La culpa fue de Salgueiro. G. Ríos, historiador

Ricardo Suárez saludó con aire de familiaridad al par de circunspectos porteros que, ataviado con pomposos uniformes, custodiaba la entrada del Gran Hotel Ventura. Traspuso el umbral, dejó el barro de sus zapatos en la alfombra roja y fue hacia la recepción.

Se sentó en un taburete, apoyó un codo en el mostrador de caoba y preguntó con voz cansina:

—Hola, Braulio, ¿tenés algo para mí?

El conserje, un hombre tempranamente canoso que lucía un impecable traje negro de alpaca, levantó la vista del periódico que estaba ojeando y lo observó con resignación.

El recién llegado ofrecía un aspecto lamentable. Llevaba un deslucido traje marrón que le quedaba grande, una camisa blanca arrugada y unos rotosos zapatos que nunca habían recibido lustre. Lo más penoso, sin embargo, no era la ropa, sino el propio individuo. Era alto, huesudo, desgarbado. Tenía cara de dormido, y el mechón de pelos que brotaba de su cabeza de equino se asemejaba a una mata de césped cortada con los dientes.

—No te aburrís de estas cosas, ¿eh?

—Ah, bien sabés que no. Sólo decime si tenés algo y listo.

El conserje suspiró.

—Hay un evento. Hoy mismo.

—¡Perfecto! ¿De qué se trata?

—Es un congreso de física. Vendrá gente muy importante de varios países, así que te voy a pedir que seas discreto. Invisible sería lo ideal.

—No hay problema. ¿A qué hora es?

—Comienza a las dieciocho. Está previsto que las ponencias terminen a las veintiuna; luego viene el lunch de despedida.

—Bien, regreso esta noche —dijo Ricardo Suárez al tiempo que se bajaba del asiento.

—Esperá —agregó el conserje. Luego abrió un cajón, sacó una tarjeta y se la dio al hombre.

Ricardo la observó divertido. Era una acreditación. Estaba plastificada y tenía un cordel para colgarla en el cuello. Rezaba en grandes letras: “III Congreso Internacional de Física. Dr. Ricardo Suárez”.

—¡Guauu, qué maravilla!

—La vas a necesitar para mezclarte.

—Sí, sos un genio, Braulio, gracias.

—Procurá que no me arrepienta.

—Vos tranquilo —dijo el hombre con aspecto de espantapájaros, y con una sonrisa se dirigió hacia la salida.

El conserje lo observó alejarse. Sabía que era incorregible, pero ¿quién no haría hasta lo imposible por ver feliz a su propio hermano?

Ya afuera del hotel, Ricardo Suárez consultó su reloj de pulsera. A pesar de que el vidrio estaba astillado, alcanzó a distinguir que eran las cinco de la tarde, así que decidió aprovechar ese tiempo para tomar una siesta.

Bajo un cielo encapotado, caminó seis cuadras hasta la casa que sus difuntos padres le habían dejado de herencia. Era una vivienda construida en las primeras décadas del siglo XX, de altos techos y puertas de doble hoja de madera. En sus mejores tiempos debió haber sido una bella construcción, pero ahora estaba muy deteriorada.

Luego de entrar, advirtió que cerca de la puerta había muchas facturas: luz, teléfono, agua. Las observó tratando de decidir cuál de ellas podría pagar, pero al cabo de unos segundos se aburrió y decidió dejar esa tarea para otro momento.

Se dirigió al dormitorio, se sacó los zapatos y se arrojó sobre la cama sin tender. Durmió como un angelito.

Ricardo abrió un ojo y después el otro. Había tormenta y se escuchaban truenos. Sin embargo, como pudo comprobar casi enseguida, no lo había despertado el ruido, sino las gotas gordas que le caían sobre la frente. Algún día debería arreglar ese techo, pensó. Se levantó, corrió la cama unos centímetros, puso un balde bajo la gotera y se dispuso a continuar con la siesta. No obstante, la escasa luz que se filtraba por la ventana lo hizo reconsiderar sus movimientos. Observó su reloj y, no sin angustia, comprobó que había dormido más de la cuenta. Eran las ocho y media, y él aún no se había aprontado. Sin perder ni un segundo, se desvistió y abrió el ropero. Todo lucía gastado y roto, salvo el traje azul que había heredado de su padre. Es cierto que su progenitor era más alto y más robusto, pero eso no era problema, porque a él le gustaba usar la ropa holgada. Uno tiene que andar fresco, sentirse cómodo, razonaba. Luego completó el atuendo con una camisa blanca, una corbata de rayas azules y grises, y un par de zapatos negros que, como todas aquellas prendas, reservaba para presentarse en sociedad.

Se afeitó los tres pelos que le crecían en la barba, se mojó el cabello para achatarlo, se vistió, guardó la acreditación que le diera su hermano en un bolsillo, tomó el paraguas y salió rumbo al Gran Hotel Ventura.

La lluvia arreciaba y había viento. Para colmo, aquel paraguas negro no ayudaba mucho. En sus buenos tiempos había sido elegante, pero ahora, con tres varillas rotas, presentaba un aspecto ruinoso.

Llegó mojado, pero con la moral entera. Nada le gustaba más que asistir a este tipo de eventos, y pensaba que cualquier sacrificio valía la pena.

Apenas entró al hotel, fue directo al baño. Abrió un placard en el que se guardaban los insumos de limpieza, y allí, contra un rincón, dejó su paraguas, con la idea de volver por él cuando fuera necesario. Se secó con toallas de papel, se peinó y, después de colgarse la acreditación en el cuello, se dirigió con paso triunfal al salón de actos.

En la entrada, un guardia de seguridad vestido de traje observó la tarjeta que llevaba sobre su pecho y le franqueó el acceso.

Justo a tiempo. Las aburridas disertaciones habían concluido, y ahora comenzaba la parte que más le gustaba: el brindis de despedida.

Con un golpe de vista, comprobó que había veinte asistentes y cuatro mozos. La proporción era muy alentadora. Desde hacía años, Ricardo Suárez se dedicaba de forma sistemática a infiltrarse en cuanto vernissage, lunch, despedida o fiesta de cualquier índole le fuera posible. A veces obtenía los datos del periódico (que leía de prestado), pero en muchas oportunidades, como en esta, era su propio hermano el que le facilitaba las cosas. El Salón Persa (llamado así por las bellas alfombras que cubrían el piso) era el comedor y la cafetería del hotel. No obstante, al menos una vez por mes era utilizado para diversos eventos, y casi todos ellos ofrecían la posibilidad de degustar exquisiteces.

El salón ofrecía un aspecto por demás distinguido; además de la costosa alfombra persa que le daba nombre, había una gran araña de cristales, espejos de gruesos marcos dorados y, a intervalos irregulares, entre las regias mesas y las sillas Luis XV, ánforas con delicadas flores y esculturas de mármol que representaban a seductoras ninfas. Sin embargo, Ricardo ya conocía de memoria estos lujos, y no les prestó mayor atención. Sus ávidos ojos se posaron en las mesas de saladitos, sándwiches, caviar, crepes, empanadas de copetín y arrollados primavera. Dudaba sobre qué atacar primero, hasta que cayó en la cuenta de que no podía pensar con la garganta seca. Caminó hasta la barra y un barman negro le preparó, uno tras otro, un Cuba libre, un daiquiri de durazno, un destornillador, un negroni y un old fashioned que encontró bastante aceptables, aunque recordó que en su larga experiencia los había probado mejores.

Más tarde, ya con más ánimo, comenzó a saborear, uno por uno, todos los bocados que se ofrecían a sus ojos.

Después de un rato regresó a la barra y, mientras contemplaba el entorno, probó los tragos que le faltaban. Había mesas, pero la mayoría de las personas permanecían de pie, charlando animadamente.

Más tarde, cuando ya comenzaba a aburrirse, Ricardo avanzó hacia un grupo de personas que, en medio del salón, discutían sobre los temas que los habían traído hasta allí.

Las edades de los presentes estaban entre los cincuenta y los sesenta años. Los hombres vestían finos trajes y las mujeres, bellos vestidos. Todos hablaban con corrección, pero con visible entusiasmo.

Ricardo se acercó para oír mejor. Un hombre maduro de origen asiático se refirió a la fecha del big bang. Otro, de acento caribeño, apelando a un autor de apellido escandinavo, sugirió un origen más remoto que el establecido por la academia. Luego una mujer rubia se explayó sobre la naturaleza de los agujeros negros, y un sujeto bajito que parecía español habló del tiempo, las dimensiones y los agujeros de gusano. Para Ricardo, que nunca en su vida había estudiado física, y que además estaba adormilado por los vapores del alcohol, la conversación se parecía a una ola que venía y se alejaba dejando en la orilla unas relucientes piedritas de colores. Lo poco que captaba de aquellas palabras era suficiente para transportarlo a los dorados años de su adolescencia, cuando se pasaba horas leyendo cómics y viendo películas repletas de naves espaciales, pistolas de rayos y monstruos del espacio exterior.

A fin de cuentas, escuchando a estos expertos uno podía llegar a pensar que todo era posible en el vasto universo, y que cualquier teoría, por loca que fuera, podía llegar a ser atendible.

Cuando se sintió cansado, Ricardo fue hasta la barra y pidió un escocés. Luego, para estar más cómodo, eligió una mesa desocupada y fue a sentarse. No hizo otra cosa que beber y mirar con ojos amorosos el sensual perfil de una ninfa tallada en mármol. Él era un hombre orgullosamente solitario, pero en ciertas ocasiones, como en aquella, tenía la sensación de que el amor era algo así como una flor invisible que lo estaba esperando.

Terminó su trago en silencio y se durmió arropado por un dulce sopor.

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Después de ver el noticiero, a Sergio Salgueiro lo invadió una extraña incomodidad. Conocía esa sensación, pero ahora, como ocurría siempre, era incapaz de darle un nombre o, peor aun, de identificar su origen. Sólo al cabo de un rato recordó que ese malestar solía estar asociado a algo que su mente, de forma angustiosa, se esforzaba por recordar. Sí, algo estaba olvidando, algo importante, pero ¿qué cosa era? Debía ser algo trascendente, porque el malestar crecía segundo a segundo.

Dio vueltas por el comedor de su hogar intentando que las ideas aparecieran, resoplando y comiéndose las uñas, hasta que al fin la respuesta llegó como un relámpago: el congreso de física. Miró la hora en el reloj de pared. ¡No! ¡Qué mala suerte! Esta semana había llegado tres veces tarde para cubrir una serie de eventos para el periódico la diaria, y su editor le había dicho que si sucedía de nuevo se considerara despedido. Ni siquiera se demoró en peinarse, porque era calvo. Se colocó una chaqueta sobre la camisa, tomó la grabadora y salió corriendo como si se lo llevara el diablo. Había parado de llover hacía pocos minutos y las calles estaban mojadas, pero a los saltos fue esquivando los charcos. Cuando llegó a la parada de taxis que había a dos cuadras de su casa, abordó un vehículo y se encaminó al Gran Hotel Ventura.

Eran las once de la noche. El congreso seguramente ya había terminado, pero aún abrigaba la esperanza de llegar a tiempo para entrevistar a alguno de los asistentes.

Descendió del taxi y entró al lujoso edificio a paso veloz.

A esa hora Braulio Suárez ya no estaba en la recepción, y su puesto era ocupado por Silvia, una diligente jovencita.

—¿El congreso? Ah, señor, mucho me temo que ha llegado demasiado tarde. Hace un rato un micro se llevó a varios de los invitados al aeropuerto, y otros se fueron por su propia cuenta.

—¿Pero no quedó nadie?

—Bueno, no estoy segura, pero puede ir al Salón Persa y verificarlo usted mismo.

—¡Gracias!

Cuando Sergio Salgueiro entró a la sala de eventos, se encontró con un panorama desolador.

Todos los invitados se habían marchado, y los mozos se dedicaban a juntar los restos de la fiesta. Las ninfas de mármol, que se alternaban entre las ánforas, contribuían a crear aquel aspecto de museo sin visitantes.

Ya estaba a punto de marcharse cuando, de pronto, una imagen lo distrajo. En una mesa situada en una esquina, semioculto por la sombra de una escultura, había un solitario hombre junto a un vaso de whisky. Tenía las piernas estiradas y la cabeza ligeramente ladeada, casi fuera del respaldo. Salgueiro se acercó con timidez. El tipo parecía dormido. Sí, no sólo estaba dormido, sino que además roncaba. Lucía muy desaliñado, pero de su cuello pendía un cartel que el periodista agradeció como si fuera el mapa de un tesoro. Rezaba en letras muy claras: “III Congreso Internacional de Física. Dr. Ricardo Suárez”.

Maravilla. Era exactamente lo que necesitaba.

Aquel hombre, con cara huesuda y colorada por el alcohol, no parecía muy deseoso de hablar, pero Salgueiro no se iba a detener por tan poca cosa. Era su última oportunidad y lo sabía.

Tomó al “doctor” de un hombro y lo sacudió, primero con suavidad y luego con verdadera desesperación.

—¡Despierte, por favor!

—¿Qué, qué... qué pasó? —preguntó un desorientado Suárez abriendo los ojos.

—Tiene que ayudarme, doctor.

—Pero ¿quién es usted?

—Mi nombre es Sergio Salgueiro, soy periodista. Si no hago una nota hoy, me van a echar. Tiene que concederme una entrevista.

—¿Yo? —preguntó Ricardo Suárez. Un segundo después recordó la tarjeta que colgaba de su cuello y comprendió el malentendido—. Peeeero... ¿por qué tengo... que ser yo?

—No hay nadie más. Ya se fueron todos.

Suárez miró en derredor y sintió el vacío que había quedado después del congreso.

La cabeza le pesaba horrores y se sentía muy mal. Tenía una colosal borrachera.

—No estoy... en condiciones de... contestar... sus preguntas... ¿me entiende? —preguntó mirando al sujeto calvo que lo importunaba.

—Por favor, doctor, usted es la única persona en el mundo que puede ayudarme. Sólo será un momento.

Ricardo Suárez no pudo reprimir una sonrisa y, agitando una mano como si espantara una mosca, dijo:

—Bah, no exagere.

—Dígame simplemente: ¿de qué hablaron hoy aquí? —preguntó el periodista sacando su grabadora.

—Bueeee... de agujeros negros, del big bang, del esssspacio, del univeeerso, de esas cosas —expresó el “doctor” con un visible esfuerzo.

—Bien, cuénteme ahora de su trabajo.

—¿Qué trabajo?

—Bueno, de su discurso, sus investigaciones, su tesis doctoral.

—¿Mi tesis?

—Sí, ¿cuál es el título de su tesis?

Al llegar a este punto, Ricardo sintió que ya no podía continuar hablando. La borrachera era descomunal y estaba destruido. Sin embargo, en un último y soberano esfuerzo, decidió jugarle una broma al periodista, y respondió:

—El título de mi tesis es...

—Sí, dígame.

—El tiempo... con... considerado como...

—¿Qué más, qué más?

—El tiempo considerado como... una carrera.

—¿Una carrera? ¿Qué clase de carrera?

—Una carrera de ardillas... pro... promiscuas.

Y tras pronunciar estas inspiradas palabras, sus fuerzas lo abandonaron y se desplomó golpeándose la frente contra la mesa.

Salgueiro intentó hacerlo reaccionar, pero fue inútil. Ricardo Suárez había vuelto a dormirse, y por el momento era poco probable que alguien consiguiera despertarlo.

El periodista se apartó de la mesa y dejó solo a Suárez, roncando ruidosamente. Luego, con una tranquilidad mucho mayor que la que había traído al llegar, se dirigió a la salida.

No había sido una entrevista muy larga, es verdad, pero tenía tiempo hasta la mañana siguiente para entregarla, así que disponía de algunas horas para hacer un buen trabajo de “edición”.

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Apenas regresó a su casa, el periodista de la diaria transcribió el contenido de la grabación a un texto de computadora y se dispuso a trabajar. ¿Qué podía hacer con aquello? En principio tenía un buen título: “El tiempo considerado como una carrera de ardillas promiscuas”. Brillante. Ahora bien, ¿qué significaba eso? Bueno, resultaba obvio que no había que tomar la frase en un sentido literal. Sin duda se trataba de un recurso literario. Pero ¿qué había querido decir el prestigioso doctor Ricardo Suárez al presentar esa imagen alegórica? Tenía que pensar, así que se preparó una jarra de café y comenzó a considerar distintas opciones.

Después de dos horas y diez tazas de la estimulante infusión, ya tenía las respuestas que necesitaba y un sensacional artículo de tres páginas. Con la satisfacción del deber cumplido, guardó el archivo y lo envió por mail a la redacción del periódico.

Luego de pasar la aspiradora, la mujer de la limpieza observó que todavía faltaba algo para devolverle al Salón Persa su pulcritud original: un borracho dormía con la cabeza apoyada en una de las mesas. Considerando que aquello excedía sus responsabilidades, le dio parte al primer botones que vio. El muchacho se acercó y le tocó el hombro al durmiente.

—Vamos, señor, ya terminó la fiesta.

Pero el hombre continuaba roncando ruidosamente.

En ese momento entró otro botones y dijo:

—Oh, es el hermano de Braulio.

—¿Y qué hacemos?

—No podemos tirarlo a la calle. Hay una habitación disponible en el primer piso, lo dejamos allí hasta que se le pase la borrachera.

—Bien pensado.

Con celeridad, los botones pusieron manos a la obra. Uno lo tomó de abajo de las axilas, el otro de los pies, y comenzaron a andar. Por fortuna, a esa hora no había huéspedes a la vista, y pudieron meterlo en un ascensor sin que nadie se percatara. Luego lo llevaron hasta una suite, le quitaron los zapatos y lo acostaron en una cama.

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A las diez de la mañana, Braulio Suárez entró al Gran Hotel Ventura para dar inicio a su jornada laboral. Intercambió unas palabras con Silvia, la conserje que lo relevaba del turno, y, después de asegurarse de que todo estaba en orden, ocupó su puesto tras el mostrador de la recepción.

Le gustaba aquel trabajo. A veces tenía que lidiar con clientes difíciles, como ocurre en todos los negocios, pero él estaba hecho a prueba de cualquier inconveniente, y se sentía particularmente orgulloso de su carácter diplomático que, en veinte años de labor, le había permitido sortear más de una dificultad. Ahora, en virtud de que el encargado y dueño del hotel, el eminente señor Elvio Racchetti, disfrutaba de una breve licencia, Braulio era la máxima autoridad, y todo pasaba por sus manos. Lejos de pesarle, aquella responsabilidad parecía colmarlo de satisfacción, porque pensaba, con justa razón, que algún día no muy lejano llegaría a ocupar el puesto del veterano encargado.

Estaba a punto de leer los titulares del diario cuando unos individuos que acababan de entrar reclamaron su atención.

Eran tres hombres, y le causaron una fuerte impresión, como ocurre toda vez que uno se topa con gorilas enfundados en costosos trajes negros. Medían casi dos metros de altura, tenían espaldas de luchadores y usaban anteojos oscuros.

—Buenas tardes, señores, ¿en qué puedo servirles? —preguntó Braulio Suárez con gesto profesional.

El mayor de ellos, que debía de tener unos cuarenta años, dio un paso al frente y, con una sonrisa dura, respondió con acento anglosajón:

—Buenas tardes. Estamos buscando al doctor Ricardo Suárez.

—¿A quién?

—Al doctor Ricardo Suárez, el eminente físico. Tengo entendido que anoche estuvo aquí —añadió el sujeto.

Braulio Suárez recordó la tarjeta de acreditación que le había dado a su hermano, y sintió que una gota helada le corría por la espalda.

—Ah, ¿el doctor Suárez?

—Sí, ese mismo.

—¿Y ustedes son...?

El hombre sacó un carnet y se lo mostró:

—FBI. Tenemos permiso de su gobierno para estar aquí, y nos urge encontrar al doctor Suárez. ¿Él se hospeda en este hotel?

—No.

—¿Y sabe dónde podemos encontrarlo?

—No.

—Está bien —dijo el hombre de traje negro y, extendiéndole una tarjeta, añadió—: Si recuerda algo le agradeceré que me llame a este número.

—Sí, señor —aceptó el conserje con un ligero temblor en sus manos.

—No lo dude —enfatizó el enorme sujeto y, antes de alejarse definitivamente con sus dos compañeros, afirmó—: Es mejor que lo encontremos nosotros antes de que lo hagan otras personas.

Un segundo después de que los agentes se marcharan, Braulio levantó el teléfono y marcó el número de su hermano.

Contestá, vamos, contestá de una maldita vez.

Pero, como sucedía a menudo, a Ricardo le habían cortado el teléfono por atrasarse en el pago. Para peor, el muy cretino no tenía celular.

No puedo creer que esté pasando esto. ¿Qué hizo anoche este anormal?

Mientras el conserje se disponía a marcar de nuevo, tres hombres enormes, tanto o más grandes que los que habían entrado anteriormente, ingresaron al Gran Hotel Ventura y se dirigieron directamente a la recepción.

Cuando los vio, Braulio se puso pálido. Si bien los agentes del FBI le habían resultado intimidantes, al menos podía asociarlos a algo conocido. Por el contrario, estos nuevos sujetos no sólo lo impresionaron por sus físicos privilegiados, sino por el aire de extrañeza que emanaban. Vestían trajes plateados que recordaban vagamente a los usados por los pilotos de carreras, y completaban el atuendo con cinturones, guantes y botas azules. Tenían el cabello corto, de un blanco inmaculado, y la tez de sus rostros angulosos era de una llamativa palidez. Lucían anteojos espejados y no había entre ellos mayores diferencias, más allá de pequeños detalles del cabello o el tamaño de las patillas. El de cabello más corto se adelantó hasta el mostrador y, con un acento muy difícil de identificar, dijo:

—Buenos días.

Braulio sintió el frío de aquella voz, que sonaba como si perteneciera a un paisaje de brumas y soledad, y respondió con temor:

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarlos?

El visitante se quitó los lentes y descubrió unas pupilas blancas que le hicieron contener la respiración a su interlocutor. Luego, mirándolo directamente a los ojos, prosiguió:

—Es mejor que nos diga dónde está.

—No sé a qué se refiere —se excusó el conserje con voz trémula.

—Creo que sí lo sabe —dijo el hombre—. Buscamos al doctor Ricardo Suárez.

—¡Oh!

—¿Él se hospeda aquí?

—No, no —respondió, nervioso, el conserje.

—¿Está usted seguro?

—Desde luego. Estoy muy seguro.

—Será mejor que no intente engañarnos. Si lo hace, nos veremos obligados a utilizar métodos que no queremos —añadió el extraño individuo, dirigiéndole una mirada blanca y fulgurante.

—No, no, señor; créame que le estoy diciendo la pura verdad —expresó Braulio visiblemente asustado, y no había acabado de decir estas palabras cuando, con un escalofrío que lo atravesó de la cabeza a los pies, vio a su propio hermano bajando por las escaleras del hotel.

Iba vestido con el traje azul que había usado en la velada del congreso de física, y caminaba sin apuro, con su natural despiste.

Braulio intentó disimular la palidez que se había apoderado de su rostro, pero se puso aun más nervioso al ver que Ricardo, muy sonriente, lo saludaba con una mano.

—Está bien —dijo el hombre de los ojos albos—, le creo. Pero no se descuide. Volveremos antes de lo que piensa. Si ve al doctor Suárez, dígale que lo estamos buscando.

Para evitar que los visitantes voltearan y vieran a su hermano, Braulio procuró distraerlos con la conversación.

—Puede contar con ello, señor, tomaré nota de cualquier información que se relacione con el doctor. ¿Puedo ofrecerles un refrigerio? Va por cuenta de la casa.

—Nada de eso —respondió con sequedad el hombre de traje plateado.

—¿Un café o un trago?

—No. Ya debemos irnos.

Luego dio media vuelta y caminó con sus dos compinches hacia la puerta.

Mientras se llevaba una mano a la boca y sentía que se le paralizaba el corazón, Braulio advirtió que los tres hombres iban a encontrarse con Ricardo, que acababa de bajar las escaleras. Sin embargo, a pesar de que estuvieron a punto de embestirlo, no le prestaron atención. Por lo visto conocían el nombre, pero no la cara.

Nada le habría dado más satisfacción a Braulio que detener a su hermano para pedirle explicaciones, pero tuvo que quedarse con las ganas porque, junto con el peculiar trío, Ricardo también abandonó el Gran Hotel Ventura.

Después de un tiempo que juzgó prudente, el conserje se asomó a la calle y miró en derredor, pero ya no había rastro de ninguno de ellos.

De regreso a casa, Ricardo encontró en la acera algo que le alegró la mañana: ¡era ni más ni menos que un billete de quinientos pesos!

¡Vaya, hoy es mi día de suerte!, exclamó, pletórico de alegría.

Mientras esperaba que le trajeran la orden, tomó el periódico que el comerciante tenía para los clientes y se puso a ojearlo sin mayor expectativa. Sin embargo, cuando llegó a la mitad del diario recibió una sorpresa mayúscula. El artículo se titulaba “El tiempo considerado como una carrera de ardillas promiscuas” y, más abajo, en preciosas letras negritas, se leía: “Un viaje a la brillante mente del doctor Ricardo Suárez”.

¡Guauuuu, soy famoso!

Según explicaba aquel artículo escrito por el periodista Sergio Salgueiro, el doctor Ricardo Suárez era una eminencia en el campo de la física que había dedicado su vida al estudio de temas como el big bang, el big crunch, los agujeros negros, los agujeros de gusano, los fenómenos cuánticos, las dimensiones paralelas y, de un modo particular, el tiempo.

El tiempo, para el doctor Suárez, debía ser considerado como “una carrera de ardillas promiscuas”.

Pero ¿qué había atrás de esta ingeniosa idea? Con el provocador símil, el afable científico había logrado poner sobre la mesa una teoría capaz de hacernos reconsiderar todo lo que hasta ahora creíamos saber sobre el tema.

En palabras del célebre catedrático, el tiempo no tiene, como supone el vulgo, un fluir constante y parejo, sino que se comporta como “una carrera de ardillas promiscuas”. Las ardillas no corren siempre a la misma velocidad, y el hecho de que sean promiscuas explica que a veces deban detenerse para realizar sus actividades. Esto es exactamente lo que sucede con el tiempo; a veces va rápido, a veces va lento, y a veces incluso se detiene. De un modo contundente, la teoría del doctor Ricardo Suárez proporciona una explicación a los “movimientos de la historia” y “particularmente a las revoluciones”.

Lo curioso, señalaba Suárez, es que “no siempre es posible advertir los cambios de velocidad, ya que nuestra propia capacidad de percepción sufre los efectos de esas variaciones”.

De todos modos, afirmaba el autor del artículo, lo más sorprendente de los hallazgos del afamado físico era la “posibilidad de que alguna persona pueda predecir y anticipar las fluctuaciones del tiempo con fines geopolíticos”.

“Aunque él lo niegue”, concluía Salgueiro, “hay razones para sospechar que el doctor Suárez está, desde hace años, en posesión de ese conocimiento”.

Ricardo leyó las tres páginas del artículo y, a pesar de que apenas entendió la mitad de lo allí expresado, consideró con satisfacción:

¡Vaya, anoche estuve muy inspirado!

Mientras releía con avidez y se regodeaba en su propia fama, un hombre cincuentón caminaba por la acera del bar. Se trataba de un sujeto gordito de escasa estatura, rostro redondo, cabellos peinados con gel, bigotes adelgazados y ojos astutos. Bastaba con ver su costoso traje color marrón, ya viejo y muy venido a menos, para comprender que aquel personaje había vivido épocas mejores. Aníbal Almafuerte era abogado, pero, tras algunos asuntos relacionados con coimas y falsificación de firmas, su reputación había quedado por el suelo. Como no se había podido demostrar de un modo fehaciente su culpabilidad en aquellos asuntos, aún conservaba el título, pero cada vez le costaba más conseguir casos de enjundia. Por eso, las más de las veces solía vagar por la ciudad sin un rumbo fijo, como esas almas que esperan un golpe de gracia que nunca llega.

Esa mañana, sin embargo, cuando pasó junto al bar y vio allí sentado a su amigo Ricardo Suárez, tuvo un buen presentimiento: si aquel pelafustán podía pagarse un desayuno en un bar, algo había sucedido, y con suerte él podría sacar una tajada.

Almafuerte y Suárez solían encontrarse en todos aquellos eventos en que era posible acceder a comida y bebidas gratis, y muchas veces, al calor de un buen vino, habían charlado animadamente de las vueltas de la vida y los lances del destino. En más de una ocasión, incluso, los habían echado de un mismo sitio, y eso, como es lógico, había contribuido a fortalecer cierto lazo de camaradería. Pero ahora hacía más de un mes que ninguno tenía noticias del otro.

El abogado entró al comercio y se dirigió a la mesa de Ricardo.

—¡Querido, qué gusto encontrarlo! —dijo tendiéndole la mano a su compadre.

—¡Doctor Almafuerte! —expresó Ricardo estrechándole la diestra, dichoso de tener a alguien a quien contarle sus hazañas. Lo invitó a sentarse y, después de ponerlo en antecedentes, le mostró el artículo del diario.

Almafuerte leyó aquello con verdadero interés, sólo deteniéndose para intercalar exclamaciones de asombro, y al final, tras depositar el periódico sobre la mesa, concluyó:

—Mire, querido amigo, yo no confío mucho en los periodistas.

—¿Ah, no? ¿Por qué?

—Bueno, porque son unos sujetos que se expresan con arrogancia de todos los temas y no saben nada de ninguno.

—¡Oh!

—Sin embargo, debo decirle que ahora eso no es importante.

—¿Usted cree?

—Desde luego, porque estamos frente a una oportunidad extraordinaria. ¡Es lo que estábamos esperando, el triunfo no se nos puede escapar!

—¿No se nos puede escapar? ¿Habla de nosotros dos?

—Claro, amigo, usted ahora va a necesitar un abogado que lo ayude a obtener un rédito económico de todo esto.

—Ah, eso me interesa.

El día estuvo muy animado en el Gran Hotel Ventura. Braulio hospedó a hombres y mujeres de muy diversas etnias: indios, pakistaníes, rusos, chinos. Era habitual que el establecimiento recibiera a extranjeros de lugares exóticos, pero no en esa proporción. Y esto, a la luz de los sucesos recientes, lo inquietó sobremanera. En las pausas que el trabajo le permitió intentó comunicarse por teléfono con Ricardo, pero fue en vano. Sabía, porque los botones se lo habían contado y él lo había visto bajando las escaleras, que Ricardo se había quedado a dormir en el hotel, pero después le había perdido la pista.

No obstante, cerca del mediodía, un botones le trajo noticias. Al tiempo que depositaba un ejemplar de la diaria en el mostrador de recepción, le dijo con una sonrisa socarrona:

—Señor Braulio, ¿ha visto el diario de hoy? Parece que su hermano es famoso.

El conserje tomó el ejemplar y comenzó a pasar las hojas con impaciencia.

Encontró lo que buscaba en las páginas centrales: un larguísimo artículo que celebraba la inteligencia de su inútil hermano.

¿Pero en qué lío se ha metido? ¡Y pensar que yo mismo le dije que no se hiciera notar, que fuera invisible! ¡In-vi-si-ble!

Braulio devoraba línea tras línea y no lo podía creer. Ricardo no era doctor en física ni en nada. Es más, había abandonado la escuela primaria en quinto año, y el único título al que podía aspirar era una licenciatura en vagancia. Sin embargo, de alguna manera había logrado engañar al periodista. Lo peor de todo es que ahora estaba en serios problemas.

Braulio tampoco era un experto en temas científicos ni nada que se le pareciera, pero era lo suficientemente listo como para comprender que algunas de las frases vertidas en el artículo habían desatado la debacle. Si, como sugería la nota, Ricardo Suárez estaba en posesión de un secreto que podía servir para manipular o predecir las velocidades del tiempo, entonces era lógico que los poderosos se lanzaran tras él.

Ahora el interés de Braulio ya no pasaba tanto por ponerle las manos en el cuello a su hermano (aunque también lo deseaba), sino por protegerlo. Se maldijo por experimentar esos sentimientos encontrados, pero eran más fuertes que él.

A las seis de la tarde recibió una llamada telefónica. Por el extraño acento se dio cuenta de que era el sujeto de ojos blancos con el que hablara en la mañana. Volvió a decirle que no sabía nada del paradero de Ricardo Suárez, y se cuidó muy bien de mencionar que era su hermano, pero su interlocutor no quedó muy conforme con la explicación:

—Será mejor que esté diciendo la verdad, porque si llegara a sospechar que me miente lo haría desaparecer a usted junto con ese pretencioso hotel. No lo dude.

A las seis y cinco, a Braulio le avisaron que tenía una nueva llamada. Tomó el teléfono con vacilación, pero no era quien temía sino su jefe, el señor Elvio Racchetti.

—¿Qué tal, Braulio, cómo le va? Llamaba para ver cómo está todo —expresó el sexagenario con aquella voz grave y segura que imponía respeto.

—Muy bien, señor Racchetti. Está todo en orden —señaló el conserje con el mayor aplomo que le fue posible—. El congreso de física se desarrolló con total éxito.

—Perfecto.

—Y aunque esas personas ya se han retirado, ahora tenemos huéspedes de diversas nacionalidades.

—Excelente. Me alegro de que esté todo bien, pero no se descuide. Esté atento a los detalles. Recuerde lo que yo siempre le digo: son los pequeños detalles los que hacen grande a una empresa. El servicio, la atención personalizada, la higiene.

—Sí, sí, señor Racchetti, siempre tengo presentes sus palabras.

—Es importante que todo brille y luzca reluciente, no lo olvide.

—No lo olvidaré, señor Racchetti, usted es un referente para mí y aprecio mucho sus consejos.

—Me alegra que así sea, Braulio. Yo confío en usted. A mis sesenta y ocho años ya estoy cerca de retirarme, y me quiero ir tranquilo sabiendo que ese hotel, al que he dedicado toda mi vida, va a quedar en buenas manos. Creo que usted es la persona indicada.

—Gracias, señor Racchetti, no lo defraudaré.

—Así lo espero, Braulio. En una semana regresaré al hotel y podremos hablar tranquilos. Por ahora sigo en la Costa Azul, realmente me ha venido muy bien este descanso.

—Me alegra que esté disfrutando sus vacaciones, señor Racchetti.

—Sí, no me arrepiento de haber venido. Me he sentido muy a gusto, y en Montecarlo conocí gente muy interesante, como el magnate Papadopoulos. ¿Lo conoce usted?

—No, señor.

—Es dueño de una de las cadenas de hoteles más importantes del mundo. Me lo encontré en la piscina del hotel y estuvimos charlando como colegas, imagínese. Fue una conversación muy amena. Hoy vamos a vernos de nuevo para cenar.

—Me alegro, señor Racchetti.

—Bien, no lo distraigo más, Braulio. Nos veremos la semana entrante, que lo pase bien.

—Usted también, señor.

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A las veinte horas, después de terminar su turno, Braulio salió como un bólido hacia la casa de su hermano. En tiempo récord, cubrió a pie la media docena de cuadras que lo separaban de la vivienda. Apenas llegó, se afirmó en el timbre.

Tocó y tocó, impaciente. Sólo al cabo de un rato se le ocurrió pensar que el aparato no debía de estar funcionando, así que la emprendió a golpes contra las puertas de madera. Nada. O el muy desgraciado dormía a pierna suelta, o bien no se encontraba en casa. No imaginaba que justo en ese momento, por otras calles distintas a las que él había recorrido, Ricardo Suárez se dirigía al Gran Hotel Ventura.

Insistió un rato más y luego, derrotado, se marchó para su casa.

A esa hora había bastante gente en el Salón Persa. Además de los clientes habituales, podía distinguirse a algunos chinos, indios y africanos, y en los rincones más apartados, a rusos y árabes.

En el centro del salón, rodeado por estos pintorescos personajes, el doctor Aníbal Almafuerte tomaba un café con leche mientras esperaba la llegada de su amigo. Se habían citado en ese lugar, y lo aguardaba con ansias.

Cuando lo vio llegar, lo recibió en su mesa con una amplia sonrisa.

Ricardo dejó caer sus haraganes huesos sobre una silla y después pidió un café irlandés a la cuenta de Braulio.

Cuando regresó con la orden, el mozo le dijo:

—Ricardo, todo el día ha estado llamando gente preguntando por usted, algunos con acento muy raro.

—¿Y usted qué les respondió?

—Nada, su hermano no quiso que diéramos ningún dato.

—Oh.

—Olvide lo que dijo el conserje —ordenó Almafuerte—, mi cliente estará encantado de atender a las personas que lo buscan.

—Muy bien, señor.

Después de que el mozo se marchó, el abogado comentó:

—Es la envidia. Pasa hasta en las mejores familias, aunque me imagino que debe ser muy duro para usted tratándose de su único hermano.

—Bueno, no sé, él siempre me ha ayudado.

—Olvidemos eso por ahora. Concentrémonos en el trabajo. Usted ya escuchó al mozo, mucha gente está atrás de esto, es buena señal.

—Sí, eso parece.

—Bien, estuve pensando en el asunto.

—El asunto del dinero, supongo.

—Sí. En principio creo que podríamos intentar vender una entrevista a un medio extranjero.

—¿Vender?

—Sí, los medios extranjeros, los importantes, suelen pagar por las entrevistas.

—Ah, no hay como el primer mundo.

—Usted lo ha dicho. Después de eso, ya pasaríamos a los cursos y las conferencias. Tengo un amigo que me puede conectar con universidades norteamericanas. A ellos les encantan estas cosas.

—Pero yo no hablo inglés.

—No se preocupe, en mi juventud viví algunos años en Inglaterra y hablo inglés como si fuera mi segunda lengua, así que yo puedo oficiar de traductor.

—Oh, veo que sabe a dónde va.

—Sí, de todos modos, lo mejor es que comience a escribir cuanto antes esas conferencias, no sea cosa de que la suerte nos encuentre desprevenidos.

Ricardo Suárez se rascó la cabeza y, con esa voz cansina que lo caracterizaba, advirtió:

—Bueno, no sé. Soy bueno para jugar al póker y al minigolf, pero escribir, lo que se dice escribir, no se me da muy bien.

Segundos después, un hombre de unos sesenta años que portaba un maletín de ejecutivo entró al Salón Persa. Después de transpasar el umbral se detuvo, como si necesitara tiempo para asimilar la fastuosidad de aquel sitio. El brillo de los cristales de la monumental araña que pendía del centro del salón, la imponente alfombra, el exquisito mobiliario y las esculturas de las níveas ninfas debieron haber causado una impresión muy fuerte en aquel espíritu, porque cuando retomó la marcha parecía aun más inseguro que cuando llegara al hotel.

Avanzó con pasos vacilantes y se detuvo junto a la mesa de los dos amigos.

—Buenas tardes —dijo con una voz pequeña.

Era un sujeto bajo, regordete, de cabellos escasos y descoloridos, lentes gruesos y semblante triste. Vestía un traje gris claro que acentuaba su irrelevante aspecto.

—Buenas tardes —respondió Almafuerte—. ¿En qué podemos ayudarlo, señor...?

—Jeremías del Campo. Soy doctor en física. ¿Usted es el doctor Suárez? —preguntó con timidez el hombrecito.

—No, es mi amigo —respondió señalando a su compañero de mesa—, yo soy su abogado.

—Oh, encantado. Es un placer conocerlo, doctor Suárez —expresó Del Campo con admiración.

—Sí, es lo que todos dicen —respondió Ricardo Suárez con desparpajo—. Tome asiento, amigo, relájese.

—Gracias, doctor —dijo Del Campo al tiempo que ocupaba una silla.

Aníbal Almafuerte era un hombre práctico, y trató de encauzar la conversación con celeridad.

—¿Y a qué debemos el honor de su visita, doctor Del Campo?

El recién llegado abrió su maletín y sacó un grueso fajo de folios que puso sobre la mesa. En la primera página rezaba: “Introducción a una nueva teoría del tiempo, por el doctor Jeremías del Campo”.

—Yo soy el autor de este libro, aún inédito —explicó el hombrecito—. Es el fruto de una ardua investigación que me llevó cuarenta años de mi vida.

—Ajá, ¿y qué tiene que ver eso con nosotros? —preguntó Almafuerte con mirada astuta.

—Mi teoría es idéntica a la del doctor Suárez, según lo que leí en el artículo que salió en la diaria.

—¿Y? —inquirió Suárez.

—Debo confesar que me sentí un poco molesto cuando leí ese artículo, porque pensé que alguien, a quien yo ni siquiera conocía, se estaba llevando todo el crédito —admitió Del Campo con desazón.

Ricardo Suárez abrió la boca con intención de responderle, pero, más rápido, su amigo lo detuvo con un firme ademán, indicándole que sería él quien manejaría aquel espinoso asunto.

—Mire, Jeremías —explicó Almafuerte con un tono casi paternalista—, lo que usted me plantea no es nuevo.

—¿No?

—No. Son cosas que pasan. Cuando algo está en el aire —prosiguió el abogado con un gesto de sus manos— es muy común que dos individuos tengan la misma idea o realicen el mismo descubrimiento. Y en esos casos, siempre hay uno que llega tarde.

—Pero...

—Son los hechos, mi amigo. Sucedió durante la conquista del Polo Sur con el británico Robert Scott y el noruego Roald Amundsen. Pasó con el primer vuelo tripulado, donde rivalizaban el brasileño Santos Dumont y los hermanos Wright; y también en la invención del teléfono, donde los involucrados eran el italiano Antonio Meucci y el británico Alexander Graham Bell. Ahora, a usted le tocó perder con el doctor Ricardo Suárez.

—Sí, lo sé —reconoció Del Campo con la voz quebrada y la mirada acuosa—, es sólo que he trabajado tanto en este libro...

Ricardo sintió compasión por aquel sujeto, y le palmeó el hombro para alentarlo:

—Vamos, Jeremías, no es el fin del mundo.

—¿Usted cree, doctor? —preguntó el hombre sin mayores expectativas.

—Yo también lo creo —señaló Almafuerte con un brillo de malicia en sus ojos—. Estoy seguro de que podremos ayudarlo.

—¿De veras?

—Le propongo lo siguiente, Jeremías: puesto que la teoría pertenece al doctor Suárez y a usted, lo lógico es que a este proyecto de libro que ha traído lo firmen ambos.

—Pero... —protestó el hombre de gruesos anteojos.

—No hace falta que me lo agradezca, Jeremías, es lo justo —expuso con cinismo el abogado—. Yo mismo me encargaré de comercializar el libro. Habrá mucha fama y dinero, suficiente para todos.

—¡Un momento! —protestó de pronto Ricardo Suárez dando un puñetazo sobre la mesa—. Yo no estoy dispuesto a estampar mi firma en un libro que ni siquiera he visto. ¿Quién me garantiza a mí que no es una sarta de disparates? ¡Está en juego mi reputación!

—No, no es ningún disparate —se defendió el doctor Del Campo—. ¡Es un trabajo de cuarenta años de concienzuda investigación!

—Concienzuda o no concienzuda, yo tengo que verlo —enfatizó Ricardo Suárez, y con un gesto brusco tomó el fajo de folios y comenzó a pasar las hojas.

—Al principio —explicó el autor— hay una introducción que hace un racconto histórico de las teorías del tiempo esbozadas por filósofos y científicos, luego...

—Sí, sí, todo muy lindo —señaló Suárez—, pero tiene demasiadas letras.

—¿Demasiadas? —preguntó Del Campo.

—Claro, ¿quién va a querer leer todo esto? Y además, ¿qué son todas estas gráficas y esquemas? ¡Es muy aburrido!

—Pero es un trabajo científico —protestó Del Campo.

—Bueno, Jeremías —terció Almafuerte—. Nadie va a explicarle al doctor Suárez lo que es un trabajo científico, pero yo interpreto que él se refiere a otra cosa.

—Exacto —dijo Suárez—. A este libro le falta “gancho”. Para empezar hay que cambiarle el título; “Introducción a una nueva teoría del tiempo” es la cosa más insulsa que he visto en mi vida.

—¿Y qué título propone usted, doctor? —preguntó Del Campo.

—“El tiempo considerado como una carrera de ardillas promiscuas” —sentenció Ricardo Suárez con acento triunfal.

—Sí —añadió Almafuerte—, es evidente que la gente conoce a la teoría con ese título; además, es una expresión inolvidable y muy inspirada.

—Sí, tiene razón —admitió Del Campo—. Es un título inmejorable.

—Perfecto. Así se llamará —afirmó Almafuerte—. Yo estoy seguro de que con ese título y una portada colorida y vistosa el libro será un éxito.

—¿En qué está pensando? —preguntó Del Campo.

—Unas ardillas en primer plano, y atrás un paisaje apocalíptico.

—Oh, suena bien.

—¿Pero qué hay del contenido? —intervino Suárez.

—El contenido es lo de menos —explicó el abogado—; los libros no se hacen para leer, sino para vender.

A las diez de la noche, después de cenar, Braulio Suárez se duchó, se puso ropa cómoda —zapatillas, vaqueros, buzo y cárdigan— y se dirigió a la casa de su hermano. Durante todo el día había fracasado en su intento de comunicarse por teléfono, así que no tuvo más remedio que hacerle otra visita.

Cuando llegó, golpeó varias veces y esperó. Pegó su oído a la madera, pero no escuchó nada. Nada. ¿Y si le había pasado algo malo? Considerando la clase de sujetos que estaban tras él, no era un pensamiento descabellado.

Volvió a insistir. Mientras esperaba una respuesta, escuchó un ruido espantoso justo atrás de él.

Al tiempo que se le erizaban los pelos de la nuca, volteó la cabeza. Primero no vio nada, sólo escuchó un rumor grave y poderoso que no presagiaba nada bueno. Luego el asfalto comenzó a levantarse, y un sonido vibrante que se tornaba cada vez más fuerte lo obligó a llevarse las manos a los oídos.

Ante su atónita mirada, desde las entrañas de la tierra un gigantesco artefacto de forma cilíndrica cuyo extremo semejaba un inmenso taladro salió a la luz entre volutas de aire caliente.

El insólito objeto de metal había irrumpido en la calle en un ángulo de cuarenta y cinco grados y, aunque sólo se había hecho parcialmente visible, se podía advertir que era tanto o más grande que un autobús.

Braulio observó estupefacto aquella maquinaria y aguardó el desenlace de los acontecimientos con el corazón en la boca.

La cabeza espiralada del cono giró unos segundos más y se detuvo. Luego de que se hizo el silencio, en el vientre del ingenio se abrió una puerta. Un hombre de cabellos blancos y traje plateado se asomó hasta la cintura, se quitó los lentes espejados y oteó la calle.

De modo inevitable, Braulio cruzó una mirada con el visitante y reconoció de inmediato al jefe del trío que lo intimidara en el hotel.

—¡Usted! —gritó el hombre de pupilas blancas con su extraño acento—. ¡Ya sabemos que Ricardo Suárez es su hermano! ¡No intente escapar!

Sin embargo, la orden tuvo un efecto opuesto al esperado. Braulio se asustó y comenzó a correr. No obstante, no pudo llegar muy lejos, ya que antes de poner una buena distancia entre él y el peligro que lo acechaba tropezó con uno de los escombros provocados por el vehículo subterráneo y cayó de bruces. El tripulante de la máquina guardó los lentes en un bolsillo y, con una agilidad que nada tenía que envidiarle al mejor de los gimnastas, saltó a la calle.

Sujetó a Braulio de un brazo y lo obligó a levantarse.

Cuando llegaron los otros dos miembros del equipo el jefe les dijo, mientras señalaba con el índice:

—Estaba parado frente a esa casa, así que ahí debe de vivir el doctor Suárez.

Como obedeciendo a una orden tácita, uno de ellos metió una mano en un bolsillo del traje y extrajo un arma metálica de aspecto futurista. Era una pistola de grandes dimensiones, con la particularidad de que el largo caño, que presentaba una extraña ondulación, atravesaba tres delgadas planchas metálicas de forma oval. Ni lento ni perezoso, apuntó hacia la cerradura y disparó un fulgurante rayo violeta que destrozó la madera. Acto seguido, empujó los pedazos de la puerta y se abrió paso hacia el interior de la vivienda.

Lo siguieron los otros dos invasores, con Braulio como rehén.

Avanzaron por el pasillo y se dividieron.

Poco después uno de ellos, desde la cocina, comentó:

—Me temo que alguien llegó antes que nosotros.

—Sí, eso parece —aportó otro desde una habitación repleta de trastos polvorientos—. ¡Está todo muy revuelto!

—¡Oh, no es lo que imaginan! ¡Mi hermano es muy desordenado! Él vive en un caos permanente —explicó Braulio, que se encontraba en el dormitorio de Ricardo.

El jefe, de pie junto a él, lo miró con desconfianza, pero no dijo nada. Sólo se limitó a preguntar:

—¿Dónde está la computadora?

—Mi hermano no tiene computadora.

—¿No? ¿Y qué me dice de sus papeles?

—¿Papeles?

—Sí, sus escritos. No se haga el tonto. ¡Debe registrar sus investigaciones de alguna forma!

—No, no, me temo que todo esto es fruto de un gran equívoco—intentó explicar Braulio.

Sin darles mayor importancia a los comentarios del rehén, el jefe paseó su vista por la habitación y preguntó:

—¿Qué contienen esos baldes?

—¡Supongo que agua!

El sujeto introdujo un dedo en uno de los recipientes y luego se lo llevó a los labios.

—Sí, eso parece. Agua. Pero ¿qué es lo que planea con esos baldes de agua?

—¡Bueno, debe tener goteras en el techo! —exclamó Braulio en un conato de ira, sin poder ocultar su fastidio.

El gigantesco hombre de ojos blancos lo sujetó de la solapa y lo alzó en vilo hasta que las miradas quedaron enfrentadas.

—Todo esto es muy sospechoso —señaló con aquella voz helada que infundía terror.

En ese momento llegaron los hombres que estaban en otras habitaciones. El jefe soltó a Braulio y les preguntó:

—¿Vieron algo?

—Encontré esta fotografía —dijo uno de los sujetos.

El jefe la observó. Había dos hombres parados en la puerta del Gran Hotel Ventura.

—Bien. Uno de ellos es usted, y el otro supongo que es su hermano, el doctor Ricardo Suárez, ¿verdad, Braulio?

—Sí, es él, pero no es doctor, ustedes no comprenden... —balbuceó el conserje.

—Ya basta. No intente distraernos; sea como sea, llegaremos al fondo de todo esto —lo interrumpió el jefe, y, volviéndose a sus hombres, preguntó—: ¿Encontraron algo más, algún texto que nos pueda servir?

Uno negó con la cabeza, y el otro agregó con pesar:

—Los únicos textos que vi eran unas revistas de cómics del Capitán Rayo, pero ya tengo esos números.

—Esto no le gustará al Barbudo —dijo el jefe.

—¿Quién es el Barbudo? —preguntó Braulio.

—¡A usted eso no le incumbe! —gritó el jefe dirigiéndose al prisionero—. ¡Ya es suficiente, dígame dónde está su hermano!

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Braulio tragó saliva e intentó poner su mejor sonrisa.

—De verdad no tengo idea, señor. Pero puede dejarme su número, y si me entero de algo se lo haré saber.

—Respuesta incorrecta —dijo con sequedad el hombre de ojos blancos.

—Tal vez esto lo ayude a recordar —agregó uno de sus esbirros, y descargó un fuertísimo puñetazo en el estómago del rehén.

El conserje, muy pálido, se dobló de dolor, y abrió la boca en un intento desesperado por morder un poco de aire. Pero sus problemas no habían hecho sino comenzar, ya que otro de aquellos gorilas vestidos de plateado, sin darle tiempo a recuperarse, le aplicó un derechazo en pleno rostro, con tanta fuerza que lo arrojó contra una de las paredes de la habitación.

—Vayan por él —ordenó el jefe, y, señalando la silla en la que Ricardo colgaba sus camisas, añadió: —Siéntenlo ahí.

Sin embargo, les fue imposible cumplir la orden, porque el pobre hombre había perdido el conocimiento.

El jefe tomó uno de los baldes y le arrojó agua al rostro. Eso lo reanimó un poco.

Sujetado a la silla por dos de sus verdugos, Ricardo abrió los ojos y dijo con un hilo de voz:

—No sé dónde está, pero mi hermano no es... la persona que ustedes buscan.

—Qué pena que no haya entendido cómo funciona esto —expresó el jefe con una mueca de disgusto—. Acá vamos de nuevo.

Y tras estas palabras, se alejó unos pasos para tomar carrera y le asestó una patada en el pecho.

Braulio lanzó un quejido ahogado y se desplomó de la silla como un muñeco de tela.

Uno de los visitantes tomó otro balde con agua y se lo vació en el rostro.

Cuando abrió los ojos, lo sujetaron entre dos y lo regresaron a la silla.

—Se lo preguntaré de nuevo —dijo el jefe—: ¿dónde está su hermano?

Almafuerte agitó la botella, el tapón salió disparado y un chorro espumoso salpicó a los comensales.

—¡Hay que celebrar este acuerdo! —dijo el abogado mientras servía el champagne francés—. ¡Brindemos por el futuro!

—¡Por el futuro! —repitieron al unísono Jeremías y Ricardo chocando las copas.

Bebieron con placer y luego Almafuerte explicó:

—Mañana, a las veinte horas, nos reuniremos aquí mismo. Yo traeré el contrato y ustedes no tendrán más que firmarlo.

—¿Y qué tan beneficioso puede ser ese contrato en términos económicos? —preguntó el hombre con aspecto de espantapájaros.

—Bueno —respondió con una amplia sonrisa el hombre de leyes—, no quiero ser frívolo, pero sin duda será un cambio muy importante para todos.

—Excelente —dijo Del Campo, que ya parecía muy animado—. ¿Puedo servirme otra copa?

—¡Por supuesto! —exclamó Almafuerte—. ¡Todos beberemos otra!

Aquel alegre trío, que ocupaba el centro de la cafetería del Gran Hotel Ventura, era el centro de las miradas. Si alguno de ellos hubiese sido más consciente de la tormenta desatada por el artículo escrito por el periodista Sergio Salgueiro tal vez habrían tomado las previsiones del caso, pero ya parecía demasiado tarde, porque, a juzgar por la multitud de maliciosos ojos asiáticos, europeos y africanos que ahora los escrutaban, una amenaza de proporciones se cernía sobre ellos.

Cualquiera que hubiese contemplado un segundo a aquellos extranjeros de rostros sombríos y miradas aviesas habría experimentado un escalofrío, pero ellos estaban tan concentrados en sus planes y negocios que no se dieron cuenta.

Después de brindar por enésima vez y recordar la cita de mañana, los camaradas comenzaron a marcharse, a excepción de Ricardo Suárez, que, como toda la noche, se quedó bebiendo a cuenta de su hermano.

El primero en irse fue el doctor Jeremías del Campo. Salió a la puerta del hotel y tomó un taxi. Luego, Aníbal Almafuerte se despidió de Suárez.

Cuando el abogado se dirigió a la puerta del hotel, varios de los comensales que estaban en las restantes mesas se pusieron de pie y salieron tras él. Ricardo observó este hecho, pero no lo atribuyó más que a una simple casualidad. Por otra parte, en esos momentos su mente pensaba con menos claridad de lo habitual, lo cual ya es mucho decir. Bebía feliz y despreocupado, porque sabía por experiencia que tan pronto como se desplomara ebrio sobre la mesa el personal del hotel lo subiría hasta una habitación.

Ya afuera del establecimiento, Almafuerte aspiró el aire frío de la noche y se subió el cuello del saco. El cielo lucía negro, y la vereda, a excepción de la entrada del hotel, estaba escasamente iluminada. A medida que se alejaba, la oscuridad se volvía más profunda y los peatones más escasos. Tampoco circulaban muchos vehículos.

Con el paso del tiempo, el abogado comenzó a notar que el único sonido que percibía, o por lo menos el más claro, era el que producían sus propios zapatos sobre la acera.

La soledad, lejos de tranquilizarlo, le provocó cierto escozor, porque pensó que en aquellas circunstancias podía ser presa fácil de cualquier maleante que se ocultara entre las sombras. Y a decir verdad, tenía razón para temer un asalto, porque bajo uno de sus brazos llevaba algo deseado por muchos: ni más ni menos que el ensayo “Introducción a una nueva teoría del tiempo”, convenientemente rebautizado “El tiempo considerado como una carrera de ardillas promiscuas”.

Él mismo se había ofrecido para ser el custodio de tan magna obra, pero ahora, mientras se hundía en la negrura, comprendió que el peso de tamaña responsabilidad podía llegar a ser sofocante.

De pronto, con un escalofrío, Almafuerte advirtió que, en la quietud de la noche, sonaban otras pisadas además de las suyas. Apuró el paso, y sintió que alguien más hacía lo mismo. Volvió a acelerar, y los pasos que lo seguían también se aceleraron. Al cabo de unos metros, con el único fin de sacarse las dudas, se detuvo de forma abrupta. Los hombres que lo seguían se detuvieron en seco. El abogado respiró hondo, sujetó aun más fuertemente los folios del doctor Jeremías del Campo y, ya plenamente convencido de que venían por él, reanudó la marcha con renovados bríos. Sin embargo, los años que pesaban sobre sus hombros, la falta de ejercicio y las buenas copas que se había tomado esa noche le impidieron alcanzar la velocidad deseada. Le parecía, y estaba en lo cierto, que se agitaba demasiado, y que todo esfuerzo era inútil. No quería mirar atrás, no sólo para no perder tiempo, sino más que nada para no dejar en evidencia que estaba aterrado. La calle, que descendía de forma abrupta, se tornaba cada vez más oscura. Los focos del alumbrado público estaban apagados en la esquina siguiente, y el hombre tenía la sensación de que avanzaba hacia un pozo sin fin.

Por el sonido de los pasos, pronto se tornó evidente que la distancia que lo separaba de sus perseguidores se acortaba más y más. El sudor le corría por el rostro demacrado, y su corazón latía de un modo alarmante. Las piernas ya no le respondían y la negrura se revolvía en una espiral. Trastabillando, consiguió apoyarse contra el muro de una casa y abrió la boca para tomar aire. Entonces, de atrás de un árbol negro que se confundía con la oscuridad surgió el brillo relampagueante del acero. Luego, cuando ya estaba demasiado cerca para evitarlo, vio un óvalo amarillo que lo hizo temer por su propia vida. Aquel rostro plano, de ojos orientales destacados por altas cejas, ofrecía un aspecto siniestro. El abogado movió la cabeza para eludir la imagen, pero fue peor, porque entonces se reencontró con el brillo del puñal que abría una rendija en la noche.

Pensó que no contaría el cuento, pero justo en ese momento un bulto se lanzó sobre la amenaza amarilla. Almafuerte oyó pasos que corrían sobre la acera, y más tarde golpes y quejidos, y tuvo la sensación de que un par de cuerpos rodaban por el piso, muy cerca de él. Sin pensarlo demasiado, con la súbita energía que se apodera de las personas en los momentos cruciales, el abogado se deslizó como una sombra hacia el cordón de la vereda, bajó a la calle y corrió con todas sus fuerzas hasta la vereda de enfrente. Una vez allí, corrió hasta la esquina más cercana y cruzó la otra calle. Estaba tan asustado que no escuchó el ruido del vehículo, y sólo se percató de su presencia en el momento en que los focos delanteros iluminaron su cuerpo. Aníbal Almafuerte se llevó el antebrazo hasta la frente para eludir la luz de los faroles, y sintió el chirrido de los frenos.

—¿Está usted bien? —preguntó el taxista asomándose por la ventanilla—. ¡Faltó poco para que lo atropellara!

—Sí —respondió el abogado—. ¿Puede llevarme?

—Claro, suba.

Cuando el vehículo arrancó, a Almafuerte le pareció que un par de sujetos corrían tras él, pero ya era tarde para que lo alcanzaran.

Segundos después, comprobó con alivio que aún llevaba los folios bajo el brazo derecho.

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Ricardo Suárez continuaba bebiendo en la mesa. Era asediado por decenas de ominosas miradas, pero él no se daba cuenta. Después del champagne había tomado ron, y ahora seguía con un escocés.

En un extremo del salón, dos botones aguardaban lo inevitable. Cuando se hizo evidente que estaba a punto de desplomarse sobre la mesa, se acercaron y, con palabras persuasivas, lo ayudaron a levantarse.

—Está bien —consintió Suárez—, iré a descansar. Pero deben prometerme que me reservarán esta mesa para mañana. Me reencontraré con mis amigos a las veinte horas.

—No te preocupes, Ricardo —lo tranquilizó uno de los botones con desenfado—, yo mismo le pondré un cartel que diga: “Reservado para el doctor Ricardo y sus amigos”.

—Ah, bien. Eso me gusta.

Posteriormente, los dos empleados condujeron al ebrio hacia el ascensor, lo llevaron hasta el quinto piso, lo metieron en la única habitación libre del hotel y, tras quitarle los zapatos, lo dejaron durmiendo sobre la cama. Antes de retirarse, uno de ellos tuvo el detalle de colocar un cartel de “No molestar”, que quedó balanceándose con un movimiento pendular sobre el pomo de la puerta.

Segundos después, algunas sombras furtivas se deslizaban hacia el quinto piso.

El primero en llegar fue un espía de la India, de piel cetrina, dueño de unos ojos tan oscuros como el turbante que llevaba puesto. Vestía una túnica igualmente negra y se desplazaba con movimientos precisos y silenciosos. Identificó la suite de Ricardo por el cartel que se movía. Extrajo una ganzúa de su tocado y forzó la cerradura.

A hurtadillas, avanzó por el vestíbulo. Todo estaba en calma, salvo por el ronquido destemplado, casi obsceno, que brotaba del dormitorio. Se acercó a la puerta, la abrió con sigilo y, sin molestarse en cerrarla, avanzó hasta el lecho.

Observó a Ricardo Suárez. Calculó que no era muy pesado. Estudió la mejor forma de sacarlo de allí y decidió que lo haría a través de la ventana del dormitorio utilizando las escaleras de incendio. De esa forma pasaría desapercibido, y saldría a los fondos del hotel que comunicaban directamente con la calle. Una vez allí, metería al “científico” en un auto y escaparía con facilidad. Sacó un celular. Llamó a uno de sus secuaces, le explicó el plan y le indicó que lo esperara con el motor encendido.

Luego, abrió la ventana de par en par, entrelazó los dedos de las manos haciendo crujir los nudillos y se dispuso a cargar sobre sus hombros a Ricardo. Sin embargo, no advirtió que alguien lo había seguido, y antes de que lograse poner una sola mano sobre el hombre que pensaba secuestrar una ráfaga verde se le vino encima, derribándolo.

Cuando se levantó del suelo apenas si tuvo tiempo de ver a su oponente, porque recibió un fuerte golpe en el mentón que lo arrojó contra la mesa de luz. Pese al dolor, se incorporó rápidamente y, con un movimiento de cintura, consiguió esquivar la patada voladora que estuvo a punto de pegarle en la cabeza. Por efecto de la inercia, el agresor estrelló su pie contra la pared y cayó pesadamente sobre Ricardo, pero este ni se inmutó.

Acto seguido, el ágil sujeto se puso de pie sobre la cama y, procurando no pisar al durmiente, se colocó en posición de ataque. El hombre del turbante negro observó a su contrincante y supo que no le sería sencillo derrotarlo. Era un chino de aspecto malévolo, completamente calvo si descontamos la larga trenza que surgía de su nuca. Vestía un mono de color verde y zapatillas negras. Los llamativos movimientos que realizaba con los brazos indicaban que era un experto en artes marciales.

Sin embargo, el indio no estaba dispuesto a cejar en su propósito y, decidido a deshacerse cuanto antes de aquella repentina molestia, sacó una daga de entre sus ropas. El oriental lo dejó acercarse, pero cuando lo juzgó prudente pegó un salto felino y le estrelló los nudillos de su diestra en la frente. Esta vez el hombre del turbante negro pareció acusar el golpe y, tras recular, se desplomó sobre el piso del apartamento. El chino se aproximó para asegurarse de que su oponente había quedado fuera de combate, pero fue un error, porque este, desde el suelo, le lanzó una feroz patada que lo alcanzó en los genitales. Tan pronto como el espía de la trenza, víctima de un dolor muy intenso, se dobló sobre sí mismo, el indio se puso de pie y contraatacó. Aferró la cabeza de su enemigo con ambas manos, elevó una pierna y le aplicó un perfecto rodillazo en el rostro amarillo.

Con esta acción el chino se desplomó, vencido, y el indio avanzó hacia la cama en la que dormía Ricardo, decidido a culminar de una vez por todas con el plan que había trazado. Sin embargo, un ruido a sus espaldas lo hizo volverse.

En el umbral de la puerta del dormitorio había una ominosa figura que parecía dispuesta a todo. Era un individuo de tez negra vestido con una túnica roja. A juzgar por sus facciones y sobre todo por su elevada estatura, debía pertenecer a alguna rama no muy lejana de los legendarios guerreros watusi. Y si algo faltaba para convertirlo en una amenaza, en su diestra portaba una afilada hacha de aspecto tribal. El hombre del turbante buscó con la vista la daga que había perdido en la refriega anterior, y al no hallarla supo que estaba en serias dificultades. El negro dio un paso al frente, elevó un brazo, apuntó a la cabeza de su contrincante y, con un movimiento elástico, le lanzó el hacha como un proyectil. El arma giró varias veces en el aire y se clavó en la cabecera de la cama, a centímetros de la cabeza de Ricardo. Sin embargo, esto no detuvo al africano, que avanzó confiado en la fuerza de sus propias manos. Atrás de él ingresaron un ruso de anchas espaldas vestido de traje gris, un árabe de túnica blanca y, más tarde, un italiano de espeso mostacho. A pesar de que el dormitorio no era demasiado amplio para tantos individuos, ellos encontraron la forma de organizarse, y así, a golpes de puño, el africano se enfrentó al indio, el ruso al italiano, y el árabe hizo lo propio con el chino, que acababa de despertar. Mientras tanto, cinco pisos abajo, otro indio, desde adentro de un jaguar negro, esperaba que su compañero descendiera por la escalera de incendios con el hombre que debían secuestrar. Como no percibía ningún movimiento, se bajó del vehículo y, con los brazos en jarra, miró hacia arriba. Sin embargo, no sucedió lo que esperaba. El primero en caer por la ventana fue el árabe. Voló por los aires lanzando un patético alarido, rebotó en el toldo de lona del hotel y se estrelló contra el techo del auto, lo que provocó el hundimiento de la chapa y el estallido de algunos vidrios. A este le siguieron el italiano, el africano y, un poco más tarde, el ruso. Por último, fundidos en un abrazo tan fuerte como su odio, el chino y el indio cayeron con estrépito sobre el toldo, que acabó por quebrarse y venirse abajo. Para ese entonces la Policía ya había sido alertada por los vecinos, y el ruido de la sirena tuvo el efecto de dispersar a aquel siniestro y maltrecho manojo de espías.

Arriba, quizá algo perturbado por tanto alboroto, Ricardo Suárez, sin abrir los ojos, dejó de roncar, se dio vuelta en la cama, acomodó la almohada bajo la cabeza y siguió durmiendo con placidez.

Braulio Suárez abrió los ojos. Estaba acostado. Con mucha dificultad, se puso de pie. Le dolía todo el cuerpo. Al principio veía borroso, pero poco a poco fue haciéndose un panorama de la situación. Se hallaba dentro de un gran cilindro de metal gris. Uno de los extremos estaba cerrado, y el restante tenía una puerta con una ventanita sin vidrio. Caminó hasta allí y observó por la abertura. En una cabina similar a la de un avión estaban sentados los tres individuos que lo habían golpeado. El jefe parecía ser el conductor, y los otros, sus copilotos. Al frente, en una pantalla redonda, se podía observar el exterior. El vehículo se desplazaba velozmente por un túnel estrecho.

No se escuchaba el ruido ensordecedor del taladro, por lo que era lógico pensar que estaban utilizando un túnel ya fabricado con anterioridad.

—¿Hacia dónde me llevan? —preguntó Braulio rompiendo el silencio de la nave.

—¡Oh, al fin! —exclamó con sorna uno de los individuos—. Se desmayó cuando estábamos teniendo una agradable conversación, y ya lo extrañaba.

—No me ha dicho hacia dónde vamos —replicó Braulio.

—Tranquilo. Nos dirigimos a nuestra base, necesitamos consultar al Barbudo —contestó el mismo sujeto—. Él nos dirá lo que debemos hacer.

—¿El Barbudo?

—No se preocupe. Le gustará el paseo, pero ahora agárrese fuerte —dijo, con una sonrisa, el conductor. Luego bajó una palanca y el vehículo salió disparado como si lo impulsara una fuerza que no parecía de este mundo. Por efecto de la aceleración, las cabezas de los tres secuestradores golpearon contra los respaldos de sus respectivos asientos y sus rostros se crisparon. Las robustas manos se aferraron como garfios a los posabrazos, pero Braulio no había encontrado de qué sujetarse y, tras ser despedido con violencia, voló como un muñeco y se estrelló de cabeza contra el fondo de la nave.

Cuando despertó, le dolía la zona occipital. Tenía la sensación de haber dormido varias horas. Todavía maltrecho, caminó hacia la ventanita.

Los hombres enfundados en ajustados monos de plata continuaban en la cabina de mando. Lo que había cambiado era el paisaje que mostraba la pantalla redonda. Ahora había plantas submarinas, rocas, y peces que se deslizaban con elegancia entre resplandores azules.

—¿Dónde estamos? —preguntó Braulio.

—Desde hace unas horas navegamos por el fondo del océano —explicó uno de los copilotos—. Ya estamos por llegar.

—Pensé que era un vehículo subterráneo, no submarino —señaló Braulio Suárez.

—En realidad es una nave capaz de adaptarse a diversos ambientes. Usted lo conoció como un drill car. Ahora se han desplegado unas aletas laterales que usted no puede ver desde aquí, y se desplaza como un submarino.

—Fascinante. Esto habla de una sociedad técnica muy avanzada. ¿De qué país son ustedes?

—No figuramos en ningún mapa, si a eso se refiere; pero ya hemos hablado demasiado. Guarde silencio —ordenó el conductor, siempre con esa voz glaciar que imponía respeto.

Horas después, el vehículo se asomó a la superficie del mar y continuó avanzando como una barca. El agua lucía pura. Ahora navegaban entre inmensos bloques de hielo, témpanos blancos de reflejos azules.

—¿Dónde estamos? —preguntó de nuevo Braulio.

—Cerca del Polo Norte —explicó uno de los secuestradores.

Al cabo de una hora, sin embargo, la nave se internó por un canal abierto entre los hielos eternos, y el paisaje cambió. En las costas comenzaron a aparecer aves de climas templados y manchas verdes que no tardaron en convertirse en praderas. Y luego árboles y hasta una cascada.

—Pero ¿qué sucedió? ¡Creí que estábamos en el Polo! —exclamó Braulio observando la pantalla de la nave.

—Estos son los dominios del Barbudo, ni más ni menos que en la entrada de la Tierra Hueca —explicó el conductor.

—¡Oh! ¡Siempre había creído que era sólo un mito!

—¡Ja, un mito, qué ocurrencia!

No mucho después, las formas naturales dieron paso a unas estructuras que al sorprendido Braulio le hicieron abrir los ojos como platos.

—¡Santo cielo! ¡Acabo de ver algo que parecía ser un templo sobre una meseta! —exclamó.

Los hombres vestidos de plata sonrieron con orgullo ante el asombro experimentado por el prisionero.

El conductor detuvo la nave junto a la orilla.

Primero se abrió una puerta en la cabina y luego otra más atrás, donde viajaba el conserje.

Los cuatro hombres se asomaron al exterior y saltaron a tierra.

Todos, incluido el prisionero, que era custodiado por uno de los hombres, siguieron al jefe por una tierra de verdes pastos sobre la que soplaba una cálida brisa. Braulio no paraba de mirar hacia uno y otro lado. No salía de su asombro. Y no era para menos, porque sin importar dónde fijara los ojos se topaba con singulares maravillas.

El templo que había visto era una obra de arte de líneas clásicas, y, a pesar de que se hallaba a unos doscientos metros, le dio la impresión de que había sido labrado en mármol. Más o menos a la misma distancia, pero en otra dirección, había glorietas de techos abovedados.

Después de avanzar por la pradera y sortear una colina, Braulio tuvo ocasión de pasar muy cerca de un grupo de esculturas que representaban a feroces guerreros armados con hachas. El hombre observó aquello con un nudo en la garganta. El artista que había cincelado el mármol había conseguido un realismo tan extraordinario que infundía terror.

Algo más tarde, sin embargo, al prisionero lo aguardaba una visión más placentera. Mientras avanzaba por una llanura, advirtió que sobre unos cerros, destacándose contra el cielo despejado, flotaba una bruma blanca de reflejos dorados que se desplegaba en gráciles rizos. Braulio la observó fascinado. A la distancia, parecía la expresión visual de una exquisita melodía. Minutos después, la bruma comenzó a extenderse en otro sentido, giró en hipnóticos círculos concéntricos, se deshizo en fragmentos, se reagrupó de nuevo y puso rumbo a los cuatro hombres. Sólo en ese momento Braulio, que ya pensaba que lo había visto todo, se percató de que la bruma no era tal. En efecto, lo que había tomado por un fenómeno atmosférico no era otra cosa que una multitud de mujeres que, montadas en blancos corceles alados y vestidas con áureas armaduras que dejaban ver más de lo que ocultaban, surcaban los asombrados cielos. Las jóvenes tenían curvas sinuosas, rostros angelicales y rubias cabelleras que flotaban en el viento.

Braulio miró a sus captores y uno de ellos, comprendiendo que el prisionero buscaba respuesta a aquel prodigio, señaló:

—Son las valquirias, las encargadas de darles placer eterno a los guerreros que han perdido la vida en batalla. Cada tanto salen a recorrer los cielos para darles valor a los vivos, y ahora ya regresan al Valhalla.

Braulio las contempló atormentado por su dulzura infinita, pero después de un rato, como si se tratara de un sueño que ha llegado a su fin, todas las mujeres se esfumaron sin dejar rastro.

A pesar del cansancio, los cuatro hombres avanzaron por la pradera. El más afectado era sin duda el sufrido prisionero, no acostumbrado a estas faenas.

Media hora más tarde, el jefe se detuvo en medio del campo y dijo alzando la voz:

—¡Wotan, querido padre, tus hijos están aquí! ¡Hemos venido a pedirte consejo!

Al principio, Braulio no entendió lo que ocurría. Le pareció que el jefe hablaba al aire, pero luego miró en la dirección que lo hacían los otros y, conteniendo el aliento, se enfrentó a la visión más extraordinaria que jamás hubiera imaginado.

A una distancia de treinta metros sobre el nivel del suelo había una colosal figura sentada con las piernas cruzadas. Era un anciano de proporciones gigantescas. Vestía una túnica blanca, y lucía una larga y espesa barba del mismo color. Tenía los ojos cerrados, pero no parecía dormido sino más bien sumido en alguna suerte de trance o meditación. No estaba apoyado en nada y, a despecho de su extraordinario volumen, desafiando la gravedad, levitaba de una forma asombrosa.

—¿Qué es lo que desean? —preguntó Wotan con una voz eterna cargada de melancolía. Una voz que hacía pensar en miles y miles de años. Algo que volvía triviales los afanes de los hombres y hacía ver su existencia como una simple gota de rocío.

—No hemos podido localizar a Ricardo Suárez.

—¿A quién?

—El hombre que descubrió la forma de manipular el tiempo.

—¿Quién?

—El autor de “El tiempo considerado como una carrera de ardillas promiscuas”.

—¡Oh!

—No sabemos dónde está, pero tenemos a su hermano —indicó señalando a Braulio.

—¿Y él no les dijo dónde encontrarlo?

—No.

—¿Y no probaron darle unos golpes o colgarlo de los pies?

—No, pero...

—A veces también es útil cortarle algunos dedos o quemarlo con aceite.

—No, pero...

—O un ojo, pueden sacarle un ojo. O amputarle un brazo. Pero no le corten la lengua, porque entonces no podría decirnos lo que queremos. De todos modos, hay muchos métodos que podrían usarse. Los asiáticos eran muy buenos para esas cosas. El cepo chino, por ejemplo, consistía en una caja de madera en la que se colocaban los pies de la víctima, y entonces...

—Disculpe, señor, pero creemos que nuestro prisionero no sabe dónde está su hermano. Por eso hemos venido a verlo a usted.

—Ah. Bien, y ¿dónde trabaja Ricardo Suárez?

—No, él no tiene un trabajo fijo.

—Entonces debemos averiguar dónde trabaja su hermano. A ver… ¿Dónde trabajas, muchacho? —preguntó Wotan a Braulio.

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—En el Gran Hotel Ventura —respondió este.

—¿Y es un buen hotel?

—Sí, señor.

—¿Sirven buena comida allí?

—Sí, señor.

—¿Buena comida de verdad, como carne de novillo mechada con tocino y vegetales, acompañada con papas asadas y regada con un buen vino?

—¡Sí, sí!

—Bueno, si yo tuviese un hermano que trabajara en ese estupendo lugar iría a visitarlo seguido. Así que vayan al hotel y espérenlo, en algún momento va a aparecer.

—¡Gracias, señor, eso haremos! —dijo el jefe y, tras despedirse con una reverencia de Wotan, comenzó a alejarse.

Sin embargo, los cuatro hombres no habían dado más de dos pasos cuando el poderoso dios los detuvo:

—¡Esperen!

—...

Después de captar la atención de su auditorio, Wotan dijo:

—Han venido desde lejos, y no quiero que se vayan sin un souvenir.

El gran sabio y guerrero introdujo una mano en su tupida y luenga barba blanca y la sacó repleta de anillos de oro. Luego, con el gesto de un anciano que alimenta a las palomas, se los arrojó a los visitantes.

—¡Oh, gracias, señor, no somos dignos de ti! —exclamaron los hombres mientras se arrojaban al piso para recoger las joyas.

—No es nada —explicó Wotan con su voz otoñal—. Hace incontables años, el enano Brok me regaló el anillo Draupnir. Es una joya mágica, que cada nueve noches se multiplica dando lugar a ocho anillos más. Ha pesado mucho tiempo y ya no sé qué hacer con tantos anillos, así que llévenselos de una maldita vez.

—¡Son hermosos! —señaló uno de los sujetos mientras se llenaba las manos con ellos.

—Es verdad —dijo el dios—, son muy bonitos, y además previenen los resfríos, detienen la caída del cabello y, por sobre todas las cosas, son muy útiles a la hora de iluminar la inteligencia.

Braulio Suárez suponía que aquellos regalos no eran para él, pero, como varios de ellos habían caído muy cerca de sus pies, con disimulo recogió dos y los guardó en un bolsillo del pantalón.

Después de que terminaron de juntar las joyas, el jefe agradeció a Wotan y guio a la comitiva de regreso a la nave.

—¡Gracias, señor! —gritó una vez más.

—Ya lárguense —murmuró Wotan. Sin embargo, cuando los visitantes ya estaban por ingresar a la nave, el dios volvió a gritar—: ¡Esperen!

—¿Señor...? —preguntó el jefe.

—No, tú no. ¡Tú! —gritó el Barbudo señalando con el índice al prisionero.

—¿Sí? —preguntó Braulio tragando saliva, mientras, con una mano metida en el bolsillo del pantalón, apretaba con temor los anillos robados.

—¿Cómo me dijiste que se llama el hotel en el que trabajas?

—Gran Hotel Ventura, señor.

—Gracias, lo tendré presente.

Sergio Salgueiro estaba en un dilema: decir la verdad o sostener una mentira hasta sus últimas consecuencias, con todos los peligros que eso podía acarrear. Pero la primera no era una opción. Si confesaba que había inventado todo el asunto de las ardillas promiscuas a partir de una única frase pronunciada por un borracho lo más seguro era que lo despidieran de la diaria, así que no tenía otra opción que seguir avanzando, aunque supiera que aquel camino sólo podía conducir a un precipicio.

A raíz de la ya célebre nota, el periódico no había parado de recibir mails y llamadas telefónicas. En las altas esferas todos parecían muy preocupados por saber más del doctor Ricardo Suárez, y el jefe de redacción no demoró en encargarle a Salgueiro que lo entrevistara de nuevo. Y no sólo eso, también le proporcionó a su mejor fotógrafo para darle más destaque a la nota. Salgueiro no sabía dónde localizar al dichoso científico, así que no tuvo mejor idea que llamar al sitio donde lo había conocido.

En el momento en que sonó el teléfono del Gran Hotel Ventura la recepcionista no se encontraba en su puesto, y atendió uno de los botones.

—¿El doctor Ricardo Suárez?

—Sí, señor, está hospedado aquí.

—¿Podría comunicarme con él? —preguntó Salgueiro.

—Me temo que no, está durmiendo.

—¿Y a qué hora cree que se despierte?

—No lo sé. Pero él quedó de encontrarse con sus amigos a las veinte horas en el Salón Persa. Una cena de trabajo, según tengo entendido.

—Perfecto, con eso me alcanza. Ha sido usted muy amable —concluyó el periodista.

Cinco minutos más tarde, el teléfono del hotel volvió a sonar. Esta vez atendió la conserje, que ya había regresado del tocador.

—Gran Hotel Ventura, ¿en qué podemos ayudarle?

—¿Silvia? —preguntó una voz firme del otro lado.

—Sí.

—Hola, Silvia. Soy Elvio Racchetti.

—Oh, buenas tardes, señor Racchetti —dijo la conserje, ruborizándose al darse cuenta de que estaba hablando con el dueño del establecimiento.

—Dígame, Silvia, ¿por qué está usted ahí, no debería estar Braulio a esta hora?

—Sí, señor Racchetti, pero él no ha venido.

—¿Se sintió mal?

—No lo sabemos. No pudimos comunicarnos. Tal vez se le estropeó el teléfono. Un funcionario me avisó que había faltado y sentí que era mi obligación venir a cubrirlo.

—Ha hecho usted muy bien —señaló el viejo—, aprecio su actitud. Pero ahora llamaba por un tema en particular...

—Usted dirá, señor Racchetti.

—Quería comunicarle que he suspendido mis vacaciones y hoy mismo estaré por el hotel.

—¿Sucedió algo malo?

—Todo lo contrario. Me he hecho muy amigo del magnate griego Ulises Papadopoulos, y él está interesado en hacer negocios. Es probable que decida invertir en el Gran Hotel Ventura.

—¿Invertir?

—O comprarlo, ya veremos.

—Oh.

—No se preocupe, Silvia, yo sé que los cambios generan incertidumbre, pero haremos todo lo posible para que nadie salga perjudicado.

—Claro.

—Iremos en el avión privado del señor Papadopoulos, y estaremos llegando al hotel a eso de las veinte horas. Le pido por favor que todo luzca reluciente. Si ya hicieron la limpieza, háganla de nuevo, es importante dar la mejor impresión.

—Cuente con ello, señor Racchetti.

Al caer la tarde, el Salón Persa estaba impecable. Nunca, ni siquiera en sus mejores tiempos, había lucido tan reluciente y aristocrático. El personal de servicio se había esmerado hasta en los mínimos detalles. Un ejército de manos armadas con aspiradoras, plumeros, franelas, lustramuebles y otros artículos de limpieza se había prodigado hasta el cansancio sobre la araña de cristales, las ninfas de mármol, la costosísima alfombra y los muebles Luis XV. Todo el salón brillaba con el efecto de una inmaculada sonrisa.

Los responsables de aquella transformación estaban satisfechos con el trabajo realizado, pero no podían evitar preocuparse. Si el señor Racchetti efectivamente le vendía el hotel a su flamante amigo Papadopoulos, el futuro podía llegar a ser muy incierto. ¿Se mantendrían todos los empleados en sus puestos? ¿Habría rebaja o aumento de sueldo? ¿Y qué clase de persona era ese magnate griego?

Lo concreto es que en el Salón Persa, que era el punto neurálgico del hotel, todo parecía dispuesto para causar la mejor impresión a un eventual comprador. Además de la limpieza, había que destacar el hecho de que ese día los funcionarios estrenaban nuevos uniformes, y los variopintos huéspedes que ocupaban buena parte de las mesas contribuían a reforzar la imagen de un refinado centro cosmopolita.

A las diecinueve horas con cuarenta y cinco minutos, Sergio Salgueiro llegó acompañado por un fotógrafo que portaba una cámara colgada del cuello.

Mientras caminaba, el joven calvo advirtió que una mesa, ubicada en el centro del salón, tenía un cartel que rezaba “Reservado Dr. Ricardo Suárez y amigos”. También se percató de que todos los presentes miraban hacia allí. Al fin de cuentas, pensó con alivio, no se había equivocado: el doctor Ricardo Suárez no podía ser otra cosa que una celebridad.

Los de la diaria eligieron una mesa del fondo y pidieron dos cafés. Ninguno de los dos imaginaba que estaban rodeados de espías y agentes del FBI, pero, aun así, no podían dejar de percibir la tensa calma que dominaba el ambiente.

Los siguientes en llegar, con escasos minutos de diferencia, fueron los doctores Jeremías del Campo y Aníbal Almafuerte. Se sentaron en la mesa reservada. Mientras esperaban ser atendidos, el abogado dijo en tono de confidencia:

—Anoche, cuando salí de aquí, me ocurrió algo terrible. Intentaron robarme, pero por suerte pude abordar un taxi que pasaba en ese instante y escapé por muy poco.

—¿Iban por el libro? —preguntó Jeremías.

—No lo sé. Tal vez sólo eran carteristas, pero no puedo asegurarlo.

—Será mejor tener cuidado.

—De acuerdo.

—¿Trajo el contrato?

—Sí. También traje el libro, porque quiero hacerle algunas preguntas —señaló Almafuerte, al tiempo que ponía el fajo de folios sobre la mesa.

—Dígame.

—Jeremías, he leído su trabajo con suma atención, y he visto que en casi todo se ajusta a las ideas del doctor Ricardo Suárez —mintió Almafuerte.

—Qué bueno.

—Sin embargo —prosiguió el abogado—, en el último capítulo usted se refiere a un método para controlar el flujo del tiempo, pero no explica cómo funciona.

—Sí —admitió Del Campo bajando la voz—. Seguramente es el mismo método que conoce el doctor Suárez, pero decidí no divulgarlo en el libro por temor a que cayera en manos equivocadas.

Antes de que Almafuerte hiciera un comentario, un silencio absoluto se enseñoreó del Salón Persa. De un momento para otro, las personas interrumpieron sus conversaciones.

Ni siquiera se escuchaba el más leve ruido de una cucharita revolviendo el azúcar de un pocillo. De pronto, toda la atención estaba puesta en una solitaria persona que, con paso cansino, entraba en el restaurante. A juzgar por la avidez que reflejaban las miradas, se diría que estaban en presencia de una estrella de cine, pero no era otro que Ricardo Suárez. Venía despeinado, como de costumbre, y vestía el mismo traje azul que la noche anterior, sólo que mucho más arrugado, ya que había dormido con él.

Llegó hasta la mesa, saludó a sus socios y ocupó su silla.

—Espero que lo hayan pasado bien. Yo he descansado de maravilla —expresó el “doctor” con una blanda sonrisa.

Un segundo después, Sergio Salgueiro le dijo a su compañero fotógrafo:

—Ahí está nuestro hombre, vamos por él.

Casi en el mismo instante en que ambos se ponían de pie, el señor Racchetti y el señor Papadopoulos entraban al Salón Persa.

Apenas puso un pie en el lugar, el magnate griego sonrió con aprobación. No cabía duda de que la primera impresión había sido excelente. Sin embargo, nada en el mundo podría haberlo preparado para lo que sucedió a continuación. Tras aquella fugaz e idílica visión, un ruido ensordecedor hizo temblar los cimientos del edificio y, antes de que alguno de los presentes pudiese ensayar una explicación, el suelo, cubierto por la alfombra persa, se abrió para permitir que el drill car surgiera de las profundidades. El caos fue total. Volaron los escombros, la barra y varias mesas fueron destruidas, y una nube de polvo se instaló en el arruinado salón. Segundos después, el taladro se detuvo. Una puerta se abrió en el lomo de la bestia metálica y uno a uno los hombres de cabellos blancos y monos de plata salieron con unas extravagantes pistolas en las manos. A pesar de que el polvo le obstaculizaba la visión, el líder de los invasores distinguió a Ricardo Suárez junto a una mesa caída; señalándolo con el índice, les gritó a sus esbirros:

—¡Allí está, vamos por él!

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Sin embargo, antes de que avanzaran dos pasos, una salva de balazos los obligó a arrojarse al piso. Sin amedrentarse, los hombres vestidos de plata respondieron con sus armas lanzando unos rayos violetas que provocaron, además de costosos daños en la estructura del local, unos resplandores de siniestra belleza. Salgueiro, arrodillado atrás de una silla, le dio indicaciones al reportero gráfico de la diaria, quien a duras penas comenzó a disparar su cámara, aunque en aquel momento no fue capaz de discernir si estaba obteniendo buenas fotografías.

El resto de los hombres que no estaban armados se escondieron bajo las mesas. El señor Racchetti intentó proteger con sus brazos a su amigo Papadopoulos, que parecía a punto de morirse de miedo.

Aníbal, Ricardo y Jeremías se tiraron al suelo. Este último, para protegerse de los rayos violetas, tomó como escudo una ninfa de mármol que había caído sobre la alfombra. Suárez, al advertir que este sujetaba a la doncella de los senos, le gritó:

—¡Usted, saque sus sucias manos de ahí!

—¡Perdón —dijo el doctor Del Campo con visible consternación—, pero van a matarnos!

—¡Nadie va a matarnos, vengan conmigo! —replicó Ricardo Suárez arrastrándose hacia un costado del salón.

Jeremías soltó a su fría enamorada y lo siguió, acto que fue imitado por Aníbal.

Aprovechando la confusión general, los tres comenzaron a alejarse del peligro, reptando sobre el piso para evitar ser alcanzados por los rayos y las balas.

Cuando llegaron a una pared, Ricardo Suárez se puso en cuclillas y abrió una puerta.

Después de entrar, el hombre con aspecto de espantapájaros señaló:

—Por este corredor vamos a la cocina y después, por otra puerta, salimos a la entrada del hotel.

Con la sinfonía de disparos y rayos sonando a sus espaldas, los doctores avanzaron tras los pasos de Ricardo y pronto llegaron a la cocina del hotel. El sitio era grande y estaba provisto de todo lo necesario: utensilios culinarios, artefactos eléctricos y una despensa bien surtida con productos de primera calidad. La pulcritud podía admirarse en el brillo de los cacharros y las mesas de aluminio. Había un aroma exquisito que brotaba de los hornos y las ollas que reposaban sobre las hornallas, pero no se veía a nadie, los cocineros parecían haber huido hacía poco tiempo.

Parecía lógico pensar que aquella estampida había sido la conclusión natural del caos provocado en el Salón Persa. Sin embargo, la verdadera razón estaba en el extremo de un mostrador. Allí, sentado en un taburete, de espaldas al trío que acababa de entrar en la cocina había un hombre enorme devorando con las manos un novillo asado. Era un robusto anciano que debía medir cerca de dos metros y medio de altura; vestía una túnica blanca y tenía unos cabellos y una barba de igual color. Parecía hambriento, y, a juzgar por los sonidos que brotaban de su boca, disfrutaba mucho aquel platillo.

—¿Y este quién es? —preguntó Aníbal Almafuerte.

—Yo no lo conozco —afirmó Ricardo Suárez.

—Bueno, parece un dios nórdico —sugirió el propio Almafuerte.

—Oh, podría ser —señaló Jeremías del Campo—, pero en todo caso creo que lo mejor es no interrumpirlo e irnos cuanto antes de aquí.

—Tiene razón. Síganme —ordenó Ricardo.

Con pasos silenciosos pero rápidos, los hombres dejaron solo a Wotan y abandonaron la cocina por el extremo opuesto al que habían entrado. Caminaron unos metros y salieron por una puerta que los dejó en la recepción del hotel.

—¿Ustedes saben qué demonios está sucediendo? —preguntó Ricardo.

—Mucho me temo que es por este maldito libro —respondió Aníbal Almafuerte alzando el original del doctor Del Campo que llevaba en la mano derecha.

—¿Pero no cree que el doctor Suárez también tiene algo que ver? —expresó Jeremías en su defensa.

—¡El “doctor” Suárez no escribió ni una maldita línea de esta condenada teoría del tiempo, así que si alguien debe hacerse cargo es usted, doctor Jeremías del Campo! —le espetó Almafuerte, al tiempo que le ponía el libro en las manos.

Un segundo después, de atrás del mostrador de recepción salió un individuo vestido con un mono plateado.

—¡Quietos! —ordenó con su voz helada, mientras miraba a todos con sus ojos blancos y les apuntaba con una pistola de rayos—. Ahora por fin ya sé a quién tengo que llevarme.

—Yo no he hecho nada malo —balbuceó Jeremías apretando contra su pecho los preciados folios.

—¡Por supuesto que no, doctor, pero lo hará, jajaja, puede estar seguro de ello! —rio con sarcasmo el jefe de los invasores, y, arrastrando al prisionero de un brazo, comenzó a conducirlo hacia el drill car.

Sintiéndose perdido, Jeremías hizo un esfuerzo, logró zafarse y comenzó a correr.

Los otros dos hombres aprovecharon la oportunidad y huyeron en sentido opuesto. Esquivando las balas que brotaban de la puerta abierta del Salón Persa, se metieron en los baños. Ricardo abrió el placard destinado a los implementos de limpieza y sacó el paraguas roto que había guardado el día del congreso de física.

—¿Qué haremos con eso? —preguntó Almafuerte.

—¿Hacer? Protegernos de la lluvia. ¿Qué otra cosa podríamos hacer con un paraguas? —dijo Ricardo.

Aníbal escuchó con atención. Su amigo tenía razón, la lluvia arreciaba y sonaban los relámpagos. El hecho de que Ricardo lo hubiese advertido entre tantos rayos violetas y balazos sin duda era una muestra de su inteligencia práctica.

Cuando abandonaron el hotel, se guarecieron de la lluvia bajo el paraguas roto y comenzaron a caminar. El negro cielo se iluminaba con esporádicos relámpagos.

A poco de andar, Almafuerte sacó unos papeles del bolsillo de su saco; a la vista de su amigo, los rompió en cuatro partes y los arrojó a la calle.

—¿Qué era eso? —preguntó Ricardo.

—El contrato.

—Oh, bien hecho, ya no lo vamos a necesitar.

—Cierto, pero ¿qué hacemos ahora? ¿Hacia dónde iremos? —pensó el abogado en voz alta—. No creo que debamos ir con la Policía. Nos harían muchas preguntas y no obtendríamos ningún beneficio.

—Bueno, a un par de calles de aquí van a inaugurar una exposición de pintura, con instalaciones y toda esa basura. Tengo entendido que habrá un brindis, con champagne importado y sándwiches —señaló Ricardo.

—Oh, me parece bien.

Mientras los disparos aún arreciaban, el jefe de los invasores nórdicos entró al drill car sujetando del brazo a Jeremías del Campo. Le quitó el libro y lo empujó hacia un rincón. Luego le dijo a Braulio Suárez:

—Puede irse.

—¿De veras?

—Sí, salga, tenemos un nuevo prisionero y necesitamos el lugar. No era a usted a quien queríamos, ni tampoco a su hermano, así que váyase.

—¿Eso es todo?

—No. Quería pedirle disculpas.

—Oh.

—En algún momento dije que usted trabajaba en un “pretencioso hotel” y no es cierto, la verdad es que el Gran Hotel Ventura es muy bonito.

—Gracias.

—No tiene por qué. En verdad es un hotel muy bonito, o al menos lo era antes de que llegáramos.

Al Gran Hotel Ventura le costó mucho recuperarse de los destrozos, pero no sólo no perdió un ápice de sus antiguos brillos, sino que reabrió convertido en leyenda. Era lógico. Según las crónicas y las fotos del periódico la diaria, allí había tenido lugar una épica batalla entre agentes de diversos países y una banda de alienígenas que nunca más se atrevió a regresar. Por el soberbio relato de los sucesos, el periodista Sergio Salgueiro obtuvo un Pulitzer, y su compañero fotógrafo otros premios casi igual de importantes.

Como era previsible, las emociones del día de la invasión disuadieron al magnate Papadopoulos de comprar el hotel, y después de un año todo seguía igual. El señor Racchetti continuó siendo el dueño, y nadie perdió su puesto de trabajo.

A menudo Braulio y Ricardo, que ahora lucían dos de los anillos que Wotan sacara de su larga barba, razonaban que las joyas les habían venido de maravilla. El dios nórdico había señalado que servían para evitar los resfríos y detener la caída del cabello, y la buena salud y las estupendas cabelleras que ambos ostentaban daban cuenta de la veracidad de sus palabras. Sin embargo, el Barbudo también había hablado de una tercera propiedad que, curiosamente, nunca se había tornado evidente. En efecto, no fue sino hasta un año y medio después de la reapertura del hotel cuando los dos hermanos Suárez pudieron comprobar que los anillos, como dijera el dios, eran “muy útiles a la hora de iluminar la inteligencia”.

Esa mañana, Braulio y Ricardo charlaban de nimiedades en el mostrador de la recepción. Nada hacía presagiar que algo extraño podría ocurrir, y sin embargo, de un momento para otro, ambos tuvieron la inefable sensación de que había ocurrido un desplazamiento. Al principio fueron incapaces de explicarlo, pero lo percibieron como una clara alerta de que algo había sucedido.

En silencio, intercambiaron una mirada interrogativa, y sólo después de dirigir la vista al frente empezaron a comprender.

Un hombre caminaba por la alfombra roja de la entrada rumbo al Salón Persa. Esto en sí mismo no tenía nada de particular. Aquel señor gordo, de cabellos blancos y traje oscuro era uno de los huéspedes habituales del hotel, y no había nada incorrecto en él, salvo un detalle que lo alteraba todo: se desplazaba con una extraordinaria lentitud. Entre un paso y otro transcurría un tiempo increíblemente largo. No era algo normal. Parecía moverse en cámara lenta. Y aquel extraño modo de avanzar le confería un aspecto siniestro y fantasmal.

Antes de que los hermanos Suárez consiguieran reponerse de la sorpresa, vieron a un botones que caminaba hacia el mostrador con la misma lentitud que lo hacía el señor obeso de cabellos blancos y traje negro. Al cabo de un lapso desmesurado, el funcionario llegó hasta el mostrador, levantó el teléfono y comenzó a emitir unos zumbidos prolongados que no permitían siquiera adivinar las palabras que intentaba articular.

—¡Es increíble! —exclamó Braulio—. ¡El tiempo ha sido alterado, pero por alguna razón nosotros somos los únicos que nos damos cuenta!

—¿Será por esto? —preguntó Ricardo señalando su reluciente anillo de Wotan.

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—¡Sí, es eso! Nosotros somos los únicos por aquí que llevamos estos anillos, a eso se refería el Barbudo cuando hablaba de iluminar la inteligencia —razonó Braulio.

—Vaya —suspiró Ricardo—. Esto abre unas posibilidades enormes en mi futuro.

—¿A qué te referís?

—¿No lo ves? ¡Es genial! Con este anillo podría meterme en cualquier restaurante o en cualquier tienda y llevarme todo lo que quisiera y nadie se daría cuenta, porque para el resto de los mortales mis movimientos serían tan rápidos que me verían pasar como una ráfaga.

—¡Sos un desastre, Ricardo, no te das cuenta de la seriedad del problema! —le espetó Braulio, y, tras poner a su hermano en su sitio, caminó hacia la puerta del hotel—. Vamos a ver qué sucede afuera.

Cuando salieron, la impresión que tuvieron fue mayúscula.

Las calles y las aceras habían sido ocupadas por un inmenso ejército de hombres altos y robustos, de cabellos blancos, vestidos con trajes de plata y vivos azules. Aquellos seres, en todo similares a los que un día habían llegado en un drill car, parecían haber decidido que ya estaban listos para la conquista. Resultaba obvio que habían hecho un buen uso de los conocimientos del doctor Jeremías del Campo, y ahora venían por todo. Llevaban armas en la cintura, y algunos portaban estandartes y banderas con símbolos rúnicos. Mientras el contingente mayor avanzaba por la avenida con paso marcial, otros se dedicaban a tomar prisioneros que, con su espectral lentitud, eran incapaces de ofrecer la menor resistencia. Entre ellos estaban los dos porteros del Gran Hotel Ventura. Un solo soldado era suficiente para conducirlos hacia un vehículo gris con aspecto de jaula rodante en el que se apiñaban los prisioneros que iban tomando.

Para evitar ser atrapados, Braulio aferró a Ricardo de un brazo con intención de regresarlo al hotel, pero este se paró firme y no permitió que lo movieran. El conserje no entendió por qué su hermano insistía en quedarse afuera, expuesto al peligro, y lo tironeó de nuevo, pero no obtuvo mejores resultados. Luego, cuando miró su rostro, comprendió que algo muy extraño le ocurría. Ricardo estaba fascinado. Con la boca abierta y un brillo de abrumadora dulzura en sus ojos, contemplaba un hecho de insólita belleza: la aérea cabalgata de las valquirias. Las imponentes guerreras, vestidas con armaduras de oro y montadas en blancos y alados corceles, surcaban los cielos derramando su fulgurante hermosura.

—¡Vámonos! —insistió Braulio.

Pero no había fuerza en el mundo que pudiese rescatar a Ricardo Suárez de aquel hechizo. Y cuando una de aquellas encantadoras criaturas se acercó en su caballo y le dedicó una breve sonrisa, él se soltó de su hermano y, al tiempo que abandonaba la vereda para bajar a la calle, dijo como en un suspiro:

—Creo que me enamoré...