientos agropecuarios tipo ranch, pero ya lejos, en zonas un poco menos áridas.

La otra cosa que atraviesa Alice Springs, aparte de la carretera, es el río Todd, también de norte a sur. Yo río no vi; lo que vi fue un lecho totalmente seco, como de 50 o 70 metros de ancho y unos tres metros de profundidad, con... eucaliptos. ¡Cantidad de eucaliptos, altísimos, en medio del desierto! Lo que ocurre es que la zona de Darwin, al norte, es tropical, con una larga temporada de varios meses de lluvias —varios meses—, que dejan a Darwin totalmente aislada del resto del país. Y toda esa agua va expandiéndose e inundándolo todo, y el desierto la va absorbiendo, pero cada día avanza un poco más, hasta que, de pronto, llega a Alice. Yo no alcancé a verlo, pero parece que llega toda junta, como una cortina de tres o cuatro metros de altura y el ancho del lecho (media cuadra o más). Como un tsunami, y se la oye rugir desde lejos. Entonces todo el pueblo se pone a gritar “¡viene el río!, ¡viene el río!”, y empiezan las apuestas: se van todos al río con sillas plegables y cajones de cerveza, y se sientan a beber en el lecho —todavía seco— con pinta desenvuelta. Hasta que el agua se acerca. Verla venir parece que es absolutamente aterrador, así que la mayoría se escapa corriendo a las orillas y se queda mirando desde allí a los pocos que se quedan hasta el final... La apuesta la gana, por supuesto, el que aguanta más tiempo (y a quien el agua atrapa, aunque rara vez ocurre, no siempre sobrevive).

También tiene sus lados muy románticos, y no sólo porque la noche es toda a la luz de velas (de noche el pub se iluminaba únicamente con faroles de esos de petróleo, y los restaurantes con velas, a las que en el mío se agregaba un gran fuego de chimenea). Guardo preciosas y nítidas imágenes de eso, y de jam sessions junto al fuego hasta el alba, después de cerrar. Pero ya desde su misma fundación, porque Todd fue el hombre que instaló la primera línea telegráfica a través del desierto, y cuando llegó a unos manantiales (los springs de Alice Springs), instaló allí su campamento. Pero entonces Alice, su mujer, a quien quería entrañablemente, murió, y en homenaje a ella bautizó el lugar con su nombre.

Y tiene también sus leyendas: dicen, por ejemplo, que quien ha visto llegar al río Todd ya nunca más se va de allí. Y que si se va, vuelve inevitablemente, porque ya no puede ser feliz en ningún otro sitio.

Yo confieso que me fui con pena, y que si volviera a Australia iría directo a Alice. En cambio la versión de Jorge, según recuerdo, era un poco macabra, o de alguna manera negativa, y eso me había desilusionado (pero ¿no había también como un circo? ¡Eso sí que le va a Alice!). PD