Luego de un encuentro azaroso con Salomón Simhon en Bogotá, acordamos encontrarnos al día siguiente en el Tonalá. Unos minutos antes había descubierto que él era uno de los responsables del proyecto del que tanto me hablaron desde que pisé Colombia. En Montevideo hacía tiempo que un grupo de cineastas nos juntábamos cada tanto en un bar a soñar con un lugar similar. Un espacio donde poder proyectar el cine que hacíamos y que nos gustaba ver, donde perder el tiempo, beber y conversar con la gente. Salomón y su grupo de amigos habían logrado trascender esa fantasía romántica.

Tonalá es el lugar que a todos nos gustaría tener en la esquina de nuestra casa, aunque nos conformaríamos con que estuviera en cualquier punto de nuestra ciudad. Quizás el “todos” sea exagerado, pero así me gusta imaginarlo. En esta vieja casa inglesa hay dos salas de cine, un bar, un restaurante, una tienda de golosinas, una disquería, una sala de exposiciones y una librería que funcionan como partes solidarias de un organismo que tiene un solo fin: complementar la experiencia y el disfrute de ver películas.

Al tiempo que el mundo discute una y otra vez la muerte del cine como vivencia grupal, en tanto los sistemas de distribución clásicos intentan comprender los nuevos paradigmas de consumo, las películas independientes van quedando cada vez más relegadas a muestras y festivales. Comprender la lógica y viabilidad de proyectos culturales como Tonalá en ciudades latinoamericanas es un insumo más que interesante para los que todavía sueñan con refugiarse en un cine, ver películas extrañas y luego discutir hasta tarde con un vaso en la mano.

Salomón define Tonalá como una casa cultural que se divide en distintas áreas: la principal es el cine, y en particular el cine independiente. Más de la mitad de la cartelera se destina a cine latinoamericano, y el resto a películas independientes de otras partes del mundo.

“Tonalá nace en el barrio Tonalá de la Ciudad de México. Yo viví allí y decidí asociarme con ellos para montarlo en Bogotá, pero acá se transformó en una casa cultural mucho más grande. Aquí tratamos de cubrir todas las áreas del arte: tenemos teatro, conciertos, una galería, librería, fiestas, y también un área gastronómica en la que tratamos de hacer especialidades como comidas del Pacífico, intentar que también la gastronomía se vuelva parte de la cultura. Nos enfocamos en la gastronomía mexicana de barrio. Pues eso es Tonalá, una casa cultural que trata de atender las necesidades de las artes emergentes de mi país y también de América Latina”.

La posibilidad de ir a un lugar donde “esté todo lo que a uno le gusta” fue lo primero que le atrajo a Salomón cuando conoció Tonalá en México. “Ir una noche y ver un concierto, ver una película y tomarme algo fue especial, y de ahí nacieron la idea y las ganas, porque se necesitan ganas para cumplir este sueño romántico que tienen ustedes y muchas personas”. Fue entonces que conoció a los dueños y comenzaron a hablar del proyecto. Ya en Colombia, encontró el lugar donde llevarlo adelante.

“Me vine aquí a filmar unos comerciales, y un domingo en que no tenía nada que hacer, aburrido en esta ciudad que tiene muy poco que ofrecer, me fui en el carro a buscar casas y me encontré con esta, de 1935, inglesa, con un espacio tan grande. De una, sin pensarlo, tenía que hacer esto. Y así empezamos”.

Otras salas

Para Salomón Simhon, un referente es la Cinemateca Nacional de México. “Tiene como 30 salas de 400 personas cada una, y eso se llena a morir. No programan nada comercial y se llena. Eso no sólo hace que la gente vea buenas películas, sino que es un hit para los distribuidores independientes, porque si tú logras meter una película independiente a la Cinemateca te asegura al menos 10.000 o 15.000 espectadores, por decirte algo”.

“Acá en Colombia tenemos una Cinemateca que está dejada en el olvido y ni siquiera tiene DCP. Es muy bonita, con una salita pequeña. Nosotros estamos empezando ahora a distribuir, a buscar salas independientes por toda Latinoamérica, pero una ficha como la Cinemateca de México no sólo hace que se forme mucho más público, sino también que las películas de autores independientes funcionen económicamente. Si todas las salas independientes estrenan una película, más gente se va a enterar de que esa película existe y más personas van a ir a cualquiera de esas salas”.

Salomón es director de cine. Cuenta que primero se formó en filosofía, y después decidió estudiar cine. Viajó a Australia y allí se desarrolló durante tres años, después dirigió comerciales y en noviembre se estrena su primer largo, Detective Marañón. “Es una película súper comercial, con poco fondo pero muy entretenida. Tengo mi proyecto propio que se llama Lourdes, que es el que me gusta a mí y no le gusta a nadie, que es el que más quiero hacer”, cuenta. “Ahorita estoy en un proyecto que es el que está más avanzado, que es una adaptación del libro que se llama El rumor del astracán, que trata sobre la llegada de los judíos a Colombia. Siendo judío, tengo la necesidad de contar esto a través de las historias que han narrado mis abuelos, pero está enfocada en esta novela. Es un poco dark, una película de inmigrantes que por cosas de la vida terminan haciendo negocios con los nazis”.

Sólo durante el primer año se dedicó por entero a Tonalá. “Se construyó el proyecto, se buscó inversionistas que tuvieran todos un fin cultural. Normalmente la gente que tiene un fin cultural nunca cuenta con plata, y por eso en el proyecto de México hay 30 socios. Aquí en principio tratamos de mantenerlo en diez, y se nos fue a 15”, dice Salomón. “El proyecto se montó en ocho meses, una locura porque fue bien rápido, dado el deterioro de la casa y todo lo que tuvimos que hacer. La casa estaba que se caía, en muy mal estado”, recuerda.

“Terminamos toda la adaptación, montamos la sala de cine, el interiorismo con la onda que le queríamos dar. Siempre se pensó en que todos los estilos de personas se sintieran a gusto, y creo que lo más bonito que tuvo el proyecto cuando abrimos es eso, que tú ves ancianos, rockstars, punks, secretarias, economistas, un segmento de gente bastante amplio”, destaca.

En Bogotá “nunca hubo un lugar así”, dice Salomón. Los impulsores de Tonalá tenían miedo de que no funcionara por su ubicación: “No estamos en el norte, que es donde está todo el billete o la parte más comercial de Bogotá, ni tampoco en el centro, que es la parte más bohemia. Estamos en un punto medio, y eso era un poco riesgoso pero funcionó muy bien”. El boca a boca fue fundamental, dice. “Hicimos un documental de todos los trabajadores, de cuáles eran sus películas favoritas”, recuerda. “No esperamos a nadie sino que empezamos a decir: ‘Estamos haciendo un cine, esta es la gente que nos está ayudando a hacer el cine, este es el trabajador que se ocupa de la madera, este el trabajador que conecta los cables’”.

La suma de las partes

Aunque el cine es el alma de Tonalá, todos los componentes de este centro cultural se apoyan entre sí. “En enero la taquilla salvó el lugar, pero el trago es una de las cosas que más dejan, y el restaurante”.

El restaurante se encuentra en la planta baja, donde también funcionan la cocina, una sala con 63 butacas y la tienda de golosinas del cine. En el primer piso hay un almacén de vinilos, una galería de arte y una librería de editoriales independientes. Allí también se encuentra un dormitorio con varias camas y un baño, un espacio que no tenía un fin específico y que se adaptó para que los directores o los artistas plásticos que visiten Tonalá se instalen ahí.

Más arriba, en el segundo piso, está la otra sala de cine, para 35 espectadores, junto a un espacio para fiestas. “Es una sala más pequeña, con una programación más arriesgada, y por las noches es la fiestica, que es lo que más deja, obviamente”.

En los dormitorios del primer piso también se alojan talleristas. “El primer taller que tuvimos fue con Diego Quemada, el director de Jaula de oro. Allí hicimos un taller de géneros. Cada fin de semana se enfocaba en un género específico”.

“Desde un principio sabíamos que probablemente nadie quiere venir a ver una película que se llama Qué difícil es ser un dios, rusa, de ciencia ficción medieval, de tres horas, pero sabemos que lo que mejor tiene que funcionar es el cine para que el resto funcione aun mejor, por eso se invirtió tanto en eso. Vale tres veces más que cualquier cosa que veas en esta casa. Y afortunadamente, el cine sí funciona”, afirma Salomón. “Siempre es difícil, porque aquí traes películas que no distribuye nadie, y por lo tanto no son publicitadas. Cuando tú presentas una película como esta, es muy difícil para nosotros tener ese músculo para poder ganar publicidad. Pero nos hemos enfocado en redes y ha funcionado muy bien”.

Tonalá tiene 35.000 seguidores en Facebook y 11.000 en Twitter, pero para difundir sus actividades también pone el foco en el programa que se entrega a los espectadores y se reparte en distintos lugares. “El programa de mano es importante, porque uno piensa que ya todo es digital, pero la gente sí viene a buscarlo, a llevárselo a la casa. Obviamente es un costo altísimo, pero ya no lo podemos quitar, la gente viene y lo pide”.

Los impulsores de Tonalá trabajan con distribuidores locales que sintonizan con el tipo de cine que les interesa exhibir allí. “Hay pocas distribuidoras que traen algo que nos interesa, son sólo dos. Trabajar con distribuidores de afuera es difícil por temas como el DCP [Digital Cinema Package]. Es un poco más costoso traer la película que uno quiere, que termina por ser la menos taquillera, pero son obras que tienen que existir”, dice Salomón.

“A Tonalá comenzaron a llegar festivales que no sabíamos ni que existían”, cuenta. El cine tiene cuatro estrenos mensuales y exhibe otras cuatro películas “que son más de culto, más raras, que van en la sala Kubrick, en una pantalla más chica”. Se agregan exhibiciones especiales vinculadas con la visita de un director, y películas con menos público que se presentan en cuatro o cinco funciones en un mes. “Tenemos cine de medianoche los sábados, de terror, y tenemos cine infantil los sábados y domingos”, repasa.

Pero el cine que más público atrae en Tonalá es el colombiano. A veces se trata de películas que apenas se exhibieron durante unos días en las salas comerciales. “Para nosotros es increíble que las quiten a la semana, porque cada vez que lo hacen aquí suben bastante los espectadores.

El abrazo de la serpiente llegó a los 2.000 espectadores. Un documental puede tener 100. “O sólo dos”, dice Salomón y se ríe. “Hemos tenido películas demasiado independientes y demasiado experimentales que vienen a ver sólo diez personas. Pero esas diez personas cambian la visión un poco. Es que realmente uno está formando público. Porque Colombia es un país donde el cine comercial chatarra es lo que la gente ha podido ver. Se está formando gente que en verdad quiere ver otro estilo de cine, esperemos que cada vez sea más”.

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