Algunos relatos del poeta Marcelo Silveira (Salto, 1982) fueron publicados en los primeros números de Lento, y otros en las antologías El descontento y la promesa y Entintalo. Marcelo ha vivido en Montevideo y Buenos Aires en distintas etapas de su vida, como es evidente en este diario.

Víspera

En el local de empanadas para llevar, desde la puerta, le pido al cajero que suba la radio. Está al máximo, me dice, pasá, y acerca un parlante al mostrador, al lado de un alcohol en gel en las últimas. Alberto Fernández comunica el aislamiento social preventivo y obligatorio, sus motivos y su alcance. Es claro, medido, firme, aunque unos pocos furcios delatan la procesión interior. Sobre las cero horas el altavoz de un patrullero repite por primera vez la medida que anunció el presidente.

Día 1, viernes
Me despierto de madrugada después de tener unos sueños raros (¿hay otros?). Voy al baño cuando el escape ruidoso de una moto se propaga veloz en el aire y, más que alargarse a la distancia, parece perderse a lo ancho en los seis carriles de la avenida callada, un poco como el virus en el globo, de este a oeste. En el almuerzo me distraigo con los estados de Whatsapp. Veo a mi ahijado, del otro lado del charco, retratado con un buzo de lana a rombos y una boina, sonríe entre soñador y pícaro, que a su edad tal vez es lo mismo. Me acuerdo de una película que vi hace poco: un maestro y su alumno preferido en un pueblo gallego en vísperas de la Guerra Civil. Le escribo a mi compadre, docente de Historia: “Un anarcosindicalista de la niñez imaginando la primera nanomolotovcita arrojada contra la covid-19. ¡Viva la República!”.

Día 2, sábado
Vengo siendo un cautivo ejemplar: no salí de casa, me lavé muchas veces las manos, ventilé los ambientes, puse ropa a lavar, revisé cajones, tiré papeles, hice más de media hora de ejercicios, incluyendo trote y saltitos en el lugar (parecía un suplente esperando el cambio que se demora porque la pelota no termina de irse afuera). A remotas regiones de mis dominios llegaron por fin el trapo y el plumero civilizador. Luego un poco de lectura, merecida siesta y algo de tele mientras hacía una lista de cosas para hacer. Me comuniqué con mi madre en Montevideo, con mi abuela en Salto, con el portero en la planta baja, estuve a punto de abrir una cuenta en Instagram, pagué la luz y compré un libro usado por internet. El indómito imperativo de aprovechar el tiempo se hizo carne en mí. Los tutoriales para pasar la cuarentena ocupados y productivos parecen ser los futuros documentos de una extraña tribu sedentaria abocada a incansables actividades en el interior de sus viviendas, hasta que el rito nocturno de los aplausos la congrega y la recoge. Rompo la lista absurda de tareas, abro un vino y me emborracho con números: 793 muertos en Italia en un mismo día, 394 en España. 67 nuevos casos en Argentina, 225 en total, cuatro muertes. 25 nuevos casos y 135 en total en Uruguay.

Día 3, domingo
Un domingo peronista, que le dicen: celeste, cielo limpio y soberanos rayos de sol. Desde la puerta-ventana de mi módico balconcito francés que da al pulmón de manzana se proyecta un plano oblicuo como un relumbrón rubio del parquet. Me acuesto en esa alfombra de sol. La coronilla casi toca las macetas del balcón, la frente se calienta serena —no es la fiebre— y, cuando la brisa del quinto piso larga una rachita más fuerte, la acaricia de a ratos un lazo del lazo de amor. La tele de fondo cuenta 3.200 aprehendidos por violar la cuarentena. Los llaman “el club de los boludos” o “los irresponsables”, y a algunos les conceden sus 15 minutos de mala fama: el surfista que vuelve de Brasil y se pelea con los movileros en un retén de la Policía en los accesos a Buenos Aires, el empresario que escondió a la mucama en el baúl del auto para llevarla a su country. Mi preferido: el pibe que con olímpica flema de flaneur millennial salió a jugar al Pokemon Go.

Día 4, lunes
Pego una hoja manuscrita en el espejo del ascensor: “Hola, si algún vecino adulto mayor precisa una mano con las compras, me dice y coordinamos cuando yo salga a hacer las mías. Salute! Marcelo del 5° D”. Con un marcador violeta resalto adulto mayor, compras y mi teléfono. Cuando estoy sesteando tocan el timbre, demoro en vestirme, golpean dos veces con las palmas de las manos en la puerta. Es la colifa del séptimo, voz disidente y sensata, sin embargo, en las reuniones leoninas de consorcio. Fumadora en espacios comunes, le cuesta sumar adhesiones (una podría ser la mía, pero escucho sin voz, limitándome a mantener informada a la amiga que me alquila el bulín). Luego de un brevísimo rodeo, me pide que le compre cigarrillos. Me excuso como puedo, haciendo hincapié en la idea fuerza de adulto mayor. Lo toma a bien, y sólo cuando ya está en retirada y yo cerrando la puerta dice en un susurro alto: hay que hacerle la guerra a la administración.

Día 5, martes
24 de marzo. Memoria, verdad y justicia. Por hoy, querido diario, punto. No final.

Día 6, miércoles
Me reintegro al trabajo, hasta ayer estaba de vacaciones. Pensé al fijar la fecha: mejor marzo, que es más tranqui. Me volví de raje la semana pasada, cuando los medios daban como inminente el anuncio. Ahora, cuarentena office en la medida de lo posible. Prendo el teléfono del trabajo, caen 83 mensajes de Whatsapp: mucho texto, varios audios, un video, 2,7 emojis por remitente, dos memes sobre la pandemia. Desactivo la respuesta automática del mail: son unos 20 correos por cada día que estuve fuera, hasta el jueves pasado, cuando el promedio se desploma y llegan a partir de ahí unos pocos correos sueltos. El último como que se arrepiente, responde sobre su mismo mensaje: olvidate, después de este bardo vemos. Empiezo a responder uno por uno. Me armo un mate de paciencia pero me veo privado de otra de mis defensas habituales de fajina: la prevención de tocarse la T de la cara me hace estar en guardia contra el gusto que guardo desde niño de hurgarme la nariz y hacer una bolita de fraile de moco con dos dedos. No los como, los tiro como se tira al opi una bolita lechera, liberando el pulgar del índice doblado.

Día 7, jueves
Primera salida a la calle: la panadería y el súper chino donde compro habitualmente, cerrados hasta el fin de la cuarentena. Voy hasta un Día: todos respetamos en la puerta el metro de distancia y las tandas de ingreso de a cinco. La chica de la única caja en uso está muy quemada. Se ve que no saca el pie del pedal de la cinta transportadora, porque se le amontonan contra el lector de barras los productos de un cliente y el que sigue. Putea y pide perdón, se ríe. Desahoga en cuotas, con cada uno de nosotros, el estrés de estos días y la mufa que le tira la gente —dice— por las góndolas peladas o la falta desde hace días de alcohol en gel. No es violenta su catarsis, es la de un pedo triste-alegre como tantas veces tuve. Le cuesta pasar las tarjetas y digitar los montos, pero a todos nos dice algo con onda: ay, uruguayo, qué lindo, me toca cuando mira mi DNI, y me regala deliberadamente las peras sin pesar porque no encuentra el código en una planilla. Me odio por no saber guiñar un ojo para agradecerle cuando me despido y le digo que ojalá pueda descansar.

Día 8, viernes
A las nueve de la noche los aplausos desde los balcones suenan más cargados que otros días. Será quizá que el reconocimiento a los trabajadores de la salud sirve también para puntuar un primer ciclo de este orden provisorio: se cumple una semana completa de cuarentena. Acodado con una lata de cerveza en mi balconcito, mi vista queda a tiro de una chica en el contrafrente de un edificio vecino, que rega las plantas de su balcón. Me parece que nuestras miradas van y vienen en las rachas de brisa del pulmón de manzana. Busco, pero no la veo en una pasada de Tinder que hago hasta que la voz saturada del patrullero chilla de golpe y yo largo el teléfono como si me hubieran descubierto haciendo algo prohibido durante la excepción. Pispeo de nuevo, pero ya no está en el balcón. A mí el aislamiento medio que me sale solo, por eso lo que tengo que laburar estos días es la conexión. Empiezo a enviar mensajes a los amigos. Como buen converso, exagero: peino por orden alfabético los contactos de Whatsapp.

Día 9, sábado
Lecturas de estos días: Mientras espero, de Roberto Appratto, Diario del año de la peste, de Daniel Defoe. Como su famoso náufrago, la del diario es una voz en suspenso y registra hace tres siglos, en un mundo de algún modo ya globalizado, la disyuntiva entre salud o economía en que el presente está calibrando la respuesta de los gobernantes: Entonces comencé a pensar seriamente si debería decidir quedarme en Londres o bien huir como muchos de mis vecinos. [...] Me enfrentaba a dos cuestiones importantes: una de ellas era el manejo de mi negocio, la otra era la preservación de mi vida en la calamidad tan funesta que, según veía, iba a caer sobre toda la ciudad [...] La primera consideración era de gran importancia para mí; mi comercio era de talabartería; y como mis transacciones se realizaban principalmente entre los mercaderes que comerciaban con las colonias inglesas en América, mis bienes estaban muy en manos de estos.

Antepenúltimo día
Fixture de otro domingo sin fútbol. 10.10 mate y radio. 11.30 costura: pegado de botones caídos en desgracia hace meses, corte y ruedo de un pantalón comprado hace tres años, cuando vivía en otra casa, otra vida. 13.00 cultivo repentino de la metáfora poligrilla: esa inacción como un no ponerse los pantalones en una nueva etapa de la pareja. O el olvido del ruedo como una postergación de otro tipo de corte y confesión. 13.03 ginebrita sin hielo, aceitunas, maní, roquefort, salame picado fino, pan casero. 13.25 segunda ginebra, un hielo. 14.15 siesta pesada, sueños raros, hacha en la frente. 17.10 ducha, seguida de tour en Babia. 19.20 notificación de Tinder: tienes un match. Pero no es la vecina. 21.45 fideos con manteca y queso. Fuera de programa: trío con Valentina Nappi y Amarna Miller.

Ilustración: Dani Scharf.
Ilustración: Dani Scharf.

Penúltimo día
Hay algo de los aplausos a las nueve que me empieza a hinchar y hoy, trascartón, sobre las últimas palmas a alguien se le ocurre cantar el himno en un karaoke para todo el barrio. Si tuviera un equipo más potente que el suyo lo taparía con los audios de Fernando Peña que vengo escuchando por Youtube de manera adictiva. No estoy contra el aliento a los médicos, claro. ¿Pero qué unísono quedará sin el cagazo de la pandemia? Vivo en una zona de la ciudad que creció al calor de la fiebre amarilla del siglo XIX, cuando la gente bien migró del sur febril de Buenos Aires a sus nuevas residencias inmunes del norte. Yo habito en la franja que pintan los edificios a lo largo de la gran avenida, un enorme conventillo lineal pequeñoargentoburgués, aunque sin esos patios comunes donde los inmigrantes cruzaban sus lenguas. Una costura de inquilinos que une un retazo de clase media más de barrio y otro retazo de clase media más paqueta, antes más petitera y con los 90 más rastacuera. No creo en el lombrosianismo tarambana del virus cheto (o chino), pero tampoco en la revelación viral de conciencia selfie en el balcón.

Último día
Llueve. Iba a ser el último, pero la cosa sigue por 13 días más. Debería hacer una segunda salida de compras, pero me quedo en el molde. Alguito de morfi todavía tengo para zafar hasta mañana, y hay vino y dulce de leche (curioso, me ha costado más medirme con las cucharitas que con las copas). Abandono deliberadamente todas las estrategias previstas para hacer de este día un día normal, el último día de estos días inéditos antes de volver a los días normales de antes. Bla bla bla. Ni colorín ni colorado. Dejo que pase el tiempo en borrador, un borrador que quedará sin revisar y finalmente se borrará.

Día 13, martes o miércoles
Armo un bolso con dos libros y unas ropas. Enciendo los faros del Falcon como si encendiera —pienso— una cámara para una road movie. Me digo bueno, vamos y arranco. Paso a revisar el auto por el taller de un amigo que me regala el mejor mapa rutero—según él— de todo el Alto Perú. Muevo el Falcon muy lentamente para darme tiempo, descartando coartadas, cuidando de toparme con los policías disfrazados de enfermeros. Voy tomando calles secundarias, trazando un zigzag hacia los bordes de la ciudad sin saber todavía qué salida elegir, frente a qué retén acelerar a fondo. Voy mirando con ojos achinados, inclinado sobre el volante, los nombres de las calles, los pocos transeúntes que andan con sus barbijos bordados con sonrisas dientudas de hilo flúo. Voy mirando como quien busca de nuevo una pista que tuvo y perdió. Hasta que me acuerdo de algo o de alguien, enciendo un cigarrillo, tomo una autopista elevada como un rascacielos, cambio la marcha y acelero. No violé la cuarentena. Ya no fumo. No sé manejar. Fue el sueño de una duermevela.

Día 14, jueves, creo
Muchos de mis vecinos se alistan en un caceroleo con gusto a grieta. A diez cuadras de casa una chica se vuelve viral (#CaceroleateLaChota) enfrentándolos con un surtido de puteadas, pero también les dice: y después piden la pala, y cuando trabajan no valoran el laburo. Antes había escuchado por radio a Diego Levy, de La Garganta Poderosa, en un relato acuciante de los barrios villeros del sur de la ciudad. El eco de la crisis económica se extiende junto a la metáfora bélica: esta es una guerra sin cuartel contra un enemigo invisible, y los médicos y enfermeros, nuestros soldados en el frente de batalla. La peste y la guerra (y el hambre) son viejas conocidas de la historia, de ahí su intimidad semántica. Pero hoy el arsenal simbólico tiene otra resonancia: un 2 de abril hace 38 años comenzaba la Guerra de las Malvinas. En Los pichiciegos Fogwill imaginó la voz de los colimbas en las trincheras, y son los versos fechados en diciembre de 2001 de su poemario Canción de paz los que resuenan en este atrincheramiento sanitario: Cuánto pasó y parece / otro tiempo el pasado / como si hubiese sucedido / en otro túnel, ahora que intercambiamos / cómputos de cadáveres / más muertos, episodios / de prensa, impresiones / vagas sobre la historia.

Día 15, viernes, confirmado
Mido el tiempo en mi barba de náufrago. Soy un Robinson Crusoe de cotillón, aislado en mi torrecita de marfil. Este encierro me vino al pelo para patear la decisión tomada en vacaciones de hacer terapia por primera vez en mi vida. Voy a beber mi copetín ritual haciendo barra en el balcón. Está la vecina regando las plantas, el pelo recogido, un vestido ligero, los pies descalzos, un canto bajito que igual viaja por el pulmón de manzana, ese no sé qué. Cuando por fin cruzamos miradas, adelanto la lata de cerveza en su dirección, un salú que de tan preparado, por supuesto, me sale torpe. Me responde levantando los hombros desnudos y la regadera de latón. Las cretonas, el lazo de amor, el ficus, la repisa con suculentas, un gato que entra en escena, las alegrías del hogar vuelven a concentrar su atención. No me mira más, pero estoy en carrera, pienso o más bien quiero creer. ¿Cómo sigue el mundo? La droga diaria de los números: más de un millón de casos y más de 58.000 muertos. En Argentina: 1.353 contagios confirmados y 42 muertes. En Uruguay: 386 contagios y cuatro muertes.

Día 16, sábado
Llego hasta acá, querido diario. Hoy es mi cumpleaños. No cambia mucho la cuarentena, siempre le saco el culo a la jeringa de los festejos, pero si pinta vacuna para esta covid, lo pongo con gusto. Cuidémonos.