“Me tentó cerrarlo como una tragedia que, un poco metafísicamente, recayera en el personaje silecionso, pero preferí reafirmar el poder de la materia sobre todo lo demás”, dice la periodista Virginia Méndez sobre este relato.

Tenía siete años la primera vez que vi llorar a la tía Paula. La familia se había reunido en la casa en la que ella pasaba aquel verano. Eran los restos de un día sofocante y afuera los grillos daban gritos de guerra en un lenguaje de otro mundo. La tía Paula, ya cuarentona, se había casado en invierno y estaba embarazada. El esposo era un rubio alto con ojos achinados, siempre húmedos de picardía y whisky, al que mi madre solía acusar de no haber agarrado un martillo en su vida; un emprendedor frustrado, pero persistente; un hombre que en el velorio de su padre recibió a los invitados con una sonrisa y a mi hermano y a mí nos hizo cosquillas hasta las lágrimas. Aquella casa solía ser la residencia de veraneo de la familia de él. Hoy, era el depósito de todo lo que no utilizaban e insistían en conservar, y, recientemente, se había convertido en nuestro refugio estival.

El jardín estaba colmado. Padres, tíos, hermanos y primos habían recolectado todos los vasos y asientos disponibles, y se mantenían en penumbras para ahuyentar a los bichos. Los más audaces se habían hecho de las sillas de playa nuevas; el resto se conformaba con reposeras desvencijadas, las banquetas de la cocina y hasta el taburete del baño.

No eran buenos días para la tía Paula. Se la veía ausente e incómoda y cada tanto entraba en busca de un poco de soledad, mientras los otros conversaban a las risas y hacían circular el maní, el queso y las botellas. Mi hermano sentía la necesidad de ser parte del grupo, por lo que festejaba cada uno de los chistes, estoico en su secreto aburrimiento. Yo esperaba el momento indicado para dejar a un lado la timidez y aventurarme hacia el interior de la casa a repetir la rutina que había sostenido durante las últimas semanas. Resultaba sencillo predecir lo que sucedería. El calor dejaría de ser un problema, la charla aumentaría de volumen, se elogiarían repetidamente los postres caseros y los temas volverían uno tras otro con renovados puntos de vista.

Mi hermano, ya rendido, se fue tras los primos mayores a pescar a la encandilada y yo me dirigí al cuarto en el que dormían los anfitriones. Primero revolví los cajones de la cómoda de roble. Había cajas que escondían otras cajas. Ninguna persona conocida tenía tantas cosas: pequeños dijes y cadenas, monedas antiguas, perlas desenhebradas, zapatos, sombreros, encajes, botones, la torre Eiffel, la Ópera de Sídney, el Big Ben. Cada estante de cada mueble estaba forrado con el mismo papel floreado, prendido a los vértices de la madera con chinches. El tiempo que llevaba allí, entre andrajos y naftalinas, lo hacía parecer más delgado, y las flores lucían desfiguradas en tonos de rosado y verde pastel. Nada de eso pertenecía a la tía Paula. Sus cosas estaban en un placard más moderno. Guardaba decenas de coloridos rectángulos de crochet. Cada tarde, a la hora de la siesta, ponía sus enormes pies en alto, el ventilador a máxima velocidad, y empezaba a tejer. Para llegar al invierno hay que pasar por el verano, decía, y llenaba su vida de esos pequeños trozos de abrigo que algún día convertiría en mantas. Mantas para los pobres, mantas para tu cumpleaños, mantas para el nuevo niño de la familia. Las mantas siempre hacen falta, decía. Resultaba fascinante verla enredar los dedos en aquella coreografía perfecta.

En la habitación, estudié cada rincón hasta llegar a lo más sucio. El cuero marrón de los zapatos de taco estaba tan deshecho y arrugado que vaya uno a saber qué misterio me llevó a elegirlos. Trepé en la cama alta, muy alta, y crujiente. Apoyé las suelas polvorientos sobre aquella colcha extremadamente cuidada y me regocijé imaginando la expresión desencajada que pondría mi madre si estuviera allí. Con los pies colgando, me deshice de las chancletas con una combinación de patadas al aire. Tomé uno de los zapatos y contemplé unos segundos aquel universo oscuro e impredecible y hasta me dio impresión meter el pie. Tras colocarme el otro, di un salto al piso seguido de unos pasos torpes de samba hasta que me interrumpió un sonido al otro lado de la puerta. Se me contrajo la panza y en una serie de movimientos nerviosos puse toda la evidencia en su lugar. Apoyé la oreja contra la puerta, pero nada. Al rato, logré oír unos pasos escaleras abajo. Giré el picaporte tan lento como pude, aunque el crujido fue inevitable. Bajé a toda prisa, ágil y silenciosa como un gato. Y entonces la vi. Recostada a los pies de la escalera, bajo una luz amarillenta, la tía Paula lloraba atragantada. Las lágrimas y los mocos le brotaban a ritmo constante sin que hiciera nada para detenerlos. Me acerqué despacito y me puse a su lado. Sin mirarme, me apretó fuerte contra aquella panza movediza, en la que mi primo flotaba en un mar salado. Desde el jardín llegaba la voz distorsionada del tío y las risas del público, todos hermanos y hermanas de la tía. Respondí al abrazo con desconcierto y disimulo. “Ay, qué triste”, se lamentó tan bajito que apenas la escuché.

Aquel verano el pasto creció más de lo normal, las olas de calor —una tras otra— no dieron tregua y el tiempo, como las palabras, adquirió una nueva forma y un nuevo lugar. Durante los últimos días, todos habíamos cumplido una rutina de actividades teñidas de incomodidad y roce. Los niños estábamos de vacaciones, por lo que dormíamos allí. Mis padres y algunos otros solían ir los fines de semana. Cada mañana, desayunábamos en la cocina. La tía metía las tazas una a una en el microondas y se quedaba hipnotizada viéndolas girar. Luego nos sentábamos en la mesa y ella trasladaba su atención al tío que, del otro lado del ventanal, emprendía una nueva etapa de cierto proyecto de jardín que resultaba un enigma para todos nosotros. Carpía torpemente la tierra, cortaba y regaba cada planta. Luego entraba animado, imitando el sonido del regador, me robaba una mordida de tostada y se iba a atender el jardín del frente, dejando un rastro de barro detrás de sí. Algunas horas más tarde ya estábamos todos en el living con los trajes de baño puestos. Ahí se viene, murmuraba mi hermano con los ojos en blanco. Empezaba con algunos suspiros y comentarios aislados. Había que decidir a qué playa ir, si en auto o a pie, si pasar antes a hacer las compras para el almuerzo, si era una hora apropiada para exponerse al sol. Claro que no lo era, por lo que se resolvía llevar sombrilla e ir en auto, hacer las compras luego, ir a la playa más cercana. Pero enseguida todo se ponía en tela de juicio y la acción se postergaba, las palabras perdían rumbo y se desataba la discusión entre la pareja. Una vez por fin en la playa, nos lanzábamos de cabeza al agua. Salíamos una hora después, pálidos y arrugados, ante la orden de la tía, que nos envolvía en una toalla con cierta brutalidad y nos mandaba en dirección al auto, dejando atrás a su esposo, que se encargaba de cargar las sillas, la sombrilla y nuestras ropas. “¡Alerta de zapatos!”, gritaba él al llegar a la casa. “¿Quién pisó caca?”. “Nadie”, respondíamos ya sin siquiera confirmar la situación, pero lo cierto es que algo olía terrible. A la hora del almuerzo, moñitas con queso. La cocina era la mayor ilusión y el flanco débil de la tía Paula, pero las cosas se pegan, se queman, se malforman en engrudos nauseabundos. Es fácil olvidar un ingrediente o pasarse de la cuenta. Uno tras otro, sus ensayos iban a parar a la basura.

En la escalera, la tía y yo seguíamos abrazadas cuando mi hermano y el resto de los niños irrumpieron llenos de energía y excitación por la pesca. Descargaron uno tras otro los baldes cargados de mojarritas que aún nadaban en el agua tibia y espumosa. La tía Paula me miró a los ojos con expresión de asombro y culpa, se secó las lágrimas como si nada hubiese sucedido y sin decir una palabra, nos fuimos a la cocina. Puso la sartén a calentar, escurrió las mojarritas directamente desde el balde con una espumadera y las fue tirando de a tandas al aceite hirviendo. El sonido de ese encuentro me hizo dar un paso hacia atrás. Los peces daban uno o dos saltos cada vez menos enérgicos antes de caer sobre un manto de cadáveres. Habían perdido brillo y, en vez de plateados, se los veía de color gris oscuro. Afuera en la reunión Paula recibió el mejor asiento y la familia entera festejó la pesca, se llevó las manos a la panza y antes de siquiera probar bocado se quedó dormida en su lugar.