Afuera de un estadio de Cochabamba, Bolivia, tres hombres subidos a una tarima derribaban una estatua de Evo Morales, quien hasta hacía unas semanas había sido el presidente del país. Uno golpeaba concienzudamente con una maza mientras otro empujaba la cabeza de la estatua, coronada, como la del hombre que representaba, con un peinado en forma de hongo que lo distinguía entre los líderes mundiales. Finalmente la estatua se soltó, y, con desprecio y esfuerzo, la arrojaron al suelo. El ministro de Deportes del nuevo gobierno, que había estado ayudando en la demolición, dijo después a los periodistas que no habría que nombrar estadios en homenaje a delincuentes.

Morales había huido de Bolivia en noviembre, luego de ser acusado de intentar amañar las elecciones y después de que el comandante de las Fuerzas Armadas del país sugiriera públicamente que debía renunciar. Desde entonces, Bolivia ha estado feroz y a veces violentamente dividida. Muchos hablaron de un golpe de Estado, pero sin ponerse de acuerdo sobre si había sido perpetrado por Morales o por sus adversarios. Más allá de quién tuvo la culpa, su partida puso un final abrupto a una de las presidencias más notables de América Latina. Hijo de modestos pastores de llamas, Morales es de la etnia aymara y fue el primer presidente indígena en un país de mayoría indígena. Aunque abandonó los estudios antes de ir a la universidad y habla un español áspero y con acento fuerte, logró mantener el poder durante casi 14 años. Fue protegido de Fidel Castro y quizás el último exponente de la “marea rosa”, como se llamó a la oleada de líderes de izquierda que dominó la política de América Latina durante más de una década. Durante su mandato, Morales transformó Bolivia, redujo la pobreza a casi la mitad y triplicó el PIB.

Evo, como lo llaman todos, es un sesentón robusto y de aspecto juvenil que se enorgullece de superar a sus rivales futbolísticos en las alturas andinas de Bolivia (durante un partido, en 2010, lo filmaron cuando le daba un rodillazo en la ingle a un adversario distraído). El año pasado dijo que se mantenía en forma haciendo más de 1.000 abdominales al día. Durante su presidencia fue incansable: comenzaba la jornada laboral a las 4.45 y continuaba hasta entrada la noche. Populista, carismático, también podía ser arrogante y divisivo, dado a las declaraciones groseras y, a veces, excéntricas. En una ocasión sugirió que comer pollo modificado genéticamente hacía que las personas se volvieran homosexuales. En otra, hizo que el edificio del Congreso fuera equipado con un “reloj del sur”, con agujas que giran hacia la izquierda, para simbolizar la lucha de Bolivia por “descolonizarse”. Líder de larga data del sindicato de cocaleros, Morales usó su posición para difundir las propiedades medicinales de la planta; detrás del escritorio presidencial, colgó un retrato del Che Guevara hecho con hojas de coca.

Después de las elecciones impugnadas, Morales y muchos de sus altos funcionarios renunciaron a sus cargos; entre ellos, quienes lo seguían en la línea de sucesión presidencial. El puesto fue reclamado por una dirigente de la oposición conservadora: Jeanine Áñez, una ex presentadora televisiva de 52 años que hasta entonces ocupaba el cargo, mayormente simbólico, de segunda vicepresidenta del Senado. Áñez, que en dos días recibió el apoyo de los militares y se autoproclamó presidenta, se ajustó la banda presidencial mientras los generales aprobaban con la mirada. Con la misma rapidez, alejó a los indígenas y atrajo a un grupo de seguidores hasta el palacio presidencial, donde blandió una Biblia gigante mientras declaraba que estaba “devolviendo la Biblia al palacio”. Áñez empeoró todo al nombrar un gabinete exclusivamente blanco. Tras las protestas incluyó a un ministro indígena, pero para entonces los partidarios de Morales ya la habían bautizado “la mujer teñida” o, simplemente, “la puta”.

Como mandataria Áñez firmó un decreto para prohibir el “culto a la personalidad” en las instituciones bolivianas, y dejó claro que buscaba purgar el legado y la presencia pública de Morales. Un funcionario de la Presidencia me contó que Áñez había recorrido los antiguos despachos de Morales acompañada por un hombre vestido con ropa indígena y por otro que llevaba una Biblia. Mientras rezaba ante los retratos de los héroes nacionales bolivianos, el hombre vestido con traje tradicional soplaba un cuerno, como espantando a los espíritus malignos. El funcionario me dijo que cuando descubrió el retrato del Che hecho con hojas de coca, Áñez se alteró mucho y ordenó que lo retiraran.

Áñez y sus aliados sostenían que Morales había transformado al país en una autocracia socialista, y que sólo destituyéndolo se podría sanar. Morales, desde su exilio en México, insistía en que él había creado a la Bolivia moderna y en que sin él, el país efectivamente no existiría. Cuando hablé con él hace unos meses, en una de las varias conversaciones que tuvimos, Morales resumió la tradición de inestabilidad política boliviana. En 195 años como república independiente hubo nada menos que 190 golpes y revoluciones; la salida de Morales fue simplemente el último de esos episodios. “Decían que mi gobierno era autoritario porque fui presidente por mucho tiempo”, me dijo.

—Me llamaban “dictador Evo Morales”, pero ahora el pueblo boliviano puede ver cómo se vive en dictadura, cómo se vive con un golpe de Estado.

Morales sostenía que deberían permitirle volver al país y completar su mandato. Si no, su partido, el Movimiento al Socialismo (MAS), retomaría el control de Bolivia de una u otra manera. “Volveré y seré millones”, dijo, parafraseando las últimas palabras de uno de sus héroes, el rebelde anticolonial del siglo XVIII Túpac Katari, antes de ser descuartizado por caballos españoles.


Una tarde, mientras esperaba fuera del palacio presidencial para encontrarme con Áñez, un joven se me acercó y escupió ostentosamente delante de mí. Parecía haberme tomado, con cierta lógica, por un oficial estadounidense que estaba allí para asistir al nuevo régimen. Fue a principios de diciembre, tres semanas después del colapso del gobierno de Morales, y Bolivia seguía polarizada. En los barrios ricos de La Paz los grafitis llamaban a Morales “asesino”, “dictador”, “narco”; en los distritos indígenas, más pobres, las consignas eran “Evo sí” y “Áñez fascista”. A dos cuadras del palacio había un mensaje pintado con aerosol, “Alerta: nos están matando”, que podía provenir de cualquiera de los dos bandos.

El Palacio Quemado, como se lo conoce, empezó a ser llamado así en 1875, cuando una multitud furiosa lo prendió fuego en un intento de golpe. Su reemplazo, una estructura neocolonial rosa y blanca, ha sobrevivido intacta, aunque en 1946 el presidente reformista Gualberto Villarroel fue asesinado allí por otro ataque colectivo; su cuerpo fue lanzado desde un balcón y luego colgado de un poste de luz en la plaza vecina. El poste de luz todavía está allí, junto a una placa que conmemora la muerte de Villarroel. La plaza, un lugar tranquilo con árboles frondosos y vendedores de globos, recibe su nombre de Pedro Domingo Murillo, un patriota criollo que encendió la gesta independentista contra España en 1809. Poco después fue capturado y colgado por las tropas monárquicas.

Como en repudio a esta historia tétrica Morales construyó un rascacielos, llamado Casa Grande del Pueblo, para que sirviera de cuartel general de su “revolución democrática y cultural”. Un rectángulo reluciente de vidrio y acero, la Casa Grande se eleva 29 pisos sobre el antiguo palacio y alberga las oficinas y la residencia del presidente, además de varios ministerios. La oposición de Morales criticó su construcción, que costó unos 34 millones de dólares, y tildó al proyecto de extravagante y vanidoso. Después de su salida la nueva ministra de Comunicación montó una gira de prensa por la residencia, que calificó de “digna de un jeque árabe”. Las fotografías en los medios mostraban una habitación espaciosa pero bastante austera y un baño revestido de mármol con jacuzzi; un lugar agradable, pero no mucho más lujoso que un Sheraton Four Points.

Áñez no había querido utilizar la Casa Grande y se instaló en el Palacio Quemado. Yo la esperé en un recibidor vigilado por un retrato enmarcado en oro de Simón Bolívar, de quien el país toma su nombre. Mientras llegaban Áñez y sus asistentes, un soldado y un guardaespaldas de civil tomaron posiciones defensivas: uno detrás de ella, el otro junto a una ventana que daba a la plaza. Un hombre vestido con traje formal se presentó como Erick Foronda, secretario privado de Áñez. Cuando le dije que me resultaba familiar, contestó de forma socarrona: “Debe ser porque soy agente de la CIA”. Foronda había sido asesor de la embajada de Estados Unidos en La Paz durante más de dos décadas. Morales, que muchas veces acusó a Estados Unidos de realizar operaciones encubiertas en Bolivia, expulsó al embajador estadounidense en 2008, así como a la DEA (la agencia de combate a las drogas) y la USAID (la agencia internacional para el desarrollo) en 2013. Ese año Morales denunció que, mientras volvía de una visita oficial a Rusia, el gobierno de Estados Unidos había ordenado que su avión presidencial fuera desviado a Viena bajo la sospecha de que llevaba escondido a Edward Snowden hacia Bolivia. No era así.

Durante los dos primeros años del gobierno de Donald Trump, Foronda vivió en Washington. Ahora los aliados de Morales señalaban su presencia en el palacio como evidencia indiscutible de que Estados Unidos respaldó el golpe. En enero, la radio Habana Cuba emitió una noticia titulada “[Secretario privado de Áñez vela por la subordinación de Bolivia a Estados Unidos]”( http://www.radiohc.cu/especiales/comentarios/211491-secretario-privado-de-anez-vela-por-la-subordinacion-de-bolivia-a-eeuu). Aunque la historia tiene muchos detalles inverosímiles (sugiere que Estados Unidos forzó la salida de Morales para asegurarse las reservas de litio bolivianas), el gobierno de Áñez es descaradamente derechista. Expeditivamente, expulsó a diplomáticos venezolanos y médicos cubanos, acusándolos de financiar a los partidarios de Morales. El primer mandatario en felicitar a Áñez por su llegada a la presidencia fue el líder de extrema derecha brasileño, Jair Bolsonaro; el segundo fue Trump. En Estados Unidos, figuras de izquierda como Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez denunciaron lo que consideraban un golpe de Estado.

El palacio estaba frío durante nuestro encuentro, y Áñez llevaba una chaqueta negra sobre un vestido negro. Hablaba con voz suave pero firme, y aclaró que le dolía la garganta de tanto hablar. Lo que ocurrió en Bolivia, me dijo, fue una “liberación” de la política de odio y división de clases que llevaba adelante Morales. “Fueron 14 años de dictadura, 14 años de opresión de los que estamos tratando de liberar a los bolivianos, para conseguir una transición que sea un nuevo punto de partida, un lugar donde nadie nos prohíba pensar distinto”, dijo.

Le pregunté si su aparición con la Biblia en el Palacio Quemado podría haber inquietado a los partidarios de Morales, al indicar su cercanía con la extrema derecha. “Soy una mujer cercana a la Biblia y cercana a Dios”, me dijo fervorosamente. “Si eso quiere decir que soy ultraderechista, entonces será que lo soy”. Aseguró que más de 80% de los bolivianos son también “gente de fe” y acusó a Morales de “no creer en Dios” y tener “otras creencias”, en un comentario con resonancias de un viejo tuit suyo, luego borrado, en el que denostaba por “satánicas” las creencias religiosas de los aymaras.

Áñez me aseguró que nunca había pensado en ser presidenta: “Fue algo que Dios puso en mi camino”. Sin embargo, agregó que desde su asunción Bolivia se había vuelto más estable y que la necesaria transición política estaba en marcha. Aunque “muchos bolivianos” le habían transmitido que apreciaban sus esfuerzos, ella no tenía planes de presentarse a las siguientes elecciones, proyectadas para mayo. Áñez se veía a sí misma como “un instrumento” en la tarea de “pacificar y estabilizar” el país.

A pesar de que Áñez hablaba de paz, la sensación de que había una purga ideológica era palpable. Su ministro del Interior, Arturo Murillo, había prometido “dar caza” a su predecesor, Juan Ramón Quintana, quien se había refugiado en la embajada de México (Murillo era conocido por hablar duramente; como senador, llegó a decir que las mujeres no tenían derecho a hacerse un aborto, aunque sí eran libres de “suicidarse arrojándose por la ventana de un quinto piso”). Si había alguna duda sobre lo metafórico de sus palabras sobre cacería, las despejó cuando describió a Quintana como “un animal” que “se alimenta de la sangre de la gente”. Murillo también prometió perseguir a Morales, por ser un “narcoterrorista”. Áñez hizo la misma acusación y me aseguró que Morales tendría que enfrentar la Justicia si alguna vez regresaba a Bolivia.

Ilustración: Ramiro Alonso.
Ilustración: Ramiro Alonso.

La primera vez que hablé con Morales, a través de una llamada telefónica dos días después de que llegara a México, insistió en que era víctima de una conspiración en la que los oligarcas bolivianos eran cómplices de los imperialistas de Estados Unidos:

Ellos no me perdonan porque nacionalicé los recursos naturales. No me perdonan a mí porque hemos reducido la pobreza extrema. Usted sabe que en el sistema capitalista se dice que los pobres solo deben preocuparse por cuidarse ellos, y no habrá problemas sociales. Pero eso no funciona en Bolivia.

Como en ocasiones anteriores, Morales acusó a sus enemigos de racismo y dijo que no podían soportar el hecho de que un “indio” fuera presidente.

A Morales le gusta decir que no sólo gobernó el país, sino que lo “refundó”. Desde los días de la colonia española, Bolivia había sido efectivamente dos países: uno indígena y mayormente rural, el otro blanco y mayormente urbano. Durante su primer mandato Morales impulsó una nueva constitución, que cambió el nombre del país de República de Bolivia a Estado Plurinacional de Bolivia para reflejar su diversidad “comunitaria y social”. Se adoptó el símbolo indígena de la wiphala —un tablero de ajedrez de colores brillantes que representa a los distintos pueblos de Bolivia— como un emblema nacional igual a la bandera. Mientras cumplía funciones estatales, Morales llevaba un traje de lana de alpaca sin cuello con vívidos bordados aymaras.

La renovada constitución también cambió la fortuna electoral de Morales. Los presidentes de Bolivia tenían prohibida la reelección, pero una nueva disposición permitió gobernar dos períodos seguidos. En 2013, cuando Morales se acercaba al límite de dos mandatos, convenció a los tribunales de que su primer mandato, que había tenido lugar antes de que se enmendara la constitución, no debería contar para el total; al año siguiente volvió a ganar la presidencia. En 2016 intentó otro gambito: celebró un referéndum en que pidió a los bolivianos que invalidaran la constitución y le permitieran un cuarto mandato. La propuesta fue rechazada por pocos votos, pero el Tribunal Constitucional Plurinacional dictaminó que prohibir a Morales postularse violaría sus derechos humanos. En 2018 un órgano aun más flexible, el Tribunal Supremo Electoral, ratificó el veredicto.

Muchos bolivianos se indignaron y la oposición organizó protestas, pero Morales retuvo un amplio apoyo, especialmente entre los indígenas y los más pobres. El pasado 20 de octubre, se presentó a la reelección y se sentía confiado acerca de su triunfo. Su oponente era Carlos Mesa, un ex periodista con cuya carrera Morales había interferido en dos ocasiones. Mesa fue vicepresidente desde 2002 hasta 2003, cuando el presidente en funciones, Gonzalo Sánchez de Lozada, huyó del país en medio de violentas protestas derivadas de su privatización de las reservas de gas natural, en un conflicto conocido como la Guerra del Gas. Mesa se convirtió en presidente, pero pronto renunció y la disputa continuó. En ambas ocasiones, Morales fue un destacado líder de la oposición.

El día de las elecciones los primeros resultados mostraron a Morales con una ventaja de siete puntos, pero necesitaba una distancia de diez puntos para evitar una segunda vuelta. Esa noche, con 84% de los votos escrutados, el conteo electrónico se detuvo; cuando se retomó, 24 horas después, Morales tenía un margen apenas superior a 10%. Mesa y sus partidarios estallaron en acusaciones de fraude, y pronto organizaron huelgas en todo el país para exigir nuevas elecciones.

Tanto Morales como sus seguidores se negaron a ceder, y las protestas y las contraprotestas envolvieron al país. Finalmente, Morales acordó permitir que se realizara una investigación de las elecciones por parte de la Organización de los Estados Americanos (OEA), que publicó sus resultados el 10 de noviembre. Los auditores afirmaron claramente que había habido “serias irregularidades”, mayormente a favor de Morales, y recomendaron la realización de nuevas elecciones. Morales aceptó prontamente el informe y anunció que apoyaba la realización de nuevas elecciones. Pero, antes de que tuvieran lugar, el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, Williams Kaliman, apareció en la televisión para “sugerirle” que renunciara “por el bien de Bolivia”. El comandante en jefe de la Policía hizo eco del pedido.

Morales comprendió que su presidencia había terminado. En todo el país había destacamentos policiales amotinados, y los integrantes de la guardia presidencial habían abandonado sus puestos. En el hangar donde se guarda el avión presidencial, Morales improvisó una conferencia de prensa y allí, apurado y con el ceño fruncido, presentó su renuncia. Luego él y algunos colaboradores cercanos volaron a su bastión rural, en la región cocalera de Chapare. Después de enviar un mensaje a sus seguidores para que se reunieran en el aeropuerto del lugar, miles se presentaron para protegerlo de un posible arresto. Al día siguiente Morales tuiteó una fotografía de sí mismo en un refugio seguro. Aparecía acostado sobre una manta en un piso de cemento.

Durante 24 horas no se supo de él, mientras que Andrés Manuel López Obrador, el presidente mexicano de centroizquierda, envió un avión para llevarlo a un lugar seguro. El canciller de México, Marcelo Ebrard, había dejado claro que su gobierno consideraba a Morales el presidente legítimo de Bolivia, que había sido derrocado por un golpe militar. Cuando Morales aterrizó en México, Ebrard lo saludó con un cálido abrazo. Más tarde, me dijo que Morales le había expresado su temor de que si no hubiera huido del país hubiera sido asesinado.

En el caos que rodeó a la renuncia de Morales, los tres funcionarios de mayor rango del MAS cometieron un grave error político cuando también renunciaron. Su gesto fue interpretado como una protesta, pero al dimitir dejaron vacante la línea de sucesión de la presidencia. Como resultado, Áñez, cuyo partido sólo había conseguido 4% de los votos en la elección anterior, pudo autoproclamarse presidenta del Senado, y, por lo tanto, la siguiente en jerarquía para gobernar Bolivia.

Ilustración: Ramiro Alonso.
Ilustración: Ramiro Alonso.

Áñez se hizo cargo de un país conmocionado. Los opositores de Morales habían celebrado sonoramente su partida, ondeando la bandera tricolor de Bolivia en la calle. En Twitter, Carlos Mesa saludó “el fin de la tiranía”. Otros atacaron a los lugartenientes de Morales y vandalizaron sus hogares. Una turba saqueó una casa que Morales tenía en Cochabamba y prendió fuego la casa de su hermana. En Potosí, desnudaron al hermano del líder parlamentario del MAS y lo hicieron desfilar por la plaza principal, mientras su casa era incendiada. Otra multitud opositora agarró a la alcaldesa de un pueblo cercano a Cochabamba, le cortó el pelo, la cubrió con pintura roja y la hizo marchar por las calles mientras la golpeaba.

Los partidarios de Morales se enfrentaban con la Policía; otros quemaban y saqueaban negocios, así como las casas de algunos de sus críticos notorios. Las multitudes incendiaron 68 ómnibus en La Paz, y francotiradores dispararon contra una caravana de mineros pro opositores e hirieron a varios. Otros bloquearon los caminos a las ciudades bolivianas, cortando el suministro de alimentos y combustible.

El día en que asumió el cargo, el 12 de noviembre, Áñez desplegó a la Policía y al Ejército, y pronto les ofreció inmunidad ante cualquier delito que pudieran cometer en sus esfuerzos por reafirmar el control social. En cuestión de días, las fuerzas de seguridad estuvieron involucradas en dos masacres de partidarios de Morales. El día 15, un grupo de militantes cocaleros que marchaba en apoyo de Morales se acercó a las líneas policiales en un puente de la ciudad de Sacaba, y nueve fueron asesinados a disparos. Tres días después, en la ciudad aymara de El Alto, los partidarios de Morales bloquearon una instalación de almacenamiento de gas de propiedad estatal llamada Senkata. Las fuerzas de seguridad abrieron fuego y mataron a diez.

El gobierno de Áñez sostuvo que las fuerzas de seguridad habían evitado un “ataque terrorista” en Senkata. Las autoridades afirmaron que los manifestantes tenían la intención de hacer estallar tanques de gas y provocar hasta 50.000 muertes. Sin embargo, los investigadores de la OEA rechazaron esta explicación. Un militante del MAS que estuvo allí ese día me dijo que los manifestantes habían querido “llamar la atención”, por lo que cavaron trincheras en el camino de tierra fuera de las instalaciones para detener los camiones de combustible. Pero el gobierno había enviado excavadoras para llenar las zanjas, por lo que los manifestantes arrojaron piedras a las excavadoras, ante lo que los soldados comenzaron a disparar. “Esa mujer mintió”, me dijo. “Dijo que traíamos armas de fuego, pero eso es una mentira indignante”.

Cuando los disturbios amainaron, a fines de noviembre, 34 personas habían muerto y cientos habían resultado heridas. Arturo Murillo, el nuevo ministro del Interior, me dijo que la administración de Áñez no tenía responsabilidad. “De todos los muertos en el país —y cada uno de ellos nos duele—, no hay ninguna señal de que alguno haya sido muerto por el gobierno”, dijo. “La mayoría murieron por una bala de calibre 22 en la parte posterior de la cabeza o debajo del brazo. ¿Qué significa esto? Esto significa que la gente del MAS, los que provocaron los disturbios, mataron a estas personas para que todo siguiera en marcha”.

Murillo no ha aportado pruebas de sus afirmaciones. Es cierto que los seguidores de Morales recurrieron a la violencia; el propio Morales dijo que habían sido provocados por policías que les arrancaban las wiphalas de sus uniformes y las quemaban. “Naturalmente, se está produciendo un gran levantamiento para restaurar el honor de nuestros símbolos patrióticos”, afirmó. Pero sólo representaron un puñado de muertes, aproximadamente igual al número de simpatizantes de Morales asesinados por las turbas de la oposición. Las fuerzas de seguridad mataron a 19 personas, aunque algunos informes sugieren que el total podría ser considerablemente mayor.

En medio de la violencia, nueve funcionarios del gobierno de alto rango se refugiaron en la embajada de México en La Paz, mientras que otros vinculados a Morales huyeron del país. Cuando le pregunté a Murillo sobre los informes de persecución a miembros del MAS se mostró molesto. “No vamos a perseguir a cualquiera, sólo a los terroristas, a las personas sediciosas, a los que quieren dañar a nuestro país”, dijo, y su voz fue subiendo hasta convertirse en un grito amenazador. “Vamos a perseguirlos con una mano muy dura”, afirmó, y siguió: “Lo que más los persigue es su propia conciencia, ¿no? Saben que han matado, saben que han quemado. Saben que han robado y saben que han engañado a la gente. Hay muchos que tienen que pagar una deuda con la patria, y las deudas se pagan, tarde o temprano”.

En opinión de Murillo, la persona que tenía la mayor deuda con Bolivia era Evo Morales. Dijo que sus servicios de inteligencia habían descubierto evidencia de que Morales había convertido al país en un “Estado narcoterrorista”. Habló de agentes venezolanos enviados como provocadores terroristas, como parte de una vasta conspiración hemisférica dirigida desde Cuba. Los arrestos por drogas habían aumentado desde la salida de Morales, dijo, lo que demostraba que su administración “sólo había detenido a quienes no eran amigos del gobierno”. Agregó: “Haremos todo lo que podamos para que pague en prisión por sus crímenes”.

En diciembre, el fiscal general de Áñez acusó a Morales de sedición y terrorismo, y pidió a la Interpol que emitiera una orden de captura. Como evidencia el gobierno dio a conocer una llamada, supuestamente grabada durante la crisis, en la que se escucha a Morales ordenando a un líder sindical que endureciera el bloqueo del MAS. “Que no entre comida a las ciudades, vamos a bloquear. Cerco de verdad”, decía.

Cuando, ese mismo mes, me encontré con él en Ciudad de México, Morales desestimó la noticia de la orden de captura de la Interpol. “Ellos me han hecho todo lo que es posible”, dijo, riéndose despectivamente. Cuando era líder cocalero y parlamentario, el gobierno lo torturó y lo apresó por su activismo. “¿Qué más pueden hacer, arrojarme a la cárcel?”, preguntó. “Ya estuve allí”.

Morales se alojaba en una base militar mexicana de acceso restringido, por lo que nos encontramos en una villa que también funcionaba como sede de la estación de televisión estatal venezolana. Nos sentamos debajo de un árbol en un pequeño jardín amurallado. Morales, vestido con una chaqueta de lana y un pantalón de gabardina, estuvo locuaz, aunque con expresión atenta. Parecía incapaz de concebir una vida lejos de Bolivia, especialmente una en la que ya no tenga un rol en la dirección de su destino.

Cuando Morales se convirtió en presidente, muchas personas de la comunidad empresarial temieron que instalara un régimen revolucionario intransigente. En su oficina, una pintura de la guerrilla aymara de Túpac Katari colgaba en la pared, junto a retratos de Fidel Castro y Nelson Mandela. Sin embargo, su administración se centró en el desarrollo. Morales me explicó que al principio de su vida política tuvo “una larga reunión con el comandante Fidel Castro”. Desde la medianoche hasta las cinco o seis de la mañana, Castro le dio una conferencia sobre políticas sociales, a medida que Morales se aburría cada vez más:

—Finalmente, me atreví a preguntarle: “Fidel, ¿dónde compras armas para la revolución?”. Y él me contestó: “¡Evo, no, no, no!”.

En lugar de la insurrección armada, Castro quería que se concentrara en la educación y la salud. “Me hizo pensar”, dijo Morales.

Morales señaló que en 1978, el año en que cumplió su servicio militar obligatorio, hubo tres presidentes diferentes, y cuatro en 1979. “Sin estabilidad política era imposible pensar en desarrollar Bolivia”, dijo. Bajo su administración, se jactó, “nos convertimos en el primer país en crecimiento económico en toda América del Sur. Antes Bolivia sólo había sido primera en pobreza y corrupción”. Morales nacionalizó los recursos naturales del país e intentó llevarlos al mercado. “Cuando llegué al gobierno Bolivia no exportaba gas licuado”, un derivado del petróleo. “Lo importaba”. Entonces Bolivia pasó a exportar gas a Paraguay, Perú, Brasil y Argentina. “Antes Bolivia importaba fertilizantes, pero ahora exportamos 350.000 toneladas al año a Brasil”, continuó. “Para un país pequeño de diez millones de personas eso es importante, es un ingreso”.

Al igual que otros líderes de izquierda en la región, Morales se benefició del auge de los recursos naturales, que duró casi una década. A diferencia de algunos, especialmente en Venezuela, no destruyó la economía de su país en guerras con el sector privado. Su oposición, el establishment conservador y mayormente blanco centrado en la ciudad de Santa Cruz, intentó desde el inicio expulsarlo de diversas formas, que incluyeron huelgas a nivel nacional y hasta una conspiración con mercenarios para asesinarlo. Pero Morales demostró estar dispuesto a trabajar con los capitalistas, siempre y cuando no se opusieran a él políticamente.

En La Paz, los efectos del pragmatismo de Morales se hicieron visibles en todas partes. La capital boliviana se encuentra en un enorme cráter del altiplano andino, a más de 3.600 metros sobre el nivel del mar. Durante las últimas dos décadas, la ciudad prosperó. En los barrios marginales que cubren los lados del cráter, las viejas construcciones de adobe fueron reemplazadas por ladrillos rojos y coloridos teleféricos zumban por encima, transportando pasajeros hacia arriba y hacia abajo por las laderas de las montañas. En los extensos suburbios del sur, donde viven la mayoría de los paceños más ricos y blancos, adolescentes con aire triunfador se mueven entre locales de United Colors of Benetton y Burger King. En Calacoto, un barrio de mansiones amuralladas y hoteles de lujo, una agencia de viajes promocionaba viajes a Disney World.

Para reducir la desigualdad, Morales invirtió en una renta básica universal e implementó sistemas de transferencias para incentivar a las mujeres embarazadas a buscar atención médica y estimular a las familias a mantener a los niños en la escuela. Su gobierno distribuyó paquetes de alimentos (con su retrato en ellos) y construyó hospitales y escuelas (con su nombre en ellos). Sus esfuerzos a menudo eran teatrales —le gustaba visitar pueblos humildes y repartir dinero a los niños—, pero fueron efectivos.

Ilustración: Ramiro Alonso.
Ilustración: Ramiro Alonso.

Aun así, los objetivos de crecimiento económico y la justicia social eran difíciles de armonizar. En La Paz me reuní con Waldo Albarracín, el rector de la universidad pública más destacada del país (la Universidad Mayor de San Andrés) y un defensor de los derechos humanos desde hace mucho tiempo. Albarracín fue uno de los primeros partidarios de Morales. “Yo voté por Evo”, me dijo. “La mayoría de los que nos consideramos izquierdistas lo hicimos”. Pero su presidencia comenzó a parecerle una oportunidad perdida. “El auge de los commodities generó un ingreso de más de 40.000 millones de dólares”, dijo. “El país nunca había visto ingresos así antes”.

Los prestamistas internacionales, incluidos el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, acordaron eliminar más de la mitad de la deuda externa de Bolivia. “Ese habría sido un buen momento para diversificar aun más la economía”, dijo Albarracín. En cambio, Morales profundizó su compromiso con la minería, el gas y los agronegocios. La izquierda se impacientó con su énfasis en los negocios y su falta de interés en las cuestiones ambientales. Entonces el auge de los commodities se empezó a agotar. “No sólo hubo una desaceleración del crecimiento económico, sino que también hubo problemas de corrupción muy parecidos a los de cualquier gobierno de derecha”, dijo Albarracín. “Mientras tanto, Evo seguía hablando como un antiimperialista”. Albarracín, como otros, se convirtió en un duro crítico del gobierno, y finalmente sus viejos camaradas se volvieron contra él. Durante los disturbios de noviembre, cientos de activistas del MAS confluyeron en su casa, en una tranquila calle lateral de La Paz, y la prendieron fuego.

En Ciudad de México, cuando lo presioné para que reconociera cierta responsabilidad de la debacle de noviembre, Morales me dijo ligeramente:

—Somos seres humanos y todos cometemos errores, pero ¿se puede decir realmente que es un error ir a elecciones? En mi segundo mandato, después de haber refundado Bolivia, mis hermanos del campo y mis hermanos de la ciudad vinieron y me dijeron: “Tu vida ya no depende de ti, sino de la gente”. Me dijeron que yo tenía que presentarme nuevamente para continuar con el proceso de cambio.

Mientras hablábamos me di cuenta de que una joven nos estaba escuchando desde una silla a unos tres metros. Tenía pelo oscuro recogido en colitas y vestía jeans y una camiseta negra con la palabra love en letras blancas brillantes. Morales y ella intercambiaban miradas y sonreían. En un momento, él interrumpió la conversación para pedirle a mi fotógrafo que no hiciera tomas de la mujer. Más tarde, mientras Morales posaba para los fotógrafos, ella me pidió que le sacara una foto con su teléfono. Se paró de espaldas al muro del jardín y le dirigió unas risitas juguetonas a Morales, que posaba a unos metros.

Una vez Morales declaró que no tenía tiempo “para una esposa o hijos” porque estaba “casado con Bolivia”, pero de hecho tiene una hija y un hijo, ambos de veintitantos años, nacidos de mujeres diferentes. Otra de sus amantes estuvo involucrada en una maniobra en la que una empresa china obtuvo contratos por 500 millones de dólares del gobierno de Morales; en 2016, fue sentenciada a prisión por “enriquecimiento ilícito”. Morales nunca fue acusado, pero su conexión con la mujer resultó escandalosa, ya que había informes que afirmaban que la había dejado embarazada. Aunque ningún niño apareció en público, Morales encendió las especulaciones al afirmar que el bebé había muerto, mientras que la mujer insistía en que estaba vivo.

Al tiempo que sus colaboradores intentaban calmar las preocupaciones sobre su vida personal, Morales causó un pequeño escándalo al declarar que después de retirarse de la política planeaba irse a vivir a una granja “con mi cato [campo] de coca, mi quinceañera y mi charango”.

En México, Morales parecía aislado de la realidad de su situación y extrañamente ajeno a la impresión que causó. Muchos leales al MAS con los que hablé se quejaron de que se fue volviendo cada vez más imperioso a medida que extendía su tiempo en el cargo, pero que los ayudantes lo protegieron de las consecuencias. Marcela Araúz, ex directora de Comunicación del Congreso de Bolivia, dijo que había estado rodeado de llunkus, o “lameculos”, que habían provocado la crisis al incitar sus “tendencias despóticas”. Albarracín enumeró incidentes ofensivos. En 2010 Morales compró un nuevo avión presidencial por 38 millones de dólares. “Quería ver la Copa del Mundo, así que tomó su avión y llevó su séquito con él”, dijo. “¡Gustos al estilo de Idi Amin!”. En 2011 Morales intentó impulsar una carretera a través de una reserva indígena en las tierras bajas tropicales, lo que generó protestas tan intensas que el gobierno se vio obligado a retroceder. El verano pasado hubo varios incendios forestales en el este de Bolivia, que devastaron la zona conocida como La Chiquitania. Durante semanas, Morales permaneció inactivo, negándose a aceptar ayuda internacional y bloqueando el ingreso de los bomberos argentinos al país. Para cuando los incendios disminuyeron, más de cuatro millones de acres de bosque habían sido arrasados.

En La Paz visité la antigua oficina de Morales, la cual sugería una serena remoción de los detalles de su gobierno. Su escritorio estaba completamente desnudo. En contraste, la oficina contigua, de su vicepresidente, Álvaro García Linera, parecía que seguía funcionando. El escritorio rebosaba de informes y documentos, y un traje colgaba de un gancho en un archivador. Los dibujos hechos con crayones de un niño pequeño estaban pegados con cinta adhesiva a la ventana.

Conocí a García Linera en un parque en la avenida Reforma, el gran bulevar central de Ciudad de México. Delgado, de cabello plateado, de 57 años, vestía un traje a medida. Su aspecto es engañoso: este teórico marxista pasó cinco años en prisión por su participación en el Ejército Guerrillero Túpac Katari. Los bolivianos conservadores despreciaban a García Linera, un hombre blanco con educación universitaria, por traidor a su clase. Algunos partidarios del MAS lo culparon por incitar los excesos de Morales; había militantes que lo acusaban de tener simpatías colonialistas. Todos sospechaban que él era el verdadero cerebro detrás del presidente.

García Linera tenía la esperanza de que el “régimen de facto” de Áñez se terminara pronto, y así el MAS podría reanudar los proyectos que él y Morales habían dejado inconclusos. Pero no se iba a arriesgar a retornar pronto, o por lo menos no abiertamente. Cuando le pregunté si haber buscado un cuarto período había sido un error suyo y de Morales, sostuvo mi mirada durante un buen momento y dijo: “Estoy seguro de que cometimos muchos errores, pero creo que ahora no es el momento adecuado para discutirlos en público”.

Una noche, crucé la plaza frente al Palacio Quemado para ir al Congreso de Bolivia, en cuya fachada el “reloj del sur” de Morales seguía con las agujas girando hacia la izquierda. Adentro me reuní con Eva Copa, la presidenta del Senado. Copa, una aymara de El Alto, tiene 33 años, cabello negro y anteojos. Aunque era una dirigente de segundo rango, con sólo cinco años de experiencia su partido le pidió que llenara el hueco que había dejado la partida de todos los altos funcionarios. Asumió entonces un papel parecido al de su equivalente estadounidense Nancy Pelosi, al tener que trabajar con un gobierno al que se opone profundamente.

Después de la caída de Morales el MAS retuvo la mayoría parlamentaria, pero a principios de diciembre comenzó a negociar con el gobierno de Áñez. Copa me aclaró sutilmente que su decisión de trabajar con “la señora Áñez” no había sido bien vista por los miembros más militantes del movimiento. Pero ella, explicó, no pudo encontrar otra forma de cerrar la crisis, y los bolivianos comunes estaban padeciendo; ella misma tiene niños pequeños, y en el apogeo de la violencia el bloqueo del MAS le había impedido ir a su casa a verlos durante dos semanas. No criticó directamente a Morales, ni lo mencionó mucho. Más tarde, un antiguo alto funcionario del MAS confesó:

—La búsqueda de un cuarto mandato fue un error, y esta es la consecuencia. Todos lo sabemos. También nos lo harán pagar en las próximas elecciones. Simplemente vamos a tener que aprender de nuestros errores, con la esperanza de sobrevivir.

Jerjes Justiniano, quien se desempeñó como jefe de gabinete de Áñez durante el período de transición, dijo que había notado una fisura en los seguidores de Morales “entre los intransigentes que se oponían a cualquier negociación y aquellos que estaban abiertos al diálogo”. Había estado en constante intercambio con la facción dialoguista, que rápidamente acordó ayudar a detener la violencia; luego, la mayoría de los legisladores del MAS votaron ratificando la renuncia de Morales. Justiniano se regodeó: “Están negociando porque pudieron ver que no había ninguna posibilidad de éxito si persistían en la confrontación violenta, y eso también es un reconocimiento tácito de la legitimidad de este gobierno”.

Antes de trabajar con Áñez Justiniano fue un destacado abogado del bastión opositor, Santa Cruz. Polémico, dirigió la defensa de dos miembros de “la manada” boliviana, integrada por cinco jóvenes acusados de violación colectiva. Le pregunté sobre las acusaciones de que, incluso si Morales cometió fraude electoral, la nueva administración respondió con lo que equivale a un golpe militar. Justiniano se echó a reír y dijo que las quejas le recordaban un pasaje del Quijote —apócrifo, en realidad— en que el caballero andante le dice a su compañero: “Ladran, Sancho. Señal de que cabalgamos”.

En La Paz, los políticos parecían listos para un compromiso a regañadientes, pero en la región indígena del altiplano el estado de ánimo seguía siendo desafiante. El pueblo natal de Morales, Orinoca, está a seis horas en auto desde La Paz. En Orinoca viven unos pocos cientos de personas, pero en sus alrededores se alza un enorme edificio de hormigón, vidrio y geometría extremadamente angulosa: el Museo de la Revolución Democrática y Cultural, construido por Morales a un costo de siete millones de dólares para presentar la historia del país desde el punto de vista indígena. En un camino de tierra afuera del museo conocí a una anciana que cuidaba una manada de llamas. Llevaba una camiseta de la campaña de Morales con la consigna “El pueblo dice sí”. Había vivido toda su vida en Orinoca, dijo, pero había estado en La Paz en actos y marchas varias veces para mostrar su apoyo a Morales. Cuando le pregunté cómo sentía el cambio político de Áñez, respondió con un insulto infundado pero generalizado: “Esa puta. Escuché que vendía su cuerpo por dinero”. Tenía la esperanza de que Morales volviera al poder pronto: había sido bueno para la gente del altiplano.

Los opositores de Morales lo acusaron, no injustamente, de favorecer al altiplano, pero sus esfuerzos también ayudaron a reparar una injusticia histórica. Tras la brutal conquista española, los indígenas bolivianos fueron sometidos a un sistema laboral feudal que permaneció en vigencia hasta la década de 1950; ni siquiera se les permitía el voto. Incluso después de que las leyes cambiaron, las actitudes de discriminación racial se mantuvieron profundamente arraigadas y los ciudadanos indígenas han vivido mayormente en la pobreza, sin acceso a títulos de propiedad, préstamos bancarios, educación universitaria o empleos públicos.

Ilustración: Ramiro Alonso.
Ilustración: Ramiro Alonso.

Morales hizo de tales reformas su prioridad. Pero, a medida que los bolivianos indígenas prosperaron, la población blanca se sintió excluida. Albarracín sugirió que Morales había dirigido una lucha de idearios fundamentales: “Valores occidentales versus cosmovisión indígena”.

El Alto es en los hechos la capital de la Bolivia indígena. Expansión minimalista en la meseta marrón que comienza al borde del cráter de La Paz y se extiende hasta el horizonte, la ciudad es predominantemente aymara y está poblada mayormente por inmigrantes de las zonas rurales pobres. Refleja la cultura indígena de las tierras altas de Bolivia, y muchas mujeres visten sombreros bombines y polleras largas de colores brillantes. Hay mercados de comida al aire libre, bares y una áspera zona roja.

Hace 35 años El Alto era poco más que un montón de viviendas de adobe y puestos de mercado. Tras el auge de los años de Morales, ahora tiene un millón de habitantes y una arquitectura local exuberante, con fachadas cubiertas de coloridos cristales y techos que sobresalen en ángulos excéntricos. Un reciente edificio de apartamentos por el que pasé tenía una réplica imponente de la Estatua de la Libertad integrada en los pisos superiores.

Alexis Argüello, un librero de 33 años, me dijo que durante la mayor parte de su vida lo avergonzó decir que es de El Alto. Poco a poco, la vergüenza fue siendo reemplazada por algo parecido al orgullo. Hace unos años lanzó una pequeña editorial para difundir a escritores locales. “A pesar de todo el despotismo de Evo y los errores de su gobierno, ayudó a crear una nueva clase media con la gente de piel más cobriza”, dijo Argüello. Ya casi había olvidado las humillaciones de la vida anterior, “como la necesidad de rendir cuentas a la Policía”. Sin embargo, bajo la nueva administración los policías comenzaron otra vez a hostigar a los jóvenes de El Alto.

Para Áñez el antagonismo con los indígenas es un riesgo significativo. Aunque un número cada vez mayor de bolivianos se identifica como mestizo, la población sigue siendo muy indígena y los activistas comunitarios no se intimidan fácilmente. En las calles de El Alto hay figuras humanas colgadas de los postes de luz, con pancartas que advierten a los posibles delincuentes acerca de la “justicia popular”. Un letrero decía: “Las ratas atrapadas serán ahorcadas y quemadas”.

Bolivia tiene una larga historia de protestas organizadas, especialmente por mineros y por los cocaleros que Morales alguna vez representó, y estos colectivos reafirman su influencia con marchas, bloqueos y enfrentamientos callejeros con la Policía. Los manifestantes mineros a menudo arrojan cartuchos de dinamita, y las muertes y lesiones no son inusuales. En 2016 el viceministro del Interior de Morales fue a un piquete para negociar con unos mineros que estaban en huelga; lo secuestraron y lo torturaron hasta la muerte.

En los últimos meses algunos de estos mismos activistas intransigentes han salido en defensa de Morales. Cuando acusó a Áñez de fomentar un golpe de Estado, cientos de militantes aymaras que vestían ponchos rojos irrumpieron en la ladera de la montaña camino a La Paz al grito de “¡Ahora sí, guerra civil!”. Después de la masacre en las instalaciones de gas de Senkata, las multitudes pro Evo destruyeron siete de las ocho comisarías de El Alto.

Los policías de la ciudad se reagruparon en la comisaría restante, en un barrio de clase media del extremo sur de la ciudad que tenía un letrero sobre la entrada con el antiguo lema de la Policía: “Contra el mal, por el bien de todos”. Durante mi visita cientos de policías de las comisarías quemadas estaban allí, preparándose para patrullar o durmiendo por turnos en el piso de un auditorio. Un nuevo comandante policial, el coronel Juan Carlos Alarcón, había sido trasladado del pueblo minero de Oruro para imponer orden en la ciudad convulsionada. “Es con un poco de dolor que me hago cargo de esto”, me dijo. “El trabajo ahora es conciliar esta fractura que se ha abierto entre la sociedad y la Policía”. Le pregunté sobre el vecindario alrededor de Senkata, que según todos los relatos todavía rebosaba de rabia hacia la fuerza policial. Alarcón dijo que estaba organizando un almuerzo compartido y esperaba que la gente de Senkata asistiera. También tenía la intención de celebrar una misa católica, dijo, “para aquellos de nosotros que creemos en Dios”.

La ciudad parecía poco receptiva. Una mañana se llevó a cabo en las afueras de El Alto una recaudación de fondos para las familias de las víctimas de la masacre. En una pequeña plaza, apenas pasando las instalaciones de Senkata, se había montado un escenario con un telón que decía: “El golpe es contra el pueblo”. Una banda andina tocaba el charango y la flauta, y bailaba un grupo de estudiantes universitarios de La Paz. El olor del palo santo llenaba el aire, y los vendedores ofrecían “comida solidaria” —empanadas y frankfurters— para darles las ganancias a las familias de las víctimas. Una cartelera al lado del escenario mostraba fotografías de los muertos, y las pancartas decían: “Esta democracia censura, persigue y mata”.

Un hombre pálido y barbudo apareció en el escenario y explicó que “las compañías petroleras respaldadas por el imperialismo yanqui” habían estado detrás de los acontecimientos en Senkata. Habló sobre los disturbios en México, el conflicto en Palestina y los manifestantes de Hong Kong, y concluyó: “Es la misma lucha”. Lo siguió un rapero que rimó letras cargadas de furia, en las que describió a los palestinos y al pueblo de El Alto como aliados en “batallas mundiales”. Al final, dijo, “la verdadera resistencia está aquí”.

Cuando vi a Morales en México me dijo que estaba despierto desde las tres y media de la mañana haciendo llamadas, elaborando estrategias con los suyos. Desde el exilio, supervisaba cuidadosamente los acontecimientos en su país y ajustaba su mensaje según fuera necesario para mantenerse como centro de atención. Cuando el MAS acordó comenzar a negociar con el gobierno de Áñez, dejó atrás el desaire y anunció que ya no buscaría ser presidente. Después de que sus diputados votaron la aceptación de su renuncia Morales asumió un nuevo papel, como jefe de campaña de su partido. Si ya no podía tener el poder, tendría el poder en la sombra.

A mediados de diciembre Morales convocó una reunión en Cochabamba, donde varios miles de miembros del MAS se habían reunido para discutir el futuro del partido. Cochabamba, la tercera ciudad más grande de Bolivia, se encuentra en un fértil valle andino al sureste de La Paz y es la puerta de entrada al Chapare, la región cocalera que es la base política de Morales.

La asamblea se realizó en un estadio llamado La Coronilla. En la acera, la gente vendía DVD: “¡Aprende la verdad sobre el golpe financiado por Estados Unidos!”. En el interior, varios miles de personas llenaban las gradas, agitaban banderas de la wiphala y les compraban comida a los vendedores ambulantes. Un músico cantaba letras antiimperialistas para ir poniendo a tono a la multitud. Mineros con cascos de plástico naranja iban de aquí para allá a propósito.

Mientras los megáfonos pedían la atención de la multitud, un presentador dio la bienvenida a las delegaciones del MAS de todo el país, entre vítores en español, aymara y quechua. Sonó el himno nacional y la gente se puso de pie, con una mano sobre el corazón y la otra apretada en un puño. Después de un momento de silencio por los camaradas caídos habló el líder de la delegación del MAS de Cochabamba, y terminó con un grito de “¡Abajo los traidores!” que la multitud repitió ruidosamente. El locutor, entonces, dijo que Morales volvería pronto y estallaron los cánticos “¡Evo, Evo, Evo!” y “¡Evo, no estás solo!”.

Yo estaba sentado con una mujer que había trabajado en la administración de Morales. Había renunciado por frustración con el círculo privilegiado del mandatario: los llunkus, como los llamaba, “que lo rodeaban y lo aislaban de la gente”. Circulaba el rumor de que Morales podía dejar México para ir a Argentina; en ese caso, “espero que vaya solo para poder estar solo por un tiempo y pensar. Lo necesita”, dijo ella.

Ilustración: Ramiro Alonso.
Ilustración: Ramiro Alonso.

Aun así, la ex asistente se sumó cuando la multitud cantó consignas a favor de Morales. “La idea detrás de esta asamblea es la unidad, dejar atrás las divisiones”, dijo. La multitud era rebelde y la atmósfera, tensa; era la primera vez desde la renuncia de Morales que el MAS hacía un acto masivo, y los helicópteros de la Policía zumbaban en el aire. La mujer me mostró mensajes de Twitter enviados por derechistas: uno instaba al gobierno a aprovechar la asamblea para “capturar a los criminales del MAS”. En las gradas, la gente retomaba cánticos desafiantes: “¡Viva nuestra wiphala, viva nuestra hoja de coca!”. Alguien repartió un mensaje amargo en un volante:

Áñez, mujercita teñida,
dictadora autoproclamada,
ordenaste la muerte de
bolivianos, ¡asesina!,
vendida al imperio yanqui,
traidora maldita.
Los BOLIVIANOS te decimos
no pasarás,
ni Dios perdonará tu hipocresía.

Cuando el presentador anunció que “el presidente Evo” iba a hablar, se hizo silencio. Un momento después la voz de Morales llenó el estadio. Saludó a los “compañeros y compañeras”, denunció el “golpe fascista y racista” y prometió que “pronto” volvería a Bolivia. La multitud aplaudió y vitoreó. Morales resaltó la necesidad de unidad y de que la asamblea acordara los candidatos para las próximas elecciones, que estaba seguro de que el partido ganaría.

Después de que Morales se desconectó, subió otro delegado al escenario para denunciar a los “cobardes y vendidos” que habían abandonado sus puestos durante la crisis, refugiándose en embajadas o huyendo del país. La ex asistente explicó el tono vengativo: “Muchos de los que fueron a las embajadas son vistos como cobardes, porque en realidad no estaban siendo perseguidos”.

Entre la multitud vi a uno de esos funcionarios que habían renunciado: Adriana Salvatierra, la ex líder del Senado, que con su partida le había permitido a Áñez tomar el poder. Salvatierra, de 30 años, con el pelo largo, vestía jeans y una camiseta negra con la imagen de un sol naciente. Le pregunté si había sido un error que Morales y la cúpula del MAS renunciaran, dado todo lo que había sucedido desde entonces. “Cometimos algunos errores tácticos y también estratégicos”, admitió. ¿Y ella misma? Salvatierra podría ser la presidenta de Bolivia en este momento. ¿Se arrepentía? Negó con la cabeza. Incluso si hubiera tratado de asumir la presidencia, los opositores de Morales no la habrían dejado. “El golpe estaba en marcha, y había sido planeado mucho antes”, insistió. “La historia es una dialéctica constante, no permanente, y hay avances y también retrocesos”.

El discurso de Morales había reforzado su intento de seguir siendo el líder de hecho de Bolivia. Pero, desde el exilio, parecía mucho mejor posicionado para dividir al país que para liderarlo. Le pregunté a Salvatierra qué pensaba sobre su promesa de regresar, a pesar de la amenaza del gobierno de arrestarlo. “El liderazgo del presidente no disminuirá si es encarcelado”, contestó, y me recordó que Morales siempre se había considerado un revolucionario: “Si es arrestado, nos movilizaremos”.

A dos cuadras de la Casa Grande del Pueblo hay una escultura inusual en el cantero central de una calle concurrida: un monumento a la derrota en la guerra. Tiene la imagen de bronce de un soldado descamisado, agonizando con su arma en la mano. Un mensaje pintado con espray en la base de mármol dedica el monumento “a los caídos por la democracia”. A su lado, un terraplén con flores multicolores dice: “Honor y gloria”.

Una tarde, en La Paz, un ex alto funcionario del MAS me sugirió que el impasse del país estaba arraigado en su larga historia de derrota. Excepto por algunos levantamientos internos —una operación con asistencia estadounidense que aplastó a las guerrillas del Che Guevara en 1967, y un par de revueltas indígenas sofocadas con masacres en el siglo XIX—, Bolivia ha perdido todas las guerras en las que participó. En la Guerra del Pacífico, en la década de 1870, perdió su salida al mar con el vecino Chile. Sesenta años después, en la Guerra del Chaco, entregó otra gran franja de territorio a Paraguay. “Nuestras derrotas son lo que nos hizo diferentes”, dijo el funcionario. “No nos importa perder. De lo que nos enorgullecemos es de nuestra valentía en contraatacar, en resistir”.

En los últimos tiempos ha quedado claro que ningún bando tiene intenciones de rendirse. Morales, que se trasladó a Argentina, ha pedido que se creen milicias civiles en Bolivia (después de un escándalo mediático, se retractó y dijo que siempre ha defendido “la vida y la paz”). Áñez expulsó a los embajadores de España y México porque sospechaba que estaban conspirando para ayudar a los leales a Morales a salir del país. Mauricio Claver-Carone, un cubanoestadounidense que es director principal del Consejo de Seguridad Nacional para el Hemisferio Occidental, visitó La Paz para discutir nuevos acuerdos de ayuda con Áñez, y criticó al gobierno de Argentina por permitir que Morales “fomentara la violencia”. En Washington, Erick Foronda y Arturo Murillo posaron para las cámaras junto al senador republicano Marco Rubio.

Para las elecciones, inicialmente programadas para mayo, Morales anunció a su candidato favorito: su ex ministro de Economía Luis Arce. Áñez, que invitó a la USAID a volver al país para brindar “ayuda técnica” en las elecciones, anunció que ella también se postulará a la presidencia. La clase política reaccionó violentamente: su ministro de Comunicación renunció, diciendo que Áñez está haciendo lo mismo que Morales, y el ex candidato Carlos Mesa sentó su protesta. En cambio, los militares, ahora bajo un nuevo comandante designado por Áñez, no expresaron preocupación por el hecho de que el “gobierno interino” intente volverse permanente.

El supuesto fraude electoral de Morales y la aceptación de su partido de nuevas elecciones sin él hicieron que sea difícil llamar a su expulsión golpe de Estado. El comportamiento de Áñez hace que sea difícil no hacerlo. Además de la violencia perpetrada por las fuerzas de seguridad, su gobierno anunció a principios de este año que investigaría a casi 600 ex integrantes de la administración de Morales. Según Naciones Unidas, al menos 160 personas, incluidos altos funcionarios, han sido procesadas o detenidas por acusaciones que van desde corrupción y terrorismo hasta “realizar reuniones ilegales”. En enero, instando a la unidad en las elecciones, Áñez advirtió al país que no permita que “los salvajes regresen al poder”.

Marcela Araúz, ex directora de Comunicación del MAS, se queja de la “ceguera de la clase media boliviana”, que apoyó el nuevo statu quo “pero que no parece entender que el fraude de Evo no significa que no hubo un golpe”. Hay una verdadera persecución en Bolivia, asegura, y le indigna el silencio de los medios sobre el tema. Al igual que otros con los que hablé, Araúz está segura de que un régimen de derecha hará lo que sea necesario para triunfar en las elecciones:

—Ahora que tienen el control, no lo van a soltar.

La versión en inglés de este reportaje fue publicada por la revista The New Yorker el 23 de marzo de este año